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Sus datos, por favor

Hoy me toca salir. En el asiento del acompañante tengo preparados: barbijo, alcohol en gel y el celular con el  permiso de circulación por causas excepcionales. Atrás, una bolsa con una campera roja de lana abrigada, otra bolsita de remedios y el bolsón de pañales. Voy a
visitar a mi mamá, internada con demencia senil en una residencia, cuarenta kilómetros al sur. Tengo que ir desde Suardi, en la provincia de Santa Fe, a Brinkmann, en la provincia de Córdoba. Cada jurisdicción con requisitos propios.

Pongo reversa hasta llegar a la calle y pienso que es mejor dejar el celu en la captura de pantalla del formulario que saqué el mes pasado. Cuando lo abro, leo en la parte superior: “VÁLIDO POR 48 HORAS”. Nunca vi que tenía esa aclaración. ¡Y eso que estaba en mayúsculas!

En dos segundos me decido. Voy igual. Nuestra zona es blanca, blanquísima. Jamás tuvimos un caso de coronavirus. Además, hace más de un mes que no veo a mami y conseguí un turno de visita con horario estricto.

El día está horrible: helado, ventoso y con llovizna fina. Gris. Llego al primer retén, a la salida de Suardi. Registran todos los datos: nombre, apellido, número de teléfono, patente del auto, lugar de destino, motivo del viaje. Las chicas que escriben tienen frío aunque están abrigadas como si  fuera Siberia. Una de ella me sonríe con los ojos (es lo único visible de la cara) y me dice “¡Hola Alicia!”. Le respondo el saludo con una sonrisa grande pero no me animo a decirle que no sé quién es. Cada vez tengo más lagunas de identificación con este asunto de los barbijos. Me dice que siga y me advierte que un poco más adelante está el
próximo control.

Tomo la ruta y a los diez minutos veo desde lejos que hay móviles policiales. Es la frontera del cambio de provincia para ingresar a Córdoba. No hay nada que la distinga particularmente, solamente un  lomo de burro que brotó en el límite, producto de la diferente
estructura de los  pavimentos. Y también un cartel, cuando se circula de sur a norte, que avisa: “PELIGRO. A 100 METROS, RUTA DETERIORADA”. Un chistoso,  hace años, le borró la patita a la
R. Ninguno de los gobiernos de turno lo ha corregido. Diría que ya es histórico y lo tomamos como referencia.  Me detiene la policía provincial santafesina. Son tres hombres. Se los nota relajados en su vestimenta verde seco. Un agente, el más joven, se acerca y me pregunta por el destino y el motivo del viaje. Tiene la cara descubierta, la mirada franca. Parece que el frío no lo afecta. Mira hacia adentro del auto y ve los pañales de PAMI instalados en el asiento trasero. Un  salvoconducto, sin duda,  porque de inmediato me dice:”Adelante”

Ya estoy en territorio cordobés. Ocho kilómetros más, y a lo lejos, luces azules y conos naranjas. Cuando me aproximo, son los típicos móviles de la caminera. Siempre se  instalan debajo de la hilera de eucaliptus. Es el lugar habitual de  las multas. Pero me sorprende, porque no los había visto desde que se inició la cuarentena. Los agentes tienen uniformes  azul oscuro y armas. En sus cabezas, lo único que llevan al descubierto es una franjita de piel con ojos. El cerebro va más rápido que la lógica y me siembra la duda: ¿me  paran para controlar o para asaltarme? Tienen toda la pinta de un grupo comando. 

Y así como un flash, sin aviso, llega el recuerdo de una mañana fría, cuando iba al secundario en tiempos de los militares. Nos hicieron bajar del colectivo en medio del recorrido, en la carretera. Estaba amaneciendo. Salimos del interior calefaccionado a pisar los yuyos
mojados. Nos pusieron en hilera, uno al lado del otro, dando la espalda al micro y mirando hacia el frente. El oficial a cargo pasó pidiendo los documentos y comparando nuestros nombres con los que tenía escritos en un papel. Me acuerdo que era la hoja rayada de un cuaderno.  Los subalternos estaban a unos metros, en la banquina, enfrente de nuestra fila con las armas apuntando al piso pero alertas. No sentí  miedo porque esos soldaditos eran apenas dos años mayores que yo, hasta a alguno lo conocía del secundario, aunque el FAL los hiciera  ver poderosos. 

