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El agua, el origen

Así se llama y se llamó siempre, incluso durante las décadas en las que se la dio por perdida, la monumental obra subacuática del muralista mexicano Diego Rivera que ahora emergió de las profundidades ya intacta, después de años de trabajo de restauración a cargo de expertos del Museo de Bellas Artes. Hay azares que nos fuerzan a creer en algo más sincronizado que el azar, que transforman al tiempo pasado no en algo ido sino el algo que está y que permanece. Hay azares que parecen señales.

La belleza de la obra, que fue encontrada hace tiempo y desde los 90 estaba siendo restaurada, aunque tomó impulso reciente, ya vuelve a lucir su fuerza indescriptible, sus colores fuertes, sus imágenes simbólicas, que es increíble tanto como su dimensión: hay más de 270 metros cuadrados pintados.

Rivera la terminó en 1951, en un sector del bosque de Chapultepec. Fue para celebrar la llegada a término de un gigantesco acueducto que llevaría el agua potable hasta la ciudad de México. Está ubicada en el Cárcamo de Dolores, el depósito donde finaliza el acueducto de 62 kilómetros de largo que transporta el agua por el río Lerma hasta la mega urbe. Cuando la hizo, dijo que era “el más fascinante encargo de toda su carrera”. Porque sería una obra ubicada no a la vista, sino en las profundidades, en los secretos de los caminos del agua hacia la población. Una obra destinada no a ser vista, sino a latir.

Ahora, que ya se sabía de su existencia, el Centro Nacional de Obras Artísticas logró desviar el curso del agua para verla. La encontraron intacta, pero más allá de la pericia técnica y la pizca de delirio de Rivera para la pintura subacuática, el texto que trae el enorme mural le habla al mundo de hoy tanto o más que al de hace cuarenta años.

Rivera trabajó con Ricardo Rivas y Ariel Guzik, diseñadores del edificio y compañeros del muralista. El mural se extiende a los túneles y a los espacios internos del túnel. «El agua, el origen de la vida», incluye las cuatro caras del tanque interior. Fue pintada de forma tal que desde donde se la mire, se pueda distinguir el sentido. Es un conjunto, sin principio ni final. En la parte inferior y en el suelo, Rivera ubicó microorganismos, mientras a medida que la mirada asciende las formas se van haciendo más estilizadas. Las manos se presume que son las del dios Tlaloc, señor de la lluvia. Hay una idea evolutiva en la pintura. Y hay una pareja solamente: él tiene rasgos africanos y ella, orientales.

En la salida del túnel, Rivera pintó dos enormes manos dando el agua. Dos manos morenas, mexicanas, pintadas en posición de dar todo lo que fluye, todo lo que viene, todo lo necesario. Es estremecedor pensar en estas sincronías del arte, de la percepción y del azar, porque esas manos hoy no dicen que México ya tiene agua potable, como cuando fue encargada, sino que es en nombre de ese elemento puro, claro, filtrado, inocente, que en los últimos años se han desatado guerras, que mueren acribillados líderes ambientales, que son apedreados y secuestrados los guardianes del agua y de los bosques, como Berta Cáceres en Honduras, o como los peregrinos hacia el Lago Escondido en la Patagonia argentina. Problemáticas totalmente diferentes, pero unidas por el reclamo del agua.

En el nombre del agua que se reclama que el fracking se detenga, que la palabra “sustentable” no sea decorativa, que no se fumigue más sobre poblados, y tampoco sobre campos hartos de ser transmutados en algo que no es fruta ni verdura, sino commodities y veneno. En algunos lugares, hasta el agua de lluvia tiene glifosato. Esta semana en la Antártida, una de las reservas globales de agua, la temperatura trepó a 20 grados. Esta semana circuló la foto de osos polares comiendo plástico. Esta semana en Colombia fueron asesinados tres activistas más que intentan frenar las represas, la producción a gran escala, la fumigación sobre los bosques que luego va a parar a los ríos.

Cuando Rivera pintó su fabuloso mural, a Nestlé todavía no se le había ocurrido que el agua no es un derecho, y que el mundo debe avanzar hacia el agua embotellada y con precio. Ya están remarcando nuestra sed. En decenas de países y de diversas maneras están haciendo negocios con el agua, olvidándose que es el origen de la vida.

Y en la Argentina, nos estamos preparando para la reacción que generarán las leyes de municipales, provinciales y nacionales para ponerle un límite no sólo al ataque a la naturaleza, sino también a los vecinos de pueblos fumigados, a los vecinos de pequeñas ciudades, a las comunidades a las que un puñado de ricos impide el acceso al río como si las propiedades se compraran sin servidumbre de paso, como si en este país las tierras se vendieran como feudos.

En ese contexto es que resurgen del pasado, de otras luchas, otras conquistas, del mismo idioma, esas manos benditas que en posición de dar, son un continente para el agua limpia que llegará a las bocas del pueblo.      

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Deuda

Esta semana los números y los escenarios de la actual deuda externa argentina, por cuya reestructuración han comenzado en Nueva York las conversaciones preliminares, volvieron, con su aplastante volumen, a hacernos arder los oídos. En la semana que comienza el tema se trasladará por un lado al Senado, y por otro a Europa. La propuesta del gobierno de Alberto Fernández está bastante clara, y el camino recto hacia el default también si no se actúa rápidamente: se lo distingue apenas se esfuma la niebla de la esperanza. Digámoslo de esta manera tan poco técnica, tan poco aferrada a la planilla de vencimientos que los funcionarios públicos, cada uno de acuerdo a su responsabilidad específica, deben tener muy en mente. “Deben”, aquí es imperativo, no potencial. Tienen la obligación de ser perfectamente conscientes de lo que está en juego. Porque la situación en la que nos han dejado “los muchachos” a los que el ex presidente les dijo que si dejaban de prestarles plata “nos íbamos a la mierda”, es límite. Y todo es literal.

No faltaron legisladores que pretendieron saber “qué quita” prevé una negociación cuya meta exitosa sería lograr precisamente pagar menos y a más largo plazo, en una reformulación inevitable de la frase de Néstor. Los muertos no pagan. Deben darnos sobrevida para poder cumplir no con los números que se ventilaron esta semana, sino con otros que si todos los sectores pensaran como una nación, y no como una porción de torta, deberían ser otros. El alcance del poder de la negociación del ministro Guzmán y del equipo designado para trabajar en la reestructuración, será inversamente proporcional a las chicanas, a las preguntas cizañeras, a la desconfianza en la tarea. La ley que busca ser aprobada es un espaldarazo a esa negociación, que nadie ignora que parte de la idea de que los pagos no serán a costa del hambre y la desdicha del pueblo.

Una de las liberaciones que uno más disfrutó en los años anteriores a Macri, era precisamente que durante muchos años no pronunciamos la sigla FMI, que se escuchaba más la palabra “desendeudar” que “deuda”. Parece un detalle pero no lo es: fue parte de la estructura que permitió todas las políticas de redistribución de las que los gobiernos de Néstor y Cristina fueron capaces. Mi generación, que no es joven, vivió sólo esos años aquel clima de sensación de autonomía. Todo lo que habíamos vivido antes, desde la salida de la pubertad en los ´70 hasta nuestra madurez, fue esto: FMI, ajuste, blindaje, megacanje, bonos, jurisdicciones, cláusulas, letra chica, condiciones, buitres, hambre. Hay una línea de puntos seguidos que va desde la sigla FMI hasta el estómago vacío de nuestros niños, y hay otra línea de puntos seguidos que va desde la palabra “deuda” hasta muy adentro nuestro, que se mete en nuestras casas, nuestras camas, nuestro humor, nuestro deseo de vivir.

