Categorías
Medio Ambiente

¿Quién es Eduardo Cerdá?

En los años noventa, Argentina usaba 30 millones de litros de agroquímicos en la producción agropecuaria, y según estimaciones, en el 2019 se aplicaron 500 millones.

Un estudio de la Universidad Nacional de La Plata confirmó que las nubes tienen agroquímicos. El Ministerio de Agricultura anunció la creación de la Dirección de Agroecología y Eduardo Cerdá estará a cargo del área. Para Cerdá, el modelo agroecológico es transversal, tiene que ver con la salud, con el recuperar la vida en el campo, con el trabajo digno, pero también asegura que hay sobrados ejemplos de productores que se volcaron por la agroecología y “les ha ido muy bien, están desendeudados y más capitalizados”. “Hay muchos proyectos en todo el país que hay que acompañar, hay gente que sabe hacia dónde tenemos que ir”, dice.

Parte de su infancia la pasó en la quinta de su abuelo, productor de verduras. Escuchaba las charlas de los mayores sobre las siembras y el campo, en las visitas que se hacían de familia a familia. Recuerda haber visto una cantidad de pájaros que ya no se ven, y sabores que se han perdido. Cerdá nació en La Plata. Hizo la Secundaria Agropecuaria en Miramar y volvió a La Plata para estudiar ingeniería agrónoma.

Cuando se recibió se fue a vivir a Tres Arroyos, donde fue docente y asesor de una cooperativa. Ahí tuvo unas primeras experiencias en agroecología con productores.

En el ‘98 lo invitaron a ser el Director de Producción del Municipio y en 2003, en comunión con la Universidad Nacional de La Plata, trabajó en un libro sobre gestiones municipales y mirada sustentable con enfoque agroecológico. “El modelo de esta agricultura basada en químicos iba a dejar mucha gente en el camino, fue artificializando la forma de producir e hizo que los costos se fueran por las nubes”, dice.

Siguió trabajando con productores a los que les interesó la mirada de la agroecología, y empezar a pensar en la salud del suelo, de las plantas, de los animales, de la gente que trabaja en el campo. Hace unos cinco años el municipio de Guaminí lo invitó a dar una charla, y una vez ahí los productores se entusiasmaron con las experiencias que llevaban adelante en otros campos. Cerdá asegura que “Les ha ido muy bien, están desendeudados, más capitalizados y muy contentos. Eso contagió a otros municipios de la zona y nos hizo pensar que teníamos que trabajar en red”. Así nació la Red Nacional de Municipios que fomenta la agroecología (RENAMA). Luego, firmaron convenios con universidades nacionales, con municipios y
defensorías. España y Roma, desde Naciones Unidas invitó a la organización a dar charlas y talleres.

-¿Creés que a esta situación se llegó por una desconexión de las personas con la naturaleza?

-Totalmente, nuestra formación ha sido muy química, física, mecánica, y se perdió de vista mucho el ambiente. En las escuelas se trabaja mucho sobre la vida, y no se entiende qué es la vida. Se lo quiere representar como una cuestión mecánica, “si no te anda un riñón te lo cambio”, pensamos en una naturaleza que compite, y no es así, la naturaleza tiene mucho más de cooperación que de competencia. Si no, no existirían los bosques, la selva. Este tipo de
agronomía química nos ha llevado a querer ver en un mismo lote un solo cultivo, y donde aparece una plantita hay que matarla, y algunos plaguicidas que controlaban muy bien algunas malezas ya no lo hacen, porque se fueron haciendo resistentes. Por suerte hay mucha
sensibilidad, cada vez más. La sociedad percibe que no es necesario tener que intoxicarnos para producir alimentos, que los alimentos son otra cosa, y que hay que trabajar para recuperar la mirada sobre la vida. Lo bueno es que cuando uno charla con los productores que
vuelven a trabajar en la agroecología, una de las cosas que más manifiestan es “entro al campo y me da satisfacción volver a recordar lo que había”, porque antes estaba todo muerto.

-Hay comunidades que están generando conciencia y denuncian también cuando son fumigados. Con la creación de una dirección nacional de agroecología, ¿por dónde se empieza?
¿Cómo te imaginás un programa federal?

-Hay una muy buena intención desde de la Secretaría de Agricultura Familiar de acompañar. Creemos que es un año para visibilizar todas las experiencias que hay y también encontrarnos pensando qué tipo de agricultura queremos para el futuro a través de los municipios, con las provincias y las universidades. Hay muchos proyectos en todo el país que hay que acompañar, hay gente interesada y que sabe para dónde tenemos que ir. El problema es que muchos otros
creen que solo hay una. Nosotros siempre fuimos por los que querían, y si es desde el Estado, mejor, porque se llega de otra manera, si es con la sociedad, mucho mejor, y sino seguiremos
trabajando con nuestras redes, hermosas.

-Hay un sentipensar de pueblos originarios que tiene que ver con la comunión con la tierra, ¿lo toman?

-La agroecología incorpora y tiene muy en cuenta los saberes ancestrales, de la agricultura madre. Siempre se ha estado atento, tanto es así que toda la cosmogonía que tienen todos los pueblos indígenas, de alguna manera la hemos trabajado. Con calendarios astronómicos que piden los productores, que son útiles. Hacer agricultura no solo depende del suelo, las plantas dependen mucho de las lunas, y esa es una mirada de los pueblos originarios, y también de nuestros abuelos. Mi abuelo era quintero, agroecológico, para él era importante sembrar, podar, de acuerdo a las lunas. Hemos hecho investigaciones con el INTA y la universidad, y una fecha distinta hace que nazca menos maleza, o que tengamos una respuesta mayor en rendimientos, y todo eso no está en la agricultura convencional, tan racional. Es una cultura adicta, que cada vez pide más.

-¿Se puede recuperar un suelo sobreexplotado?

-Hay recuperaciones, y son más rápidas de lo que uno pensaba. Con plantas es como vuelve a tener vida, no es con más drogas o más veneno. Entender a la naturaleza nos libera, y nos hace repensar las formas de vida. Muchos médicos con los que trabajamos nos dicen que la enfermedad aparece cuando se pierde la coherencia. La coherencia se pierde fácil, cuando uno hace una cosa y dice otra. Cuando uno cree que no debería aplicar con agroquímico, pero lo
aplica. Eso, a la larga, puede traer enfermedad.

