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El derecho de vivir en paz

Lo que pasa en Chile está más visto que contado. No cesan los relatos visuales escalofriantes, a su vez documentos sobre la represión descontrolada que castiga a hombres, mujeres, ancianos, niños, estudiantes, discapacitados; que castiga sin relación entre el balazo y el castigado. Lo que pasa en Chile nos envía también a nosotros al recuerdo de las épocas más oscuras y salvajes del siglo XX. Lo que vemos además nos reconfirma que la pelea con los grandes medios no fue un episodio argentino de la década pasada, sino que se trata de un dispositivo de blindaje que existió siempre, pero hace poco que tenemos conciencia colectiva de que los grandes medios, cuando se concentraron, fue para ser una pata más del neoliberalismo.

Los medios no sólo han actuado sólo contra los chilenos: le han ocultado al mundo qué había atrás de aquello a lo que le hacían propaganda. Y seguimos sin ver nada de Haití, seguimos sin coberturas sobre el genocidio por goteo en Colombia, no tenemos idea de lo que pasa en Africa. El nuevo intento de golpe en Bolivia se hizo visible también por las redes, en videos movidos, mostrando una de las escenas más bárbaras y asquerosas que puedan concebirse, con la alcaldesa de Vinto retenida por la turba de la derecha, vejada, golpeada, teñida de rojo. El odio es profundo y está acicateado, estimulado y otra vez quieren muertes. Y uno piensa, mientras escucha a los chilenos cantar de a miles El derecho de vivir en paz, que sí, que basta ya, que se traguen su odio y que se calmen, que a veces se gana y a veces se pierde, y que si pierden que soporten, como acabamos de hacer en la Argentina, a gobiernos que detestan. Pero la derecha no soporta no ganar. Y derroca, invade, injuria, encarcela, censura, miente, roba, mata.

Sin embargo, lo que pasa en Chile no viene sólo con el olor de la opresión, sino también con el perfume de las primaveras. Por muy poco menos que esto la prensa mundial habló de la primavera árabe, que terminó siendo su propio reverso. Y es una confesión de parte que los medios hoy no hablen de la primavera chilena: ven vándalos donde, cuando a sus mandantes les convenía, veían pueblos rebelándose contra la tiranía. Entendámoslo: el neoliberalismo es una forma de tiranía.

Lo que pasa en Chile viene con el olor turbio de la opresión, pero también con el perfume de aquella resistencia que, como en Chile nunca fue reivindicada institucionalmente, reaparece ahora con una fuerza acojonante. Ver tocar ante una multitud a la Sinfónica de Chile los temas de Víctor Jara es un fenómeno de renacimiento. Lo reprimido, lo aplastado, lo hundido a sangre y fuego por la vara de la normalidad de los militares y la elite, retoma su énfasis en un pueblo que hoy es otro y es el mismo. Eso es un pueblo, una cadena transgeneracional que conserva el fuego de su identidad encendido aun en las peores circunstancias. Hay varias generaciones que no son contemporáneas a Víctor Jara. Pero la cultura popular también tiene sus clásicos, que son los que en cualquier latitud, en cualquier idioma y en cualquier época expresan lo que necesita cantar el pueblo para hacer comunión con sus emociones. Y uno ve pibes de secundario cantar sus letras y entonar sus melodías, y ve y escucha un Te recuerdo Amanda que son ellos mismos, que son los de antes y los de ahora y serán los de mañana. La identidad chilena que fue condenada guardó sus íconos y sus tótems. Guardó su espíritu.

Decían que la historia había muerto. En uno de los lugares donde anclaron esa idea fue en Chile. Que la historia había muerto significaba que habían implantado un orden inmodificable. Y a ese orden le llamaron, desde entonces, “normalidad”. Atrás quedaban los crímenes de Pinochet. Como en España los de Franco. Durante décadas los impulsores del fin de la historia nos aturdieron con los magníficos atributos del Pacto de la Moncloa y con la Concertación chilena. El modelo exitoso que nunca acercaba el foco a la población de Chile sino que mostraba planillas con números. Cada tanto las revueltas eran tan grandes, especialmente las de los estudiantes y las de los mapuches, que teníamos noticias pero luego se apagaban, porque había vuelto la “normalidad”.

Esa normalidad incluye y siempre incluyó el abuso de poder. Chile hasta ahora ha sido un gran abuso, como lo han sido los últimos cuatro años argentinos. Somos pueblos abusados por elites. Están convencidas de su supremacía. No hay supremacía posible si no se aplasta a otro. Y el otro de las elites es el 99 por ciento de la población. Pero al parecer hay una sincronía histórica que nos hace vivir a muchos pueblos al mismo tiempo un despertar de lo que parecía la vigilia y era un ensueño, un folleto, una cáscara, la publicidad de un producto que éramos nosotros mismos, vendidos como trabajadores baratos.

El Chile que vemos muestra a un gobierno y unas fuerzas de seguridad cometiendo a los ojos del mundo un monstruoso delito de lesa humanidad contra todo el pueblo chileno. Se pueden pretextar asesinatos diciendo que fueron enfrentamientos, se pueden justificar represiones salvajes diciendo que hubo vándalos, pero allá ya son más de veinte las denuncias comprobadas de violaciones a mujeres y homosexuales detenidos. Es algo que no es nazismo ni fascismo pero que pertenece a esa familia de regímenes de bajos instintos morales: es el neoliberalismo defendiéndose en el poder.

La dignidad, la claridad conceptual y la conciencia política con la que el pueblo chileno ha salido a la calle tienen mucho que ver con haber preservado, como vemos, la memoria. No tuvieron juicios a genocidas, como aquí, pero preservaron la cultura que les dejó esa generación, y con Víctor Jara hoy cantan los vivos y los muertos.

 

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Chile se despertó

En los últimos años, en estas notas, se habló recurrentemente de la “sensación de irrealidad” que intentaba impregnar en la sociedad el nuevo dispositivo de poder, más intenso y concentrado que nunca antes. Poder político, obscenidad judicial y grandes medios juntos en la tarea de culpabilizar a las víctimas. Despedidos, perseguidos, despreciados, reprimidos, invisibilizados, eran acusados de “algo haber hecho” para merecerse el dolor. Mientras tanto, los recursos escasos eran derivados hacia lo más alto de la pirámide. Se habló de la necesidad de romper ese relato hegemónico que bañaba de irrealidad la realidad.

No es el problema la construcción de un relato, porque todas las culturas, todas las religiones y todas las tradiciones políticas tienen un gran relato que las estructura, y fija su posición ante lo que está mal o bien. El problema era que este relato no llegaba a relato: cuando borraron a los héroes nacionales de los billetes (“Al fin algo vivo en los billetes”), lo que revelaron era que iban a prescindir de la historia, que desconocen y a la que ignoran, y que su relato se limitaría a acumular y esparcir básicos argumentos de resentimiento, no basados en una compresión determinada del mundo sino en la estimulación del odio. La grieta a la que apelaron no es otra cosa que mantener permanentemente dividida a la sociedad en mil debates legítimos, pero que alejaban la visión panóptica de lo que pasaba: estaban estableciendo un nuevo orden social, pensado como definitivo.