No hay manera de vivir con el FMI encima. ¿Cuántas veces, cuántos ejemplos hay que repetir para terminar con la fábula canalla de la lluvia de inversiones y la espera del derrame? Lo sabe hasta el FMI. La caída de Chile ya no deja resquicio para candidatos como Macri, que señalaban hacia allá. La región habla sola. Los gobiernos concebidos como unidades de negocios han fracasado. Lo están intentando en Bolivia, pero fue por la fuerza, como antes. No por sentido común envenenado.

Este no es el mundo de los 70, ni el de los 90, ni el del 2000. Esta región está atravesando un despertar de su conciencia que en medio siglo no había dado respuesta. Pompeo y Duque siguen complotando contra Nicolás Maduro pero la sangría está en Colombia y está en Brasil. Los medios ya sabemos: son ellos mismos. Pero la realidad objetiva cuenta que sólo en lo que va de este año, un mes exacto, 27 líderes populares y preservadores del acuerdo de paz fueron asesinados en Colombia, ahí donde quieren instalar un nuevo ejemplo. No hay un día sin un crimen político. Las economías de esos países caen, como cayó desplomado el mito del crecimiento chileno. El neoliberalismo hace dibujos con tiza que borra el agua. Ya sabemos todo el dolor y la desigualdad que nos ocultaron esos que dicen que nos informan o esos que dicen que nos representan.

El Papa está en el tema desde antes de ser Papa. Todo esto y mucho más que esto está detallado en el Documento de Aparecida. Pero sin embargo no estaba previsto el aceleramiento. Algo en el capitalismo colapsó. Y mueren personas, animales, árboles, naciones, lenguajes, esperanzas. Todo eso estaba escrito, pero ahora resulta espeluznante la velocidad a la que avanza el huracán de destrucción neoliberal. Francisco está presente porque ése es uno de los objetivos de su Papado, y así quedará escrito su nombre en la historia de una institución que fue y sigue siendo en muchos casos violenta, injusta, hipócrita. El primer Papa latinoamericano llevó con él a Roma la experiencia que se narra en las líneas de Aparecida, la conciencia de que el dinero estaba en camino de terminar con la vida, no sin antes generar la cultura del odio.

Hoy hay condiciones que antes no había para llevar adelante una dificultosa, frenética y zozobrante negociación de la deuda que ponga al pueblo por delante del ajuste. Llegó el momento de sean los ricos más austeros. La vida en el planeta necesita esa y no otra austeridad.

Lo cierto, según este otro punto de mira, es que nada garantiza nada, pero estamos ante un momento global crucial, en el que el caso argentino de reestructuración de la deuda es un objeto de deseo y atención de muchos países y muchos jugadores de los organismos internacionales. El coraje del punto de mira implica comprender que estamos fregados, claro que sí, pero que hay una masa crítica mundial y una multipolaridad que ahora, y no antes, serán la tribuna atenta ante la que se desarrollarán los hechos. El gobierno de Alberto Fernández está signado por esa instancia crucial: lo que se dirime permitiendo que un país sea viable, o condenándolo a índices sociales insoportables. Nos acordamos de Grecia.

En lo interno y en lo externo los desafíos son enormes pero al mismo tiempo, la Argentina hoy encarna la palabra con la que empezamos, la esperanza. Se ruega a los que lo creen imposible, que dejen trabajar a los que creen que hay grandes posibilidades de lograrlo.

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Cerdos

Hace unos cuantos años leí un cuento que me impresionó mucho, y esta semana volvió a mi memoria; volvieron las imágenes imborrables que el cuentista norteamericano Stephen Dobyns selló en mi cabeza, mediante una peripecia patética, que hacía salir a la superficie nuestra idea del éxito y sus devastadoras consecuencias.

Dobyns, en su ficción, cuenta la historia de un poeta célebre, unánimamente aclamado en todo el mundo, ganador de premios, narcisista igual que toda su familia, que cree ser depositaria de los mismos atributos que el ganador de premios, Jason W. Plover. “Existen en la vida peligros tan turbadores que necesitamos mantenernos en estado de alerta y permanentemente preparados para manifestar nuestra conmoción o nuestra incredulidad”, comienza diciendo el narrador. Y lo dice porque acaba de leer una noticia de último momento: Jason W. Plover “resultó muerto en Harvard Square cuando un cerdo cayó del cielo y lo aplastó mientras cruzaba la avenida de Massachusetts con el semáforo en rojo”.

El cerdo pesaba doscientos kilos y estaba destinado a aparecer en una película sobre el asalto a un banco. Un helicóptero lo transportaba desde una granja de Lexington a lo largo los márgenes del río Charles, donde en una locación esperaban una actriz muy taquillera y un camión blindado que la producción había alquilado por una tarde. Era una escena importante de la película. Cuando los ladrones intentaban escapar con el botín, el cerdo se interponía en su camino. El cerdo, mientras tanto, viajaba sedado. Pero la medicación terminó su efecto antes de lo previsto, y el cerdo ya despierto rompió las sogas que lo ataban y sus movimientos frenéticos desestabilizaron el helicóptero. Los productores no pudieron impedir que cayera al vacío, y que comenzara un trayecto descendente que al cabo de doscientos metros lo hizo chocar contra el poeta célebre. El cerdo sobrevivió.

Plover cruzaba con el semáforo en rojo porque estaba apurado, llegando tarde a un almuerzo con su editora. El semáforo no tuvo nada que ver con su muerte pero agregó morbo a la noticia y al brutal desangelamiento del poeta célebre, que se había pasado la mitad de su vida pensando cómo sería recordado, que tipo de adjetivos acompañarían la noticia de su muerte, de qué homenajes póstumos sería objeto y cómo esa posteridad lustrosa sería parte del legado que dejaría a su familia.

La cuestión es que fue recordado como el poeta célebre al que un cerdo que cayó del cielo aplastó mientras él cruzaba la calle con el semáforo en rojo.

La contingencia arrasó con todos sus planes, forjados prolija y burocráticamente congreso tras conferencia, honoris causa tras homenaje. Las ridículas circunstancias de su muerte se convirtieron en objeto de burla, no de lamento. Sus libros desaparecieron pronto de las librerías. Su familia quedó inmersa en el bochorno, y pronto lamentó más las circunstancias de la pérdida que la pérdida de Plover.

Esta es la diferencia entre la narrativa y la realidad. Es necesaria. Es saludable mentalmente reconocer entre ficción y realidad. La narrativa existe para compensar lo que la realidad oculta pero que se percibe, para crear secuencias de hechos que quizá en la realidad se den aislados pero que juntos permiten ver de cerca la trama del tejido de los hechos y su correspondencia con emociones inexplicables. La ficción dice la verdad de una manera que la realidad no puede.

Obviamente el cuento de Dobyns volvió a mi memoria a raíz que ese veraneante rico de Punta del Este que tiró a un cerdo (o un cordero, o lo que fuere) desde un helicóptero a una pileta de natación. No leí detalladamente la noticia. No me interesa si fue uno o el otro. Lo que veo es a un puñado de personas riéndose de la muerte.

No es casual este tipo de diversión tan pegada, tan unida al sadismo, en un mundo en el que los ricos creen que “en realidad” el mundo es suyo. Las narrativas populares son muchas, porque siempre intentan, desde las derrotas históricas sucesivas, demostrar que hay valores y épicas de las que sólo son capaces quienes pelean juntos y para el bien de todos. La narrativa del poder de los ricos es una sola: de distintas maneras, siempre dice que todo les pertenece y que cualquier puja será aplastada mediante la peripecia necesaria, por más ruin o sádica que sea, esto es: por más vidas humanas o animales que cueste. Mientras el mundo se convierte en un nuevo circo romano que mata cristianos o esclavos o leones (pobres, mujeres, inmigrantes, animales, bosques, océanos, etc.) en un paraje caro y lleno de gente que cree que es superior a otra, tirar un cerdo desde un helicóptero es divertido. Es el tipo de diversión que le corresponde a la crueldad.