-¿Sos optimista respecto a que en algún momento se puedan prohibir los agroquímicos?

-No tengo esa expectativa, siempre pensamos en que ojalá podamos persuadir a mucha gente, estamos convencidos que es lo mejor que nos puede pasar desde lo profesional. Ojalá que las instituciones del agro entiendan que bajar costos es la mirada que tenemos que tener,
después se pueden repensar retenciones de otra manera, ojalá se puedan fomentar los cultivos que sean agroecológicos, y tengan mayor valor nutricional. No se puede seguir aplicando más, ya aplicamos 500 millones, la UNLP ha demostrado que hay agroquímicos en las nubes, ¿vamos a seguir así? ¿dónde paramos? ¿en 600 millones, en 1000 millones?. Hay que hacerse más preguntas.

Categorías
Contratapa Página/12 Medio Ambiente

El agua, el origen

Así se llama y se llamó siempre, incluso durante las décadas en las que se la dio por perdida, la monumental obra subacuática del muralista mexicano Diego Rivera que ahora emergió de las profundidades ya intacta, después de años de trabajo de restauración a cargo de expertos del Museo de Bellas Artes. Hay azares que nos fuerzan a creer en algo más sincronizado que el azar, que transforman al tiempo pasado no en algo ido sino el algo que está y que permanece. Hay azares que parecen señales.

La belleza de la obra, que fue encontrada hace tiempo y desde los 90 estaba siendo restaurada, aunque tomó impulso reciente, ya vuelve a lucir su fuerza indescriptible, sus colores fuertes, sus imágenes simbólicas, que es increíble tanto como su dimensión: hay más de 270 metros cuadrados pintados.

Rivera la terminó en 1951, en un sector del bosque de Chapultepec. Fue para celebrar la llegada a término de un gigantesco acueducto que llevaría el agua potable hasta la ciudad de México. Está ubicada en el Cárcamo de Dolores, el depósito donde finaliza el acueducto de 62 kilómetros de largo que transporta el agua por el río Lerma hasta la mega urbe. Cuando la hizo, dijo que era “el más fascinante encargo de toda su carrera”. Porque sería una obra ubicada no a la vista, sino en las profundidades, en los secretos de los caminos del agua hacia la población. Una obra destinada no a ser vista, sino a latir.

Ahora, que ya se sabía de su existencia, el Centro Nacional de Obras Artísticas logró desviar el curso del agua para verla. La encontraron intacta, pero más allá de la pericia técnica y la pizca de delirio de Rivera para la pintura subacuática, el texto que trae el enorme mural le habla al mundo de hoy tanto o más que al de hace cuarenta años.

Rivera trabajó con Ricardo Rivas y Ariel Guzik, diseñadores del edificio y compañeros del muralista. El mural se extiende a los túneles y a los espacios internos del túnel. «El agua, el origen de la vida», incluye las cuatro caras del tanque interior. Fue pintada de forma tal que desde donde se la mire, se pueda distinguir el sentido. Es un conjunto, sin principio ni final. En la parte inferior y en el suelo, Rivera ubicó microorganismos, mientras a medida que la mirada asciende las formas se van haciendo más estilizadas. Las manos se presume que son las del dios Tlaloc, señor de la lluvia. Hay una idea evolutiva en la pintura. Y hay una pareja solamente: él tiene rasgos africanos y ella, orientales.

En la salida del túnel, Rivera pintó dos enormes manos dando el agua. Dos manos morenas, mexicanas, pintadas en posición de dar todo lo que fluye, todo lo que viene, todo lo necesario. Es estremecedor pensar en estas sincronías del arte, de la percepción y del azar, porque esas manos hoy no dicen que México ya tiene agua potable, como cuando fue encargada, sino que es en nombre de ese elemento puro, claro, filtrado, inocente, que en los últimos años se han desatado guerras, que mueren acribillados líderes ambientales, que son apedreados y secuestrados los guardianes del agua y de los bosques, como Berta Cáceres en Honduras, o como los peregrinos hacia el Lago Escondido en la Patagonia argentina. Problemáticas totalmente diferentes, pero unidas por el reclamo del agua.

En el nombre del agua que se reclama que el fracking se detenga, que la palabra “sustentable” no sea decorativa, que no se fumigue más sobre poblados, y tampoco sobre campos hartos de ser transmutados en algo que no es fruta ni verdura, sino commodities y veneno. En algunos lugares, hasta el agua de lluvia tiene glifosato. Esta semana en la Antártida, una de las reservas globales de agua, la temperatura trepó a 20 grados. Esta semana circuló la foto de osos polares comiendo plástico. Esta semana en Colombia fueron asesinados tres activistas más que intentan frenar las represas, la producción a gran escala, la fumigación sobre los bosques que luego va a parar a los ríos.

Cuando Rivera pintó su fabuloso mural, a Nestlé todavía no se le había ocurrido que el agua no es un derecho, y que el mundo debe avanzar hacia el agua embotellada y con precio. Ya están remarcando nuestra sed. En decenas de países y de diversas maneras están haciendo negocios con el agua, olvidándose que es el origen de la vida.

Y en la Argentina, nos estamos preparando para la reacción que generarán las leyes de municipales, provinciales y nacionales para ponerle un límite no sólo al ataque a la naturaleza, sino también a los vecinos de pueblos fumigados, a los vecinos de pequeñas ciudades, a las comunidades a las que un puñado de ricos impide el acceso al río como si las propiedades se compraran sin servidumbre de paso, como si en este país las tierras se vendieran como feudos.

En ese contexto es que resurgen del pasado, de otras luchas, otras conquistas, del mismo idioma, esas manos benditas que en posición de dar, son un continente para el agua limpia que llegará a las bocas del pueblo.      

