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Sociedad

El virus en pueblo chico

SEPTIEMBRE TRAJO FLORES Y ALGO MÁS

Suardi.  Una localidad santafesina, doscientos cincuenta kilómetros al norte de la capital provincial.

El lunes catorce, una pareja fabricaba velas aromáticas.

  • Alcanzame la esencia de vainilla – dijo ella.
  • Aquí está. 
  • Pero… ¡esto no huele a nada!
  • ¿Cómo qué no?  ¡Si es fuertísimo el aroma!
  • Yo no lo siento…

Se miraron. Sin decir nada él fue a la cocina, puso un poco de vinagre en una taza y volvió.

  • ¿Y este líquido?
  • No tiene olor. Eso es agua.

Las artesanías se interrumpieron y hubo una llamada al hospital.

Con las reinvenciones de la cuarentena aparecieron cosas deliciosas. Los cafés personalizados de Marcela. Las lasagnas con champignon y cheddar de Federico. Las pizzas con nombres de equipos de fútbol italiano de Kevin. Los postres helados de Gustavo. Los alfajores de lemon pie de Lara y las tortas altísimas de Karina.

El miércoles dieciséis, hice un listado de cosas dulces, incluida la torta, para armarle una merienda  sorpresa a Javier, mi marido, que cumplía años al día siguiente.  A él le encanta cocinar cuando vienen amigos de visita. Tiene sus especialidades: locro, carne al disco con verduras, puré cremoso y un flan de huevo con caramelo líquido que nunca le falla. Pero odia los cumpleaños. No le gusta que le canten y menos aún, apagar una vela. El dos mil veinte  le cumplió los deseos.

A las ocho de la noche, escrito con mayúsculas, entró un mensaje en mi WhatsApp:

“URGENTE. CONFIRMADO. PRIMER CASO DE CORONAVIRUS EN SUARDI. MUJER JOVEN QUE EMPEZÓ CON FALTA DE GUSTO Y OLFATO. ESTÁN AISLANDO A TODOS LOS CONTACTOS. LO CONFIRMÓ A NUESTRO MEDIO EL DIRECTOR DEL HOSPITAL”.

Y explotaron las comunicaciones. Todos buscaron nombres concretos. Aparecieron los rumores típicos del pueblo chico que todavía no se acuerda que es ciudad desde hace dos años. Suposiciones. La desesperación de ser el primero en pasar un dato nuevo. Miedos. Preguntas.

Llamé a mi papá, de ochenta y dos años, que hacía apenas una hora había estado en casa:

  • Mejor no salgas por unos días hasta que se aclare el panorama…
  • ¡No hay ningún problema! Ya tengo todo armado para sobrevivir en fase uno…

Corté la llamada con la certeza de que estaba planeando una comida nueva para guardar en el freezer e invitarnos a almorzar cuando acabara su nuevo aislamiento.

Las visitas familiares quedaron prohibidas. El jueves reduje mi lista dulce a los minialfajores de Lara. Cubrí la mesa del almuerzo con mi mejor mantel, el que tiene bordadas hojas de roble y arce. Busqué los platos  Verbano y las tazas de café que saco cuando hay visitas. Solamente para dos. En un extremo acomodé los regalos que nuestros hijos mandaron por Mercado Libre. Cuando llegó del trabajo, Javier tuvo el cumpleaños menos concurrido de toda su vida. Pero inolvidable, con corona (no confundir con Coronavirus).

El nombre de la chica del caso uno estaba en boca de todos. La entrevistaron por la radio local, junto con su esposo, y la nota con foto salió en el diario digital.  Con el correr de las horas se produjo el efecto tubo de dentífrico. En una crisis que aprieta, cada uno sacó lo que tenía adentro: 

  • ¡Hay que ir a patearles la puerta!- decía un grupo de jóvenes sentados en un paredón a la tardecita, la hora de la cerveza.
  • ¡Los políticos viajaron de incógnito a Rosario y trajeron el virus! ¡Que salgan a aclararlo por el Facebook!

