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Fucik, la reivindicación de la militancia

“En el campo de concentración de Ravensbruck, mis compañeros de prisión me comunicaron que mi marido, Julius Fucik, había sido condenado a muerte el 25 de agosto de 1943 por el tribunal nazi de Berlín”, comienza su introducción a Reportaje al pie del patíbulo Gusta Fucikova, su esposa, que sobrevivió y fue liberada. Apenas volvió a Praga, Gusta comenzó a rastrear datos de lo que había sucedido con su marido, con quien había sido detenida en l942, poco después de la ocupación de Checoslovaquia. Ambos eran periodistas, escritores y comunistas. Fueron llevados a la prisión de Pankrac, dependiente de la Gestapo. Durante unos meses, se supieron bajo el mismo techo, pero perdieron contacto

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Czeslawa Kwoka / La historia de las fotos de Auschwitz

Colorear a veces hace revivir. No siempre, pero cuando se trata de imágenes que sólo habían sido vistas en blanco y negro, muchas de ellas rápido, sin detenerse en los detalles por lo insoportable de lo que se veía, poner color es acercar el foco, descubrir el brillo en la mirada, inclinar al que mira la foto hacia quien está fotografiado. En algunos casos, como en éste, es revivir el asesinato, la eliminación masiva y los grados de crueldad insondables que el blanco y negro va destiñendo. Casi todo el imaginario en blanco y negro que el mundo tiene sobre lo que sucedió en Auschwitz lo produjo un prisionero, Wilhelm Brasse, nacido en la Polonia ocupada

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No te dije adiós

La situación en este país se hace más grave y más siniestra –por los usos políticos de los efectos del virus–, y el descontrol asoma por la posición bolsonarista que, incluso frente al abismo al que llevó a Brasil el desquiciado, prende. Eso habilita algunas preguntas. ¿Cómo ha sido contada esta pandemia? ¿Cómo nos sigue siendo relatada? ¿Qué duda cabe de que los fenómenos sociales que se elaboran como respuesta a esta catástrofe tiene directa relación con aquello a lo que cada sector cree que le contesta?

Vi un video que deben haber visto muchos: muchos corredores trotando a paso lento frente al Hospital Zubizarreta, donde estaban estacionadas las ambulancias de las que bajaban camillas con personas con mascarillas puestas

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¿Quién más no quiere a los viejos?

Hace unos pocos años, firme ya en el FMI, Christine Lagarde dijo que el principal problema económico que enfrentaba el mundo era la expectativa de vida. Aquel fue el primer síntoma de que el sistema financiero estaba trabajando en los cimientos culturales más profundos de nuestras sociedades, alterando nociones ancestrales y fundantes de cada una de ellas, y el general de Occidente. Fue el primer indicio de que la economía estaba chocando contra la ciencia, y que en muy poco tiempo eso que creíamos que iba junto, se bifurcaría, como muchas otras cosas.

La ciencia, aunque ahora Estados Unidos en un flash de Guerra Fría haga méritos vinculados a Marte, ya no era asimilada a la carrera espacial sino sobre todo a hallazgos que prolongaran la vida

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Anticuarentenas y liderazgos

Vemos las caras de los anticuarentena, pero no las de los muertos. Vemos los ojos desorbitados, los ojos con derrames de ira, pero no vemos los ojos que ya están cerrados. Escuchamos las voces de los negacionistas, pero las de los infectólogos suenan “molestas” a los que insisten en que todo es un “invento”. Esto faltaba en las distopías conocidas: que los médicos fueran el objeto de odio de los que quizá mañana mismo los necesiten.

