Categorías
Contratapa Página/12

Neo negacionismos

Este año pasamos un 24 de marzo extraño como todo lo que pasa, pero logramos darle la espesura de la conciencia, que es la base de la memoria. No sólo fue un 24 extraño por la cuarentena obligatoria, las noticias de infectados y muertos, los pañuelos y las banderas en el corazón y los balcones o las terrazas, y la sensación íntima y colectiva de fragilidad y contingencia. También fue el primer 24 de marzo en el que, después del ciclo político anterior, el macrista, pudimos recordar el golpe genocida de 1976 sin el aturdimiento del negacionismo que había empezado a asomar en años anteriores desvergonzadamente en boca de quienes no tienen otra forma de circulación política, y en el marco de un Estado también negacionista.

Este año pasamos ese día haciendo juntos un ejercicio multitudinario, el de la memoria, sin la cual la verdad es inhallable y la justicia imposible. Pero es importante también el contexto más general en el que se inscribió ese día. Percibimos que se suceden hechos dispares y trágicos. Que lo trágico que pudo ser la irrupción de la pandemia, se completa con lo trágico de ver el colapso sanitario en países que se pretendían aún con Estado de bienestar, y de comprender que lo que se llamaba primer mundo en Occidente era una escenografía.

Hay muchas maneras de describir la puja por la que está pasando el mundo, pero una de ellas es la puja entre un modelo global basado en la experiencia histórica de los pueblos, y con ellos adentro, contra otro modelo negacionista que no debate ni argumenta ni funda sus concepciones, sino que sencillamente niega los hechos. “La gente ya no cree en hechos”, decía hace un año Noam Chomky. ¿En qué cree? En noticias falsas.

Por eso Trump, al que se le cayó el helado arriba de la cabeza y debe hacerse responsable de su irresponsabilidad, un día antes de que Nueva York se convirtiera en el mayor foco viral del mundo, acusó de narco a Nicolás Maduro. Es tan obvio que irrita hasta la exasperación. Pero lo hace porque vivimos en un mundo que ya no cree en hechos. Y en ese sentido la pandemia es una lección terrible, porque un Gran Hecho se impone, como todas las pestes, para que la realidad aplaste los espejismos.

Estos neo negacionismos que aquí y allá (en Estados Unidos, Gran Bretaña, Brasil, Colombia, por mencionar países muy diferentes) siguen adelante como una vaca que mira pasar un tren después de escándalos, muertes, asesinatos por encargo, vínculos con el narco, pruebas de evasión, utilización personal de los bienes públicos y toda esa larga lista de caracterizaciones, no podría hacerlo sin las noticias falsas. Son máquinas acusatorias que al mismo tiempo niegan sistemáticamente toda su rama genealógica de genocidios y masacres, y las diversas formas que han hallado para seguir descartando a millones de seres humanos, a animales, a bosques y a océanos.

Los neo negacionistas niegan el estado del mundo, producto de sus políticas y su modo de producción y concentración, y niegan lo que siempre han negado sus antecesores. Niegan que fueron 30.000 y niegan la contaminación de las aguas. Niegan la procedencia criminal del origen de grandes fortunas, o las enormes extensiones de tierra, y niegan que el glifosato nos afecte.

Y son ellas, las noticias falsas, las hijas recientes de la época, parte de una artillería simbólica, el fruto de los medios de comunicación que han abandonado las formas y los contenidos de eso que llamamos comunicación. Los neo negacionismos que ahora se hacen tan visibles cuando Bolsonaro habla de “un resfriadito” o cuando Trump pasa de minimizar “el virus chino” a dar conferencias de prensa sobre el tema, hace décadas que nos vienen aturdiendo. Hemos consumido mentiras durante muchos años, pero ahora, que algo se salió de madre sobre todo psíquicamente, cuando ganan elecciones los psicópatas, la mesa está servida para ellos.