Categorías
Medio Ambiente

Los pibxs del fertilizante orgánico

Crearon un fertilizante orgánico y aplicarán en veinte hectáreas
Se trata de un proyecto escolar de cuatro amigos que mutó y se transformó en un emprendimiento innovador que genera una alternativa sustentable y ecológica para el suelo. Esta semana, y por primera vez, Biocuno comercializó 7.000 litros de su fertilizante orgánico a un campo de la localidad de Las Flores, de veinte hectáreas.
Buscan crecer y convertirse en una multinacional y rompen con la lógica del campo como un negocio para pocos: “Queremos que sea rentable, que nos permita un margen de ganancia usando materias primas naturales, es un cambio que se debe el mundo”, dicen. El futuro ya llegó.

Agustín Molina, Lucas Celse, Tomás Armendáriz e Ignacio Gilabert tienen menos de veinte años y estudiaron en la escuela secundaria pública Ingeniero Felipe Senillosa de Tandil. Una de las exigencias del secundario era un trabajo final para desarrollar los conocimientos
en química. Tiraron algunas ideas. Un montón de ideas. Desde un principio buscaron algo en lo que les interesera trabajar. Extendieron su inquietud fuera de clase. La luz se encendió cuando el primo de Ignacio, ingeniero agrónomo, les dió un libro-manual de agricultura orgánica. Cada uno leyó un bloque e hicieron una puesta en común. El libro estaba lleno de recetas de fertilizantes orgánicos, y a partir de ese conocimiento crearon una propia.

Trabajan durante un año en la investigación de prototipos hasta llegar a el producto final.

“Nos fue genial”, cuenta Agustín Molina, ahora estudiante de Biotecnología en la UNLP. Durante el último año de secundaria ya tenían sesenta litros en un bidón. Querían que la gente conozca el producto, por eso fueron a un taller de cultivo en Tandil y lo regalaron.

-¿Cómo impactó en la ciudad Biocun?
-La verdad es que hay una repercusión increíble. Está buenísimo que la gente nos brinde apoyo y que vean que somos chicos con ganas de emprender. En Tandil nos están dando lugar y eso la verdad es un montón, porque hay bastantes discusiones sobre el impacto
ambiental.

-¿Cuál es la opinión de ustedes sobre el sistema productivo en Argentina?
-No es nada bueno el agrocultivo, por eso queremos aportar nuestro granito de arena para generar un cambio.

Esta semana y por primera vez, el proyecto de innovación Biocuno comercializó 7.000 litros de fertilizante ecológico a un campo de veinte hectáreas de la localidad de Las Flores. Arrancaron en junio del año pasado a pedido de Francisco, un abogado que administra una empresa familiar que tiene crías de ganado vacuno. Para él es fundamental que el alimento de los animales sea sano, por eso necesita un tratamiento orgánico.

-Nos pusimos a trabajar en julio durante las vacaciones de invierno. No somos compañeros de secundaria, somos muy amigos. Nos conocemos mucho, eso es fundamental. A lo largo de seis días terminamos de producir todo y teníamos que
esperar la fermentación anaeróbica que requiere de determinado tiempo dependiendo de las condiciones de temperatura que se den. En enero pudimos filtrar, por suerte
estuvimos todos.

Para la inversión tuvieron que explicar que no tenían el dinero para producir tanta cantidad, entonces recibieron un pequeño adelanto que les permitió encarar el lote.


Hoy, además de estar asesorados por un profesional, están insertos en el mundo académico, “Eso va a ser importante para nuestro proyecto y el conocimiento, Tomás está estudiando medicina, Nacho administración de empresas, Lucas ingeniería en Sistemas. Creo que nos vamos a complementar muy bien”, dice.


-Nuestro objetivo es producir un fertilizante ecológico sin efectos secundarios para la salud y el suelo y que a su vez sea rentable, que nos permita un margen de ganancia usando materias primas naturales. No solo apuntamos a comercializar en Argentina, queremos ser una multinacional porque es un cambio que hay que generar acá pero en todo el mundo también. Estamos estudiando para seguir investigando y con una
expectativa de superación constante. Queremos mejorar nuestra producción, creo que venimos por buen camino.

Categorías
Medio Ambiente

Resistir en el monte

La Totorilla es una comunidad campesina integrada por siete familias, que viven en el paraje rural ubicado a 15 kilómetros de VIlla Ojo de Agua, sur de Santiago del Estero. La Familia Mendoza vive allí hace más de cuarenta años. Tres generaciones trabajaron la tierra y la cuidaron. Tienen cabras, chanchos, vacas, gallinas, quesos, zapallos, sandías, entre otras cosas.

Raúl Gustavo Báez es uno de los tantos empresarios que operan como señores feudales y amedrentan a las familias campesinas. Jamás vivió en Totorilla, y no tiene ningún acto posesorio. Ha utilizado métodos de tortura de la dictadura militar contra las y los hijos de Roque Mendoza y Gladis Galván, para expulsarlos de las tierras de las que él dice ser dueño: los ahogaba en el arroyo, y violó a su hija durante más de tres años.

A partir del programa radial que emite el Movimiento Campesino de Santiago del Estero -FM Suri Manta 89.3, una de las seis emisoras que el movimiento tiene en toda la provincia- se comunicaron para pedir asesoramiento, luego de que Báez comenzara un juicio, con muchísimas irregularidades, para desalojarlos. En ese momento la comunidad campesina pagó abogados privados que negociaron con Báez y le mintieron a la familia Mendoza: no los defendieron y el desalojo finalmente fue aprobado.

-La familia escuchó la radio, hablamos del derecho a la tierra, le decimos a la comunidad que no firmen nada si viene alguien, la tierra le pertenece al que vive y trabaja en ella. Nosotros queremos despertar conciencia, trabajar los derechos de las familias. En ese caso accionaron solos, después los acompañamos a resistir y también conocimos bien el expediente. Se resistieron desalojos en mayo y en octubre de 2018. El primero fue con matones, y en el segundo mandaron cuarenta policías- cuenta Adolfo Farías, vocero de la organización campesina.