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El vértice de la colonización

Mirando atentamente la escena global desde unos años, se ve emerger potentemente a dos fenómenos de una transversalidad nunca vista, tanto social como étnica y cultural, multitudinaria, que tomaron por asalto una agenda mental, subcutánea, ya domesticada por gobiernos, corporaciones y medios, y pusieron en cuestión lo establecido no hace diez o veinte o cien años, sino muchísimo antes.

Los feminismos y el activismo medioambiental se unen ahí, en ese punto ciego de la protesta visceral, con la furia de la cuenta pendiente, con el atragantamiento de lágrimas transgeneracionales, con una decisión no instada por líderes políticos sino sociales y por colectivos que interpelan a la política tradicional. En distintos idiomas dicen lo mismo: basta de colonización. Y en ese corte la idea de colonización se abre, desde el vértice mismo de su sentido, y aparecen países colonizados, pueblos colonizados dentro de esos países, mujeres colonizadas como parte de esos pueblos. La microfísica de la colonización. Porque a su vez, estos nuevos movimientos denuncian la colonización profunda y subjetiva que fue operándose con el paso de los siglos y que ha penetrado y es hoy sostén del sojuzgamiento, entre otros, de mujeres y de indígenas. Así como el patriarcado continúa amparado por varones y mujeres que lo han normalizado, hay indígenas o descendientes mestizados que odian a los indígenas porque se ven a sí mismos blancos, y que no dudan en ejercer el liderazgo feroz del blanco en tierras de indios, como en Bolivia.

Los indígenas latinoamericanos son hoy también un sujeto político nuevo, que juega un nuevo rol, que simbólicamente regresan con sus saberes y sus insistencias de siglos, y podría ubicárselos en el corazón de la nueva y masiva demanda medioambiental. En la reciente cumbre del clima de Madrid, Greta Thunberg cedió el protagonismo en la clausura a uno de los pueblos indígenas amazónicos más atacado, los guajajas, cuyos líderes están siendo asesinados por comandos paraestatales en Brasil. Y en Colombia, el centro de esta masacre ocultada por los grandes medios como todo lo realmente importante, no hay día en que no se acribille a líderes ambientales, la mayoría indígenas. El año pasado mataron a 230.

Chicos del colegio secundario de todo el mundo se organizan alrededor de esta nueva categoría política que es el nuevo medioambientalismo, muy lejos del Amazonas: se pelea para defender no sólo a los bosques y a los animales. Se pelea por defender también la vida humana, atacada por el cambio climático, sí, pero literalmente atacada por los beneficiarios económicos del cambio climático a través de comandos militares o civiles que matan a ambientalistas, o vecinos de innumerables pueblos y habitantes de selvas acechadas por glifosato, por cianuro, por falta de acceso al agua, por balas de goma o plomo.

Cuando llegamos hasta este punto de la idea, lo que se ve enfrente son corporaciones. Las que tradicionalmente se han dedicado a desequilibrar lo único verdaderamente “natural”, la naturaleza, es decir las mineras, las madereras, las de ganadería a gran escala, entre muchas otras. Pero también hay instituciones que bajo el neoliberalismo se han corporizado: poderes políticos, judiciales, mediáticos. Todo eso junto es a lo que se opone la demanda medioambiental, que lo que dice es que la tierra se agotó y necesita respiro, y que hay que cambiar nuestra idea de desarrollo y buscar formas de crecer globalmente con más armonía y más humanidad. Difícilmente pueda reclamársele este cambio a un solo país. Es por región o no es, por una sencilla cuenta de correlación de fuerzas. Son capaces de barrer con la especie, cómo no van a querer barrer a un país.

Los dos son despertares, el de los feminismos y el de los pueblos que rechazan un modelo de producción a gran escala. Y a ellos también podría sumarse, ya como modo de expresión política también nueva, la revuelta chilena, apasionante y dramática, sin referentes salvo la ya mítica “primera línea”, que por principio es anónima, pero con mártires y una identidad cultural plural que va de Víctor Jara a Las Tesis que globalizaron el himno Un violador en tu camino, y ancla en la histórica lucha mapuche en defensa de los recursos naturales. Esos movimientos inorgánicos, pero con una autodisciplina y una conciencia intensas, han sido las formas asombrosas que adoptaron por un lado las mujeres y por el otro los vecinos o las comunidades afectadas directamente en su vida cotidiana por los venenos de un modo de producción agotado, que ya sólo funciona con venenos más fuertes. Pero esos núcleos duros de pensamiento que ya circulaban no hubieran estallado como lo siguen haciendo si lentas cadenas de sentido no se hubieran movido en el sentido opuesto al que lo hicieron siempre. Hay un violador en el camino de cada pueblo colonizado. La colonización en sí misma es un abuso.

Interpretar, leer esa escena, es complejo. Porque funciona con categorías que les pertenecen, no con las de la política tradicional (aunque también hay que decir que las derechas y ultraderechas son declaradamente enemigas de ambos fenómenos: odian a los feminismos y niegan el cambio climático). Siempre hay una retracción ante lo que no responde a las propias lógicas, y hubo y hay debates y críticas, porque en cada uno de esos movimientos hay disensos y hay tensiones. Pero por ahora no podemos dejar de ver una línea ascendente en lo que implica el involucramiento de millones de personas en esas inesperadas formas de romper los hechizos neoliberales.

“El Estado opresor es un macho violador” es una síntesis que expresa a las mujeres chilenas pero se ha cantado en muchos idiomas y en diferentes países con diversos tipos de gobierno. Hay más violaciones y hay más femicidios. El odio no cesa de crecer tampoco. Viene recargado porque viene a restaurar. Pero ésa, la de los feminismos, es una de las facetas de la lucha chilena, el modo en que la revuelta traga demandas y las escupe, con una garganta múltiple que no deja ninguna voz afuera. Hablan los que nunca fueron escuchadas o escuchados. Los que no salen en la televisión, que se ha quedado con su audiencia pretoriana pero está muy lejos de poder influir en las generaciones más jóvenes, que han roto antes que nada ese hechizo: el televisivo. Y son ellas y ellos los que mayoritariamente están en las calles.

Del vínculo que pueda establecer la política antineoliberal con esos movimientos que no le responderán nunca del todo, depende en gran parte la salida hacia el futuro.

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Negacionismo

La derecha no acepta que estamos en emergencia, en una emergencia tal que si no se toma el toro por las astas de una vez seremos atracción para buitres. Que no acepten la emergencia no guarda relación con ningún dato objetivo, como casi nada de lo que dicen, o piensan, o dicen que piensan. El proceso general en el que se inscribió el debate por la primera y fundamental ley que presentó el nuevo gobierno argentino es el de los negacionismos. Y es global. Niegan lo que hicieron, lo que hacen y lo que harán. Niegan sus propósitos y sus consecuencias (“dos pizzas”). Niegan porque lo que deberían aceptar los pasaría a una posición defensiva, y porque ni siquiera sus periodistas comprados les aceptarían que hay sectores sociales enteros y a su vez generaciones que deben ser sacrificadas. Y hay algo que va quedando claro: no lo harán. Serán ofensivos como lo fueron siempre. Niegan el diálogo, la negociación, la lógica, y los problemas sociales, el sufrimiento de millones les importa nada, sólo les importan ellos mismos. Los ademanes civilizados con Alberto Fernández se fueron por la canaleta del cinismo.