También se habló de “hechizo”, en una acepción muy lejana a la que le hace a Macri decir que su mujer es “hechicera”. El hechizo de referencia es un estado subjetivo y colectivo al mismo tiempo, cuyo trayecto se explica de afuera hacia adentro de las personas, y no la inversa, pero que luego de incorporado vuelve a salir, convertido en odio y en ceguera. Estos días nos hemos alterado al extremo, todavía asombrados de las imágenes que días antes llegaban del Ecuador. ¿Algún gran medio siguió la cobertura ecuatoriana? ¿Algún gran medio dio información sobre el encarcelamiento de correístas, de sus asilos en embajadas, de las venganzas ejemplificadoras que se tomaron contra líderes indígenas? No.

Eso forma parte de la sensación de irrealidad. La realidad se podía tapar. Pero ya no. Hay cadenas de informadores informales, nacidas del pueblo, que nos muestran, ahora, la barbarie de las fuerzas armadas chilenas. El “periodismo profesional” ha defeccionado. En el mundo y en esta región ardiente las multitudes tienen conciencia de la falsedad de las coberturas televisivas, aunque el desmadre chileno es tal, que la violencia extrema y descontrolada de los carabineros también apuntaron contra cualquiera que tuviera un micrófono, como el cronista de TN. En el pliegue abierto por las protestas masivas por una democracia que, como cantaban en España, “no lo es, no lo es, no lo es”, se pudo ver que la orden que tenían los carabineros era que su accionar delictivo debía ocultarse. Esas fuerzas parecen extemporáneas: nunca antes hubo tal proliferación de videos y fotografías y audios en los que queda al descubierto el gran delito de lesa humanidad que está llevando a cabo el gobierno de Piñera contra su pueblo.

Lo que Piñera pasó por alto es que la época ya no es aquella en la que la verdad asomaba por la televisión o los diarios. Atrasan medio siglo. Los pueblos se han hecho cargo de la información. Viene desordenada, mal fechada, sin créditos, con errores de tipeo, pero habla y vomita todo lo que los medios ocultan. Esos que no son periodistas sino aterrados vecinos que filmaron cómo los carabineros dejaban caer un detenido de una camioneta y lo mataban antes de acelerar, o los que tomaron las imágenes de otros carabineros entrando a los golpes a los domicilios de estudiantes, los que mostraron las visiones atroces de la cacería cuyo saldo de muertos se ignora todavía, han hecho por la información mucho más que los señores de traje y las señoras bien maquilladas que salen por televisión. La televisión ya no es el ombligo de la información. Las nuevas generaciones, las más libres y las más valientes, no se informan por televisión ni por los diarios.

La región arde. Parece que algún hechizo se hubiera roto. “No son treinta pesos, son treinta años” es la síntesis de un despertar aletargado pero de una potencia extraordinaria. “El pueblo se despertó”, era la frase proyectada en un gran edificio de Santiago. Los chilenos han salido a reclamar su vida digna, con la fuerza de quien ha permanecido mucho tiempo reteniendo su ira, arrodillado, reprimido de esa otra forma en que se reprime a la gente: no dejándola hablar.

En América Latina hemos vuelto a la realidad por el vacío de las heladeras pero también porque no alcanza vivir con la panza llena si apalean al de al lado, porque el de al lado puede ser uno mismo mañana, porque lo que se nos pide a cambio de no ser alienígenas es dejarnos colonizar, y la felicidad es un tejido inmaterial que entrelaza lo necesario para estar en paz con uno y con el mundo: una vida digna es imposible sin sensibilidad o sin justicia. Dice Macri que “la justicia social es un invento”. Justo en la Argentina un empresario torpe, saqueador y sin escrúpulos viene a decir que es un invento la memoria colectiva. Aquí la justicia social es una experiencia encarnada. Y eso es lo que jamás le van a perdonar a Perón.

A lo largo de la historia humana se ha mantenido a las aplastantes mayorías aceptando todo tipo de avasallamientos. Nos suelen contar la historia como una sucesión de batallas, invasiones, expansiones, conquistas. Pero hacia el interior de cada pueblo que colonizó o fue colonizado, ese hechizo también ha existido. Toda jerarquización hegemónica –étnica, de género, de nacionalidad, de color de piel, de inclinación sexual, y la lista es larga–, implica un pasado de resistencia y finalmente la aceptación generalizada de que “así son las cosas”. La aceptación del vencido forma parte del statu quo tanto como los privilegios de los vencedores.

La región está caliente. No es sólo el cambio climático lo que se acelera. Se acelera el capitalismo. Que ya no es lo que aprendimos en el colegio que era el capitalismo, así como no hemos vivido los últimos cuatro años en eso que nos enseñaron que era la democracia. Recuerdo el 83. Sacarnos la faja en el 83 fue una inmensa felicidad, porque volvía la democracia. Pero ahora ya no alcanza con eso porque la democracia fue siendo abusada poco a poco y más y más por el capitalismo corporativo. No alcanzan los conceptos. Los pueblos reclaman experiencias de bienestar.

Nos ha tocado ser contemporáneos de un momento bisagra. Lo que se quiere expulsar es el sacrificio de las mayorías para pagar esos privilegios que la señora de Piñera ya se dio cuenta que van a tener que amortiguar. No sé qué me causó más impresión: que viera al pueblo chileno como extraterrestre –es decir, asesinable–, o que hablara tan suelta de lengua de sus privilegios. Que dijera esa palabra. Que fuera tan consciente y clara en relación al orden que su marido intenta perpetuar. El de sus privilegios de clase.

La riqueza concentrada ha generado una nueva nobleza que reclama para sí lo que le resulta natural, sus privilegios. Hoy la región y el mundo están asistiendo al despertar de enormes mayorías silenciadas y mantenidas en la mugre para que unos miles acumulen todo. Se rompió el hechizo. Los alienígenas tienen la sangre del mismo color que la señora de Piñera. Pertenecen a su misma especie y a su mismo país. Y un aumento del Metro les revolvió las tripas, porque ahí sí hubo derrame: fue la gota que no contuvo el vaso. Hay pueblos que han sido tan maltratados, que ya no temen. No sabemos cuánto tiempo tomará ni qué articulaciones políticas podrán encausar este deseo colectivo de volver a vivir sin sufrimiento. Pero una vez roto el hechizo, será cuestión de tiempo. La noche neoliberal está apagándose. Se apagará más pronto si los pueblos se dan conducción política, y si siguen los dos pasos que Badiou considera indispensables para el amor: experiencia y construcción.