No hay negacionismos sin noticias falsas, sencillamente porque en la vieja lógica de la libertad de expresión, sería el periodismo quien debería impedir disparates, abandonos de persona, negocios incompatibles con la función pública, crueldad sin límite contra los condenados de la tierra. Denunciándolos. Reprobándolos. Pero no lo hace. Los neo nazis no son elogiados, pero todos los días hay noticias enunciadas desde el racismo. Los comandos paramilitares que asesinan a líderes ambientales no son bien vistos, pero no hay investigaciones periodísticas que hagan caer a un gobierno por un genocidio por goteo. Todo lo contrario: nos muestran a Duque como el nuevo ejemplo, ahora que Chile les reventó.

Los neo negacionismos existen porque hay una parte grande del poder global que apuesta a seguir acumulando y concentrándose, y no pueden decirnos “Muéranse”, aunque el vicegobernador de Texas lo enunció bastante claro. Pedirles a los ancianos que se mueran en nombre de la economía de un país es de lo más abyecto que se puede concebir.

Eso sucede en el ombligo de este sistema deshumanizado que niega su propio hedor.

Categorías
Política internacional

Cuba es el ejemplo de lo que son esos valores que el mundo perdió

Siempre estás. Desde que tuve conciencia más o menos imprecisa de lo que está bien y lo que está mal, siempre estás. Durante mi adolescencia, te imaginaba. Yo era una piba que crecía en una dictadura feroz y no entendía nada de política, pero sabía perfectamente, con una certeza tajante, que vos estabas bien, Cuba.

Y muy, muy poco después ya entendía más, y vino el 83 y te conocí. Desesperaba por experimentarte, por olerte, por abrir el pecho como nunca antes, quería saber el gusto de tu café y babearme en la blandura de tus aguacates.

Siempre estuviste colocada en el lugar de lo extraordinario, de lo que alguna vez venció lo invencible desde su pequeñez y su fe.

Hay miles de motivos para amarte. Quien ha escuchado reír a tu pueblo, piensa que cómo no van a perdonarlos los muertos de esa felicidad. Si lucharon y se ofrecieron para que tantas generaciones de cubanos hayan vivido y vivan sus vidas con la alegría de las necesidades básicas satisfechas, y el conocimiento a su
disposición.

Hoy veo tus médicos llegando a Italia y escucho los aplausos que los reciben. Tu medicina fue clave en la meseta que logró China. Tus médicos siempre están donde se los necesita. En paz, en guerra, en pandemia. Cuba, mi amada isla orgullosa, quería decirte hoy, que todos tenemos miedo, que el amor que te tenemos es porque desde hace más de medio siglo sos la gema que se refleja en los arroyos tranquilos del alma. Mientras afuera ruge el mal.

Categorías
Política internacional

¿Guerra híbrida?

El filósofo italiano Giorgio Agamben, que fue uno de los primeros en bocetar una análisis de la pandemia –entonces, todavía no era llamada pandemia –, habló directamente de “una construcción neoliberal” para forzar un estado de excepción. Sonó conspirativo. No hay tiempo para echar hablar de conspiraciones cuando están a la vista número escalofriantes de infectados y muertos, y cuando la curva de crecimiento de la pandemia se eleva a niveles que no llegaron en China. Las cepas europeas no son las de Wuhan. No es China la que contagia al mundo aunque Trump o Bolsonaro sigan hablado de “el virus chino”.

Después se escucharon otras voces, porque el curso de los acontecimientos estaba torciendo su propia curva de sentido, implanificable aunque esta pesadilla que vivimos globamente ya haya sido nombrada por altos funcionarios chinos como “guerra
bacteriológica”. Para decirlo sencillo: incluso si el virus hubiese sido “colocado” en Wuhan por alguno de los soldados y oficiales norteamericanos que un mes antes llegaron a esa ciudad para un evento conjunto, el curso del desastre es tan profundo y la reacción de autodefensa china fue tan fuerte, que las sociedades atacadas responden resignificando mitos estructurales del noeliberalismo: la salud pública no es un gasto. Con eso estamos: modifica todo un paradigma.