Aunque un par de millones de argentinos más se murieran de hambre, la deuda es impagable si no se pone en marcha un plan que si tiene errores podrá rectificarlos, como tantas veces hemos visto. Fue precisamente el hambre, lo visible del hambre, el regreso y la multiplicación de los comedores comunitarios, lo que comenzó a fisurar del todo la imagen de Macri. Ellos niegan, dicen que el peronismo vive de los pobres, entonces los inventa. ¿Cómo se remonta el mismo debate que va durando ochenta años? Los chicos que en el 2015 comían en sus casas, hoy comen en comedores desabastecidos donde en muchos casos tienen que elegir a quiénes darles de comer y a quiénes no, porque lo que hay en las ollas no alcanza para todos los que están en la fila. Y eso fisuró a Macri porque unió al peronismo. Y la tarjeta alimentaria rige ya. El hambre está siendo atendido ya.

Macri niega la emergencia pero ha vivido en una reposera desde que nació. Y no podemos contar ni con él ni con los que todavía creen que los que cortan calles son “la vagancia”. Me lo dijo el otro día un taxista boliviano. “Son desocupados”, le dije. “No, quieren vivir del Estado”. Dijo que en Bolivia no hubo golpe. Desciende de guaraníes y odia a los coyas. Y así está Bolivia, con Evo en la Argentina y con una dictadura que baila el vals con Estados Unidos y con Israel.

“¿Soy acaso el guardián de mi hermano?”, cita el primatólogo Frans De Waal remitiéndose al Génesis, a la pregunta que Dios le hizo a Caín. “Sí soy el guardián de mi hermano” y “No tengo por qué hacerme cargo de mi hermano”, sigue el científico, son dos respuestas opuestas que sin embargo ocultan su origen, aunque cada una retoma tradiciones filosóficas más antiguas. Y el origen de ambas es el capitalismo. “Siempre es bueno que haya competencia” o “Mejor que no la haya”. Surgieron masivamente, esas dos respuestas, durante la primera etapa de la Revolución Industrial británica.

Muy lejos de la voluntad mercantilizadora que poco a poco fue torciendo el rumbo de nuestro mundo, siempre y en todas partes hubo grandes nichos de resistencia de otro modo de entender la vida. Porque esto es liminar. Es al corte. Llega al hueso. Está en los humores profundos de todo lo que exhala. Son modelos de país, pero son éticas y son valores que la derecha nos niega que tengamos, y ellos no tienen seguro. No tenemos un aparato de medios equilibrado sino todo lo contrario. Estamos a merced de cómo se designen las cosas para que así sean nombradas.

Pero ni en la Argentina, que está ante uno de los desafíos más grandes de su historia, ni en ninguno de los países sufrientes que nos rodean, existen mayorías sádicas ni vengativas. Es tan evidente el anhelo de armonía y justicia social que lo que está pasando, sencillamente, es que a unos pocos les repugna porque significaría tener un poco menos de lo que tienen, y muchos otros se identifican con ellos aunque los hayan perjudicado. Les hicieron creer que les faltaba tiempo, y a uno se le estruja el corazón de sólo pensar que Macri podría haber tenido más tiempo.

Pero no lo tuvo. Perdió las elecciones como las perdimos nosotros en el 2015. Salimos a la calle y nos gasearon muchas veces. Revisaron nuestros perfiles de redes y nos echaron por filiación ideológica. Nos denigraron públicamente. Armaron causas y encarcelaron ex funcionarios sin pruebas. Persiguieron vergonzosamente a la actual vicepresidenta.

Nunca aceptarán sus verdaderas intenciones. Siempre seremos los ladrones, los aprovechadores, los corruptos. Que digan lo que quieran. El pueblo argentino tiene derecho a que el gobierno elegido ahora tome el rumbo que crea más correcto para alcanzar sus promesas de campaña. Venimos de otro gobierno que no cumplió ni una sola.

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Esto no era una grieta, era otra cosa

Había un cartel callejero, escrito a mano sobre cartón, en una de las convulsionadas ciudades chilenas: “El neoliberalismo nace y muere en Chile”, decía. Y es verdad que en su momento Pinochet fue la niña mimada de la escuela económica de Chicago. Es verdad que el propio Friedrich Hayek, uno de los mentores del neoliberalismo, le recomendó a Margaret Thatcher que hiciera lo mismo que hacía Pinochet en Chile. Y que ella le recordó que Gran Bretaña no se podía dar los gustos de una dictadura. Pero hizo lo que pudo.

Casi cuarenta años después, en épocas en las que vuelve a ponerse en juego el orden mundial y Estados Unidos tiene un presidente que retrocede para adelante, Washington volvió a la carga con el derrocamiento o el encarcelamiento o la proscripción de todos los líderes económicamente heterodoxos latinoamericanos. Probaron primero otros presidentes norteamericanos con los golpes blandos, dejándoselos a las instituciones locales, como el de la Corte Suprema que decidió voltear y exiliar a Manuel Zelaya, y luego montaron el lawfare en varios países cuyas mayorías electorales no pudieron deshacer. No hay lawfare sin medios cómplices, porque de lo que se trata, tal como lo dijo Mauricio Macri refiriéndose a la primera presa política del gobierno que termina, Milagro Sala, “es correcto que esté presa porque mucha gente cree que es culpable”. Esa gente que “cree” no lee expedientes. Lee diarios. Los jueces del Lawfare no hacen investigaciones: muestran recortes de diarios. Las causas contra opositores no constan de elementos probatorios, de basan en notas publicadas.

“El neoliberalismo nace y muere en Chile”, rezaba ese cartel. Y en Chile Piñera niega lo que se ve. Niega lo que ordena. Habla de terrorismo, igual que los golpistas bolivianos, tan sanguinarios como patéticos, que ahora han creado una “unidad especial” para combatirlo. No hay terrorismo, salvo el de Estado y del que ellos mismos son responsables. La posverdad ya no funciona. Puede Pompeo volver a denigrarnos llamándonos sin eufemismos “nuestro patio trasero”, pero no funciona. Puede Estados Unidos fantasear y quizá hasta desplegar fuerzas para intentar instalar en la región un control intensivo con la excusa de combatir al terrorismo, como él mismo afirma sin que se le mueva ni un músculo de la cara. Pero no funciona ni funcionará a la larga, porque el neoliberalismo es un sistema supremacista económico y cultural pero basado en la instalación previa de un relato que muchos deben comprar para que las multitudes no estallen. Ya estallaron. ¿Pueden probar con un genocidio regional masivo? Uno tiende a creer que no, porque les guste o no el mundo ya no es unipolar. Pero si matan es porque no tienen nada que decir. Nunca tuvieron otro relato que el del derrame. Así que ahora hablan de dios.

Esta semana vi también una escena en una ciudad campesina de Bolivia. En la plaza, donde seguramente en los últimos años cada mañana se cruzaban mujeres con pollera o cholos con mestizos vestidos con ropa occidental, había llegado el odio. Hombres de pantalón y camisa empujaban a las mujeres de pollera, querían sacarlas de la plaza. “Bolivia ya dijo que no”, decía uno y después otro, porque están con desbordados de testosterona. “Bolivia dijo que no”, decía un hombre alto mientras le pegaba empujones a una señora y otra iba en su ayuda y también era empujada. “No vengan más aquí”, les decían. Y uno se preguntaba a qué le había dicho Bolivia que no.

No les alcanza con que Evo se haya ido. Quieren un país sin indios. Ellos, los mestizos bolivianos. Quieren ser otros, quieren eliminar aquello a lo que se parecen y de lo que provienen. Y en rigor, Bolivia le dijo que sí a Evo Morales. A Luis Almagro esta injerencia en un golpe de Estado no le va a salir gratis. Es demasiado burdo y costó demasiado cara su operación política. En el sur del continente, los pobres muchachos del sindicato de los cocaleros y los otros aymaras que salieron a defender su democracia ya están muertos. Almagro es uno de los responsables.

