2026: Año de lapidación de pesadillas

¿Si las pesadillas fueran grietas del infierno?
Jorge Luis Borges

«Judith decapitando a Holofernes» de Artemisia Gentileschi

Las pesadillas son las heridas de la noche,
las turbias herencias espectrales que nos habitan.

Su ley anfibia bucea en el embrujo de un terror que paraliza,
un sigilo que nombra, con sudor gélido, a su frágil víctima caída.

La pesadilla resucita con el pánico de la ficción y la vigilia
y nos atormenta con el ahogo de unos pulmones clausurados.

A veces murmura cacerías, calvarios, aflicciones y cuchillos
y sus espejismos nos anestesian para intimidar ilusiones.

La pesadilla cree dominar el presagio de todas las tinieblas
y se ufana de sus hilachas tejidas con linaje de fantasmas.

Sin embargo, es débil frente a las preguntas:
apenas puede disimular la negrura de su mácula rígida,
en el lugar donde oculta el velo opaco de sus espasmos.

Si la pesadilla fuese
––como efectivamente es––
esta vigilia que habitamos,
y sus sobresaltos fuesen
las formas con que blasfemamos el presente,
deberíamos prepararnos para exhalar oscuridades,
destituir espectros de la almohada,
escupir a sus engendros repletos de confusiones vanas,
y golpear a sus tanáticos espantajos del abismo.

Así, por fin, las esquirlas opacas de la abominación
podrían reubicar su residencia 

en el panteón prefijado, oxidado, 
donde se pudren los orcos malnacidos

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