Bajo el vidrio para esperar la pregunta.

-Me permite el carnet de conducir, por favor.

Hace tanto que no lo exhibo, que lo tengo mezclado con todas las tarjetas de diferentes promociones. Saco la de COTO, la de GRIDO y la de la Mutual. Sé que la licencia tiene un borde azul. Termino desparramando todo en mi falda. Aparecen dos cédulas pegaditas. El policía de turno es alto, macizo. Está bien cerca de  mi puerta. Con voz  impaciente, casi de mando, desde afuera dice:

-¡Esa!- señalando la que sale al final, cumpliendo una de las leyes de Murphy. 

Se la alcanzo, la lee y observa algo en la parte trasera del auto. No sé qué busca exactamente. Me quedo tranquila a medias. Al cabo de unos segundos me la devuelve y me da vía libre.
Por la radio voy escuchando que en una ciudad grande abrieron bares y restaurantes.
Están entrevistando a un mozo que cuenta su vivencia del primer día.

-Aquí estamos respetando el protocolo a rajatabla. Tenemos alcohol en gel en cada mesa y tensiómetro para medir la temperatura de cada cliente que llega…

Se me escapa una sonrisa.

Ingreso a la ciudad de Brinkmann. Ya es el último retén. Vuelvo a frenar. Hay  siete autos en espera. Mientras estoy detenida, recuerdo que hace unos días a mi amiga la hicieron bajar a la banquina porque el termómetro láser marcaba 37.8 grados. Paso la calefacción de
veinticuatro a dieciocho y dirijo los ventiladores con toda su fuerza  hacia mi frente. Otra vez hay que dar todos los datos. Aquí no hay uniformes. El agente municipal es joven y muy amable. Por suerte, no me pide el certificado. Apunta a mi frente con el láser, registra el valor en su planilla y me deja seguir. En voz bajita digo: “gracias pañales”. 

Continúo por la calle principal mirando de reojo la panadería sobre la derecha. A la vuelta voy a parar a comprar torta de naranja y chocolate. Y chipás si todavía les queda alguno. Todo lo que fabrican en ese lugar es riquísimo. Un poco más adelante, la plaza con su fuente de chorros bailarines, ahora apagada. Y la heladería donde solíamos traer a mami para el cucurucho con sabor a manzana verde, su preferido. Con las cortinas de blackout bajas. Después del segundo semáforo, giro a la derecha cuatro cuadras. Ochenta metros más hacia la izquierda. Llegué.

El viento sur me golpea cuando bajo. Como un entrenamiento para los puñetazos emocionales que me esperan adentro. Atravieso un arco con sensor que tira agua con amonio cuaternario. Desinfección obligatoria porque los viejitos son vulnerables. Esa lluvia casi microscópica me moja las orejas y se combina con el aire helado. No es precisamente una entrada triunfal.

Me dejan esperando en el patio interno, está prohibido el ingreso. Mesas redondas y  sillas vacías, pero todo impecable como siempre. Luna, la perra, pasea entre las patas de madera con mirada tristona. En primavera y verano es uno de los lugares preferidos para sentarse, rodeado por jazmines, palmeras, y un poco más lejos rosales y dalias. Pero ahora es una postal de desolación.

La traen a mami muy bien abrigada. Tiene puesta la campera marrón que le regaló mi hermana. Y las botas nuevas. Se le iluminan los ojos celestes cuando me ve. Aunque yo tengo el barbijo, de lejos sabe que soy familia. No me importa que no se acuerde de mi nombre o de que soy su hija mayor. Mesa de por medio,  creamos un puente  de cariño invisible porque no podemos abrazarnos, ni siquiera tocarnos las manos.