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El sínodo por la Amazonia

Primero parecían “gestos”. Una palabra que se usa mucho. Pero el Papa rara vez hizo “gestos”. Lo suyo son acciones. Por “gestos” se entiende un guiño, algo más perecido a la insinuación, que da a entender una perspectiva política. El propio Francisco se ocupó hace un par de años, en una conferencia de prensa, de pasar en limpio a qué le llama él “política”, porque para la prensa concentrada, así como para sus mandantes, la política es genéricamente mala, es connnotada como herramienta de manipulación o instrumento de la ambición de poder o codicia. Aquella vez el Papa le paró el carro a un enviado que insinuaba que sus “gestos” eran demasiado “políticos”. “La alta política es algo muy noble”, dijo.

Sabe que el trampolín a través del que las nuevas elites financieras se han encaramado al poder casi irrestricto (e ilegal) en la turbulenta época en la que le ha tocado ejercer su papado, es precisamente la antipolítica. La abonan a chorro tanto medios como empresarios y CEOS. Es el aprovechamiento del desencanto o la impugnación de la política de millones de personas en el mundo que han sido traicionadas por dirigentes que han reemplazado la política por algo raro, algo sucio, algo desolador. ¿Macri hace política? ¿Lenín Moreno hace política? ¿Peña Nieto hizo política? ¿Duque hace política? Sí, pero incluso la política, aunque sea mala, aunque sea solamente para privilegiar al 1 por ciento de la población, se termina cuando el FMI entra a escena. Nombres variopintos. Dos salidos de la política traicionera y dos productos de laboratorio. Sólo pueden hacer política sana y noble quienes hayan sellado un compromiso de sangre con sus representados. A esos los persiguen o los encarcelan. Los estigmatizan como “chorros” o “dictadores” los chorros y los dictadores de nuestro tiempo.

Cuando el Papa hizo su primera visita a la región fue a Brasil. Al encuentro de jóvenes. Y allí dijo su recordado “hagan lío”. Seguramente quiso decir varias cosas, pero entre ellas aquél fue un cruce a la ola que muy pocos veían venir, y son estos nuevos cultos que apañan al neofascismo, y que están pensados como la nueva religión hegemónica de la región. Los que depositan en cada individuo recortado de los otros la posibilidad de su salvación en la tierra: tener suerte, si así fue la voluntad de Dios. No piensan en política. No hablan de política. Viven en un mundo aparte, en el que las desgracias son parte de la vida que les ha tocado. No luchan. Rezan. “Hagan lío” puede entenderse como “hagan política”, en la acepción general que le da el Papa, la que tiene que ver con lograr comunitariamente una vida más digna para todos pero especialmente para los que nunca pudieron sacar la cabeza del lodo.

Esta semana en Roma el Papa inauguró el Sínodo por la Amazonía. No es otro “gesto”. Es pura acción. Fue por pedido de los obispos de diversos países a los que esta nueva camada de gobiernos odiadores los enfrentó de pronto con el hambre y el fuego. Esta semana se vio la foto de las decenas de camiones que empresas ganaderas mandan a las zonas deforestadas por el fuego.

En el Vaticano ahora están los delegados de las etnias aplastadas. El Papa recibe a los habitantes ancestrales –a quienes pidió perdón por la colonización ya hace unos años en Bolivia, pero eso que era una enorme noticia fue como otras miles de enormes noticias borroneada por los grandes medios–. El Papa recibe a los Garabombos de todos los tiempos, pero esta vez encarnado en esas etnias deslumbrantes que brotan de la Amazonía. Recibe a esos invisibles.

En la apertura del Sínodo, Francisco fue al hueso y nos compete, aunque la lectura puede hacerse extensiva a cualquiera de nuestros países. Se refirió a la disyuntiva sarmientina “civilización o barbarie”. En estas notas se ha apuntado varias veces que esos términos se han invertido. “El lema de civilización o barbarie se ha usado para aniquilar pueblos originarios”, dijo. Los que se identifican con la civilización están trayendo una nuevo colonialismo”, dijo.

Las elites financieras que desplazaron a la política, entroncadas con las oligarquías, hoy son los bárbaros sanguinarios que por dinero están dispuestos a sacrificar millones de vidas humanas, animales y vegetales. El Papa después tiró una flecha hacia Pichetto, aunque nombrando sólo a la Argentina. Dijo que en nombre de la civilización (con distintos voceros, portadores del mismo discurso de odio que late en la región desde hace cinco siglos), se escuchan palabras denigratorias, “con el desprecio a los ‘bolitas’, a los ´paraguas´y a los cabecitas negras”.

Los que tenía enfrente mientras decía eso eran los guardianes de la naturaleza, los que como ha dicho también Chomsky, “han sido los que en la historia más han luchado por defensa de la vida en el planeta”. Son los que perseveran hace siglos y siglos, cuando nuestros países no existían, en el buen vivir, que no le demanda a la tierra más de lo que la tierra pueda dar sin arruinarse ni seguir estando allí, disponible y pródiga para las generaciones futuras.

Esos pueblos, que tienen su propia medicina, que han sobrevivido contra viento y marea, con contacto o no con los blancos, y algunos de ellos han tomado decisiones de una sabiduría extraordinaria, como los más populosos, que en lugar de vivir todos juntos se han repartido por diferentes zonas de la Amazonía para evitar desequilibrios. Esos invisibles que hoy deben huir de sus tierras porque el fuego las devora, en estos días tienen un interlocutor. Mientras desde la “civilización” llegan las fotos del hijo de Bolsonaro haciendo gracias con sus armas, mientras Ecuador se desangra, mientras en Colombia los activistas ambientales son asesinados todos los días, mientras en la Argentina se fumiga glifosato sobre escuelas rurales y hay niños y adultos enfermos soportando la amplia gama de envenenamiento que produce la ganadería o el cultivo transgénico a gran escala, ellos, los pueblos originarios, siguen guardando sus secretos y aspiran solamente a que los dejen en paz.

Hoy son ellos la civilización a la que hay que mirar con interés político. Bolivia es el único país que ha logrado quedar en pie y sigue repartiendo justicia y felicidad, junto con desarollo. Nos los tenemos que tomar en serio. No por “un gesto”. Por algo mucho más profundo y lúcido: si logramos romper la fetichización del dinero como vara del poder político, se abrirá una nueva fase de nuestra cultura común. Ellos nunca fueron del todo incorporados como sujetos políticos en paridad con los demás. Como el machismo, el racismo es algo que a veces parece encapsulado como un virus transversal. Ese es el hueso. Porque el hueso es la tierra, pero también el modo de ser y estar en ella. Y los pueblos originarios saben de eso mucho más que nosotros. Muchísimo más.

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Las cosas que nos gustan

Uno de los spots del Frente de Todos que se vio esta semana resume en el plano de la vida real, la cotidiana, la que contiene a nuestros cuerpos, a lo sensorial y lo emotivo de la vida, lo que millones de personas sentimos no como un deseo solamente político, sino como un deseo vital. Nunca como ahora se hace necesario distinguir el deseo de la pulsión de muerte, porque remamos abriéndonos paso en el odio, que es la vela y el viento de esa última pulsión.