Almagro fue usado por el imperio para acelerar los tiempos. Fue convencido de que él podía bajarle el pulgar a un presidente indígena y condenarlo también a la muerte, porque ése era el destino de Evo si otros pocos presidentes, entre ellos el electo en la Argentina, no se hubieran ocupado de evitarlo.

En esas plazas bolivianas, como en las argentinas, como en las chilenas, como en las de toda la región, los que peleamos contra el neoliberalismo siempre soñamos la mezcla, el entrecruzarse, la mixtura, lo diverso. Entonces es momento de prestar atención cuando se habla de grieta. Esto no es grieta. Si no abandonamos ese cliché de la derecha vamos a caer en breve de nuevo a la teoría de los dos demonios. El orden contra los vándalos. No podemos estar siempre a la defensiva discursivamente. “No somos terroristas”, “No somos chorros”, “No queremos vivir sin trabajar”. Mientras nos defendemos no hablamos de ellos.

Esto fue demasiado lejos y se interna en una lógica en la que no hay que entrar. Hay Estados que matan civiles opositores. Hay funcionarios de organismos internacionales que son partícipes necesarios de golpes de Estado. Hay policías que apuntan a los ojos y hay ciegos. De qué grieta estamos hablando. No hay grieta. Hay víctimas y victimarios.

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Mitos mediáticos: “Perpetuarse en el poder”

Uno de los mitos mediáticos que la derecha convirtió más exitosamente en frase hecha, es que los líderes latinoamericanos de los diversos movimientos populares surgidos en la década pasada quieren “perpetuarse en el poder”. Recuerdo un día hace más de diez años, cuando mirando distraídamente la pantalla, mientras instalaba alguna aplicación, me apareció un jueguito de apariencia infantil, cuyo título era “Los que quieren perpetuarse en el poder”, y en una secuencia sinfín iban apareciendo Chávez, Lula, Néstor, Cristina, Evo, Ortega, Lugo, Correa. Era una especie de publicidad sin anunciante visible, que lo que publicitaba era lo que se convertiría en latiguillo, en acusación y en una de las justificaciones de los golpes blandos que siguieron. Ya estaba planteado por Estados Unidos cuál era el “eje del mal” en América Latina: el que ganaba las elecciones. Si todos los beneficiarios de esos gobiernos se hubieran sentido tales, el ciclo era definitorio: por primera vez en siglos, las grandes mayorías serían las que retendrían el poder, y no las elites, como hasta entonces.

El mito mediático, que completaba su sentido con otros atributos negativos (narcisismo, ambición desmedida, robo de lo público para beneficio personal, etc.), plantaba una semilla transgénica en la mente de millones de usuarios no politizados que tomaban a la web como un soporte neutral, y en los que les creían todavía a los grandes medios de comunicación. Las grandes mayorías debían ser desarticuladas. Y lo hicieron fomentando el odio de clase, el odio racial, los bajos instintos de sectores que pertenecen al mundo del trabajo y no al del capital.

Todo ha ocurrido vertiginosamente en estos últimos treinta días. En la Argentina estamos en el final de una etapa que nos devolvió sombríamente al neoliberalismo y a su verdadera biblia, que no es la que levantó la presidenta de facto de Bolivia, sino la creencia fanática en el ajuste social para elevar el margen de la renta financiera y la reprimarización de la economía. Fue a lo largo de años y en boca de miles de comunicadores y dirigentes que hablaron desde centenares de medios, que la caracterización de los gobiernos populares se cristalizó. Esos mitos –el populismo regala a los pobres cosas a las que no tienen derecho, porque son pagadas con los impuestos de todos; simula beneficios para las grandes mayorías pero ésa es la pantalla para que “los políticos se roben todo” –, son los mismos en todos nuestros países. Es una pantomima un poco pueril, ya que Chile estalló porque su pueblo no aguanta más, en la Argentina el neoliberalismo perdió por diez puntos las elecciones y en Bolivia derrocan a Evo Morales con una excusa ridícula (irregularidades en 78 actas sobre más de 33.000) y entonces, en el país con mejores resultados económicos y sociales de la región, donde por primera vez la población indígena estaba representada en el poder, pegan un golpe duro, sangriento, ya sin pretensiones de república, se decreta que las fuerzas de seguridad pueden matar sin tener que dar explicaciones, atrás de la presidenta de facto hay un hombre al que le gusta que lo llamen “el macho Camacho”, los pobladores aymaras son repelidos con balas y asco por militares de piel oscura, y una ministra de Comunicación echa a la prensa extranjera y amenaza con acusar al periodismo de “sedición” si menciona la palabra “golpe”.

Esos mitos antipopulares y antipolíticos germinaron con su veneno adentro y nos depararon en la Argentina estos últimos cuatro años de derecha saqueadora, persecutoria, delictiva, pero ahora parecemos mirar un terrible partido de tenis, girando alternativamente la cabeza, la mente y el corazón hacia Chile y Bolivia. Ambos escenarios son inéditos. Hace más de cuarenta años que el pueblo chileno dormía el sueño neoliberal de la normalidad, y su despertar combina extrañamente dolor y alegría. Es difícil de asimilar esa combinación, cuando estos días de policía militar enloquecida están dejando, de noche, a una generación sin ojos, mientras se están cometiendo delitos sexuales en las comisarías, están arrinconando a los manifestantes para que caigan al río, están matándolos. Y de día, la nueva Plaza de la Dignidad exhibe la contracara del horror de unas horas antes: la explosión de la creatividad y la confraternidad que da la lucha callejera. Muchos vimos el video de Frank, ese joven estudiante de Historia de Maipú, que tomó por asalto una cámara de televisión para hacer probablemente uno de los alegatos y análisis más lúcidos y autorizados que se hayan escuchado sobres las mentiras del neoliberalismo. Frank reprochaba el discurso de la meritocracia porque en Chile “ya están aburridos” de escuchar que el que no tiene éxito es un flojo. Frank tiene una beca y por eso estudia, pero pertenece a esos sectores que “se rompen la cresta” de sol a sol trabajando para después usar su salario apenas en comer mal y enfermarse, porque no hay salud pública, mientras los chicos ricos aprenden tres idiomas y cursan en aulas donde hay veinte, no cuarenta, y tienen su capital cultural ya embolsado por haber nacido en el seno de familias de elite.

“Me aburrí”, decía Frank, y me llamó la atención que reemplazara el me harté o me cansé. En los ´90, la derecha logró generar “jóvenes aburridos” que caían en la abulia política, porque “todos eran lo mismo”. Eso marca una enorme diferencia con lo que pasa hoy, cuando el “aburrimiento” no aísla sino junta, no aplaca sino enardece. También estos jóvenes chilenos están decepcionados de la dirigencia política, pero han descubierto que no están obligados a seguir mansos mientras otros hagan o no hagan las cosas por ellos. Han tomado el destino en sus manos, y si doscientos ojos después, decenas de muertos después, decenas de violaciones y abusos después, siguen y más inflamados todavía, es porque no se trata de espuma y no los convencerán con promesas. Hay una épica de la “primera fila”, que parece una avanzada vikinga protegida con escudos rudimentarios, atrás de la cual avanzan también uno o dos músicos, haciendo salir de su saxo o su violín la cadencia de El derecho de vivir el paz. Y uno ve eso y se queda estupefacto, porque ahí hay un pueblo que estuvo callado pero que entendió visceralmente que lo estaban jodiendo.

