El acto de votar

La contratapa de P/12 de hoy.

Llegamos hasta acá con la lengua afuera, despeinados, con urticaria y somatizando las noticias. Estos últimos años hubo que sobrevivirlos. Llegamos con canas verdes y colon irritable, sin terminar de entender casi nada, y sin embargo. El problema es el sin embargo.

Se nos partió la realidad. Se nos partió la cabeza. Se nos partió el corazón. Durante un año y medio vivimos no entendiendo de qué hablaban, mientras nuestras realidades personales y colectivas se internaron en la desolación. Solo los que vemos al monstruo vemos la realidad. Acá tampoco hay dos demonios. Los que se siguen aferrando al espejismo están en otra dimensión, aunque parece que las coimas con los discapacitados demolieron el “no hay plata”, que es el núcleo del discurso cínico que inventó la mafia a la que el FMI le quiere dar gobernabilidad.

Hicieron algo peor: reconvirtieron ese pretexto fascista (“no hay plata”) en la prueba definitiva de un cinismo abyecto cuyo objetivo final es eliminar a los discapacitados. No solo a ellos, claro. Lo que decíamos en la contratapa pasada: ninguna palabra en boca de la ultraderecha significa nada. No tienen compromiso con la palabra. Miren a Trump. Llegó hablando de paz y apoya el exterminio palestino y manda un submarino nuclear a Venezuela. Están vacíos de coherencia.

Precisamente, acá, llegamos con la expectativa y la esperanza de que muchos que están entregados no se entreguen. El ausentismo expresa hartazgo pero también rendición. Quizá no en cualquier contexto, no siempre, pero ahora sí.

El monumental colapso del país, el festival de robo a gran escala del patrimonio colectivo y el volumen de dolor popular, que sabemos que irá en aumento de acuerdo a lo que se afirma oficialmente, hace necesario que se activen todos los resortes vitales posibles, todas las ilusiones enterradas, todos los recuerdos de los proyectos abandonados, todas las brisas o las fogatas que hubo alguna vez. El proyecto básico es tener una vida, y que esa vida tenga sentido. Los que no votan han perdido la confianza en la política. Milei ha comenzado a usar la frase hecha “alta política” burlonamente. No tiene ni idea de lo que significa. Cree que la política es robar y no se priva. Política es lo que hizo el Congreso esta semana. Contrapeso de poder. Una regla básica del sistema político llamado democracia.

Los derechos arrancados mientras los fascistas hacían caja con todas las áreas del Estado, según indican escándalos sucesivos y en caravana, no son los de un partido. Son los que manda la Constitución argentina, que por cierto, de paso, debería ser sacada a bailar por los que todavía están dispuestos a respetarla. No es solo Milei. En este año y medio, hemos visto a muchos dirigentes meterse los valores más sagrados en el bolsillo. Todos los que siguen fingiendo republicanismo con la cárcel de Cristina se meten los valores más sagrados en el bolsillo.

El modo en el que uno ha leído alguna que otra encuesta ha sido diferente al de siempre: debajo de la ansiedad por la pregunta básica había otra: ¿Quiénes somos? ¿Cómo somos los argentinos promedio? ¿La mayoría disfruta que cada miércoles apaleen a viejos y a personas en sillas de ruedas o ciegas? ¿Quiénes éramos, quiénes somos, quiénes queremos ser?

El misterio recae en los que han soltado toda ilusión, aquí y en todas partes. Los que renuncian al voto pese a que es obligatorio, y seguro que entienden mal lo de “obligatorio”. Podríamos adherir si no creyéramos en la política, si no hubiéramos permanecido inmunes al taladro de la ultraderecha contra la política. A los que renuncian al voto los han convencido de que “los políticos son todos iguales”, la frase hecha estructural de la narrativa fascista manejada por ceos.

Costó un perú que el voto fuera obligatorio. Costó lucha que no votaran solo las elites, que eran las familias de los candidatos hasta la Ley Sáenz Peña. Y estos ahora creen que protestar es no votar. Despiértense.

Ya sabemos que hay un nicho creciente de varones jóvenes con dinero y muy acomplejados que han logrado la captura de varones pobres que aspiran a ser un narco como la gente. Así que siniestro es el entramado al que amalgama el odio a las mujeres.

Pero me pregunto de nuevo, ¿quiénes somos? ¿Se acuerdan del Mundial? ¿Se acuerdan de “abuelaaa, lalalala? ¿Era otro país? ¿Cuándo fue que la abuela se convirtió en una vieja meada que si se tiene que morir, que se muera?

Vayan a votar. Este país necesita con urgencia contestarse esas preguntas, porque algo nos está alejando de esos que somos cuando no hay guerra y hay fiesta, y cuando no hay odio y hay amor. 

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