Muy lejos del odio, en la otra punta de la condición humana, está el deseo de vivir, la vitalidad, que es generosa, porque abreva en lo que se tiene, se disfruta y se comparte. Fitzgerald decía que el único sentimiento intransferible es la vitalidad. Y es cierto: uno se siente impotente ante quien la ha perdido, porque las palabras de aliento o las más racionales chocan contra el frontón que es el desaliento vital. Y el enemigo ha inventado este mundo como un artefacto de odio, y quiere instituir, aquí y en todas partes, ese invento como “lo normal”. Quiere que las grandes mayorías mundiales pierdan su vitalidad. Es la nueva gran herramienta que no paran de usar. La maquinaria constructora del sentido común se encarga, junto con la realidad económica y social, que lastiman, castigan y expulsan, a inocular el autodesprecio. Quien se autodesprecie no se rebelará nunca, no luchará, no opodrá resistencia. Así es esta nueva etapa de shock.

El spot se llama “Cosas que nos gustan a todos”. Y después simplemente enumera: el dulce de leche, el recuerdo del primer beso, un asado con amigos, un buen meme, un abrazo cuando más lo necesitás, llorar de risa, un mate calentito, gritar un gol, que te reconozcan el esfuerzo, un día de sol en vacaciones, un amanecer en la montaña, nuestra bandera, un país con futuro”. Cosas sencillas. Cosas que se perciben, se saborean, se recuerdan, se planifican, se comparten, se esperan. Cosas que nuestra memoria reciente nos indica que están cerca, que no son “ambiciones” ni “sueños” ni “ilusiones” ni “ficciones” sino ingredientes de una vida vivible.

Esta semana Alberto Fernández avanzó mucho en las primeras medidas que tomaría si ganara. Y preferir los jubilados a los bancos, la educación a los bancos, la salud a los bancos, es una muestra contundente de los muchos consensos que el Frente de Todos tiene por delante. Podrá haber chispazos y es previsible que los haya, eso es un frente. Discutir, negociar, opinar en contra y a favor, en fin, qué otra cosa podría pasar en un conglomerado tan vasto y heterogéneo que hasta hace un mes y medio se pensaba imposible. Y sin embargo la amalgama apareció. Y apareció porque estamos tocando fondo y porque nos corre de atrás la pulsión de muerte. No deberíamos olvidar nunca, aunque se gane, que nos morderán los tobillos.

Si nosotros, millones de nosotros, somos los que queremos vivir en un país en el que esas cosas sencillas, posibles, alegres, gustosas, mágicas, emocionantes y estimulantes nos sucedan, y le suceda a la mayor cantidad de gente posible. Nosotros queremos una vida tranquila, atravesada por las contingencias inevitables pero en el que comer dulce de leche, gritar un gol en familia, comer en la casa, tener un techo, tener trabajo, acceder a los medicamentos necesarios para cualquier integrante de la familia, todas esas sencillas cosas son las que deberían ocupar nuestros días, y no la incertidumbre, Bullrich, no la zozobra, no esa estaca clavada en el alma cuando no se sabe si el mes siguiente se podrá pagar una cuota o si se podrá alimentar a los hijos. La política en la que creemos existe para que todas esas cosas estén presente en la vida cotidiana del pueblo.

Porque en el hilado de esos sabores y paisajes, en la expectativa de conocer un lugar, en las ganas de reírse con los demás, en esas multitudes que conocemos en las que nunca hemos tenido miedo y sí alborozo; en el tejido de todas las cosas que nos gustan, o en el acceso a algunas de ellas, está la gracia de vivir. No podemos tolerar que se nos hable de la vida como un estado de sufrimiento. No es soportable. Y ya sabemos que lo que aleja al dulce de leche de la boca de los niños, y lo vuelve suntuario, hasta pretencioso cuando ya ni siquiera hay leche, es la decisión política de que las grandes mayorías sufran.

Tenemos que aferrarnos como garrapatas a las cosas que nos gustan. Porque tenemos derecho disfrutarlas. Y tenemos de defender a los dirigentes que tendrán la voluntad y el coraje de que nuestras vidas vuelvan a ser las que queremos vivir, y no el purgatorio de mampostería rajada que hoy nos ofrecen.

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Rápido

“Haría lo mismo pero más rápido” fue la frase de Macri que quedó ahí flameando, como una amenaza. A la bandera nacional no la honra, pero tiene esta otra, sucia y deshilachada. La de la amenaza más vieja del mundo. Macri miente tanto que pocas veces como cuando dijo eso los argentinos entendimos que estaba diciendo la verdad. Pero el sentido de esa amenaza quedó atado al ajuste, como si lo que Macri tuviera en mente fuera sólo seguir ordeñando la ubre vacía que somos después de su gestión.

Esa frase está deshilachada por el tiempo porque no es ocurrente, ni moderno, ni novedoso lo que Macri tiene en mente hacer más rápido. Es lo más viejo del mundo. La dominación. Este modelo ya tensó todo lo posible el ánimo y las reservas de paciencia de millones. Entonces cuando la escuchamos, cuando sabemos que es eso lo que quiere, ir más rápido, sería más preciso que pensemos que esa rapidez indefectiblemente estaría empapada en sangre. Macri amenaza, en rigor, con ponerse mucho más violento.

Sangre como la que salió de la frente de Silvia Maldonado esta semana. Como la de esa adolescente que abrió la puerta de su casa de un barrio de Santiago del Estero y le pidió al policía, con su bebé en brazos, la orden de allanamiento antes de abrirle el paso, y lo que recibió fue un balazo en la frente. Vimos el video. Eran salvajes uniformados atacando un barrio pobre donde alguien se había robado una amoladora y un taladro. El balazo ante el pedido de la orden de allanamiento nos habla de una ruptura total del contrato social. Por eso es necesario uno nuevo.

El propósito de “ir más rápido” seguro que incluye seguir hambreando al pueblo argentino, pero ese saqueo ya pondrá en acción a ese tipo de fuerzas de seguridad que son de inseguridad, e implica no ya la “mano dura”, sino el mismísimo gatillo apuntado a la nalga o la frente de cualquiera. La idea de “ir más rápido” de Macri se entiende mejor ahora que se sabe quién lo acompañará. Miguel Pichetto, desde el anuncio, dio varias muestras gratis del carácter de esa rapidez. Habló de la expectativa de más “emprendedores” -una palabra cínica como pocas en un país destartalado, en el que ese gobierno integrado por el mejor equipo, durante siete horas mantuvo a todo el país y a parte de los países vecinos en la oscuridad total y cuyos funcionarios se presentaron luego a decir “no sabemos qué pasó”.