Frank pedía un cambio de rumbo, como piden todos los chilenos que hace un mes están en las calles. Colombia sigue esa ruta. Bolivia, mientras tanto, se desangra. No ha sido un golpe cívico militar tradicional el que sacó a Evo Morales del poder. Tuvo componentes inéditos. Los más importantes son la complicidad activa de la OEA, y el odio racial apoyado en la nueva religiosidad impulsada por las agencias de la CIA, que parece que ya abandonan las formas que nunca tuvieron contenido, y renuncian a simular que les importa la democracia. Pronto hablarán elogiosamente de una raza superior.

Todo fue farsa. La democracia nunca les importó más allá de su fachada. Quieren asegurarse que América Latina les pertenece, y han declarado a los pueblos indígenas como los nuevos blancos a eliminar. Vienen por los recursos y esos pueblos siempre han sido los mejores y más persistentes guardianes del equilibrio. El capitalismo financiero y corporativo es enemigo del equilibrio, porque necesita la gran escala en todo. En Bolivia y en Chile estamos viendo la gran escala de la crueldad.

Los gobiernos populares nunca quisieron “perpetuarse en el poder” a través del fraude. Hubo muchas elecciones, de medio término y generales en las que las derrotas fueron asumidas inmediatamente. Pero esos gobiernos, que cada uno a su modo, a su ritmo, con sus errores, con sus contradicciones, repararon más que ninguno de los anteriores las enormes deudas sociales latinoamericanas, trajeron un nuevo paradigma de distribución que la derecha no acepta. Y la repele y reacciona con ira, fanatismo y delitos de lesa humanidad porque es ella la que se ha perpetuado en el poder desde hace dos siglos, ella sí mediante fraudes muchas veces, y otras veces como mandantes de las fuerzas armadas. Es la derecha, el neoliberalismo, el racismo, el supremacismo, la política de los privilegios y la traición a la patria lo que se perpetuó realmente en el poder de nuestra región.

Los que echaron a Evo con el pretexto de que quería “perpetuarse en el poder” son, en Bolivia, los que han tenido el poder a lo largo de toda su historia. Nunca tuvieron reparos en mentir, en falsificar, en robarse lo público, en hostigar a opositores, en cometer crímenes aberrantes. De un partido o de otro, se han pasado la posta liberal y eurocéntrica primero, y neoliberal después, desde mediados del siglo pasado, y no soportan que por algo llamado democracia deban replegarse. Siempre han acusado en espejo. Pero sobre todo en esto: las proscripciones, la del peronismo o ahora la que pretenden del MAS en Bolivia, les resultaron exitosas. Vuelven a ellas. Lo que encuentran sin embargo, ya no son pueblos a los que pueden venderles sus folletos. Encuentran pueblos “aburridos” de tanta oscuridad y maleficio. Y esta vez ese aburrimiento de escuchar siempre lo mismo, de sufrir siempre lo mismo, no viene manso sino furioso. Lo seguirán intentando, pero no solamente Chile despertó. Ya viene Colombia. América Latina es para los latinoamericanos.

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El derecho de vivir en paz

Lo que pasa en Chile está más visto que contado. No cesan los relatos visuales escalofriantes, a su vez documentos sobre la represión descontrolada que castiga a hombres, mujeres, ancianos, niños, estudiantes, discapacitados; que castiga sin relación entre el balazo y el castigado. Lo que pasa en Chile nos envía también a nosotros al recuerdo de las épocas más oscuras y salvajes del siglo XX. Lo que vemos además nos reconfirma que la pelea con los grandes medios no fue un episodio argentino de la década pasada, sino que se trata de un dispositivo de blindaje que existió siempre, pero hace poco que tenemos conciencia colectiva de que los grandes medios, cuando se concentraron, fue para ser una pata más del neoliberalismo.

Los medios no sólo han actuado sólo contra los chilenos: le han ocultado al mundo qué había atrás de aquello a lo que le hacían propaganda. Y seguimos sin ver nada de Haití, seguimos sin coberturas sobre el genocidio por goteo en Colombia, no tenemos idea de lo que pasa en Africa. El nuevo intento de golpe en Bolivia se hizo visible también por las redes, en videos movidos, mostrando una de las escenas más bárbaras y asquerosas que puedan concebirse, con la alcaldesa de Vinto retenida por la turba de la derecha, vejada, golpeada, teñida de rojo. El odio es profundo y está acicateado, estimulado y otra vez quieren muertes. Y uno piensa, mientras escucha a los chilenos cantar de a miles El derecho de vivir en paz, que sí, que basta ya, que se traguen su odio y que se calmen, que a veces se gana y a veces se pierde, y que si pierden que soporten, como acabamos de hacer en la Argentina, a gobiernos que detestan. Pero la derecha no soporta no ganar. Y derroca, invade, injuria, encarcela, censura, miente, roba, mata.

Sin embargo, lo que pasa en Chile no viene sólo con el olor de la opresión, sino también con el perfume de las primaveras. Por muy poco menos que esto la prensa mundial habló de la primavera árabe, que terminó siendo su propio reverso. Y es una confesión de parte que los medios hoy no hablen de la primavera chilena: ven vándalos donde, cuando a sus mandantes les convenía, veían pueblos rebelándose contra la tiranía. Entendámoslo: el neoliberalismo es una forma de tiranía.

Lo que pasa en Chile viene con el olor turbio de la opresión, pero también con el perfume de aquella resistencia que, como en Chile nunca fue reivindicada institucionalmente, reaparece ahora con una fuerza acojonante. Ver tocar ante una multitud a la Sinfónica de Chile los temas de Víctor Jara es un fenómeno de renacimiento. Lo reprimido, lo aplastado, lo hundido a sangre y fuego por la vara de la normalidad de los militares y la elite, retoma su énfasis en un pueblo que hoy es otro y es el mismo. Eso es un pueblo, una cadena transgeneracional que conserva el fuego de su identidad encendido aun en las peores circunstancias. Hay varias generaciones que no son contemporáneas a Víctor Jara. Pero la cultura popular también tiene sus clásicos, que son los que en cualquier latitud, en cualquier idioma y en cualquier época expresan lo que necesita cantar el pueblo para hacer comunión con sus emociones. Y uno ve pibes de secundario cantar sus letras y entonar sus melodías, y ve y escucha un Te recuerdo Amanda que son ellos mismos, que son los de antes y los de ahora y serán los de mañana. La identidad chilena que fue condenada guardó sus íconos y sus tótems. Guardó su espíritu.

Decían que la historia había muerto. En uno de los lugares donde anclaron esa idea fue en Chile. Que la historia había muerto significaba que habían implantado un orden inmodificable. Y a ese orden le llamaron, desde entonces, “normalidad”. Atrás quedaban los crímenes de Pinochet. Como en España los de Franco. Durante décadas los impulsores del fin de la historia nos aturdieron con los magníficos atributos del Pacto de la Moncloa y con la Concertación chilena. El modelo exitoso que nunca acercaba el foco a la población de Chile sino que mostraba planillas con números. Cada tanto las revueltas eran tan grandes, especialmente las de los estudiantes y las de los mapuches, que teníamos noticias pero luego se apagaban, porque había vuelto la “normalidad”.

Esa normalidad incluye y siempre incluyó el abuso de poder. Chile hasta ahora ha sido un gran abuso, como lo han sido los últimos cuatro años argentinos. Somos pueblos abusados por elites. Están convencidas de su supremacía. No hay supremacía posible si no se aplasta a otro. Y el otro de las elites es el 99 por ciento de la población. Pero al parecer hay una sincronía histórica que nos hace vivir a muchos pueblos al mismo tiempo un despertar de lo que parecía la vigilia y era un ensueño, un folleto, una cáscara, la publicidad de un producto que éramos nosotros mismos, vendidos como trabajadores baratos.

