
Qué paradoja extraordinaria fue esta Marcha Federal Antifascista que nos dejó oxígeno en los pulmones y tibieza en el corazón. Qué bella paradoja que aquellas y aquellos que el fascista manchó en Davos con un discurso perverso, hayan sido capaces de contestarle de esta manera, y de darle a toda esta sociedad desesperada un ejemplo que ojalá leamos bien.
Los putos, las tortas, las travas y los feminismos, han atravesado el desierto en los últimos años, vienen remando desde la humillación, desde la penalización, desde siglos enteros considerados delincuentes o enfermos. Las mujeres, qué no dijimos ya, y ni así entienden. “Uno puede matar por una infidelidad, no por odio de género”, decía el ideólogo Márquez.
La comunidad LGTBQI+ ha sido el hermoso motor de este pueblo desesperado. El aglutinante de tantos otros despreciados y atacados por el fascista.
Atrás de esos colores encarnados en cuerpos muy al aire, atrás de esa alegría que resulta inevitable del estar juntos, nos enfilamos los hartos, los violentados, los que mordemos rabia todos los días cuando un imbécil nos trata de imbéciles.
El reverso de esos colores tiene una historia de lucha transgeneracional, que Laje no puede hacer desaparecer como se desaparece a los opositores.
El fascista detesta la alegría popular. Detesta el contacto corporal que nos recuerda que somos mamíferos y que sin amor nos extinguimos. El fluir de las cosas, que el fascista no puede decretar que explote, nos ha regalado está lección y de paso la política, que aprenda.
Que aprenda a tramar y a mantener activa la organización, que aprenda de los matices que se suspenden para enfrentar a un enemigo terminal. Si somos los que fuimos ayer, los afrentados que pueden generar esa colmena alegre que cobijó a muchos desesperados, hay una luz al final del túnel. Somos nosotros confiando en nosotros mismos y cuidándonos entre todos.