Y dijo Pichetto: “Más emprendedores y menos cartoneros”. Después hubo traductores en los medios que le suavizaron el deseo y la intención. Quiso decir, explicaron, que quiere que más gente trabaje y menos gente deba vivir de la basura. Pero el candidato vicioso de oficialismos no sólo lo dijo, lo pronunció. Y lo pronunció con asco, con molestia, como quien huele mierda, como quien dice “más gente de bien y menos delincuentes” o “más gente que trabaje y menos vagos” o “más gente como uno y menos negros” o cualquiera de las variantes del discurso aberrante y antihumanista del macrismo. ¿Qué otra cosa puede querer decir?

La fórmula macrista explicita lo que el actual presidente quiere hacer: sacar su lado alfa, promover los alfas en las fuerzas de seguridad y en toda la sociedad, salir del closet y por fin parecerse a ese Mito-Hulk con el que Bolsonaro se presentó en Brasil. El ajuste que le exige el Fondo no puede hacerse pacíficamente. Eso mismo le explicaba Margaret Thatcher en la década del 70 a Friedrich Hayek, el mentor del neoliberalismo, cuando le escribió desde el Chile pinochetista y le dijo que había que hacer exactamente lo que estaba viendo allí. “Usted sabrá que hay cosas que no se pueden hacer en una democracia”, le contestó la ajustadora británica. Ella hizo lo que pudo. No tanto como Pinochet, claro.

Ahora estamos en una nueva fase de esa corriente económica y política. El capitalismo choca contra sus propios límites y la riqueza está concentrada como nunca. Los grandes medios ya no hacen periodismo sino acción psicológica. Las audiencias globales están desorientadas, indignándose por lo que no pasó. Nadie sabe exactamente quiénes manejan el poder en países opacos como los nuestros, con gobiernos que tienen mandantes en el extranjero. Esta neocolonización fraguada en el norte pero acompasada con fenómenos de época (como los neonazismos explícitos, como las violaciones en manada, como los linchamientos, como los asesinatos diarios de líderes sociales o ambientales, como la venta de esclavos en Libia, como los africanos abandonados a su propio ahogo en el Mediterráneo, y la lista es muy larga). ¿Nos damos cuenta de que el mundo retrocedió a una especie de falsa edad media en la que los nobles y sus cortes beben sus elixires y mordisquean frutas exóticas mientras el noventa por ciento de la población ha sido o será condenada a la absoluta falta de derechos y bienes y recursos? Y para eso, la dominación siempre ha requerido de la cultura de la dominación.

Antes de las elecciones de 2015 muchos decíamos que lo que teníamos enfrente era una opción entre un modelo de trabajo y un modelo de desempleo. Suena frío, escuchado a la distancia. El modelo de Macri incluye inocular en nuestro fuero íntimo el síndrome del vencido y hacernos sentir  inútiles y porquerías. Incluye inmiscuirse en nuestra idea de nosotros mismos y lograr convencernos de que es esto lo que nos ha tocado ser. Por eso detestan a los gremios docentes.

La bandera de Macri es vieja y está deshilachada. A lo largo de la historia humana, los tiranos, los emperadores, los señores feudales, los colonizadores y todos los que dominaron a otros no siempre lo hicieron sólo por la fuerza. Es la cultura la que se ocupa de domesticar al hambriento o de quebrar al perseguido. Pero si no lo hace, la dominación es implacable y mata. Sin culpa, sin explicaciones, sin disimulo. Por eso es imperioso mandar lo accesorio a su lugar, y tener colectivamente el eje fijo en lo imprescindible: ganar.

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La Tierra

El miércoles de esta semana fue el Día del Medio Ambiente, y pasó sin pena ni gloria, como pasan delante de nuestros ojos tantos de los hechos de los que dependen nuestras vidas. Mientras el calentamiento global sigue su curso entre otras cosas porque han logrado convertir incluso la expresión “medio ambiente” en algo neutro, en algo de lo que se ocupan los onegeístas, en algo casi abstracto o lejano. En este tema, como en otros, hay que rasgar con urgencia las vestiduras; no las propias, sino las de esa máscara que el poder global ha colocado sobre algunas palabras para que pierdan su real significado.

No ha sido una operación ni espontánea ni inocente. Como en todo, pero especialmente en relación el medio ambiente, lo han hecho porque era imprescindible volver inocuo lo atroz, para dejar libres las manos que diariamente firman boletos de compra y venta de enormes territorios, para ser explotados como fueron explotados tantos seres humanos que hasta que el trabajo hizo su retirada, y ahora son directamente eliminados o abandonados a su suerte.

“Si el medio ambiente fuera un banco ya lo habrían salvado”, dijo hace poco Pierre Larrouturou, economista, ingeniero agrónomo, eurodiputado por la coalición de Partidos Verdes de distintos países que tienen como principal punto de lucha el calentamiento global. Larrouturou propuso una medida concreta: la creación de un Banco Climático Europeo destinado a la protección de la biodiversidad. Propuso que cada país disponga de un 2 por ciento de su PBI para avanzar hacia una economía sin emisiones de carbono, es decir, un cambio radical en el modo de producción que privilegie las energías renovables, proteja los suelos y tome las medidas necesarias para impedir las extinciones de especies en cadena que sobrevendrán muy pronto. Es curioso como el ciudadano promedio urbano de esta parte del mundo mira la televisión mientras se viste para ir al trabajo para saber si hará frío o calor. Es curioso que sólo la meteorología haya quedado en la agenda acrítica de los grandes medios, mientras sus causas –las de las largas sequías, las del crecimiento de los cinco océanos, las de los huracanes devastadores y las inundaciones o los maremotos– permanezcan en un misterio insondable que nunca es especificado.

Hace ya tres años, la periodista norteamericana especializada en ciencia Elizabeth Kolbert recibió el Pulitzer por su trabajo, luego best seller, La sexta extinción. Era un análisis de documentos científicos en los que biólogos, paleontólogos y cientistas de otras disciplinas detallaban que el planeta ha atravesado ya cinco extinciones masivas que, cada una en su momento, borró más de la mitad de la vida sobre la tierra. Especies que ya tenían una historia de doscientos mil años sencillamente desaparecieron. Se cree que alguna fue por la caída de un enorme meteorito, otra por el despertar inesperado de distintos volcanes. Pero esta vez, cuando ahora –en el último abril– la propia ONU habla del peligro de la sexta extinción y llama –con esa débil voz que tiene la ONU para hablarles a los dueños del mundo–, el desastre sería el primero provocado no por un cataclismo sino por un modo de producción. Es decir, por un modelo de vida. O mejor: por los réditos que muy pocos sacan de eso.

El problema no pasa lejos, pasa lejos y cerca, pasa en todas partes, y lacera. En Pergamino no hay agua potable porque los agrotóxicos la envenenaron. Las muertes por residuos letales del glifosato tiene nombres y apellidos y hasta tumbas que no han sido fotografiadas en el Litoral. En Rosario el miércoles hubo una marcha de los barbijos, y entre las otras pocas manifestaciones colectivas es destacable la de la Garganta Poderosa, que publicó un posteo titulado “Hacen agua por todas partes”. En él, dice la organización villera que “aprovechando el Día del Medio ambiente”, querían recordarle a Rodríguez Larreta que el 70 por ciento de la villa 21–24 sufre emergencia hídrica por falta de presión, que las viviendas desbordan de líquido cloacal y tienen altos niveles de contaminación en el agua.

