Adolescencia en Villa Gessel.
Se me apiñan las palabras que nacen de esta frase.
Fernando, es una.
Hasta ahí llegó su vida; era un chico y hasta ahí llegó.
Terminaron con su vida otros chicos como él.
La sociedad que habitamos educa, modela y estimula a jóvenes como los que mataron a Fernando. La cultura de ser fuerte así, ser macho: me tocás y te mato, esto se arregla a las trompadas, nada de mariconadas; no pienses, vos pegá; los hombres no lloran, a este me lo llevo puesto, lo desfiguro, le arranco los ojos, a este le va quedar claro quién soy yo.
Y sí, quedó claro.
Sin embargo, esta humanidad nuestra, porta una cuidada máscara de varias caras que usa según su conveniencia.
Y en casos como este, usa la máscara de inmaculada y justiciera y cae encrestada sobre los varones que engendró… si cruzan, como lo hicieron, una línea macabra y muy delgada que ella misma va corriendo de acuerdo con sus intereses.
Viene a mí la imagen del cuadro de Goya, Saturno devorando a su hijo, y sé que es así: lo que esta sociedad gesta y cría, si se convierte en un problema, lo engulle.
Y en ese plato no solo van los violentos.
Aquellos que no pueden ser buenos hijos funcionales también son devorados: los débiles, los muy sensibles, los pequeños, los perdidos, los únicos y distintos.
Fernando tenía sueños y tenía una Vida.
A esta altura decir Que se haga justicia sobra, así debe ser y la duda no está allí.
Está en si podremos mirarnos al espejo de nuestras partes más sórdidas y sostener el reflejo que vemos.
Y hacer algo con eso.
Cuidar a cada niño y qué sembramos en su corazón y cómo cuidamos su pureza sé que es una de claves.
Porque ahora, ya, si miramos nuestras manos veremos que hay en ellas vestigios de sangre y son nuestros.