El virus no es uno solo. “Viralizar” era hasta hace pocos meses una expresión de redes: se viralizan noticias, verdaderas y falsas, pero a lo que asistimos mudos es a la viralización de un tipo de desvío mental y emocional que hace que el odio se manifieste en argumentos inconexos que mezclan a Venezuela con Valenzuela, a Bill Gates con “fetos abortados”, a eventuales vacunas con “chips de control”

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Desquicio: Las torres gemelas de Trump

El hombre retacón y fornido portaba un fusil de guerra. Lo llevaba de costado, como indica la ley. En el porche de su mansión de Missouri, iba dos pasos hacia allá y dos hacia acá, mostrando su metralleta a los manifestantes negros que pasaban por su calle. No iban hacia su casa, sólo pasaban. Su mujer, alta, rubia, robusta, en calzas deportivas, llevaba su arma corta, tan femenina al lado del falo de metal de su marido, en su mano derecha. Con la otra mano la tocaba mientras, como él, miraba pasar a los negros. La mansión era increíble. Un palacete de piedra rodeado de árboles moldeados a lo Versalles. Ver la escena daba escalofríos. Y Donald Trump la retwitteó para eso, para dar escalofríos. Lo que se veía era el mensaje del presidente a sus seguidores

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Racismo

El de este año no fue un 16 de junio más para recordar el bombardeo a la Plaza de Mayo. Esta vez estuvo atravesado por la politización de la pandemia, que en el fondo replica algo que dejó picando en el lado opaco de la historia argentina ese hecho fundante de una república fallida. Una república entre comillas. Ese bombardeo estuvo inspirado en el odio sin fondo que había provocado el peronismo. El golpe puso todo de nuevo en el orden que el antiperonismo concibe como el único posible, con las elites al comando. Ese orden restaurado a partir de esa barbarie de aviones atacando con catorce kilos de explosivos a población civil que estaba circunstancialmente en la plaza.

Ese tajo histórico, que fue el principio de la proscripción del peronismo durante 18 años, intentó cortar de cuajo no una ideología sino una idiosincrasia, una identidad, un modo de aspirar a vivir y que se resumía en otro orden, el de las mayorías trabajadoras representadas y protegidas desde el Estado

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Las voces de las mujeres

A principios de los ´80, la antropóloga norteamericana Marjorie Shostak, que había hecho trabajos de campo en el Africa meridional, daba a conocer la historia de una mujer bosquimana, Nisa. Era una mujer golpeada. Su marido secaba ramas de árbol y las tenía afiladas para castigarla cuando sentía celos. Mientras le pegaba le gritaba “Te voy a quitar toda tu belleza”. No fue ése sin embargo el mayor dolor que vivió Nisa. Con su marido casaron a su hija, Nai, que todavía era púber y no había tenido su primera menstruación, con un hombre adulto. Y fue en la noche de bodas que, al querer vencer la resistencia de la niña para dejarse penetrar, el marido le rompió el cuello. Nai murió en el acto

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Felicidad

“La gente es feliz. Tiene lo que desea y nunca desea lo que no puede obtener. Está a gusto, nunca está enferma. No teme a la muerte; ignora la pasión y la vejez, y no hay padres ni madres que estorben, no hay esposas ni hijos, ni amores demasiado fuertes”. Aldous Huxley publicó Un mundo feliz en l932. Frecuentaba el Grupo de Bloomsbury, que integraban Virginia Woolf y D. H Laurence. Huxley siempre fue abstemio, al contrario que sus contemporáneos, pero fue el primero en experimentar con LSD.

Curioso trío. Virginia Woolf cargaba con una lucidez que la enloquecía: veía claramente cómo estaba asfixiada y privada de intimidad por ser una mujer. Veía más allá de la normalidad de su época, en la que todavía no existían muchas voces que hablaran sobre la incomodidad de la subordinación

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Coronavirus y pensamiento: Elogio de la lentitud

A veces me despierto y creo que tuve un mal sueño, una pesadilla de ésas que permanecen al acecho aún en la vigilia. Y enseguida me doy cuenta de que no soñé con que el mundo era un purgatorio, y que lo es. Que en el panóptico global hay algo que reventó, y que es el mundo en el que vivíamos el que mutó.

Ya quedaron imprecisas y un poco inútiles todas las asociaciones al pasado, porque este nuevo laberinto sólo encontrará su explicación mirando hacia adelante. He mencionado hace poco el discurso de aceptación del Nobel de la escritora polaca Olga Tokarczuk, porque junto con el ensayo que escribió hace unos días Ignacio Ramonet, son las dos lecturas de la época que más me han interpelado últimamente

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