Juan, un egresado de la promo 2020 que este año se quedó sin fiestas, sin acto de colación, sin baile de egresados, y quizás sin viaje a Bariloche, publicó un mensaje en las redes sociales:

OFREZCO REALIZAR GRATUITAMENTE MANDADOS, TRÁMITES, O CUALQUIER SERVICIO NECESARIO PARA LAS PERSONAS QUE ESTÉN EN SITUACIÓN DE RIESGO.

Muy pronto aparecieron seis nombres más, chicas y chicos que se adhirieron a esta propuesta solidaria. En el Facebook, la Municipalidad publicó un anuncio: “Si estás en aislamiento y necesitás contención, estamos para escucharte y acompañarte. No dudes en llamarnos”. Y una lista con los nombres y números de contactos telefónicos privados de cinco profesionales de la salud con el slogan: “VOS CUIDATE, NOSOTROS TE ACOMPAÑAMOS”

Más de ciento cincuenta personas entraron en aislamiento preventivo. La chica uno era muy activa en la comunidad. Atendía un negocio y daba clases en el club. Además había estado cenando en familia el domingo anterior, en uno de los bares más concurridos. La ciudad chica dio la ventaja de saber exactamente con quién se había cruzado. El número de casos que se enviaban cada día a analizar era vox populi.

  • ¿Viste que de los cinco primeros hisopados, solamente hay dos positivos?

Y el resultado se replicaba por las redes sociales. En las colas del banco y del supermercado. En las conversaciones entre adolescentes y en charlas de los mayores. Era casi como un Boca-River, o para Suardi, un Sportivo-Juniors, los dos clubes rivales. Era el partido contra el coronavirus.

De repente, de estar en el podio entre las cinco ciudades santafesinas con más de diez mil habitantes que no se habían infectado en seis meses, pasamos a ser casi los leprosos de la zona. Los dos pueblos vecinos, San Guillermo y Morteros (que pertenece a Córdoba) se mantuvieron invictos. Y nosotros, geográficamente en el medio, teníamos habitantes saliendo todos los días al norte o al sur, para trabajar o ir al médico. Los controles de ingreso a las otras  ciudades seguían estrictos como al principio. 

  • Buen día, nombre y apellido por favor. Número de patente. Teléfono de contacto.
  • Te los paso…
  • ¿De dónde viene?
  • De Suardi.
  • ¿¿De Suardi?? Tenemos orden de no dejarlos entrar…

La primavera estalló en lapachos rosados, amarillos y blancos. El veintiuno, también fue el día del estudiante. Sin juntadas. Sin picnic en el parque. Sin presentación de bandas musicales ni elección de la reina. Sin competencia de los egresados 2020  mostrando sus camperas y remeras.

Ese mismo lunes, la gente que tuvo que salir de Suardi por trabajo o salud se encontró con lo nuevo: los test. Llamadas al hospital, a los médicos particulares. ¿Qué hay qué hacer? ¿Cómo y dónde? Los primeros exámenes se hicieron en la farmacia. Un pinchazo y una gota de sangre sobre el reactivo. En segundos aparecía la línea. La espera era más expectante que la de un test de embarazo.

A los pocos días cambió el protocolo. El test debía ser hecho por un bioquímico que avalara con su firma el resultado. Con este papel en mano o en formato pdf en el celular, algunas ciudades vecinas aceptaron el ingreso de los trabajadores. Pero solamente a lugares donde no hubiera contacto directo con los habitantes.

El viernes a la siesta tuve una reunión por meet con una colega docente y los estudiantes de tercer año del secundario de Arrufó.  Esta localidad queda cincuenta kilómetros al norte de Suardi. Naty vive ahí. Las dos somos de disciplinas artísticas y les presentamos un proyecto grupal, destinado a los chiquitos de tercer grado de la primaria. Siempre se enganchan con los trabajos de proyección hacia la comunidad. Pero en este encuentro percibí algo raro. Nuestros dos rostros eran los únicos que aparecieron en la pantalla. El resto era un tablero con mayúsculas: T, M, A, J…metidas en círculos como fichas de un juego de damas. Algunas piezas tenían la foto de una cara, otras un personaje de dibujo animado o de videojuegos. Cuando les pedí que conectaran la cámara por unos segundos, para poder  verlos, solo uno apareció. Los demás, muteados. Excepto dos de las chicas, nadie quiso usar el micrófono. Únicamente respondieron por chat y con frases cortísimas. Ni siquiera se asomaron para la despedida, donde solemos sacar una foto final del grupo.