Cuando la policía infiltrada entre los matones de Báez quiso entrar al campo, las familias, de buenas, les dijeron que no. Uno de los integrantes del paraje dijo, «Estamos organizados con en el MOCASE Vía Campesina, nos vamos a quedar porque quedarnos en la tierra es nuestro derecho. Ahora vienen nuestros compañeros». El fiscal -que tenía la orden desalojo firmada por el Juez Jozami- le dijo a la policía “Mejor nos vamos”. Raulito Báez, hijo de Raúl gritaba escondido detrás de las fuerzas: «Vayanse hijos de puta, ya los vamos a sacar».

Ese día la policía hizo base en al Escuela de Totorilla N 922. Su directora, Marité Carrizo, los recibió con café. El día anterior le había dicho a los niños y niñas de la comunidad: «Mañana ya no vivirán más en este campo, mañana los sacan de acá». Los niños llegaron llorando a sus casa. MOCASE lo denunció en el Consejo de Escuela de la Provincia. Báez, su hijo, los empresarios en general, y la justicia saben que no es lo mismo una familia desamparada que la organización. Mocase Vía Campesina ha tenido enfrentamientos con empresarios con mucho poder local, y ha podido frenar una cantidad de desmontes y desalojos.

El miedo no vive en el monte. La familia Mendoza decidió dejar de callar, a raíz de que los conflictos por la tierra hicieron que después de tantos años las víctimas pudieran hablar de las torturas a las que fueron sometidas por el empresario y su hijo.

Sobre finales de los ochenta y principio de los años noventa, Báez iba cuando los adultos se ausentaban de la casa para ir a trabajar al monte o al pueblo. Maribel Mendoza era víctima de violación y tortura de parte de Raúl y Raulito Báez en Totorilla. Después, el empresario se la llevó a su casa del centro de Villa Ojo de Agua, donde la hizo trabajar como empleada doméstica sin pagarle, y abusó de ella durante 3 años. Ella y sus hermanos Valeria, Evan, Juan y Hernán, fueron víctimas de tortura en agua congelada, de golpes y amenazas.

– Lo que hacía Báez era aplicarle la técnica del submarino, como en la dictadura, los sumergía en en el arroyo hasta que no resistía más y los largaba. Aprovechaba que no estaban los padres. Después de más de veinte años, a Valeria le quedaron secuelas, ataques psicóticos, ataques de llantos y dolor de oído agudo por el agua. Pero el que goza de custodia policial es Báez.

Ana Gladis Mendoza, fue otra de las víctimas de violación. Cuando quiso enfrentar al empresario y denunciarlo- el 7 de mayo de 2013- la asesinaron. El femicida, empleado de Báez la mató y dejó su cuerpo detrás de su casa.

-Ni él ni sus matones entraron más al campo, eso lo conseguimos. Presentamos una acción autónoma de nulidad del juicio civil, donde se discute la propiedad de la tierra, y nos aceptaron. O sea, volvemos a discutir en la justicia de quién es la Totorilla. Antes fallaron a favor de Báez, porque los abogados de la familia Mendoza no presentaron nada en su favor. En el caso del abuso sexual, tenemos grandes posibilidades de seguir adelante, porque ahora hay una nueva legislación, que empieza a correr cuando la víctima declara, no del hecho. La ley empieza a entender que la víctima no puede hablar en el momento. Hay un bloqueo psicológico. Cuando las compañeras lo ven al viejo, vuelve todo el tiempo a su cabeza lo que han vivido.
Las secuelas no se van nunca, pero la comunidad decidió.

Categorías
Medio Ambiente

La tierra encadenada

En 1930, el cacique mapuche Miguel Ñancuche Nahuelquir viajó a Buenos Aires a pedirle al Estado Nacional la titularidad de lote 140 de la comunidad Cushamen, donde su comunidad vivía desde siempre, porque el poder político de la ciudad de Esquel no le daba respuesta a su reclamo.
El conflicto había surgido cuando llegó el árabe Juan Sfeir a pedirle alquiler, subvivienda, y no solamente nunca le pagó un peso sino que vendió esas tierras a un compatriota. Nahuelquir finalmente obtuvo en Buenos Aires el título, volvió al territorio, presentó la documentación y murió “misteriosamente” de un síncope. Inmediatamente su familia perdió -también misteriosamente- la titularidad. Perdieron la tierra.

Corre enero del año 2018. Una familia bulliciosa ingresa en el Viejo Almacen del Foyel, a mitad de camino entre Bariloche y el Bolsón. Piden tortafritas, agua para mate, y ubicación del baño. El último en ingresar al salón es un señor mayor. Se acerca a Yuyo Brigues -propietario del lugar- y le dice “Yo viví acá”. Explica que su padre trabajaba ahí, y que hacía transporte de madera. Brigues le muestra una foto que atesoraba de los viejos propietarios.
Le pregunta el nombre de su padre:

-Miguel Sfeir. Hijo de Juan Sfeir de colonia Cushamen.

Yuyo queda en silencio, haciendo cálculos.

-Mi abuelo Juan Sfeir se tuvo que ir de la colonia porque mató a un indio que se le vino encima del mostrador.

Miguel Ñancuche Nahuelquir era el bisabuelo de Facundo Jones Huala, perseguido político de los gobiernos de Macri. Bachelet y Piñera. Yuyo Brigues es un historiador sin academia, y ató cabos por su cuenta.

Brigues nació en la ciudad de La Plata. Su papá era trabajador independiente y su mamá telefónica. Lo mandaron a una escuela doble turno Salesiana. No terminó el secundario porque abandonó cuatro veces quinto año.

La noche de los lápices se gestó en el Normal N° 3, en la misma manzana donde él estudiaba a los catorce años: “Hubo hechos violentos y sangrientos a la vista, he visto llevarse de la puerta de casa a militantes, saberlos desaparecidos en supuestos enfrentamientos, vimos en la puerta de la escuela ríos de sangre, restos humanos”, recuerda. Sus padres eran peronistas -según Yuyo- porque entendían sus orígenes. Su papá le repetía “Nunca te olvides de dónde venís”. Él agradece ese recordatorio, que ha sido su guía.