Hace muy poco tiempo y es fácilmente hallable en Internet, Bill Gates dio una charla TED en la que dio que “la próxima guerra no será con misiles sino con microbios”. En una nota para Asia Times, Pepe Escobar recuerda ahora que un mes antes del estallido del brote en Wuhan, tuvo lugar en Nueva York un simulacro de pandemia. Entre los auspiciantes estaba Bill Gates.

Lo concreto es que gobiernos neo fascistas como el de Trump, Boris Johnson o Jair Bolsonaro ha adoptado el mismo discurso y la misma estategia frente a la pandemia: dejar morir. Dejar que el virus los atraviese, que se salven los más jóvenes y que los sistemas
debilitados de salud pública dejen morir a los enfermos o a los mayores de 60 años. Selección natural. Es lo único que tienen en la cabeza.

El filósofo esloveno Slavoj Zizek, ahora en Londres, escribió para RT. Espantado por el presente, afirmó que este descalabro de todo lo racionalmente concebible y tolerable en términos geopolíticos, hará virar la opinión pública, en un movimiento natural de supervivencia, hacia nuevas formas de cooperación de las que dependerá la vida de
millones de personas. No habla de ninguna conspiración. Pero si la hubo, fue tan enloquecida y mal calculada que esta bisagra preanuncia el fin de ciclo de quienes, por lo menos, son los responsables ideológicos y económicos de que los sistemas púbicos de salud exploten. En ese paisaje, la que emerge es China. Y quedará para los países afectados, tal como está sucediendo en Francia, un replanteo medular de lo “precioso”, como calificó el presidente Macron a la sanidad gratuita, a la que hay que salvar del
mercado.

Hay muchas otras líneas de pensamiento para seguir en medio de la confusión. Pero dejémoslas para estos días, en los que todos estamos en casa, sospechando que los que no lo hacen no tienen remedio, y decididos a verlos como corredores de picadas: no deciden por ellos, deciden sobre los demás en un tema de vida o muerte. No pueden estar en libertad, porque para ellos la libertad es un malentendido.

Categorías
Política

Amor perdurable

La describí varias veces y asociada a varias cosas pero no puedo dejar de pensar en esa escena de la novela de Ian McEwan Amor perdurable. El principio. El hombre va a buscar a su mujer al aeropuerto y de ahí van a un parque. El había llevado una canasta de picnic.

Cuando estaban tomando una copa de vino alguien gritó. Se había soltado la cuerda de un globo aerostático que llevaba a un abuelo con su nieto. Eran cuatro cuerdas ya sueltas en el pasto. El hombre y tres más llegaron corriendo a agarrarlas para salvar el abuelo y al nieto.

Pero el viento es fuerte. Les cuesta y están por soltarlas. Si las sueltan el abuelo y el nieto se irán por el aire. Hay un instante en el que los hombres cruzan las miradas. Es el momento exacto en el que advierten que tirando los cuatro hay una posibilidad, pero si uno solo se ellos suelta la cuerda, los demás deberán hacer lo mismo. Es todos o ninguno. No sigo con la historia porque lo que me parece crucial es la escena.

Me ha vuelto a la mente porque nos pasa eso. Pero a todos en el mundo. Los países cierran sus fronteras. La globalización queda en suspenso. La pandemia hizo que todos volvamos a sentirnos ciudadanos de nuestros países. No hay ciudadanos del mundo ahora.

Y en el caso argentino, tenemos la suerte de que en la nave de tormenta timonea el capitán Beto, que tiene templanza.

Pero antes de que las cosas empeoren como dicta la curva del virus, seamos esos hombres que se miran ya agotados de hacer fuerza, y sepamos que este esfuerzo es compartido o no sirve para nada. Hay cosas que solo se logran tirando juntos.