Cerramos la reunión y le pregunté a Naty:

  • ¿Qué les pasa? Si este grupo en clase no para de hablar y viven sacándose fotos…
  • Es que anoche apareció el primer caso de covid de Arrufó. Nos pasaron a fase uno…

Para fin de septiembre, los casos positivos en Suardi llegaron a doce. Contactos estrechos de la chica uno. Entre ellos el esposo, el suegro y un hermano. Todos presentaron síntomas leves o directamente fueron asintomáticos. Nadie internado. Y todavía no se pudo definir cómo se inició el contagio. Ya casi están por salir del aislamiento.

Pero yo recibí un mensaje de mi hijo desde Córdoba:

  • Me duele detrás de los ojos y estoy muy cansado. ¿Tendré covid?
  • Quedate sin salir y esperá hasta mañana por si aparecen otros síntomas.
  • Me parece que tengo fiebre…
  • Prepará un té con jengibre rallado, miel y limón. Tomalo bien caliente y quédate en la cama.

Al día siguiente a la mañana me volvió a escribir.

  • Me empezó a faltar el olfato y los amigos con los que estuve el finde están igual que yo.
  • ¡Ni se te ocurra poner un pie fuera del departamento!
  • Es que tengo poca comida…
  • Hacé de cuenta que sos Robinson Crusoe y arreglate con lo que haya.
  • ¡Pero él era ficticio!

Yo estaba justo chateando con mi primo y le conté. El me escribió:

  • Decile que Daniel Defoe era real y escribió esa ficción para que el que naufragara en una playa pudiera sobrevivir
  • Me va a decir que él no está en una playa… ¡Lo conozco como si lo hubiera parido!

A la tarde llegó otro mensaje:

  • Ma, tengo hambre. Acá hay arroz, polenta, un huevo, una berenjena, un poco de harina para pizzas, una caja abierta de salsa de tomate, un poquito de aceite y dos cebollas. No tengo leche, ni queso, ni pan.

Le mandé dos recetas rápidas. La primera: lavar bien las papas con cáscara, cortarlas en fetas de un centímetro de ancho y pasarlas por un bowl donde previamente haya puesto aceite, sal y polenta. Cocinar en horno fuerte veinticinco minutos. Quedan crujientes y no se pegan en la asadera. La segunda: Cortar bien fina la cebolla, dorarla en aceite y agregar la berenjena en daditos junto con la salsa de tomate. Cuando la mezcla esté cocida, echar el huevo y revolver. Usar la preparación como salsa para el arroz blanco.

A la mañana siguiente llamó para contarme que se había levantado a las seis para no cruzar a nadie del edificio. Bajó con doble barbijo, llevó un algodón con alcohol y fue limpiando todos los botones que tocó en el ascensor y la manija de la puerta. Tomó un taxi para ir al hospital a hacerse un hisopado. La cola llegaba hasta la terminal. Diez cuadras de gente guardando distancia de un metro y medio en el frío de la mañana. Algunos estaban ahí desde hacía horas. Ni se bajó del vehículo. Volvió al departamento y siguió guardando estricto aislamiento hasta cumplir los catorce días.

Inolvidable este septiembre de dos mil veinte que hizo florecer hasta al covid.

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Política Recortes de Radio

JxC y Stornelli salen a defender las noticias falsas

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Columna de Sandra Russo en Juego de Damas, en Radio Nacional AM 870. Conduce Luisa Valmaggia, de Lunes a Viernes de 18 a 20 hs.