Un poco más arriba en el mapa pero muy cerca de nuestra necesidad de supervivencia, la Amazonía se enfrenta a una deforestación nunca vista. La extracción sin control del litio en nuestro norte podría anteceder a una sequía sin fin. En la vida real, en los países vecinos, los líderes sociales son asesinados de igual manera que los defensores de los recursos naturales. Los pobres organizados y las comunidades rurales están contemplados como sobrantes de un sistema que sigue avanzando.

En su libro, Elizabet Korbert escribió bajo dos acápites muy bellos, pero hay que hundirse en ellos para entender la dimensión de la que hablan. El primero era de E. O. Wilson: “Si la trayectoria humana encierra algún peligro, no es tanto en la supervivencia de nuestra propia especie como en dar cumplimiento a la ironía última de la evolución orgánica: que en el momento de alcanzar la comprensión de sí misma a través de la mente humana, la vida haya condenado a sus más bellas creaciones”.

Y la siguiente, de Borges: “Siglos y siglos y sólo en el presente ocurren los hechos”.

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Balas y babosas

Vimos esta semana algunos casos de violencia horrorosa que a muchísimas personas no le entran en la cabeza ni en el alma, y que sin embargo no son producto de impulsos de odio aislado, sino de odio institucionalizado. Ese odio, inculcado, prescripto por el Estado como un remedio contra la cordura, es neutralizado, acolchado por la línea oficial que versa sobre cómo debemos tratarnos los unos a los otros en sociedad. Eso es lo que hace temblar: que lo que eriza a tantos y tantas no roza a muchos otrxs. No pueden defenderlo a boca de jarro –todavía estamos lejos del extravío brasileño–, pero lo defienden de otra manera: en los muros de Facebook la intervención de los trolls fue lineal: “¿Y eso qué tiene que ver con Macri?” o “Siempre politizando todo”. Eso nos dice que saben que a Bullrich no la pueden defender.

Menciono apenas dos casos aunque hubo más. El de San Miguel del Monte, en el que estuvo involucrada la policía bonaerense: un joven y cuatro adolescentes que iban cantando en un auto terminaron baleados y estrellándose contra un camión. Cuatro murieron y una adolescente agoniza. Esa noticia apareció en los medios primero como un simple accidente automovilístico. Ya había habido una pueblada en la localidad contra la intendenta, porque algunos vecinos declararon, apenas ocurrido el choque, que antes del estruendo habían escuchado tiros. Después se supo que ese auto cuyo joven conductor ya había sido coimeado la semana anterior por la policía por no tener todos los papeles en regla, era perseguido por un patrullero cuyos ocupantes no sabían a quién perseguían ni por qué, pero tiraban. Uno de los chicos que murió por efecto del choque tenía una bala en el glúteo (sí, como Rafael Nahuel). Tuvieron que trascender por vías alternativas estos datos tan tremendos para que los medios lo tomaran como lo que fue: un crimen múltiple producto de violencia institucional.

El otro caso que espeluznó hace unos días fue ese video que alguien amigo de los incendiarios grabó como se graba una gracia, y de hecho se reían dos hombres que bajaban de un auto en la General Paz, en una noche fría, para rociar con alcohol a dos personas sin techo que estaban dormidas bajo el guardaraíl, y prenderles fuego. Ambos terminaron con quemaduras graves. No se podía sostener la mirada durante todo el video. Daban ganas de llorar de rabia y de desconsuelo, porque es difícil imaginar a alguien más indefenso y más débil que a un hombre que se echa a dormir en una noche fría en el medio de una autopista. Y es aún más difícil comprender el goce de esos pandilleros que reían mientras intentaban asesinar, que reían mientras intentaban ver arder a esos bultos que ya habían cosificado y eran nadie.

Una se queda paralizada por la crueldad y sobre todo por la gracia o la complacencia que provoca en ciertos sectores esa crueldad. Y aparecen en los comentarios “Menos que humanos” o “Demasiado humanos”. Es decir: la crueldad abre el dilema sobre nuestra condición. No hay una respuesta cerrada y unívoca sobre lo intrínseco de lo humano en relación al bien y al mal. Ni siquiera hay consensos sobre qué está bien y qué está mal más allá de la cultura desde la que se observa un hecho. Pero el goce con el dolor ajeno, y un paso más allá, provocar con los propios actos ese dolor, y reírse del sufrimiento, remite sin duda no a la condición humana en general sino a uno de sus extremos. El tanático. El extremo que a lo largo de la historia, cuando ha aflorado, ha extinguido etnias, pueblos, el que ha arrasado y arrasa hoy a países enteros, los que están a merced de gobiernos cuyas políticas se dirigen más a la muerte que a la vida.

Por mi trabajo de entonces, en los 90, recuerdo que hubo algunos casos de linyeras incendiados en plazas bajo el imperio de la idea de que los de abajo son cosas. Que gracias que todavía no pagan el aire que respiran. Un posteo de Sebastián Hernaiz, a quien pedí permiso para citarlo, recordaba un caso aún más antiguo y literario, pero a la manera de la buena narrativa, que es que la que da cuenta de los pliegues ocultos de la realidad. Hernaiz citaba a Roberto Arlt, una escena de El juguete rabioso: Astier, el protagonista, explotado en la librería en la que trabajaba, lleno de frustración y de resentimiento, planea incendiar el local pero no se atreve. Sigue su camino, va sin rumbo por la ciudad, inmerso en su impotencia, y sin que se le viniera ninguna idea previa a la cabeza, casi sin intención y sí atravesado por una pulsión que debe descargar, de pronto pasa junto a un hombre que duerme a la intemperie y le tira un fósforo. Le prende fuego. “Una pequeña llama onduló en los andrajos, de pronto el miserable se irguió informe como una tiniebla”.

Citaba Hernaiz también a Oscar Masotta, que en los 60, en Sexo y traición en Roberto Arlt, analizó esa escena y la asimiló con en funcionamiento de al menos una de las clases medias: la que no puede con los de arriba, y salda su propio dolor ejerciendo un dolor más atroz aún en quienes están más abajo, aquellos ante los cuales sí se anima al sadismo. Pero no se trata solamente de agarrárselas no con quien corresponde sino con quien es más vulnerable, sino que con esa acción malvada se borra, se obstruye, se niega el verdadero motivo del odio que impulsa al odiador. Los atacados, entonces, cumplen un rol funcional a la supervivencia y el funcionamiento del sistema. Son los receptáculos en los que los alienados por sus propias frustraciones vomitan su bilis y se vacían, para recomenzar al día siguiente su vida miserable.

