El fenómeno que despertó Lux, el álbum de la Rosalía después de tres años de suspenso, hay que apuntarlo: más de 42 millones de visualizaciones en Spotify en dos días, todos los temas del disco en el top global. Desde luego que ya hay tantas críticas como elogios, que van por el lado de si coloca bien la voz de soprano, si algo de lo que hace es verdaderamente nuevo o si pronuncia mal los trece idiomas en los que canta. En este caso no importa tanto cómo coloca la voz o si es nuevo lo que hace (aunque la mezcla que logra es un collage totalmente firmado por ella), porque Rosalía logra que todo eso se escuche. Eso es lo nuevo: la histórica amplificación de un mensaje complejo.
Cuando las ídolas de su generación y ella misma con su álbum anterior explotaban la potencia sexual femenina como un gesto de poder y autodeterminación, esta chica se sumerge tres años en vidas de santas de todo el mundo, las estudia, aprende a cantar en sus idiomas. Con toda esa inquietud que arrastra por su trastorno de hiperactividad, a ese contenido que está en ella a contracorriente, contraculturalmente, que solo puede surgir de una pregunta interior, Rosalía le agrega su gusto barroco esta vez, el perfecto dominio de su cuerpo y su cara para expresar una sensualidad que ahora, como dice en las entrevistas, está localizada en esas santas que “tuvieron vidas tan contra su tiempo. Tenían una causa. Amaban”.
Nombra en las entrevistas a Hildegarda de Bingen, como al pasar, porque en su mente entra mucha información. Lo que no llega a decir, porque la interrumpen, es que Hildegarda es una mística del siglo XII, la más importante y exótica de la Edad Media: compuso setenta y siete sinfonías y dejó obra literaria en la que habla del lugar de lo humano en el cosmos, cómo vincularnos con el medio ambiente o cuál era el rol de las mujeres en la sociedad. Tuvo visiones desde niña, que fueron respaldadas por el Vaticano. Dejó tres libros que narran lo que veía, además de un tratado de medicina.
Entonces tenemos la palabra amor en el Top10. Ahí donde casi siempre solo llega lo domesticado, que habla de amor, pero de uno pasajero, de un amor que nunca es correspondido, que es venganza o genitalidad. El mundo del espectáculo también está lleno de mascotas. Rosalía no lo es. Es mascota de su corazón, ella, como canta, es suya. Y decide ser políglota para dar cuenta de cuál es su estrella. La múltiple.
Si algo uno aprende de Barthes, especialmente de sus Mitologías, es que la verdadera batalla cultural es librada no en los foros ni en los coloquios, sino en la cultura de masas, en las mesas de los comedores, en los lugares de trabajo. Nosotros nunca manejamos los resortes de la cultura de masas. Le pertenece al capital.
El lanzamiento de Lux y la fascinación que está causando Rosalía creo yo que puede ser asociado con la victoria de Mamdani en Nueva York y con las otras diecinueve victorias de los socialistas democráticos. Dos hechos, uno artístico y cultural, y otro político y también cultural, contrahegemónicos. El de Estados Unidos, contrahegemónico no solo para Trump, sino para el partido Demócrata. Hay un reseteo que veremos si se completa.
Los dos hechos no tienen conexión per se, sino a través de los valores en que se asientan: el hegemón neoliberal, hundido hasta el cuello en la torpeza de sus líderes, en sus egos amplísimos como los despachos de los Ceos, está acabando con la paciencia de millones de personas que ya se dieron cuenta de que no son más que degenerados que gozan usando al Estado como un fondo de inversión.
Los valores que instalaron, que van del estudiante secundario que planifica la matanza de sus compañeros con su rifle semiautomático hasta los triunfos electorales de los narcos y los pedófilos, la atmósfera nazi, están empezando a chocar con mensajes muy calificados que son síntoma de la náusea.
Mamdani representa al ala demócrata nacida en la calle, con personas comunes y corrientes que aspiran a influir políticamente desde hace años y chocaban con los figurones como Kamala Harris. Más allá de todos los ítems que lo convierten en un ganador extraño, tiene atrás un aparato mediático y empresario que apoya a los demócratas. Estamos muy lejos de esas chances.
En la Argentina nos cuesta imaginarnos un candidato decidido a antagonizar radicalmente con la ultraderecha, porque todo el sistema institucional, jurídico y mediático está podrido. “Vamos a financiar el transporte gratis, las guarderías infantiles y la seguridad ciudadana con impuestos a los más ricos”. Acá, sin aparato cultural en pie, sin ningún conglomerado de medios imparcial, con una Corte Suprema venal, a la media hora seríamos Venezuela, que sigue siendo llamada dictadura incluso por Mamdani. Todo lo norteamericano tiene su límite de comprensión de lo latinoamericano. Miren si este, justamente, es un momento para juzgar un sistema que forzó las condiciones para la construcción de poder popular: justo cuando las ultraderechas deshacen el sistema para beneficio del 2 por ciento.
Justamente por eso hay que empezar a desestigmatizar a los líderes que ellos pretendieron endemoniar, empezando por supuesto por Cristina. Ya es hora de mearnos en lo que digan los que mienten. No van a dejar de hacerlo. Ya no. No hay retorno.
Volviendo, para terminar, a Rosalía, el hecho estético y ético contrahegemónico, incrustado en el ombligo de la cultura de masas, nos recuerda que necesitamos belleza, que necesitamos un mundo en el que la santidad no esté reservada a los santos. Ojalá hayamos aprendido que no puede competir en elecciones libres alguien que se proponga destruir toda belleza.