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La Reinvención del amor

Sandra Russo: «Algo nos dice que a puertas cerradas eso que se dice amor no estaría funcionando»

La periodista analiza en «La reinvención del amor» el dispositivo cultural que configuró el sentido de las experiencias amorosas del siglo XX a partir de un diálogo entre autores y géneros, que va desde Eva Illouz, Franz de Waal, Julia Kristeva a Pierre Bourdie
Por Emilia Racciatti

La periodista y ensayista Sandra Russo analiza en «La reinvención del amor» el dispositivo cultural que configuró el sentido de las experiencias amorosas del siglo XX a partir de un diálogo entre autores y géneros, que va desde Eva Illouz, Franz de Waal, Julia Kristeva a Pierre Bourdieu, para conformar un texto que revitaliza el discurso acerca de los feminismos populares.

«Salir al encuentro de un otro y encontrar los puntos que nos despiertan amor y lugares en los que no hay contacto es una aventura. Es muy difícil disfrutar la diferencia. No encontrarnos con esa diferencia es vivir en una cajita feliz de Mc Donald’s», dice la periodista, docente y escritora en diálogo con Télam.

Editado por la editorial Debate, el libro recupera la fuerza de la pregunta por cómo se organizan las formas de pensar lo amoroso y cómo habitamos los vínculos que nos constituyen para proponer la reinvención de las prácticas.

-Télam: ¿Podemos decir que tu lectura sobre lo que viene pasando con los feminismos populares fue lo que dio origen a este libro?
-Sandra Russo: Vengo observando y escribo mucho sobre los feminismos populares en el mundo, en la Argentina y en la región y es lo más disruptivo, novedoso y peligroso para el status quo porque es un sector mayoritario que implica a los sectores populares. La derecha y la ultraderecha disputan con sus iglesias financiadas por la CIA otro tipo de concepción de lo femenino, de la femeneidad: niegan el feminismo, el derecho a decidir sobre el propio cuerpo y están llegando a la región con el argumento del antigénero. Es una mirada sobre los feminismos populares pero desde mi lugar de observadora de política y geopolítica. Es un libro feminista instalado en América Latina, en un momento en el que los movimientos populares y los gobiernos populares están siendo combatidos por gobiernos títeres de un país como Estados Unidos, que está perdiendo la hegemonía y tiene reacciones desesperadas. La idea era cuestionar el amor romántico pero dando herramientas que tuvieran que ver con el feminismo y con la política.

-T: Decís que el amor es lo que nos quita el control. ¿Cómo te parece que se reconfigura la experiencia amorosa en este contexto de pandemia?
-S.R.: La pandemia alteró todo. No sé cómo será el porcentaje de amores que quedaron convivientes y amores que quedaron en casas separadas o cómo siguieron funcionando los amores online. Pero me parece que sirve como ejemplo para ver que el amor se expresa de diferentes maneras de acuerdo a la circunstancia. Nos ha cambiado el impulso porque esta circunstancia nos pone a prueba a la hora de demostrar amor, que ha significado también mantener la distancia. En el libro se van empardando el amor y el cuidado porque no creo en el amor sin el cuidado. Es un aporte a pensar el amor dentro de las políticas de los cuidados. Precisamente la pandemia anula el arrebato de «no podía pasar un día más sin verte» que se transmuta en «no te veo porque no quiero que corras riesgos». Depende las circunstancias pero hay situaciones en las que el amor se expresó así.

-T: Planteás que no amamos por fuera del sistema en el que vivimos y cómo ese mismo sistema que nos propone la aventura, nos dice que conocer a alguien no es lo indicado. ¿Cómo alumbran esa contradicción los feminismos populares?
-S.R: El primer capitalismo, según Eva Illouz, puso al amor en la góndola del ocio y la aventura y nos dejó a las mujeres la misión de revivificar el amor cuando se ponía rutinario y nos asoció la revivificación de la pareja al consumo de servicios. A todos nos gusta tener aventuras en el sentido de salir de lo conocido pero quizás uno ama a alguien y eso no quiere decir que lo conozca. Ni que uno se deje conocer completamente ni que el otro se deje conocer completamente. En eso tienen que ver Kristeva y Sollers, en el aspecto de la experiencia interior. Hay cuestiones de nosotros mismos que son incomunicables, por eso es una falacia lo de la media naranja. Porque no somos mitades, somos enteros. Dos personas que viven juntas muchos años todavía tienen mucha aventura de conocimiento recíproco porque hay capas de intimidad que no llegan a alcanzar. Precisamente a partir de las explosiones de los feminismos, sobre todo los populares, es que nos enteramos que la violencia es la degeneración del amor romántico, un desvío de ese amor. Porque ese amor incluye posesividad, celos, la manipulación de revisar celulares, la desconfianza, la sospecha. Hay otros que queremos vivir el amor de una manera más amistosa.