Le muestro unas fotos en el celular pero a los cinco minutos tiene frío, quiere ir adentro a su sillón favorito. No entiende por qué me
niego a acompañarla. Abre la puerta corrediza y se mezcla con los demás en el ambiente tibio.

Me voy. Casi huyendo. Es la primera visita tan breve. Me consuela un poco, al pasar por la ventana, verla de espaldas conversando con su vecina de silla. No se da cuenta de que  me estoy yendo. Quizás tampoco se acuerde de que fui a verla. Atravieso el arco-rociador otra vez. Me lleva unos minutos tranquilizar la mente y el galope del corazón. Me cuesta irme. Hoy no fue como cualquiera de las otras visitas.

Cuando me acerco al retén para salir de la ciudad,  justo han cambiado el personal. En vez de hacerme señas para que pase directamente, el hombre instala el cono naranja en el medio, justo delante de mi coche, con un gesto hosco. Quizás esté cansado de pelear contra el viento gélido. De nuevo las preguntas controladoras y ahora no tengo ningún paquete salvador. Pero me cree y no  pide el certificado. 

Quiero llegar y encontrarme con mi familia. Ya no está la policía caminera ni la provincial. Paso de largo por el acceso para ir hasta la rotonda, enfrente de la estación de servicio, donde está el monumento de bienvenida. Siempre hay flores alrededor, en julio le toca a las petunias. Doy lentamente la vuelta para que el auto pase por el arco que tira agua con lavandina diluida. Me pregunto si el tiempo no se les hará eterno a los empleados que están en la carpa controlando el rociador… En esa U del retorno dejo a mi derecha el cartel que hermana a Suardi con Piscina, una ciudad del Piamonte italiano.

Me detiene nuevamente la empleada municipal de los ojos sonrientes. Como disculpándose dice: “Alicia, tengo que tomarte los datos otra vez…”. Es una pavada, pero no me animo a preguntarle su nombre. Cuando me toque salir la semana que viene quiero poder devolverle el saludo personalizado. 

Entro a casa deseando que el próximo viaje sea bajo un cielo sin nubes, en una ruta sin controles, en un encuentro de besos y abrazos.

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Cultura

Mujeres y poder

LAS SEÑORITAS” HACE TIEMPO NO LLORAN

Si hacemos un breve recorrido sobre el rol de la mujer a lo largo de la historia latinoamericana, podemos observar que desde tiempos muy remotos, las mujeres han ocupado espacios de poder. En el mundo precolombino, no solo eran concebidas como símbolo de fertilidad y mito de creación, sino que además, eran consideradas diosas, guerreras y dirigentes de sus propias comunidades. En la región mesoamericana se destaca la diosa Coatlicue, divinidad protagónica de la cosmogonía azteca, madre de todos sus dioses. En la andina, la presencia de las capullanas, señoras cacicas y gobernadoras, sentaron precedentes sobre el ejercicio del mando femenino.

La conquista y colonización del continente americano,además de ser recordado como un hecho trágico para nuestra historia, es imaginado únicamente en manos de hombres, ignorando por completo que ellos no vinieron solos. No obstante, los hechos demuestran que las mujeres colonizadoras participaron activamente en la conformación del Nuevo Mundo; fueron pioneras en el ámbito socio-económico y determinantes en el asentamiento y en el proceso de consolidación cultural,dentro de la sociedad hispanoamericana. Pero eso no figura en los libros, ni tampoco nos lo enseñaron en la escuela.

Durante la gesta de las revoluciones independentistas americanas, los mandatos de géneros construidos culturalmente, destinaban a la mujer solo al ámbito privado y a las tareas domésticas, mientras que el espacio y las actividades de carácter público les pertenecían a los hombres. Dicho esto, podemos analizar cómo los cuerpos se encontraban condicionados para ciertas actividades, de modo que a la mujer no le quedaba más opciones de vida que: el convento o el matrimonio y/o la familia.