Categorías
Contratapa Página/12

La salud pública

Desde Madrid, el veterano dirigente de Izquierda Unida Julio Anguita, tuiteó: “Recuerden esto cada vez que les digan ´la sanidad privada es más barata´. El coronavirus está poniendo en evidencia lo que ya sabíamos, que la sanidad privada es parasitaria de la pública. Empresas multimillonarias cuyo modelo de negocio depende de derivar pacientes graves a la pública y de desentenderse cuando pasa algo como esto”. Un enfermero del Hospital Central de Madrid –donde el equipo de gobierno está siendo testeado después de que la ministra de Igualdad, Irene Montero, diera positivo, y su pareja, Pablo Iglesias, brindara con el rey–, informaba en un canal de televisión, ayer, que la situación dentro de los hospitales es caótica. Falta de todo. Desde insumos hasta personal. Falta planificación y dirección. Contratan personal médico temporario pero no hay partidas presupuestarias para contratar más personal de limpieza en esos hospitales colapsados.

Desde Nueva York, la cantante y compositora Isabel de Sebastián posteaba esta semana: “Estoy en el país económicamente más poderoso del mundo, pero gran parte de la población no va al médico porque el seguro es carísimo e igualmente pagas una fortuna deducible antes de que el sistema comience a pagar algo. No hay salud pública salvo para gente indigente y jubilados. Trump le sacó los fondos a las organizaciones encargadas de este tipo de catástrofes hace meses, están desfinanciadas y hacen lo que pueden. A cargo de la crisis está Pence, culpable de muertes en los tiempos de la epidemia del VIH por haber votado contra la financiación del test. El gobierno dice que hay kits de análisis, pero las noticias muestran a médicos de hospital diciendo que no los tienen. Los médicos a domicilio aquí no existen, y desde hace unos días los hospitales te piden que no vayas si tenés fiebre o tos”.

Ayer el New York Times reafirmó la falta generalizada de kits de prueba de coronavirus en Estados Unidos. El día anterior el New Yorker publicó en su tapa una caricatura de Trump con el barbijo puesto pero en los ojos. Ahora Trump deberá conseguirse un kit, ya que un funcionario de Bolsonaro con el que se reunió hace poco dio positivo.

La distopía nos venía corriendo. Mordiéndonos los talones. Los medios opinan y opinan y opinan. Opinan los entrevistados y los entrevistadores. Hay que llenar el tiempo al aire y hay conteos de infectados, indicaciones contradictorias (¿Es obligatorio u opcional hacer cuarentena después de un viaje? ¿El barbijo protege o fragiliza?), alertas cada cinco minutos y noticias de todo el mundo. La más estremecedora llega de Italia, donde también la salud pública sufrió en los últimos años uno de esos recortes que tanto le gustan al FMI. Fueron una de sus pruebas de “confianza”. No alcanzan los respiradores, y los paramédicos deben elegir a quién salvar, y optan por los jóvenes. La distopía ya nos alcanzó.

En Italia no se tomaron las medidas a tiempo, no existió ni por asomo la decisión china de aislar una ciudad entera cuando hubo quinientos casos, sin perder ni un día desde que sospecharon, pese a desconocer todavía el origen del virus, que se trataba de un fenómeno de alto poder de contagio. Corea del Norte al día siguiente también cerró su frontera con China. Todavía no reporta ni un caso. La inexistencia de medidas masivas y de reflejos rápidos que mostró China se hizo esperar en Europa. Quizá se les haya ocurrido. Pero no tienen con qué. La peste nos está mostrando que los Estados fuertes y la salud pública tienen poderosas razones para existir en beneficio de toda la población, porque este virus tiene dos tipos de seres más vulnerables que otros: los ancianos con enfermedades preexistentes a veces sencillamente por la edad, y los viajeros. ¿A qué guionista se le hubiera ocurrido?