Reivindico la amistad como componente del amor erótico. Cuando hablo de amor, hablo de ese amor erótico como lindero del que se puede sentir por el planeta, por el ambiente, por la política, por una idea, por el país. Tienen que ver con la misma caja de resonancias. El libro es una invitación a pensar eso y si de verdad estamos pensando en un mundo que sobreviva y sea mejor, este amor erótico tiene que acoplarse a otro amor que respete a todas las criaturas. El único delito que no bajó con la pandemia es el femicidio. Algo nos dice que a puertas cerradas eso que se dice amor no estaría funcionando.

-T: Son varios los autores que citás que defienden lo que implica reconocer la diferencia al hablar de amor. Me refiero a lo que dice Badiou, por ejemplo, sobre «lograr la armonía entre la diferencia» y «amar una contradicción».
-S.R.: Distingue que muchos sostienen que lo que se necesita para alcanzar el amor es el encuentro y es lo que se hace en las redes o en una reunión social y que esa instancia no necesariamente tendría que ver con el amor. Badiou dice que el encuentro es un paso necesario pero que el amor se pone a prueba en la construcción y en saber quién es el otro. Se trata de un proceso en el que uno se conecta con otro ser y va consolidando sus diferencias. El amor que pretende que el otro se ajuste perfectamente a mi deseo es un amor narcisista que en realidad está buscando un espejo y no otra persona. Salir al encuentro de un otro y encontrar los puntos que nos despiertan amor y lugares en los que no hay contacto es una aventura. Es muy difícil disfrutar la diferencia. No encontrarnos con esa diferencia es vivir en una cajita feliz de Mc Donald’s.

-T: Resaltás la necesidad de reinventar formas de hablar de amor. ¿Cómo pensás esa reinvención en relación al mundo que cambió en estos meses?
-S.R.: No sé como se reconfigurará. Un poco de lo que llamamos romántico todos necesitamos. Me gustan los encuentros con dedicación, la necesidad de trascendencia, de romper lo ordinario, lo rutinario. Pero ¿hasta dónde llega nuestro derecho sobre el otro -si es que tenemos alguno cuando lo amamos- y hasta dónde llega el derecho de quien nos ama sobre nosotros? Se trata de renunciar a la menor cantidad de versiones de uno mismo posibles. Todos hemos pasado por la experiencia de mostrar nuestro mejor perfil que está hecho a imagen y semejanza de un formato cinematográfico. La ventaja de la película es que termina bien pero en la vida las cosas siguen y empiezan a ponerse aburridas, rancias. Si superamos esta crisis de destrucción de especies y si el mundo continúa hacia un paradigma de cooperación -algo que está diciendo desde el Papa hasta la Internacional Progresista y Chomsky, que conforman un paquete de pensamiento geopolítico- se dará integralmente. Me refiero a que lo que uno pregone ideológicamente también lo sienta internamente en sus emociones más personales.

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La Reinvención del amor

Corín y Fiódor

Télam adelanta un fragmento del primer capítulo del libro de la periodista, escritora y docente, editado por Debate, que convoca a pensar los sentidos instalados acerca de los vínculos amorosos retomando los planteos de los feminismos populares.

Tendría diez u once años, y estaba distraída en la clase de Lengua. Sexto grado. La maestra preguntó quién de nosotros, que éramos casi treinta, leía. Yo levanté la mano. Fui la única. Tuve ganas de bajarla, pero ya era tarde. A todos nos habían regalado, pocos años antes, algunos libros de la época. La colección Robin Hood ya declinaba, pero nos llegó a tocar. Eran regalos de cumpleaños bastante típicos en esa clase media con aspiraciones culturales. De las chicas todas las que leíamos éramos fanáticas de Mujercitas. Jo era la que todas queríamos ser. Chicas leyendo libros y comiendo manzanas en el altillo. Pero, un año después, ya la lectura se había perdido como inclinación general. Mi generación fue la primera en divertirse en la infancia con la televisión en blanco y negro.