Algunas protagonistas como Juana Azurduy, “Machaca” Güemes de Tejada y Mariquita Sánchez de Thompson,transgredieron las barreras de lo establecido para convertirse en mujeres libertarias de nuestra historia. Aunque lucharon con la espada y la palabra por la independencia de sus pueblos, muchas de ellas llegaron al final de sus días sumidas en la miseria, la pobreza y el olvido.

Dentro del campo cultural existía un arte limitado por los conceptos binarios: tareas artísticas destinadas para hombres y otras consideradas “menores”, como la producción de bodegones o el arte textil, reservadas para las mujeres. A aquellas que lograban acceder a la academia, se les prohibía el estudio del cuerpo humano, se las limitaba a crear en un formato pequeño y se les restringía el acceso a determinados géneros artísticos. En la historia universal del arte, muchas artistas quedaron relegadas a las sombras de sus esposos, quienes más de una vez, se apropiaron de sus obras. Tal es el caso de la escultora Camille Claude o de la pintora Margaret Keane. Otro ejemplo lo vemos representado en el largometraje “The Wife”, película que narra la historia de la escritora Joan Castleman.

Es recién en los siglos XIX y XX, cuando emergen estudios sobre el rol de la mujer en el arte y se comienza a cuestionar la noción de “genio” y la jerarquización en los talentos; se critica a los estilos femeninos y surge una pregunta: ¿por qué no han habido grandes mujeres artistas? La respuesta a este interrogante es que la historia, escrita por hombres, las ha invisibilizado, tal como sucedió con las mujeres precolombinas, colonizadoras y libertarias.

Sin embargo, gracias a los movimientos feministas que vienen luchando hace décadas, por la igualdad de derechos, se vienen dando algunos avances importantes al respecto. En la actualidad, bajo la presidencia de Alberto Fernández, se logró que un 38% del total de los cargos ejecutivos sean ocupados por mujeres, mientras que durante el gobierno de Mauricio Macri, el porcentaje era de un 22%. También, es preciso valorar la creación del Ministerio de las Mujeres, Géneros y Diversidad, creado el 10 de diciembre de 2019, a través del Decreto 7/2019. Sin embargo, se sabe que aún no es suficiente y que la paridad y la ampliación de derechos en cuestiones de género es una deuda vigente.

En las últimas semanas, el término “violencia política” ha resonado fuerte a raíz de nefastas declaraciones y comentarios misóginos, dirigidos a destacables compañeras que ocupan espacios de poder en la trinchera del Poder Ejecutivo que se realizaron, tanto en las redes sociales, como en los medios de comunicación. Si bien, la noción de este tipo de violencia es relativamente reciente, lamentablemente, es un ejercicio que tiene muchos más años que su concepto en sí, y hoy más que nunca, es puesto en práctica.

Según un estudio realizado por el Equipo Latinoamericano de Justicia y Género, 8 de cada 10 mujeres argentinas vivieron situaciones de violencia a lo largo de sus carreras políticas. Es por esto que, durante el mes de noviembre del 2019, la cámara de Diputados sancionó a favor de la reforma de la Ley 26485 de “Protección Integral de las Mujeres”. Este proyecto buscaba incorporar la tipificación de la violencia política reconociéndola como una modalidad más de violencia en cuestiones de género.

A pesar de la vigencia de la ley, existe un cierto sector machista al que poco parece importarle, buscando instalar, peligrosamente, discursos que tienen como objetivo anular el goce, reconocimiento o ejercicio de los derechos políticos de las mujeres. De este modo, logran seguir dándole vigencia a los mandatos de género y a los condicionamientos de los cuerpos en una sociedad que, culturalmente, está bajo un proceso transformador y que necesita con carácter de urgencia ser deconstruida desde todos los ángulos posibles.

En los últimos días se llevó a cabo el 5º encuentro de “Mujeres gobernando”, en donde más de 200 funcionarias que integran el Poder Ejecutivo, se reunieron una vez más para intercambiar ideas y debatir sobre la gestión y objetivos políticos. En esta oportunidad, comunicaron un fuerte repudio sobre la violencia política ejercida por el patriarcado en los tiempos que corren.