Probablemente gracias a la fuerte decisión de un Estado como el chino, allí la infección se amesetó y comenzó a bajar rápidamente, mientras su traslado a países de Estados debilitados por el neoliberalismo encontró escenarios fértiles para la propagación. Occidente tiene además sus medios, que hacen difícil discernir hasta dónde llega la pandemia y hasta dónde el pánico y la especulación. De este modo, observamos cómo el sistema cuya degradación siempre hemos denunciado por su elitismo y su crueldad, se adapta perfectamente a la muerte en todas sus formas. Las muertes por desnutrición, por falta de atención médica, por depresión y ahora por su fragilidad financiera cuando el que debe actuar es el Estado, incapaz de gestos drásticos después de décadas de recortes. Hace tres meses en este país no había ni ministerio de Salud. No hay que olvidarlo ni un minuto cuando comience la cizaña.

Este desastre vuelve a mostrar la mala entraña capitalista en su peor faceta. Deberían repartir por la calle el alcohol en gel que ya no se consigue en las farmacias de ninguna parte. No hay aprovisionamientos de alimentos coordinados para las poblaciones en cuarentena, no hay distribución de agua potable ni barbijos ni, como en Estados Unidos, kits de prueba al alcance de cualquiera que tenga los síntomas. ¿Es concebible una situación más lacerante que la de un país cuyos hospitales en lugar de recibir a los enfermos les piden que no vayan, sabiendo que se trata de gente que no tendrá ningún tipo de atención médica? Se llama abandono de persona, y lo están haciendo Estados que nunca reconocieron el valor universal de lo público y hace décadas que se dedican a alimentar la salud prepaga.

Una vez más, este caos que nos mantiene en estado de excepción permanente –ese estado que según Giorgio Agamben es el que buscan los Estados autoritarios de las nuevas derechas–, nos confirma que los Estados nacionales, cuando fueron creados, trajeron paz después de siglos de guerras ininterrumpidas porque por primera vez el diezmo que antes se le pagaba al conde, al duque o al rey se convirtieron en impuestos para ver nacer, poco después, la salud y la educación públicas. Hace medio siglo que el neoliberalismo intenta desmentir esa verdad que hoy se traduce en torpezas y vacío de protección. Hace medio siglo que rechazamos el desmantelamiento de lo que llegado el momento, como ahora, es lo único que nos puede dar cierta seguridad.

Esos países que fueron desfinanciando sus sistemas sanitarios, humillando a sus médicos, despreciando a los enfermeros, echando a sus científicos para que trabajen en la esfera privada, hoy son los más vulnerables del mundo. Tal vez esta pandemia, cuyas derivaciones son todavía imprevisibles, genere pérdidas económicas tan grandes que llame a algunos a la reflexión. Quizá no desde un punto de vista humanista y solidario, sino desde lo único que entienden, que es cuánto ganan.

Cuando esto amaine habrá que repensar el Estado sin los arteros mitos neoliberales que han engordado sus discursos miles de veces. Parafraseando al cura del siglo XIX Henri De la Cordiere, que dijo que “entre el fuerte y el débil, la ley es la que protege y la libertad es la que oprime”, hoy podríamos decir que entre el sano y el enfermo, el Estado es el que protege y la medicina privada es la que se desentiende. Esta tragedia global debe dejarnos al menos una lección: la resignificación de lo estatal.

Categorías
Política

Axel emocionado

Es cierto que hace años que las clases, en la provincia de Buenos Aires y en muchas otras, no empezaban cuando correspondía, a principios de marzo. Pero no solamente a eso debe haberse debido la emoción del gobernador Axel Kiciloff, cuando su voz se quebró y debió parar unos instantes el discurso para reponerse y recuperar el tono “oficial”.