Aquella tarde en la clase de Lengua, cuando los libros habían quedado precipitadamente atrás, mi mano levantada atrajo la mirada de la maestra, a la que le teníamos bastante miedo porque era sarcástica.

Me preguntó qué leía. Le dije que novelas de Corín Tellado. Todos estallaron de risa. No la habían leído, pero mis compañeros estaban al tanto de que Corín Tellado no era una autora para mencionar en una clase de Lengua, que eso no era «literatura», que se vendía en los quioscos y no en las librerías. Yo, que la leía, la disfrutaba. No leía para ser «culta». Leía para entretenerme, porque no tenía hermanos y porque me gustaba encerrarme en mi cuarto, donde no estaba el televisor ni mis padres. La maestra no dijo nada. Siguió hablando de otra cosa. Me abochornó un poco esa situación, pero no cambió mi vínculo desordenado con la lectura.

Unos meses después, sorpresivamente, la maestra me preguntó si seguía leyendo y qué. Le dije que sí, que estaba leyendo «Crimen y castigo», de Dostoievsky. Se lo dije en el mismo tono en que había nombrado a Corín Tellado. Era el libro que había encontrado; no estaba jactándome, porque todavía no entendía muy bien la diferencia. Ella sonrió. Creo que esa sonrisa fue un estímulo para seguir relacionándome con los libros con aquella misma libertad que había sentido cuando empecé a buscar en ellos algo que diera señales de cosas que yo intuía pero no había sido capaz de pensar todavía.

Leía para saber cómo vivían otros y otras. Qué tipos de personas había. Qué era capaz de hacer la gente. Cuáles eran sus motivaciones. Cuáles eran los motores que encendían la ira, la pasión, la decisión de irse, de quedarse, de pelear o resignarse. Leía para saber algo de los otros. No me importaba «el valor literario», porque no tenía idea de lo que era. Hasta que me topé con él, como era inevitable.

Y entonces descubrí otro tipo de goce, otro viaje, otra dimensión de la palabra; pero nunca olvidé aquellos primeros hervores que me proporcionó Corín Tellado, y por ellos quiero empezar a escribir este ensayo que planea sobre un tipo de amor, el romántico, que está en extinción, y en cuyo lugar todavía no sabemos qué otro tipo de amor sobrevendrá.

Las novelitas de Corín Tellado fueron las «Cincuenta sombras de Grey» de otras generaciones, contadas con un tipo de suspenso erótico que estaba destinado a mujeres calenturientas pero que, como sus protagonistas, debían disimular su deseo sexual excusándolo en un sentimiento prestigioso e incuestionable, el amor. De todos modos, ese encapsulamiento del deseo sexual que indefectiblemente se desataba en las segundas o terceras partes de las novelitas de Tellado (llenas de «durezas», «vigores», «humedades» y «temblores intensos») potenciaba la ansiedad de las lectoras, que reafirmaban y reconfirmaban que las mujeres «éramos así». Que queríamos, pero que no debíamos. Por esa ruta se llegaba a la «decencia», que en las mujeres parecía concentrarse en la capacidad para regular la propia sensualidad.

Poco después, siguiendo mis lecturas azarosas, púber todavía, cayó en mis manos «Adolescencia en Samoa», de Margaret Mead. En uno de los capítulos de ese libro la antropóloga habla del petting norteamericano, que se practicaba en la primera mitad del siglo pasado: la costumbre entre adolescentes de trenzarse sexualmente, pero sin llegar a la penetración.