Cuando tenía veintidós años, decidió irse de viaje por Sudamérica con doscientos dólares.
Estuvo cinco meses en Otavalo, un pueblo indígena Ecuatoriano rodeado de volcanes.
Empezó a hacer artesanías. Le gustaba, le posibilitaba viajar con poco y fue encontrando su
identidad.

-Me sentía cien por ciento vivo. No vendía nada, pero me daba para subsistir- cuenta.

Llegó un amigo desde La Plata con un rescate: otros doscientos dólares. Los cuidaban como el aire. Trataban de canjear comida por artesanías, pero al poco tiempo emprendieron el regreso con un capital de dos naranjas, dos bananas y diez dólares.

En Perú, un camionero los levantó y los llevó en la carga, viajaron toda la noche entre cañas de bambú mirando las estrellas. Ese día vieron cómo se puso el sol en el pacífico. Se refugiaron en un hotel con los últimos pesos, pidieron ayuda en el consulado, hasta que terminaron refugiados en un templo Hare Krishna.

Yuyo viajó a Bariloche a hacer temporada de trabajo. Tras idas y vueltas se quedó. Formó una familia, pasó frío, emprendió varios negocios que le demandaban viajar por la zona, y se estableció.

Los ciento veinte kilómetros que unen el Bolsón y Bariloche exigían una semana de travesía y acampe, siempre que las condiciones climáticas fueran favorables. A mitad de ese camino se levanta el Paraje Foyel, con poco menos de cien habitantes, pocas casas, algunos animales y el secreto mejor guardado: el Lago Escondido.

El Viejo Almacen del Foyel, un lugar histórico al que Yuyo miraba en cada viaje estaba cerrado y abandonado. Un día vio gente, frenó y pidió la dirección del dueño. Encontró a un hombre, que desde la puerta de su casa lo miraba fijo y en silencio. Yuyo hacía ademanes, buscaba convencerlo de que se lo alquilara y argumentaba, elocuente. “Si me decido le aviso, lo llamo”, fue lo único que consiguió.

Un año después, camino a Esquel, Yuyo de detuvo en el paraje y se acercó nuevamente a la casa:

-Hace tiempo estoy viendo si pasa con la camioneta- le dijo el viejo.
-Bueno, don, ¿qué decidió?
-¿Sabe que perdí su número?
-¿Y a cuánto me lo alquila, Don?
-Doscientos pesos, ¿le parece bien?
-Sí, bueno, le dejo cincuenta de seña. Me estoy yendo pero al regreso armamos un contrato
de alquiler.
-Hagamos un contrato de seis meses.
-Hay que hacer una inversión para amortizar, había pensado diez años.
-¿Y si yo quiero vender el día de mañana?
-Usted quiere vender, y yo quiero comprar.
-Pero usted, ¿vio cómo está?
-Sí, Don.

Yuyo conoció a Marta, su esposa, en el paraje mientras ponía en condiciones el lugar. Ella es santafesina, criada en el valle de Fiske Menuko (General Roca), y estaba de visita. La invitó a cenar y luego a escuchar música. Después tuvieron dos hijas y abrazaron juntos el proyecto.

En el terreno de Yuyo y Marta está ubicada la tranquera donde comienza el camino hacia el lago Escondido, según una sentencia del 2009 del tribunal superior de la provincia que lo habilitó como paso de servidumbre, pero hasta el día de hoy no hay paso. Aparece entre las nubes, el bosque y la montaña. La chimenea de la cabaña humea y la puerta se abre.
Adentro suena un disco compacto.

Se necesita una tarde para revisar todo lo que cuelga de las paredes del Almacén. Fotos de la familia Foyel e Inacayal, últimos caciques en resistir la conquista del desierto, libros, recortes de diario, fotografías, documentos. Yuyo atiende a dos mujeres que acaban de ingresar. Un barril ubicado en el medio del local oficia de salamandra.

La causa de la apertura al Lago Escondido es solamente la punta del Iceberg. La extranjerización de la tierra es la cuestión de fondo, y la apertura a nuevos terratenientes.
Ese camino al Lago atraviesa nueve campos, entre ellos, las doce mil hectáreas de Joseph Lewis. El resto de los propietarios, llegados luego de las corrientes migratorias post- campaña del desierto, tampoco quieren compartirlo.

-Me parece que están ilusionados con que algún día llegue uno con una valija de dólares.

Marta se acerca a la mesa. Pregunta qué queremos comer, pero sugiere: “Yo haría truchas para todos”. Aceptación inmediata. Se suma al relato horas después, habla muy claro, es precisa y contundente. La trucha está exquisita.

Por ese fallo, ese mismo año organizaciones políticas y sociales les pidieron alquilar el predio para manifestarse. Yuyo y Marta lo evaluaron internamente por los conflictos que podría traerles, y decidieron aceptar y avanzar, después de todo viven del turismo y la apertura es estratégica. La decisión trajo consecuencias de inmediato. Les pintaron y empapelaron los carteles del Almacén.

– Hicimos de cuenta que habíamos alquilado el espacio, para protegernos del qué dirán de los vecinos, del linchamiento. Ellos no tienen acceso al lago tampoco, ni acceso a nada. Pero esto es un Boca-River constante, lo tomaron personalmente, y nos obligan a posicionarnos, no tuvimos margen. Nosotros pensamos permanentemente en los grises posibles, porque tenemos un negocio de madera, porque tenemos hijas que van a la escuela acá. Por eso evaluamos los riesgos.

Creen que los vecinos del paraje defienden al magnate por intereses personales, por esa posibilidad tan latente como incierta de que ese vecino rico les compre las tierras. La garantía que le brindan a cambio es que nadie circule por el lugar.

– Uno de los argumentos que utilizan los vecinos para no permitir el paso es que “con los dueños originarios, antiguamente, tampoco se accedía porque te cagaban a tiros”. Pero era una época en la que imperaba el revólver en la cintura, y a los trabajadores indocumentados de origen trasandino se dice que ante cualquier reclamo los fondeaban en el lago. De estas cuestiones no se hablan, hubo homicidios, muertes dudosas, hace muy pocos años atrás.
Por eso nos preguntamos todo el tiempo si continuar –dice Yuyo.