A muches nos gusta mucho este tono no “oficial”. A muches nos encanta que un gobernador, un presidente, un ministro, alguien con mucho peso sobre sus espaldas, tenga la emocionalidad tan segura y tan firme que pueda permanecer a flor de piel en un ámbito en el que hemos visto desfilar a cínicos, a mentirosos, a superestrellas autopromovidas, a luchadores por sus propios espacios de poder.

A muches nos gusta mucho que Axel, que según ha dicho está en proceso de la deconstrucción de su masculinidad y también de un Estado elitista, sea el hombre al que se le quiebra la voz y los ojos se le humedecen cuando anuncia que los niños y niñas de su enorme distrito tendrán clases desde el día uno del ciclo lectivo de su mandato. Nos gusta que un gobernador piense en los niños y niñas de su distrito como personas con las que está comprometido íntima y
personalmente.

Axel, atacado, criticado, analizado con ojos odiosos por los grandes medios, sigue su ruta política dotado de sus valiosas herramientas: un saber específico y reconocido en el mundo sobre su especialidad, la economía, y una sensibilidad que lo desborda en el contacto con la
gente. Pueden seguir, esbirros, que ya sabemos que son aquellos que atacan los que tienen la llave del mañana.

Categorías
Contratapa Página/12 Política internacional

El virus y el miedo

Los barbijos han vuelto. Los hombres y mujeres vestidos con mamelucos de telas especiales, de trama cerrada y repelente, atajan a los turistas que vuelven a sus países y les colocan un termómetro parecido a una linterna verde en las frentes. Ya completaron los formularios sobre sus contactos e itinerarios antes del aterrizaje. Hay colas de turistas monitoreados en todos los aeropuertos, que son el caldo de cultivo del aire global, el punto de conexión inevitable entre cuerpos de distintas procedencias. Mientras, intermitentemente, hay alertas televisivas que dan cuenta del primer caso detectado en un lugar, un enfermo cero encontrado en otro, y después del corte aparece la imagen del crucero varado en el que hay argentinos, y el Papa no se siente bien y arrecian los rumores.

El brote empezó en China, pero ya hay tantos escenarios para buenas coberturas sobre el coronavirus que China quedó intermitente en las noticias. El interés por China se ha desplazado a Irán, donde entre los muertos hay funcionarios. Curioso azar de localización de este brote, que no es el primero, de un virus cuyo origen sigue siendo un misterio. El precio de los barbijos se cuadruplicó en Italia. Los precios del alcohol en gel se dispararon. Al miedo se le sacan fácil buenas ganancias. Todo el mundo se siente vulnerable, pero cómo no hacerlo si todo el día vemos cómo avanza lo que algunos atrevidos llaman ya pandemia.

No se sabe el origen ni tampoco con precisión la forma de contagio. Se supone que lo peligroso es el aire. Abstrayéndose, uno toma nota: vivimos en un mundo en el que el aire se vuelve peligroso. Ignoro cómo las sociedades que vivieron grandes pestes se comunicaron a sí mismas de qué había que protegerse, pero por ahora, y no por su capacidad de daño en sí misma, es lo más extraño y significante de este nuevo virus. Por un lado, porque su onda expansiva y la espectacularidad de un mundo en estado de alerta por este tipo de virus o bacterias, nos hace en parte protagonistas de algunas de las decenas de películas que hemos visto sobre el tema. Junto con las emociones que nos despiertan las imágenes televisivas o las noticias que escuchamos o leemos, también se despiertan estereotipos de sujetos en pánico que nos entretuvieron algunos sábados hace muchos años, o quizá menos a quienes van al cine a ver este tipo de películas: los devuelvan a la zozobra de los personajes que eran arrasados por algo misterioso, algo que venía de un animal o de otro ser humano, algo que viajaba en el aire cuando alguien estaba al lado de otras persona, algo letal del otro.