Y es que el movimiento feminista es una ola transversal que molesta, y mucho, porque hace un largo tiempo que vino a golpear las puertas de los edificios gubernamentales, a ocupar las calles y a sentarse en la mesa de los poderosos. Y aunque quieran seguir diciéndonos cómo debemos pensar, sentir y actuar, lo cierto es que las “señoritas”, hace tiempo dejamos de llorar. Esos estereotipos culturales, funcionales al patriarcado, creados para imponer la forma “correcta” de ser mujer, están en proceso de extinción. Las mujeres ya no nos callamos. Venimos pisando cada vez más fuerte.

Florencia Kermen y Leticia Cocuzza son integrantes del Grupo Artigas

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Política

Memoria de Evita

«Yo sé que ustedes recogerán mi nombre
 y lo llevarán como bandera a la victoria». 

Eva Perón

Ella sólo cabía en la palabra Compañera.

Tanta mujer debía, necesariamente, llamarse como la
primer mujer: Eva.

Lo demás puede ser historia, mito, casi sueño. Las
polvorientas calles de Los Toldos, la infancia sin juguetes.
La Evita pequeña, delgada, los ojos muy abiertos frente al
cadáver de un padre que apenas si la reconoció con un
apellido.

Evita niña, arrullada por la letanía de la máquina de coser
que no acababa nunca su tarea pero servía para darles de
comer a ella y a sus cinco hermanos.

Evita muchacha, recorriendo los talleres del Ferrocarril
Central Argentino en Junín, descubriendo por sus ojos y su
piel el verdadero significado de la injusticia.

Evita adolescente, subida al tren que la llevaría a Buenos
Aires, la foto autografiada por Magaldi apretada contra el
pecho y una ilusión mayor que no le cabía en el cuerpo.

Y el viaje. Y la ciudad. Y las primeras compañías teatrales.
Y la radio y el cine y las revistas: luces, flashes, la vida que
sonríe.

Y luego Perón. El General, el hombre, Juan, urdiéndole un
destino diferente.

Entonces Eva, de repente. El descubrimiento del poder, de
la capacidad de hacer, de modificar, de dar pelea, de asistir, de acompañar, de amar a un hombre y también de amar a un pueblo… de ser correspondida.

Eva toda de amor y renuncia. A los honores, a la honra
ficticia, a la vanagloria vacua, a la adulación fácil, a la puja
estéril.

Y el sueño, y el dolor. Y el cáncer y el renunciamiento y la
muerte temprana llamando donde no debía llamar.
Llevándose a quien no debía llevar… Tanto hijo de puta
vivo, sin ir más lejos. Tanta traición aquí nomás, cerquita.

Evita de todos y de nadie. Tan suya, tan del pueblo, tan de
ese general que la amó de la única forma en que pueden
amar los grandes hombres.

Eva Perón hoy hecha carne en su pueblo. Con su nombre
en labios de jóvenes que nacieron mucho después de que
ella muriera. Con su imagen de mujer – ángel – guerrillera
presidiendo el tiempo de la patria.

Ella, la Jefa espiritual de los pobres, los sin nombre, los
desarrapados y los que soñamos un tiempo de justica.

Eva.

Vuelta millones de bocas que claman en su nombre.

Millones de ojos que solo miran la esperanza.

Millones de manos que trabajan el futuro.

Compañera.

Hermana.

Hermana.

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Política internacional Recortes de Radio

Hacia la Renta Básica Universal

Recorte del día 21 de Julio de 2020

Columna de Sandra Russo en Juego de Damas, en Radio Nacional AM 870. Conduce Luisa Valmagia, de Lunes a Viernes de 18 a 20 hs.

Escuchá todos los recortes en radiocut.fm

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Recortes de Radio Sociedad

La amistad, esa forma amable del amor

Recorte del día 20 de Julio de 2020

Columna de Sandra Russo en Juego de Damas, en Radio Nacional AM 870. Conduce Luisa Valmagia, de Lunes a Viernes de 18 a 20 hs.