Hace dos años él decidió dejar de ir a las reuniones vecinales. Marta tomó la posta en un grupo que organiza el turismo en la zona: “Mi presencia tiene un montón de ventajas, soy mujer, hablo correctamente, tengo un tono bajo de voz, no me saco los pelos, puedo ser sumamente diplomática, puedo ser la rubia tarada y a los dos segundos una arpía que te come la cabeza. En general, en el mundo de los varones nuestra voz no vale nada, entonces te dejan hablar y hablar, y fui comiendo algunas cabezas”.
Un vecino llamó al telefóno personal de Marta para decir que “Nos vamos a quedar todos sin trabajo con esto del Lago Escondido”. La amenazó, le preguntó cuánto le pagaba La Cámpora. Y en el mismo tenor le preguntó “¿Están buscando otro Santiago Maldonado?”.

Hacía menos de un mes habían encontrado el cuerpo de Santiago.
-¿Qué me estás diciendo Jorge?
-¿Cuánta plata te están poniendo? Están viniendo Montoneros armados.
– Jorge, yo nací en el 78, y Montoneros hoy no existe.
– Si ellos vienen armados, nosotros vamos a estar armados también.

El vecino estaba sacado. En el barrio se lo conoce como “el francés” porque vivió en Francia un tiempo, pero es argentino. Y se le rinde cierta pleitesía porque “Es el dueño de cien hectáreas, porque fue gerente de una empresa, o porque se maneja como parte de ese grupo de élite que se reparte las tierras fiscales como si fuesen propias”, dice Marta.

Mientras lo escuchaba, ella recalculaba. Conocía a sus vecinos, que son tranquilos, hasta que -como todo grupo humano- entra en histeria. Pensó que se iba a armar una batalla campal en la puerta de su casa.

-Está en el inconsciente colectivo, la lógica de ellos es que a mí me manda Yuyo, no que quiero que se libere en acceso al lago. Yo tengo dos hijas, y una casa de madera. Al centro comunitario Azul, ubicado en el paraje, lo prendieron fuego tres veces hasta que lo eliminaron. A la radio que se opuso activamente a que Lewis cambie el aeropuerto de lugar también la prendieron fuego. No voy a correr riesgos porque sí. Corté el teléfono, le dije que era una estupidez lo que decía. Y le dije a Yuyo “¿qué hiciste?”.

Yuyo pidió que el acampe no se hiciera en la puerta de su casa, y paralelamente Marta denunció a Jorge en la policía. Ahí cambió todo. Alguien de la fuerza dio aviso a Jorge, quien minutos después cayó en el Viejo Almacen del Foyel:

-¿Vos me hiciste una denuncia?
-Sí.

Yuyo se acercó y se agarraron a las piñas. Marta lo recuerda con enojo: “La arreglaron como arreglan las cosas los varones, yo soy grande, me defiendo, me pasaron por encima”.

Las piñas sirvieron para otra cosa. Esa noche Yuyo contó lo que pasó a los medios a través de un audio. Le recomendaron que presentara un habeas corpus y eso obligó a la jueza a sentar a las partes a dialogar. Se empezó a hablar del lago. Pidieron custodia policial. El patrullero llegó, bajó la velocidad, y siguió de largo. Liberó la zona. Esa noche no durmieron.

-Fue una chispa en falso, si el tipo se hubiera ido de acá enojado, sin poder dar la piña, hubiese ido a llenar cabezas- dice Marta.

Después de eso hubo otras marchas más. La relación con los vecinos sigue latente.
Conviven con la cuestión de por medio.

-Mucha gente llega acá con ganas de ir al lago, y nosotros recomendamos que no lo hagan.
Además no se llega. Cruzás algunas tranqueras, a medida que vas pasando van avisando, te pasan camionetas por al lado y te miran. La última tranquera está cerrada. Es pelear con Goliat.

Yuyo comenta que el próximo dieciocho de noviembre se hará una nueva visibilización: “Yo ya estoy bailando, me podría callar la boca, pero no lo hago, sigo bailando”.

Categorías
Medio Ambiente

La gretofobia

Se podría hablar de “El caso Greta”, y no precisamente por su síndrome de Asperger, que fue una de las negaciones que esgrimieron muchos repentinos críticos que aparecieron en las redes sociales y en los comentarios de los diarios. En todo el mundo. Cuando hablemos de la grieta es hora de adherirles a las cuestiones domésticas la conciencia de que la polarización es global. Y en ese sentido es bueno lijarla, lustrarla, hacerla menos cortante; la lógica amigo-enemigo no es la nuestra.

Las burlas y las subestimaciones no vinieron solamente de ese extremo, con notas de color, trolls y posteos desde otras posiciones políticas. La gretafobia ve en la adolescente sueca, en el mejor de los casos, a una idiota útil, a alguien que no sabe lo que dice, a un instrumento de Soros o Rockefeller, cuando no a una “zombie”. “Es mentira que tiene Asperger, el Asperger es mentira”, decía un comentario que me dejaron en mi muro. Como advirtiéndome que lo de la niña de enojo expresionista que miró a Trump con ojos irritados y habló con la voz temblorosa por la indignación es pura “fachada”.

Escribí hace poco sobre la teoría de la fachada, inventada por el divulgador abusivo de Darwin, Thomas Huxley. Fue la piedra basal de una de las corrientes filosóficas que se fueron extendiendo con diversos matices a los largo de estos últimos siglos. Consiste básicamente en creer que la condición humana es lo malo, que el pez grande se come al chico, que el hombre es el lobo del hombre, en fin, que cualquier cosa que nos sea propuesta basada en buenas intenciones o en solidaridad es, básicamente, una “fachada”, una careta, algo que simula ser bueno pero que es malo. “Rásquese la espalda de un altruista y se verá brotar la sangre de un hipócrita”, dejó escrito un discípulo de Huxley, un especialista en babosas.