También puede remitir a Los pájaros, de Hitchckok, o a Krakatoa al Este de Java, que fue la primera en technicolor. La normalidad de la vida se rompe de pronto porque algo que no era peligroso mutó o reaccionó, y el destino de miles de personas ya no depende de ellas sino de azar de estar en el lugar equivocado, pero nadie sabe cuál es el lugar correcto. Pájaros locos, ensañados, asesinos. El mar sacudido por una tormenta interna y alzado como el brazo de un oso monumental sobre una aldea.

De pronto, la vida real, lo cotidiano, lo ya habituado a sus equilibrios y enloquecimientos, estalla. Eso amenazante, los pájaros, el mar, el sexo sin preservativo, un roedor, una mosca, la pelusa de una fruta, la gota de saliva, se infiltra. Como los espías o los enemigos. Se infiltra en nuestro cuerpo y lo destruye. O mejor dicho: puede hacerlo, porque todo el día vemos cómo lo hace en el cuerpo de miles y miles de personas, cómo penetra inasiblemente en sus organismos y los enferma. Tenemos miedo de ser como esos que vemos.

Muchas de las ficciones que vimos estaban localizadas en un lugar específico, y las formas de transmisión de esas pestes eran parte del guion. Lo vivimos y no en el cine cuando un día el sexo se volvió peligroso, cuando durante varios años las revistas recomendaban no besarse. También aconsejaban poner microfilm entre un cuerpo y el otro cuando se tenía sexo. Sospechaban de la piel.

Todo lo que estoy diciendo no le resta importancia ni es una crítica a las medidas sanitarias lógicas y necesarias ante un virus como el que está asolando el mundo. Ni siquiera es una crítica a las coberturas, porque obedecen a la lógica de los medios, y es un bocado de cardenal tanta adrenalina y miedo desprendidos de fotos, de videos, de nombres de gente conocida. Sería hasta pueril creer que se privarían de ofrecer de corrido todos los detalles, que a su vez se retroalimentan con el creciente miedo de las audiencias.

Lo que estoy diciendo es que este escenario de despliegue global de aeropuertos cerrados o colapsados, de pánico en un avión cuando alguien tose, de especulación y faltante de barbijos, de agua, de alcohol, de cuarentenas, de contingencia pura, porque cualquiera puede ser portador y no sabemos si se puede darle la mano a alguien o pasar a diez metros, tiene ya una base narrativa consolidada. Es desde hace mucho tiempo un género futurista o de catástrofe. La industria cultural lo ha tomado hace décadas y ha construido una vez y otra vez un clima de pánico que hace que cada individuo prefiera automantenerse en cuarentena

No es lo que hizo Juan Salvo cuando comenzó a nevar sobre Vicente López. Esa disrrupción es su marca verdadera y crucial: no eligió salvarse solo y salió con su traje de hule y su escafandra casera a ver qué pasaba y a salvar a otros. Precisamente, la historia de El Eternauta es la de un héroe que no cae en la trampa de las pandemias o los virus o las nevadas, y sale de su casa.

La narrativa de las catástrofes no cultiva héroes sino víctimas de un mal inesperado. Cultiva fragilidad. En la vida real, sobre todo, cultiva segregación y xenofobia, pero la expansión de este virus es tan vertiginosa que pronto será un todos cuidándose de todos. Y es bueno recordar que el miedo, siempre, en todas sus formas, el miedo que aplana la razón y rompe el sentimiento, es el motor de odio más potente. Tenemos que cuidarnos del virus, pero sobre todo tenemos que cuidarnos del miedo.