El Chile que vemos muestra a un gobierno y unas fuerzas de seguridad cometiendo a los ojos del mundo un monstruoso delito de lesa humanidad contra todo el pueblo chileno. Se pueden pretextar asesinatos diciendo que fueron enfrentamientos, se pueden justificar represiones salvajes diciendo que hubo vándalos, pero allá ya son más de veinte las denuncias comprobadas de violaciones a mujeres y homosexuales detenidos. Es algo que no es nazismo ni fascismo pero que pertenece a esa familia de regímenes de bajos instintos morales: es el neoliberalismo defendiéndose en el poder.

La dignidad, la claridad conceptual y la conciencia política con la que el pueblo chileno ha salido a la calle tienen mucho que ver con haber preservado, como vemos, la memoria. No tuvieron juicios a genocidas, como aquí, pero preservaron la cultura que les dejó esa generación, y con Víctor Jara hoy cantan los vivos y los muertos.

 

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Chile se despertó

En los últimos años, en estas notas, se habló recurrentemente de la “sensación de irrealidad” que intentaba impregnar en la sociedad el nuevo dispositivo de poder, más intenso y concentrado que nunca antes. Poder político, obscenidad judicial y grandes medios juntos en la tarea de culpabilizar a las víctimas. Despedidos, perseguidos, despreciados, reprimidos, invisibilizados, eran acusados de “algo haber hecho” para merecerse el dolor. Mientras tanto, los recursos escasos eran derivados hacia lo más alto de la pirámide. Se habló de la necesidad de romper ese relato hegemónico que bañaba de irrealidad la realidad.

No es el problema la construcción de un relato, porque todas las culturas, todas las religiones y todas las tradiciones políticas tienen un gran relato que las estructura, y fija su posición ante lo que está mal o bien. El problema era que este relato no llegaba a relato: cuando borraron a los héroes nacionales de los billetes (“Al fin algo vivo en los billetes”), lo que revelaron era que iban a prescindir de la historia, que desconocen y a la que ignoran, y que su relato se limitaría a acumular y esparcir básicos argumentos de resentimiento, no basados en una compresión determinada del mundo sino en la estimulación del odio. La grieta a la que apelaron no es otra cosa que mantener permanentemente dividida a la sociedad en mil debates legítimos, pero que alejaban la visión panóptica de lo que pasaba: estaban estableciendo un nuevo orden social, pensado como definitivo.

También se habló de “hechizo”, en una acepción muy lejana a la que le hace a Macri decir que su mujer es “hechicera”. El hechizo de referencia es un estado subjetivo y colectivo al mismo tiempo, cuyo trayecto se explica de afuera hacia adentro de las personas, y no la inversa, pero que luego de incorporado vuelve a salir, convertido en odio y en ceguera. Estos días nos hemos alterado al extremo, todavía asombrados de las imágenes que días antes llegaban del Ecuador. ¿Algún gran medio siguió la cobertura ecuatoriana? ¿Algún gran medio dio información sobre el encarcelamiento de correístas, de sus asilos en embajadas, de las venganzas ejemplificadoras que se tomaron contra líderes indígenas? No.

Eso forma parte de la sensación de irrealidad. La realidad se podía tapar. Pero ya no. Hay cadenas de informadores informales, nacidas del pueblo, que nos muestran, ahora, la barbarie de las fuerzas armadas chilenas. El “periodismo profesional” ha defeccionado. En el mundo y en esta región ardiente las multitudes tienen conciencia de la falsedad de las coberturas televisivas, aunque el desmadre chileno es tal, que la violencia extrema y descontrolada de los carabineros también apuntaron contra cualquiera que tuviera un micrófono, como el cronista de TN. En el pliegue abierto por las protestas masivas por una democracia que, como cantaban en España, “no lo es, no lo es, no lo es”, se pudo ver que la orden que tenían los carabineros era que su accionar delictivo debía ocultarse. Esas fuerzas parecen extemporáneas: nunca antes hubo tal proliferación de videos y fotografías y audios en los que queda al descubierto el gran delito de lesa humanidad que está llevando a cabo el gobierno de Piñera contra su pueblo.

Lo que Piñera pasó por alto es que la época ya no es aquella en la que la verdad asomaba por la televisión o los diarios. Atrasan medio siglo. Los pueblos se han hecho cargo de la información. Viene desordenada, mal fechada, sin créditos, con errores de tipeo, pero habla y vomita todo lo que los medios ocultan. Esos que no son periodistas sino aterrados vecinos que filmaron cómo los carabineros dejaban caer un detenido de una camioneta y lo mataban antes de acelerar, o los que tomaron las imágenes de otros carabineros entrando a los golpes a los domicilios de estudiantes, los que mostraron las visiones atroces de la cacería cuyo saldo de muertos se ignora todavía, han hecho por la información mucho más que los señores de traje y las señoras bien maquilladas que salen por televisión. La televisión ya no es el ombligo de la información. Las nuevas generaciones, las más libres y las más valientes, no se informan por televisión ni por los diarios.

La región arde. Parece que algún hechizo se hubiera roto. “No son treinta pesos, son treinta años” es la síntesis de un despertar aletargado pero de una potencia extraordinaria. “El pueblo se despertó”, era la frase proyectada en un gran edificio de Santiago. Los chilenos han salido a reclamar su vida digna, con la fuerza de quien ha permanecido mucho tiempo reteniendo su ira, arrodillado, reprimido de esa otra forma en que se reprime a la gente: no dejándola hablar.

En América Latina hemos vuelto a la realidad por el vacío de las heladeras pero también porque no alcanza vivir con la panza llena si apalean al de al lado, porque el de al lado puede ser uno mismo mañana, porque lo que se nos pide a cambio de no ser alienígenas es dejarnos colonizar, y la felicidad es un tejido inmaterial que entrelaza lo necesario para estar en paz con uno y con el mundo: una vida digna es imposible sin sensibilidad o sin justicia. Dice Macri que “la justicia social es un invento”. Justo en la Argentina un empresario torpe, saqueador y sin escrúpulos viene a decir que es un invento la memoria colectiva. Aquí la justicia social es una experiencia encarnada. Y eso es lo que jamás le van a perdonar a Perón.

A lo largo de la historia humana se ha mantenido a las aplastantes mayorías aceptando todo tipo de avasallamientos. Nos suelen contar la historia como una sucesión de batallas, invasiones, expansiones, conquistas. Pero hacia el interior de cada pueblo que colonizó o fue colonizado, ese hechizo también ha existido. Toda jerarquización hegemónica –étnica, de género, de nacionalidad, de color de piel, de inclinación sexual, y la lista es larga–, implica un pasado de resistencia y finalmente la aceptación generalizada de que “así son las cosas”. La aceptación del vencido forma parte del statu quo tanto como los privilegios de los vencedores.

La región está caliente. No es sólo el cambio climático lo que se acelera. Se acelera el capitalismo. Que ya no es lo que aprendimos en el colegio que era el capitalismo, así como no hemos vivido los últimos cuatro años en eso que nos enseñaron que era la democracia. Recuerdo el 83. Sacarnos la faja en el 83 fue una inmensa felicidad, porque volvía la democracia. Pero ahora ya no alcanza con eso porque la democracia fue siendo abusada poco a poco y más y más por el capitalismo corporativo. No alcanzan los conceptos. Los pueblos reclaman experiencias de bienestar.

Nos ha tocado ser contemporáneos de un momento bisagra. Lo que se quiere expulsar es el sacrificio de las mayorías para pagar esos privilegios que la señora de Piñera ya se dio cuenta que van a tener que amortiguar. No sé qué me causó más impresión: que viera al pueblo chileno como extraterrestre –es decir, asesinable–, o que hablara tan suelta de lengua de sus privilegios. Que dijera esa palabra. Que fuera tan consciente y clara en relación al orden que su marido intenta perpetuar. El de sus privilegios de clase.