Ese fue uno de los mecanismos que comenzaron a llover el lunes, después de que Greta hablara en la ONU. La nota que este diario publicó nuevamente el martes –un perfil que resistía muy bien los meses– había sido escrita en marzo, cuando por acá nadie hablaba de Greta Thunberg. Yo la había descubierto esa misma semana. Su imagen, tan nítida, con esas trenzas escandinavas, ya circulaba desde antes, pero no la alcanzaba el contenido. Recién en marzo ese contenido llegó, porque no se trataba de Greta sola sino de lo que políticamente ya había provocado: lo que dos años antes había comenzado por una nena rara que había decidido hacer huelga ella sola faltando a la escuela todos los viernes, en marzo explotó en las manifestaciones de estudiantes secundarios de más de cien países. Vi las fotos de las marchas en muchas ciudades. Algunas eran grandes, otras no tanto, pero las había no sólo en las capitales sino también en otras ciudades chicas y en pueblos pequeños. Esta vez fueron multitudes. Miles de caras nuevitas ya involucradas en el movimiento Viernes por el Clima, estaban reclamando que se tuvieran en cuenta los datos científicos que la propia ONU admitió como eje de su último Informe sobre el calentamiento global.

Greta y cada uno de esos chicos lo dicen claramente: lo que piden es que los gobiernos escuchen a los científicos, a los especialistas, a los que vienen alertando sobre una necesaria decisión política en relación a la emisión de gases tóxicos. Van hasta ahí, pero es obvio que esas decisiones políticas tan radicales como las que está demandando el aceleramiento de las extinciones y las catástrofes deben considerar un cambio en el modelo de desarrollo. Y si una cadena lógica, un camino hacia un desarrollo sustentable o sostenible (¿Cuántas veces escuchamos esto y no pasa nada, porque es una frase que ya está vaciada de significado?), y no tardaremos en llegar a la discusión sobre el tipo de sistema en el que queremos vivir. La primera y básica respuesta es: en uno que nos permita vivir.

Eso solo, eso simple, eso casi obvio, intentó ser obturado por miles de mitos que salieron a destrozar la figura de Greta (que usó pañales de bebé, que comió algo envuelto en plástico, que denunció a la Argentina entre otros países porque es una agente imperialista, en fin, la lista es larga), es lo que trajo a la orilla esa adolescente que irrita tanto a tanta gente, porque es sueca, blanca, logró hablar en los estrados del poder: insisten en que es una distracción o una nueva grieta. Le dieron de lo lindo tallando ellos mismos esa nueva grieta inexplicable, porque del calentamiento global duda Trump, duda Bolsonaro, dicen que es un invento de la izquierda, en fin, hay ahí abajo una construcción de fake news y líneas argumentales tan débiles que es increíble que prendan como soja.

Se han burlado de su síndrome de Asperger con una crueldad inconcebible. Así como Le Figaro divulgó en marzo el comentario que decía que “Da vergüenza ver a tantos jóvenes dejarse conducir por una zombie”, aquí no faltaron los comentarios equivalentes. Me imagino a los familiares de niños son ese síndrome o a esos mismos niños leyendo “zombie”. Y me imagino la armadura que debe sostener incólume a esa niña, que lo toma con humor pero que está a la vista: sufre.

Greta es rara y ella lo dice y cuenta cuándo fue que se lo diagnosticaron, dice que se asume como una persona común pero que veces es diferente. El rasgo más directo de ese síndrome es la imposibilidad de metaforizar. La literalidad con la que afrontan el lenguaje. El lunes, cuando habló con ira, con un enojo que se le salía por los ojos y le hacía temblar la voz, ¿qué había ahí? ¿Una fachada?

Me quedo con lo que Greta (haya usado o no pañales descartables cuando era un bebé, se haya sacado o no una foto con Lagarde), trajo a la superficie y no lo estamos tomando porque estamos discutiendo si Greta es o no una impostora. A esa pregunta nos inducen los verdaderos hipócritas. Deberíamos usar el tiempo en escuchar a los científicos para tener una idea más clara de lo que significa hoy la emisión de gases, qué relación tiene eso con los incendios en la Amazonía, cuántas especies están extinguiéndose ya, cómo será la aceleración de las próximas extinciones, y qué alternativas puede haber a la contribución al desastre. Y habrá que discutirlo y dar debates honestos y lo más justos para todos.

Lo que no se puede negar es que el calentamiento gobal existe, que no es un invento de la izquierda. Existe como el hambre que niegan y como los muertos que niegan. Y las nuevas generaciones hacen bien en ponerse este tema al hombro, porque en principio ya han logrado su primer cometido. En un mundo plagado de medios de comunicación que financian los que han ocultado todo lo que ellos mismos han hecho, hoy este tema es el principal que nos atañe como especie, porque de él depende el futuro sin metáforas, literalmente. Miles de activistas latinoamericanos, muchos de pueblos originarios, están siendo asesinados. Greta no habló de “los suecos” sino de los que sufren y mueren por causas derivadas de un modo de producción.

Todos los activistas primero pelean por eso: por lograr que el problema esté en la agenda. Como eso ya está, ahora a defenestrar a Greta. Vimos muchas veces la misma película. Deberíamos saber más sobre cuál es el proyecto de la derecha para esta región, que ya está arrasada y en llamas, y por qué están asesinado a los líderes ambientalistas de la región. Eso también forma parte de la agenda que trae Greta, trae a los activistas asesinados, deja servido todo para que lo abordemos, pero no lo abordamos porque Greta aparece en una foto saludando a Al Gore, al que le montaron la cabeza de Soros. A Cristina le contaban las carteras o le inventaban joyas de Bulgari. Pero según parece, no terminamos de comprender que cuando el aparato global de acción psicológica sale al ruedo, es porque le teme al que está demonizando, porque roza alguna verdad que lo incomoda.

Categorías
Medio Ambiente

Quien es Sabrina Ortiz

Madres de Barrios Fumigados
Sobrevivir al glifosato

Horas antes de perder su segundo embarazo Sabrina Ortiz sintió contracciones muy fuertes. Ese día habían pulverizado la tierra ubicada frente a su casa. Las fosas nasales le quemaban, y también la garganta. Tuvo vómitos y mareos que hacían que todo a su alrededor girara, hasta que supo que había perdido a su hijo de cinco meses de gestación, deseado y buscado durante mucho tiempo. Le costó recuperarse y volver a hablar. No sabía donde estaba parada, pero ni bien tomó impulso volvió a denunciar en la fiscalía.