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Contratapa Página/12

Anticuarentenas y liderazgos

Vemos las caras de los anticuarentena, pero no las de los muertos. Vemos los ojos desorbitados, los ojos con derrames de ira, pero no vemos los ojos que ya están cerrados. Escuchamos las voces de los negacionistas, pero las de los infectólogos suenan “molestas” a los que insisten en que todo es un “invento”. Esto faltaba en las distopías conocidas: que los médicos fueran el objeto de odio de los que quizá mañana mismo los necesiten.

El virus no es uno solo. “Viralizar” era hasta hace pocos meses una expresión de redes: se viralizan noticias, verdaderas y falsas, pero a lo que asistimos mudos es a la viralización de un tipo de desvío mental y emocional que hace que el odio se manifieste en argumentos inconexos que mezclan a Venezuela con Valenzuela, a Bill Gates con “fetos abortados”, a eventuales vacunas con “chips de control”. Esos argumentos los esgrimen personas que precisamente están bajo el control de la fandemia, que imaginan conspiraciones casi galácticas cuando la conspiración evidente es la de la ultraderecha del mundo contra cualquier solución que no sea volver a poner todo en marcha de nuevo, como antes, como si “antes” existiera. Y no se desconoce la desesperación legítima de tantos que no pueden retomar sus trabajos, pero el control les hace inimaginable un auxilio derivado de impuestos nuevos a la punta de la pirámide. Es difícil pilotearse a uno mismo cuando se choca de frente contra el desequilibrio horneado en usinas que buscan que explote todo para recuperar las riendas de un orden extinguido.

Suelo mirar una página italiana que descubrí hace un tiempo y que por la que creí que estaba de paso. No pasé. Volví. Muchas veces. NoiDenunceremo tiene base en Lombardía, y recién ahora, pasados un par de meses del colapso, sirve para que las familias que sufrieron pérdidas de abuelos o de padres o madres o hijos rindan su homenaje, describan al que no está y suban sus fotos en cumpleaños, en casamientos, en plazas, riendo. Los recuerdan riendo. Sus familias lloran todavía la soledad de dos puntas a las que las sometió la mala gestión política de la pandemia. En un extremo, los contagiados que entraron a algún centro de salud y ya no volvieron a salir, y en la otra, los que los amaban y sólo en algunos casos pudieron mandarles mensajes de despedida vía whatsapp cuando los médicos les avisaban que se acercaba en final.

No les vemos las caras a los muertos porque es una manera de proteger una intimidad que no pudo ser tal por las características de esta enfermedad. Pero entonces se convierten en números, en listas, en estadísticas, en pantallazos de “alertas” que nos llaman desde el televisor cuando estamos en el baño o la cocina y están por anunciar a los caídos del día. Por eso, creo, vuelvo a NoiDenunceremo. Porque por un lado se me hizo necesario, extrañamente, ver con mis propios ojos los ojos llenos de vida de esos miles de italianos del norte que no recibieron la asistencia adecuada pese a que en marzo ya se sabía que lo único seguro era el distanciamiento social y así y todo, el polo industrial nunca cerró, y así y todo los barbijos no eran obligatorios ni Bérgamo era zona roja.

No soy la única que busca en esa página historias reales de personas reales. Veo un comentario que llega desde Estados Unidos: “Aquí nadie habla de los muertos. No sabemos quiénes son ni qué ha pasado con ellos. Por eso leo las historias de ustedes”, dice.