Si los seres humanos somos buenos o malos por naturaleza no es un tema, como se señalaba anteriormente, que ofrezca respuestas cerradas y concluyentes. Más allá de que podamos discernir que hay modelos de mundo y políticas inclinadas hacia la empatía o el odio, sí hay algunos apuntes olvidados, no provenientes de las ciencias sociales, que nos reenvían al mundo darwiniano pero, según afirma el primatólogo holandés Franz De Waal, provienen de malas interpretaciones. De hecho, el mayor divulgador de Darwin, Thomas Huxley, discrepaba abiertamente con él en “la cuestión moral”. Para Huxley, la “selección natural” era, cosa que nunca afirmó su mentor, la prueba concluyente de que cualquier sentimiento de cooperación, de empatía o de piedad, era “pura simulación”.

Tan hondo caló la interpretación de Huxley –que por lo demás no hizo ninguna otra cosa recordable– en el mundo científico y en algunas corrientes de las ciencias sociales del siglo XIX, que pronto fue muy conocida su “Teoría de la fachada”: cualquier intención de cooperación o colectivismo fue tomada instantáneamente como una excusa. “No estaba en la naturaleza humana”, según esa teoría, el impulso benéfico hacia el otro. Por esa época, un biólogo norteamericano especialista en babosas, Michael Ghiselin, resumió la teoría de la fachada en un párrafo apabullante: “No hay indicio alguno de caridad genuina que mejore nuestra visión de la sociedad, una vez que se deja de lado el sentimentalismo. Lo que pasa por cooperación resulta ser una mezcla de oportunismo y explotación. Dada la oportunidad de actuar en su propio interés, nada aparte de la conveniencia disuadirá a alguien de maltratar, mutilar o asesinar a su hermano, su pareja, su padre o si hijo. Rásquese la espalda de un altruista y de verá brotar la sangre de un hipócrita”.

Medio mundo está gobernado por especialistas en babosas.

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Emisiones

La expresión “cambio climático” no genera, por sí sola, la violenta vibración que contiene. Ha sido enyesada y hay que liberarla. Desde hace un par de décadas circula encorsetada en la sensación de irrealidad en la que viven los ciudadanos de los países centrales y también los de los países periféricos, que fueron los primeros en quitarle contenido, porque era en esos territorios que iba a tener lugar la batalla final de la vida contra la muerte.

A mí me gusta hilar. Y no deja de asombrarme que sobre este tema comencé hablando hace unos meses de la adolescente sueca Greta Thumberg, que lidera a los estudiantes secundarios de más de ciento veinte países en la lucha por la detención de la emisiones tóxicas, y que llora en la ONU cuando habla de la aceleración de la extinción de innumerables especies. Me gustó hilar lo decía esa casi niña europea, tan áspera, tan conmocionante, con lo que se está diciendo al mismo tiempo en otros idiomas exóticos, en lenguas casi extinguidas, en lo profundo de Africa pero sobre todo de América Latina. Aquí por decirlo los matan.

El hilo va y viene porque estamos ante un cataclismo inimaginable y sin embargo escondido para la enorme mayoría de la población mundial. Todo lo demás depende de esto. Los modelos de país, las ideologías, las creencias, las utopías, hasta la esperanza. La casa común, le dice el Papa. Mapu, le dicen los mapuches. La maravilla de la vida, el esplendor de la diversidad, ha comenzado su etapa final porque este sistema de explotación de la tierra se corresponde en esta etapa del capitalismo con el sistema de explotación de los seres humanos.

Esta semana circuló un video que entre otros difundió Spanish Revolution, en el que otra mujer, pero de una vejez extremadamente bella, decía que “el cambio climático es una de las peores amenazas a las que nosotros como especie, y toda la vida sobre la tierra, se enfrenta hoy”. Esa mujer es Jane Goodall, la legendaria observadora de chimpancés en su hábitat natural, la mujer que convivió décadas con ellos, y que luego se volvió promotora y divulgadora infatigable de la defensa de la naturaleza a través de su fundación Raíces y Brotes (Roots & Shoots). La que cuando tenía la edad de Greta comenzó a ir todos los días al Museo de Historia Natural en Londres a leer, y luego ahorró hasta poder pagarse su viaje a Africa. Y allí, en la Garganta de Olduvai, Tanzania, conoció a un paleontólogo, Louis Leakey, que fue el pasaje entre el estudio de los fósiles y la observación de primates vivos y en su hábitat. Eligió para eso a tres mujeres (las otras fueron Diane Fossey y Biruté Galdikas), y las envió a vivir a tres distintos territorios y a observar la conducta de primates. A Goodall le tocaron los chimpancés, a quienes conoce mejor que nadie.

“He pasado mi vida viajando alrededor del mundo y he visto los efectos del cambio climático con mis propios ojos”, dice Jane, que tiene esos ojos azul oscuro que miran dulce pero férreamente a cámara. “Estuve en Groenlandia a los pies del gran acantilado de hielo que sube hacia el casquete del glaciar, con ancianos inuit que dicen: cuando éramos jóvenes, incluso en pleno verano, el hielo aquí no se derretía, y ahora, a finales del invierno, baja agua del acantilado y caen grandes trozos del hielo al océano”.

Goodall narra que luego fue a Panamá, y que allí también conoció indígenas que ya habían tenido que abandonar sus islas porque con el aumento de los océanos las han perdido. Dice que conoció del otro lado del mundo situaciones idénticas de islas desaparecidas. Habla de las sequías en el sur de Australia y Africa, donde hay lugares en los que no ha llovido en siete años.

Esta semana atentaron contra la lideresa Francia Márquez, en Cauca, Colombia. Intentaron matarla lanzándole una granada. Francia defiende el agua de su territorio, al que las corporaciones mineras y madereras están dejando sin accesos. Francia ganó el año pasado el premio ambiental Goldman por su lucha. Esta misma semana, ese premio, el de este año, fue otorgado a al lonko mapuche Curamil, por su defensa del agua. El premio lo recibió su hija, porque Curamil está detenido en Chile.

Todo se va hilando, voces adolescentes, voces de enorme experiencia, voces científicas, voces indígenas, todo eso teje un alerta que en cada país debe tomar una forma activa, porque es la única herramienta que tiene el 99 por ciento de la población del mundo de detener esta locura que los argentinos sabemos de qué se trata. Sabemos lo que son las corporaciones al comando. Está muriendo gente por efectos de los agrotóxicos y eso no está en la agenda porque la corporación de los agrotóxicos es uno de los presidentes que nadie ha elegido y que sin embargo decide las políticas perfectas para continuar envenenándonos.

En su video, Jane Goodall insiste en que se deben detener las emisiones de dióxido de carbono y de metano, que proviene de la ganadería intensiva y de la agricultura intensiva. Goodall dice que ya se sabe cómo prevenir el final, pero no hay voluntad política que evitarlo. Y habla de gobiernos pero también de ciudadanos. De la voluntad política de los ciudadanos. El New York Times publicó el martes una nota firmada por Brad Palmer titulada “La civilización acelera la extinción de las especies y altera el mundo a un ritmo sin precedentes”. Se acerca al millón la cantidad de especies de todo tipo que están condenadas a desaparecer.