Reconocí rápidamente en esas jóvenes de otra cultura y descriptas con otro enfoque a las protagonistas de Corín Tellado: las mujeres éramos las que teníamos que tener el control de la situación para continuar siendo posibles novias o esposas, chicas decentes, que eran las que se dejaban llevar pero en una medida estricta, con una falsedad y una disociación interna, porque la cultura nos impedía dejarnos llevar del todo por el impulso genital, que era lo que hacían -podríamos decir «debían»- los varones: no podíamos llegar al clímax porque eso equivalía al descontrol, y lo que se ponía en nuestras manos y en nuestras entrepiernas era precisamente el control. Cierto tipo ingrato de control. Debíamos autocontrolarnos. Los varones podían dejarse llevar, y hasta presionarnos, apurarnos, amenazarnos con dejarnos por otra que accediera. No quiero ni imaginarme la cantidad de insatisfacción sexual femenina y la frigidez que brotó de la fuente del petting.

Muchas décadas más tarde comienzo este ensayo sobre el amor, sobre la agonía del amor romántico, sobre las arbitrariedades con las que está estructurado, sobre los intereses que lo hicieron surgir.

Sobre el amor que duele, que lastima, que mata, y que, sin acercarse al maltrato, todavía e incluso en su fase de enamoramiento, ya estaba presente en aquellas novelitas rosas en las que un tipo de amor era presentado como el amor que todas buscábamos porque era el único que existía. Lleno de obstáculos. De malentendidos. De recelo. De manipulación.

De la tradición romántica del siglo XIX ya entonces quedaba muy poco. Había una línea recta entre los orígenes del romanticismo y eso que alcanzamos a vivir como romántico, pero esa línea estaba cruzada por un amplificador nunca antes visto, con un estimulante pavoroso que desde su surgimiento hasta hoy nos penetra y nos talla por dentro, aun en los rincones de nuestra interioridad a los que ni nosotros tenemos acceso consciente. Ya vivíamos en una cultura de masas, con mensajes directos e indirectos, y con una narrativa adaptada a los nuevos soportes. El amor no era amor si no era romántico, y, para que supiéramos que se trataba de amor real, estaba el obstáculo y su fruto venenoso: el sufrimiento.

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Encrucijadas: El Coronavirus y los dos mundos posibles

Cada día que pasa nos alejamos más del día anterior a la aparición de la pandemia. Parecía una peste más, de esas que cíclicamente han arrasado con millones de vidas en todas las épocas. Y cada una de ellas tuvo su pico y su bajada; hace unos meses pensábamos que así sucedería también con ésta, quizá alentados por el desarrollo de la ciencia y quizá todavía pueriles, como cuando vimos las tapas de todos los diarios argentinos saliendo con una portada de lucha en común. Pero el covid-19 no llegó en un momento cualquiera, sino en el de la encrucijada de la especie: hay dos mundos posibles por delante, e incluso puede que no haya ninguno.

Esta peste cayó en el clímax de una aceleración integral, y en su transcurso el mundo y las poblaciones también han mutado: la iniciativa política de la ultraderecha, de usar la catástrofe como un escenario en el que afloren subjetividades descentradas y esquizoides, no permitirá regresar al día anterior a la pandemia. Porque incluso cuando se encuentre la vacuna, habrá que ver qué formas bizarras adopta ese fuera de sí de los negacionistas.

La vida o la economía fue el primer falso dilema que nos plantearon. Quienes lo difundieron no pensaban en los dueños de gimnasios ni de peluquerías. Pensaban en los negocios grandes que hacen ellos. Ya Bérgamo había sido la prueba del delito: para miles de italianos, mantener el trabajo les costó la vida o la de sus seres queridos. Y sin embargo es como si eso no hubiese sucedido. Ya existe la evidencia histórica de ese fracaso, pero el ocultamiento de la realidad no permite que se vuelva experiencia histórica reciente. Encontraron su caldo de cultivo en los sectores bajos y medios que necesitan volver a tener ingresos, y que por supuesto tienen derecho al pataleo. El problema es a quién le reclaman. En otros contextos de crisis tan abismales, se dio por entendido que eran los Estados, con la contribución de los más poderosos, los que debían encargarse de la reconstrucción. Fue así en Estados Unidos después de cada guerra. Hoy lo que los poderosos quieren es quedarse con todo sin socorrer a nadie: los mandan a contagiarse y de paso se elimina un sobrante de población.

