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Estado casting

A pesar de que es una palabra prestada por otra lengua y, a pesar incluso de que aún no hemos logrado que todos los habitantes del suelo argentino dominen correctamente la nuestra, casi nadie ignora qué es un casting. Es más: esa palabra no sólo designa a esta altura esa ceremonia de ribetes perversos en la que un grupo de personas debe demostrar delante de un jurado examinador que cada una de ellas es la más apta de todas, sino además un sinnúmero de situaciones cotidianas en las que se repite ese mecanismo tan enchastrado (estoy luchando con mi barra de herramientas, que insiste en cambiarme “enchastrado” por “encastrado”: ¿será un acto fallido virtual?), me obstino: ese mecanismo tan enchastrado de la ley de mercado. El casting es una forma de vida bajo la ley del mercado. Muchos candidatos/as para un solo lugar.

Presencié algunos castings y juro que son tenebrosos. Y eso que en todos ellos yo estaba del lado del jurado. No quiero imaginarme (digo esto porque me lo imagino bastante bien) qué se debe sentir del lado del aspirante.

El primero del que participé fue desopilante. Yo era hacía poco tiempo editora general de una revista femenina y para el primer número la idea de la tapa era una boca de labios rojos, gigante, riéndose. Hablaron de hacer el casting. Yo entré ese día a la sala de reuniones sin saber muy bien ni lo que iba a encontrar ni lo que tenía que hacer. Había unas veinte modelos muy jóvenes, supongo que las más inexpertas de la agencia, y por eso mismo, porque ellas todavía no manejaban bien los juegos de seducción ni dominaban sus nervios, todo resultó patético. Las chicas estaban paradas alrededor de la sala y el jurado tenía que recorrer la hilera, como hacían los cabos con los conscriptos, para evaluarlas. El primer golpe de vista fue surreal: todas tenían los labios pintados del mismo rojo intenso. Pero la escena terminó de convertirse en ridícula cuando a la voz de “ya, chicas” del representante, todas ellas sonrieron, pero mucho: sonrieron como si estuviesen conteniendo una carcajada pero sin emitir sonidos, sonrieron como hipoacúsicas, y esto trata de ser no un adjetivo sino una descripción: actuaban, en ese casting, de chicas mudas muertas de risa.

Es que una vez que se entra al casting, a cualquiera, uno ya no es dueño de su propio sentido ético ni estético. Mientras está en “estado casting”, la voluntad del aspirante está doblegada por su condición de aspirante: uno hace lo que le piden, no importa lo que sea, y trata de hacerlo bien.

Intento recortar en mi cabeza y propongo hacer lo mismo con esta última frase: “Uno hace lo que le piden, no importa lo que sea, y trata de hacerlo bien”.

Hay muchas mujeres que, cuando se enamoran o se obsesionan con un hombre, hacen lo que le piden, no importa lo que sea, y tratan de hacerlo bien. Es algo que pasó siempre, pero que creo que en estos últimos años se ha acentuado. Cada vez son más raros los hombres locos de amor. Son las mujeres las que, entre sus múltiples responsabilidades, han agregado la de hacerse cargo del deseo. Y a su manera son el reservorio de una modalidad amorosa que, cuando nació el romanticismo, estaba en manos masculinas. Margarita se sacrificaba por Armand, pero ese sacrificio sólo sobrevenía como retribución a la entrega total de Armand. El estaba loco por ella. A ver: ¿cuántos hombres locos por una mujer conocen? No digo de los que cuelgan pasacalles que dicen por ejemplo “Alicia, sos el amor de mi vida” o de los que se toman ese taxi que aparece en un montón de películas (debe ser siempre el mismo) en el que el hombre transpira porque hay un embotellamiento y debe llegar al aeropuerto para decirle a ella que quiere que se casen. ¿Se dieron cuenta? No hay más.

Por alguna razón deplorable, somos las mujeres las aspirantes del casting, y tantas veces, de estúpidas nomás que somos, “hacemos lo que nos piden, sin importar lo sea, y tratamos de hacerlo bien”. Suspendemos nuestros criterios éticos y estéticos para agradar y seducir a ese ojo de varón que mira, admira, examina, se detiene en la falla, compara, decide. Ese “estado casting” no dura mucho, claro: sólo hasta que se es elegida, y al poco tiempo una empieza a percibir que no hubiese estado tan mal haber quedado eliminada.

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