Si la única herramienta que tenemos los comunes y corriente para evitar el desastre, deberíamos presionar a nuestros dirigentes a que nos hablen de este tema. No es un tema fácil de abordar, porque todos, absolutamente todos los poderes fácticos del mundo, están locos y creen que cuando no haya planeta ellos seguirán siendo inmensamente ricos. Pero no se detendrán hasta que no haya nada, ni siquiera su propia riqueza.

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El dinero es amor

”Love is money”, dijo Kevin Whitaker, embajador norteamericano en Bogotá, ante un grupo de legisladores colombianos con los que estaba desayunando en su residencia. Estados Unidos podría dejar que “querer” a Colombia si ellos no apoyaban al presidente Iván Duque en “las objeciones” presentadas en un capítulo de los Acuerdos de Paz firmados en La Habana en 2016, cuando el presidente era Juan Manuel Santos. Whitaker les decía que necesitaban la aprobación de “las objeciones”, aunque eso implicara desconocer a la justicia colombiana o a la Constitución. De modo que si no se aprobaban su país retiraría su cariño: “Love is money”. Básicamente, Duque quiere “objetar” algunos puntos vinculados a las pruebas necesarias en caso de que Estados Unidos reclame la extradición de algunos ex miembros de las FARC, previa acusación de narcotráfico.

Fue en los primeros días de abril. Dos tandas de legisladores de casi todos los partidos, dos desayunos, dos días consecutivos. Huevos con panceta y un café cargado fue el menú de ambos días. Aunque el embajador pidió discreción, un legislador habló (ya le retiraron la visa) y todo salió publicado en El Espectador. En una de las rondas, uno de los legisladores preguntó por qué Estados Unidos no hacía público su reclamo. Whitaker dijo que no podía, porque los acuerdos fueron acompañados y aprobados también por un enviado del entonces presidente Barack Obama. Quedaba mal. Pero en el patio trasero a los representantes del pueblo, que es un abstracto y que cuando toma cuerpo es el cuerpo que cae acribillado en plena noche o en plena mañana, Estados Unidos se considera con derecho a pedirles que voten lo necesario, aunque hayan hecho pública o prometido la posición contraria.

Hace dos semanas hablábamos de la oscuridad pública. Vale la pena ampliar la idea. Porque como vemos, aunque haya un intersticio y algo no conveniente se publique, los mecanismos de control de información están tan aceitados, que esa noticia no tiene más destino que la llama de un fósforo. Aunque alumbre el crimen más horrible o una injerencia impudorosa como la de Whitaker: se ve, pero no se ve. Se sabe, pero todo el mundo sigue con su vida como si no lo supiera.

Dos tandas de seis legisladores colombianos fueron a escuchar la recomendación de la embajada en un tema crucial, y uno de los principales diarios publicó todo. No se movió ninguna estantería. El vasallaje está naturalizado. La hipocresía se da por sentada. No hay tiempo para procesarlo. Muere gente sin parar y específicamente mueren los líderes sociales –mueren asesinados por bandas paraestatales– asignados para reconstruir las redes sociales en los territorios que ocuparon durante décadas las FARC. Entre 2018 y lo que va de 2019 llegan a más de cuatrocientos los líderes eliminados. Está claro que Estados Unidos tiene pensado qué hacer con esos territorios: no serán el hábitat natural ni bucólico de ninguna comunidad local. Los quieren para ellos y para hacer otra cosa.

En Perú, donde no hubo Diálogos de Paz, llegan a doscientos los líderes y las lideresas asesinados en estos dos años. Allí la presencia de pueblos originarios que defienden sus recursos naturales es mayor, y contra ellos actúan las patotas que los acribillan delante de sus familias, como escarmiento a las comunidades. Como en Honduras, como en Guatemala, como en El Salvador, como en Chile o la Argentina, se trata de activistas de pueblos originarios que se oponen a represas, a mineras, a agrotóxicos, a madereras. De los más de cien líderes asesinados el año pasado en Perú, sólo uno tiene una causa judicial que aparentemente avanza. Los otros asesinatos también se naturalizaron. Se ven, pero no se ven. Se saben, pero la gente continúa con su vida como si no lo supiera.

La oscuridad pública cubre un amplísimo abanico de temas que, aunque lleguen a ser publicados, nunca son interconectados ni llegan a ser enunciados con la relevancia que tienen. “El mayor enemigo de la gente es la confusión. La gente tiene que entender en qué mundo vive”, dijo hace ya algún tiempo Julian Assange, a quien ahora en Gran Bretaña ni siquiera le dejan tomar contacto con sus abogados. Es que no hay enemigo mayor para los guardianes de la oscuridad pública que aquel que aporte más fósforos para que la realidad se haga visible. Porque tenemos eso: fósforos. El poder de las cámaras y los flashes, el poder de la reproducción invasiva de las redes, lo tienen ellos.

En América Latina, ante los 800 millones de euros reunidos en un par de días para la reconstrucción de Notre Dame, fueron muchas las publicaciones de protesta porque la agenda mundial que hizo centro y foco en el incendio de la catedral parisina mientras continúa manteniendo en penumbras otros incendios, innumerables crímenes, la destrucción de ciudades enteras, como la siria Aleppo, como la palestina Gaza. Es cierto. Pero tenemos otras formas de Aleppos y Gazas aquí rozándonos, tenemos crímenes de lesa humanidad rondándonos, tenemos una derecha tutelada por mandantes que nos exigen un cinturón de castidad para que el otro polo de poder emergente en el mundo –Rusia y China– no les quite su Dorado.

Hay incendios descomunales en la Amazonia, donde Estados Unidos hace por primera vez en la historia sus ejercicios militares. Los incendios son intencionales. Empresas vinculadas a los agronegocios quieren convertir en sabana la selva, para hacerse ganaderos. Y donde no incendian, talan. Somos el escenario central de la catástrofe que sobrevendrá si no damos vuelta el rumbo. Destruirán el pulmón del planeta. Envenenan el agua. Matan a quienes viven donde ellos necesitan más rentabilidad. Hablarán de narcotráfico y terrorismo, como siempre. Los mismos que inventan a los terroristas y los arman. Los mismos que corrompen Estados para que sus fuerzas de seguridad sean cooptadas por el narco.

La oscuridad pública lo que ampara es la muerte. Y Estados Unidos siempre tuvo mucho más que ver con la muerte que con la libertad. Ese es el mundo en el que vivimos, y ésas son las desgracias a las que nos quieren arrastrar, trasladando la lógica de la guerra que impera en Medio Oriente. Mientras tanto, los pueblos convertidos en audiencias chorrean baba por odios o fascinaciones inventadas al solo efecto de hacerles creer que viven en un mundo que no es éste.