Categorías
Política

Néstor gobernó sin kirchnerismo

Es imposible separar la figura política de Néstor del 22 por ciento de los votos con los que llegó a la presidencia. Si hubo un gobierno con condiciones objetivas de debilidad y presa fácil de quienes le habían preparado ese escenario, fue el suyo. Lo primero que hizo Néstor fue recuperar la confianza en que sí se podía vivir en un país soberano, que privilegiara a los ciudadanos por sobre la inercia de gobernar para la patria financiera, que sí se podía revivir al peronismo. Alguna vez, en aquellas entrevistas que hicimos para un libro, Máximo dijo una frase sencilla y potente, aplicable al 2003 y a hoy: “Si creés que se puede quizá se pueda. Si creés que no se puede, no se puede”. Era la práctica de su padre.

Lo más valioso, lo más entrañable que restauró Néstor en la sociedad argentina es que “no son todos iguales”, latiguillo que se vuelve a escuchar hoy en el sonido ambiente porque es el eje de deslegitimación de un gobierno para dejar fuera de juego a quien puede llegar a oponérseles. Es el germen de la antipolítica. “Los políticos son todos iguales”: lo dicen centenares de veces por día desde otros tantos micrófonos.

Ya sabemos, hoy, quiénes son los que se dedican a esparcir esa falacia. Sus beneficiarios, que acaban de destruir con la boca seca de ambición la construcción de derechos y el patrimonio del Estado. Néstor irrumpió con su 22 por ciento, sus mocasines, su traje cruzado abierto, su emocionalidad visible, y sus ideas. Y a él le debemos los juicios por Memoria, Verdad y Justicia, que hicieron cosa juzgada del genocidio y entonces sí, con la verdad y los procesos ajustados a las garantías de los acusados, se pudo hablar en serio de Nunca Más.

“No les tengo miedo”, había dicho en un Campo de Mayo que hasta entonces, ya dos décadas después de haberse retirado la última dictadura, seguía siendo un escenario amenazante. Y después hizo bajar los cuadros, y recuperó la ex Esma, y aún así, aún con la quita del 75 por ciento de la deuda, aún habiéndonos sacado de encima al FMI, Néstor gobernó sin kirchnerismo.

Tenía seguidores. Lo querían millones. La imagen, en el mundo cuadriculado de las encuestas, era altísima cuando se fue del gobierno y le cedió el bastón de mando a su esposa. Pero el recelo de la antipolítica respaldado por los arrugues y las entregas de los ´90, nublaba la confianza de muchos militantes peronistas que no terminaban de colocarse bajo la conducción del Presidente.

Lo que se llama kirchnerismo nació un año después, en 2008, con la que los grandes medios bautizaron “la crisis del campo”, regalándoles a los agroexportadores nada menos que esa palabra, que es una de las esencias argentinas. Lo que se llama kirchnerismo y aún late bajo el sol e integra el frente gobernante nació cuando vimos que todo peligraba, y que después de todo habíamos tomado los actos de extremo coraje y de una pericia en la praxis política de Néstor con bastante mezquindad. Fue entonces que decenas de agrupaciones que habían apoyado la gestión de Néstor desde lejos, se pusieron al hombro una identidad política que desde ese preciso instante fue combatida, injuriada, perseguida y desfigurada desde afuera y desde adentro.

El ataque persiste. Ese sector político lleva su nombre, que también es el de Cristina. Hoy que Néstor cumpliría 70 años, es bueno, sobre todo para lo que viene, recordar que cuando hay un gobierno que cambia la dirección del viento y vira hacia los sectores populares, no hay que ser tímido ni reticente. Que cuando el pueblo encuentra representantes, debe asumirse orgullosamente oficialista. Con la frente alta, destruyendo ese otro mito del establishment que pesa sobre esa palabra, que suena turbia cuando no lo es. Los dirigentes que como Néstor y Cristina se apartan del cinismo y empatizan con sus representados no son todos ni son muchos. Ese fue el bien más valioso que nos dejó él, que lo había pensado todo pero no llegó a verlo: es mentira que son todos iguales. A los que no dejan sus convicciones en la puerta de un despacho, a ésos hay que ponerles el hombro porque los hombros del pueblo son su único y su verdadero apoyo. Y su razón de ser.