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Pasarse en limpio

La nena ya está grande. Tiene trece, y los temas de conversación son otros. El otro día vino del colegio y comentó:

–Kirchner y Menem son de derecha.

A ella no le interesa la política. La aburren los noticieros y tampoco lee. Como el sentido común indica que no hay que insistirle a un chico para que haga algo –y no correr el riesgo de que no sólo no lo haga sino que lo deteste–, cuando andaba por los seis o siete y vi que nunca pasaba de las dos primeras páginas de los libros que le regalaba, me mostré indiferente. Con eso debo haber logrado que no deteste los libros, pero que los lea, no. Chatea todo el tiempo y piensa en ropa. Por eso me llamó la atención que viniera a avisarme que Kirchner y Menem son de derecha.

–¿Y eso de dónde lo sacaste? –le pregunté.
–Me lo dijeron.
–¿Quién te lo dijo?
–No soy buchona.
–¿Qué te dijeron? ¿Que Kirchner y Menem son iguales?
–Que los dos son de derecha.
–El que te lo dijo debe ser troskista.
–¿Qué?
–De izquierda –dije, para simplificar.
–¿Y vos no sos de izquierda? –contraatacó. Tiene reflejos rápidos.

Así empezó una larga conversación con mi hija, plagada de lagunas, contradicciones y figuras retóricas (de mi parte, claro) y reclamos puntuales de especificaciones (de su parte) en todo lo relativo a la izquierda y la derecha, el peronismo, Kirchner-Duhalde-Menem, Revolución Francesa, guerra de Irak, chicos de la calle, colegios privados, ropa de marca, piqueteros, en fin, no faltó nadie. Los hijos tienen esas cosas: lo obligan a uno a pasar en limpio lo que piensa, incluso lo que uno da por hecho. Explicar, por ejemplo, por qué yo no creo que Menem y Kirchner sean lo mismo y por qué toda mi vida suscribí a ideas de izquierda pero no a un partido de izquierda, implicó hablar de los ’90, de las empresas privatizadas, del consumismo y de la crisis, de derechos humanos, pero especialmente implicó hablar de desempleo, inequidad y pobreza. Y ahí me vi en un brete.

Esta semana los últimos datos del Indec dieron cuenta de lo que se huele en el aire: el crecimiento no bajó, pero la pobreza y la indigencia tampoco. La tendencia de la situación social sigue siendo positiva, pero la mejoría registrada desde 2002 se desaceleró. Este último semestre la pobreza disminuyó apenas un 1,7 por ciento, mientras que la indigencia se redujo en un 1,4 por ciento. Desde la hiperinflación de 1989, a cada crisis le siguió un período de recuperación, como también la hubo esta vez, después del estallido del 2001. Pero desde 1989, cada vez, la mejoría se desaceleró, como ahora. El saldo de cada crisis fue un porcentaje más abultado de la torta social pintado con el rojo de la pobreza: pobres estructurales que ya no esperan ni oportunidades ni capacitación ni que sus hijos tengan chance. Pobres marcados de nacimiento, con una letra escarlata que los ubica en una categoría infrahumana: sus vidas se desarrollan en las márgenes de un sistema que gira sobre sí mismo y cuyos mecanismos funcionan a tracción sangre.

En estos términos, y sin adherir ni una pizca a la comparación que alguien le sopló a mi hija, es precisamente ahora cuando el gobierno de Néstor Kirchner deberá timonear para un lado o el otro. Si un crecimiento económico sostenido no logra traducirse en mayor equidad, si los recursos que genera la economía no rozan a los más indefensos y, todo lo contrario, siguen yendo a parar a la punta de la pirámide, entonces se deberá concluir que hay matices inéditos en este gobierno, como la defensa de los derechos humanos o la limpieza en la Corte Suprema, pero también se deberá tener presente que, en su origen, las violaciones a los derechos humanos y las injusticias subsiguientes surgieron contra quienes luchaban a favor de la equidad. Y es la equidad la llave maestra de cualquier cambio con pretensiones de histórico. Es la equidad el horizonte de la utopía democrática. Es la equidad, en definitiva, el revés de la trama capitalista.

La semana pasada, en Tucumán, en la escuela a la que va Barbarita, aquella niña que lloró en televisión cuando le preguntaron qué había cenado la noche anterior y qué había desayunado esa mañana, los 1500 alumnos no recibieron ni la copa de leche ni el almuerzo. Problemas burocráticos impidieron que esos chicos accedieran al alimento que les corresponde y que implica cuarenta centavos por chico y por día. Los televidentes argentinos ya naturalizaron la desnutrición. Barbarita los conmovió cuando esa palabra quedaba incómoda en una boca argentina y en el granero del mundo. Pero todo se naturaliza, todo se aguanta. Especialmente si le pasa a otro. Los problemas burocráticos de una escuela del norte para darles de comer a sus alumnos son en realidad anecdóticos en un país en el que ya nadie se sorprende de que los chicos vayan a la escuela a comer. Hay 8.957.000 personas pobres y de ese total, 3.168.000 son indigentes. Por ahí me quedé anclada en el ’45, en el ’59, o en el ’83, pero sigo creyendo que ser de izquierda es sentirse responsable por cada uno de ellos.

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