El virus de la fandemia coloca a millones de personas en un estado infantil de “no soportar más” el encierro. Como si alguien que debe ser operado “no soportara más” el hospital y se diera a la fuga. Como si otro “no soportara más” no meter el dedo en el enchufe. Esa intolerancia a algo desagradable, perdidoso y lleno de angustia, como es la cuarentena, esa imposibilidad de frustración, toma naturalmente algo de la realidad: la ansiedad y la hipocondría acechan, los seres queridos se extrañan, el cuerpo inmóvil duele, la mente atiborrada de imágenes y de datos contradictorios se nubla. Pero a la verdad le suman la mentira para puerilizar a los que les creen: millones de personas que por ejemplo, en Miami, “no soportan más” no ir a la playa, o por ejemplo en Niza o acá nomás, “no soportan más” no bailar en fiestas electrónicas o no jugar al póker.

La discordia no es con gente racional con la que se pueden discutir estrategias, diagnósticos o información, sino con personas que odian que les pongan un límite, aunque tenga que ver con su propia supervivencia. Todas esas personas han bajado de la nave del odio, que no se detendrá aunque se abra la economía. La nave ya existía y subía a bordo a los bien predispuestos a no creer en un médico pero sí a creer en políticos que odian la política y que les han mentido descaradamente para llevarlos en la nave. Tomará nuevas formas. Seguirán instalados en ese lugar impreciso que también a ellos los incomoda, y esa incomodidad los violenta.

Los grandes movimientos simultáneos a la pandemia, como la rebelión negra en EE.UU, o los choques sociales en Chile, o en Francia, no tienen liderazgos. Los negros que decapitan estatuas de esclavistas en EE.UU, se llaman a sí mismos woke (despiertos), como en Chile, poco antes de esta pesadilla, se gritaba que el pueblo “ya despertó”. Un libro, White Fragility, que hace dos años no causó revuelo, trepa al puesto número uno dela lista del NYT. El libro explica la sucesión de mecanismos defensivos que se ponen en marcha cuando un blanco es acusado de racista: el resultado siempre es un refuerzo del racismo, nunca una merma de su intensidad. Eso explica en parte por qué han decapitado la estatua de esclavistas de la Guerra de Secesión, pero también la de Lincoln, que abolió la esclavitud. Sí, se abolió. Pero el sistema racista es tan perfecto que no ha dejado de cegar vidas negras nunca, ni por un momento, gobernaran republicanos o demócratas. Otra vez el paralelo con Chile, aunque se podría trazar con cualquier otro país latinoamericano: el poder nunca cambió ni el color de la piel ni la clase social. Esa estalactita histórica es la que se quiebra, y no se quiere quebrar, cueste lo que cueste.

Es cierto, como aseguran muchos interpretadores de época, que el capitalismo es un hueso duro de roer. Pero éste ni siquiera es el capitalismo contra el que se sabía cómo luchar: las protestas de médicos residentes a los que Madrid no les paga, los expone. Hay más probabilidades de que se enfermen que de que consigan imponer sus reclamos.

El capitalismo no es un sistema rígido: el que nos confunde ahora es otro, de tinte ferozmente autoritario, que no es el del dueño de la fábrica ni de la empresa. La corporación es anónima y no necesita ni mano de obra ni clientes: necesita que el dinero se multiplique. Frente a esta malformación política y mental de los negacionistas, en algunos países como el nuestro, quedan los liderazgos. En muchos lugares se rechazan los liderazgos “porque vienen a hacer política con nuestro dolor”. Sí. Se trata de hacer política, no usufructuando el dolor sino poniéndole límite a la extracción vampira de vida. Sí. Eso se llama política. Y funciona con liderazgos que asuman la responsabilidad feroz de tomar decisiones.

Que quienes se rebelan contra el statu quo se nieguen a dejar germinar los liderazgos, es también parte del engaño, un subproducto de la nave del odio. Si se conserva un poco de cordura, se entenderá fácilmente que sólo aquellos colectivos que se organicen bajo liderazgos claros tendrán alguna chance. Nos lo dice la historia. No rifemos, por embotamiento, confusión o ansiedad, ni un milímetro de esa oportunidad, porque si algo tenemos son liderazgos, disímiles, matizados, a veces contradictorios: pero con un mismo propósito. La comunidad organizada es la única que con suerte podrá encontrar un rumbo en esta oscuridad.