La riqueza concentrada ha generado una nueva nobleza que reclama para sí lo que le resulta natural, sus privilegios. Hoy la región y el mundo están asistiendo al despertar de enormes mayorías silenciadas y mantenidas en la mugre para que unos miles acumulen todo. Se rompió el hechizo. Los alienígenas tienen la sangre del mismo color que la señora de Piñera. Pertenecen a su misma especie y a su mismo país. Y un aumento del Metro les revolvió las tripas, porque ahí sí hubo derrame: fue la gota que no contuvo el vaso. Hay pueblos que han sido tan maltratados, que ya no temen. No sabemos cuánto tiempo tomará ni qué articulaciones políticas podrán encausar este deseo colectivo de volver a vivir sin sufrimiento. Pero una vez roto el hechizo, será cuestión de tiempo. La noche neoliberal está apagándose. Se apagará más pronto si los pueblos se dan conducción política, y si siguen los dos pasos que Badiou considera indispensables para el amor: experiencia y construcción.

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El sínodo por la Amazonia

Primero parecían “gestos”. Una palabra que se usa mucho. Pero el Papa rara vez hizo “gestos”. Lo suyo son acciones. Por “gestos” se entiende un guiño, algo más perecido a la insinuación, que da a entender una perspectiva política. El propio Francisco se ocupó hace un par de años, en una conferencia de prensa, de pasar en limpio a qué le llama él “política”, porque para la prensa concentrada, así como para sus mandantes, la política es genéricamente mala, es connnotada como herramienta de manipulación o instrumento de la ambición de poder o codicia. Aquella vez el Papa le paró el carro a un enviado que insinuaba que sus “gestos” eran demasiado “políticos”. “La alta política es algo muy noble”, dijo.

Sabe que el trampolín a través del que las nuevas elites financieras se han encaramado al poder casi irrestricto (e ilegal) en la turbulenta época en la que le ha tocado ejercer su papado, es precisamente la antipolítica. La abonan a chorro tanto medios como empresarios y CEOS. Es el aprovechamiento del desencanto o la impugnación de la política de millones de personas en el mundo que han sido traicionadas por dirigentes que han reemplazado la política por algo raro, algo sucio, algo desolador. ¿Macri hace política? ¿Lenín Moreno hace política? ¿Peña Nieto hizo política? ¿Duque hace política? Sí, pero incluso la política, aunque sea mala, aunque sea solamente para privilegiar al 1 por ciento de la población, se termina cuando el FMI entra a escena. Nombres variopintos. Dos salidos de la política traicionera y dos productos de laboratorio. Sólo pueden hacer política sana y noble quienes hayan sellado un compromiso de sangre con sus representados. A esos los persiguen o los encarcelan. Los estigmatizan como “chorros” o “dictadores” los chorros y los dictadores de nuestro tiempo.

Cuando el Papa hizo su primera visita a la región fue a Brasil. Al encuentro de jóvenes. Y allí dijo su recordado “hagan lío”. Seguramente quiso decir varias cosas, pero entre ellas aquél fue un cruce a la ola que muy pocos veían venir, y son estos nuevos cultos que apañan al neofascismo, y que están pensados como la nueva religión hegemónica de la región. Los que depositan en cada individuo recortado de los otros la posibilidad de su salvación en la tierra: tener suerte, si así fue la voluntad de Dios. No piensan en política. No hablan de política. Viven en un mundo aparte, en el que las desgracias son parte de la vida que les ha tocado. No luchan. Rezan. “Hagan lío” puede entenderse como “hagan política”, en la acepción general que le da el Papa, la que tiene que ver con lograr comunitariamente una vida más digna para todos pero especialmente para los que nunca pudieron sacar la cabeza del lodo.

Esta semana en Roma el Papa inauguró el Sínodo por la Amazonía. No es otro “gesto”. Es pura acción. Fue por pedido de los obispos de diversos países a los que esta nueva camada de gobiernos odiadores los enfrentó de pronto con el hambre y el fuego. Esta semana se vio la foto de las decenas de camiones que empresas ganaderas mandan a las zonas deforestadas por el fuego.

En el Vaticano ahora están los delegados de las etnias aplastadas. El Papa recibe a los habitantes ancestrales –a quienes pidió perdón por la colonización ya hace unos años en Bolivia, pero eso que era una enorme noticia fue como otras miles de enormes noticias borroneada por los grandes medios–. El Papa recibe a los Garabombos de todos los tiempos, pero esta vez encarnado en esas etnias deslumbrantes que brotan de la Amazonía. Recibe a esos invisibles.

En la apertura del Sínodo, Francisco fue al hueso y nos compete, aunque la lectura puede hacerse extensiva a cualquiera de nuestros países. Se refirió a la disyuntiva sarmientina “civilización o barbarie”. En estas notas se ha apuntado varias veces que esos términos se han invertido. “El lema de civilización o barbarie se ha usado para aniquilar pueblos originarios”, dijo. Los que se identifican con la civilización están trayendo una nuevo colonialismo”, dijo.

Las elites financieras que desplazaron a la política, entroncadas con las oligarquías, hoy son los bárbaros sanguinarios que por dinero están dispuestos a sacrificar millones de vidas humanas, animales y vegetales. El Papa después tiró una flecha hacia Pichetto, aunque nombrando sólo a la Argentina. Dijo que en nombre de la civilización (con distintos voceros, portadores del mismo discurso de odio que late en la región desde hace cinco siglos), se escuchan palabras denigratorias, “con el desprecio a los ‘bolitas’, a los ´paraguas´y a los cabecitas negras”.

Los que tenía enfrente mientras decía eso eran los guardianes de la naturaleza, los que como ha dicho también Chomsky, “han sido los que en la historia más han luchado por defensa de la vida en el planeta”. Son los que perseveran hace siglos y siglos, cuando nuestros países no existían, en el buen vivir, que no le demanda a la tierra más de lo que la tierra pueda dar sin arruinarse ni seguir estando allí, disponible y pródiga para las generaciones futuras.

Esos pueblos, que tienen su propia medicina, que han sobrevivido contra viento y marea, con contacto o no con los blancos, y algunos de ellos han tomado decisiones de una sabiduría extraordinaria, como los más populosos, que en lugar de vivir todos juntos se han repartido por diferentes zonas de la Amazonía para evitar desequilibrios. Esos invisibles que hoy deben huir de sus tierras porque el fuego las devora, en estos días tienen un interlocutor. Mientras desde la “civilización” llegan las fotos del hijo de Bolsonaro haciendo gracias con sus armas, mientras Ecuador se desangra, mientras en Colombia los activistas ambientales son asesinados todos los días, mientras en la Argentina se fumiga glifosato sobre escuelas rurales y hay niños y adultos enfermos soportando la amplia gama de envenenamiento que produce la ganadería o el cultivo transgénico a gran escala, ellos, los pueblos originarios, siguen guardando sus secretos y aspiran solamente a que los dejen en paz.

Hoy son ellos la civilización a la que hay que mirar con interés político. Bolivia es el único país que ha logrado quedar en pie y sigue repartiendo justicia y felicidad, junto con desarollo. Nos los tenemos que tomar en serio. No por “un gesto”. Por algo mucho más profundo y lúcido: si logramos romper la fetichización del dinero como vara del poder político, se abrirá una nueva fase de nuestra cultura común. Ellos nunca fueron del todo incorporados como sujetos políticos en paridad con los demás. Como el machismo, el racismo es algo que a veces parece encapsulado como un virus transversal. Ese es el hueso. Porque el hueso es la tierra, pero también el modo de ser y estar en ella. Y los pueblos originarios saben de eso mucho más que nosotros. Muchísimo más.