“Tendremos montañas de muertos en todas partes, el Gobierno intentará esconderlos, habrá censura para evitar difundir las muertes, pero la opinión pública internacional lo sabrá. ¿Y qué pasará? Con todos los países saliendo del encierro después de una experiencia dramática, lo primero que van a hacer es poner un cordón sanitario a Brasil. ¿Quién va a querer comprar carne brasileña, de un país totalmente contaminado?”, se preguntaba en abril Vladimir Safatle, filósofo de Sao Pablo de paso por Madrid. En una entrevista esbozaba ya entonces que el único modo de evitar no sólo centenares de miles de muertos sino la crisis económica inédita en la que caerá Brasil en la pospandemia, era el juicio político a Jair Bolsonaro. Su política al respecto, como la del recuperadísimo-en-tiempo-record Donald Trump, causó más pérdidas de vidas que varias guerras. Y por eso esta peste es distinta a las anteriores: en su transcurso y de modo no convencional, se declaró una guerra que no necesita soldados. Están dispuestos a enervar y acelerar el enorme malestar que generan las restricciones en personas susceptibles a ese relato. Ese relato a su vez enfoca al enemigo en los Estados que quieren proteger vidas, y hace a sus fieles y seguidores aliados de aquellos que los han explotado siempre y que no están dispuestos a dejar de ganar dinero ahora tampoco.

En la encíclica Fratelli Tutti, que el Papa firmó en Asís hace una semana, en el párrafo en el que se refiere al mercado, usó esta expresión: “fe neoliberal”. En efecto, el neoliberalismo ha introyectado en millones de personas otro relato sin pruebas ni evidencias, sino todo lo contrario, por lo que es metabolizado más que como una ideología, como una fe.

Al analizar la gestión sanitaria del presidente de su país, la antigestión negacionista, Safatle no recurría a la figura del “contagio de rebaño” como sonaba por aquel entonces esa estrategia por cuya aplicación muy poco después el gobierno sueco pidió disculpas públicas ya que se hubieran podido salvar muchas vidas de haberse decidido restricciones tempranas. El filósofo brasileño recurría, en cambio, a una figura local, casi fundante de las grandes fortunas coronadas por apellidos ilustres en América Latina. “Sólo se justifica por un pensamiento esclavista que nunca se ha superado. Piensan como los dueños de los ingenios, que a su vez pensaban sobre sus esclavos en las plantaciones de caña de azúcar: ¿Van a morir algunos? El molino no se va a detener por eso. Por lo general, esta lógica se usaba para someter a la clase trabajadora afrodescendiente. Ahora la diferencia es que están sometiendo a esa lógica de la esclavitud a toda la población”.

Safatle señalaba puntos alienados de esa lógica: el virus es “democrático, no entiende de clases, por eso exige alienación y no le alcanza la supremacista. “Si he entendido correctamente, el sector que posee los medios de producción apoya a Bolsonaro debido al ADN esclavista que nunca abandonarán y pasa de generación en generación”.

En todos nuestros países se replica esa lógica, que recae en poblaciones emocionalmente fragilizadas por la alteración de los parámetros de normalidad. Si ha pasado de generación a generación la autopercepción de superioridad de las elites, eso sólo fue posible porque encontraron las herramientas simbólicas para hundir a las respectivas poblaciones en la autopercepción de inferioridad: violar los protocolos, presionar para acelerar las aperturas en momentos de picos de contagios, se ha convertido en un acto de “libertad”, cuando no es más que el acto reflejo de identificación con el discurso del amo.

¿Y cómo se le va a pedir al amo que pague más impuestos para contribuir con los Estados que sostienen a los sistemas sanitarios y que claro que deberían sostener económicamente a los sectores paralizados? Les han bloqueado la posibilidad de esa perspectiva, y no por arte de magia: han construido el mito de que las grandes fortunas justifican un poder que no se cuestiona, que es “legítimo”: desde esa ilegitimidad absoluta y hasta abyecta –como lo es aspirar a que se gobierne sólo en su beneficio– es que surge la reacción.

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Trump dice que les dijo a los médicos cómo curarlo

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