Sabrina Ortiz nació y vivió toda su vida en Pergamino, donde las tierras más fértiles del mundo se ahogan en glifosato. Ella y su familia son víctimas del sistema productivo que conduce a la siembra de semillas transgénicas que deben resistir a los agroquímicos cada vez más tóxicos.

Fue al jardín 913, hizo parte de su escolaridad en el Hogar de Jesús, y terminó el secundario en el Instituto Comercial Gianelli. Durante su adolescencia tuvo algunos trabajos informales, fue moza, vendedora en un comercio y en un kiosco. Iba al club de su barrio donde practicaba karate y voley, le gustaba tener su plata para los viajes y sus compras. Su hija mayor llegó cuando terminaba el secundario. La directora del colegio de monjas quiso
que abandonara mientras durara el embarazo, pero Sabrina se opuso y decidió finalizarlo. Su mamá y su papá la respaldaron y en enero del 2001, recién egresada, tuvo a su primera hija.

-Hubo algunas cosas tontas, yo tenía que leer un discurso de fin de año, me habían elegido porque escribía bien, y ella no quería que lea porque estaba embarazada. Era la imagen del instituto, imaginate. Fue complicado, pero yo no iba a dejar la escuela, porque sabía que dentro de todo iba bien, que nunca había tenido problemas con las notas, ni de relación con nadie. Fui independiente desde muy chica, eso ayudó. Por
eso terminé la escuela.

La llegada de su hija la ordenó. “Algunos dicen que era muy joven, yo tuve la gracia de tomar buenas decisiones y concentrarme en la idea de crecer siempre, para darle una crianza de respeto y con dignidad, para eso hay que trabajar y hacer cosas que de tan chica una no se plantea”, dice. Después hizo algunas materias de medicina en la UNR, se metió en el área de salud, hasta cursó las pedagógicas y se dedicó a la docencia en salud
universitaria.

No estaba en sus planes ni en su imaginario estudiar derecho. Verse atada de manos la obligó a repensar sus estrategias. Incluso los abogados que se decían ambientalistas no se querían meter con la discusión sobre las fumigaciones y el impacto en la salud.

Habló con su marido y le dijo que necesitaba estudiar derecho. Necesitaba encontrar justicia, buscar alivio, no solo para ella y su familia sino para todo el barrio. Se estaban muriendo los hijos de sus vecinas, y nadie les daba una respuesta.

En estos años Sabrina ha encontrado manojos de soja arriba de su auto, cajas en el techo de su casa y bidones con agroquímicos en su puerta. También ha recibido llamados anónimos y su perro fue baleado desde un auto. Una vez -recuerda- los siguió la policía cuando volvían de hacerse estudios, hasta que entraron en una estación de servicio y se metieron en un pueblo para despistar. Esa vez se miraron con su marido. A los hijos no les dijo, pero Sabrina pensó “acá nos matan a todos”.

-Desde muy chica tuve la posibilidad de expresarme, de decir lo que pienso, y veía que ésto no tenía vuelta, no tenía salida. Tenía muy claro que no iba a ser fácil, se repetía la secuencia de mi vida. Las experiencias de sacrificio y perseverancia, pero la alternativa era estar envenenados y no hacer nada.

Se recibió en noviembre de 2016 e hizo la matrícula provincial para poder hacer la primera presentación en la fiscalía local. Esa primera vez no tuvo eco. Le preguntaban a los propios productores sobre el impacto de los agroquímicos en las personas, que es como preguntarle a la multinacional MONSANTO qué le parecen los productos que fabrica.

Al poco tiempo decidió hacer una denuncia anónima en el juzgado federal, y cuando vio que se movía el expediente se presentó como querellante, amplió la denuncia y juntó más pruebas. La causa, hasta ahí era particular, pero con el tiempo logró que involucre a todo el barrio que estaba sufriendo las mismas consecuencias.

Para sorpresa de Sabrina, el juez Carlos Villafuerte Ruzzo inmediatamente empezó a hablar del impacto a la salud de las personas en cercanía o exposición a los agroquímicos, y se metió en el corazón del sistema productivo. Analizó el agua, la tierra, y la salud de las personas, investigó en los campos con cadenas de custodia. Sabrina, a la cabeza de Madres de Barrios Fumigados, consiguió un nuevo fallo judicial de restricción para realizar fumigaciones, que hace una semana fue ampliado. La cautelar prohíbe las fumigaciones aéreas y terrestres con agrotóxicos a menos de 3 kms y 1095 metros respectivamente desde el límite de toda la planta urbana.

-Yo no podía creer. Porque nadie se anima siquiera a decir agroquímicos, dicen fitosanitarios. El juez se puso el tema al hombro, ya van catorce cuerpos en el expediente, eso para nosotros es un aliciente, creemos y confiamos en que se hacen las cosas que nadie hizo. Me quito el sombrero. Sus hijos ya pusieron el cuerpo. Por eso trata de preservarlos. Su hija más grande es callada y reservada pero tiene las palabras justas, felicita a su mamá por cada logro, mientras ella terminó la escuela con maestra domiciliaria por su problema de salud.

-Las cosas que se ha tenido que bancar y con la fortaleza que lo ha hecho, contagia.
Pensamos que para ella iba a ser trágico, pero tomó todo con tanta entereza que me hizo acordar a mí cuando era chica. Su hijo, está con controles permanentes, algunas veces se le inflama la lengua, otras tiene sangre en orina, y algunas complicaciones que van surgiendo. Desde chico las extracciones de sangre para análisis son permanentes. Pero no llora cuando le duele algo. No lo manifiesta, aunque Sabrina se da cuenta.

A algunas personas el miedo las paraliza. A otras las empuja. A Sabrina los medios locales de Pergamino la nombran como “la vecina” y a los defensores del modelo productivo como “abogados especialistas”. Es una forma de ninguneo. “No importa como me llamen, importa el accionar, creo que vamos a llegar muy lejos”, dice.

-Yo no tengo intereses más que la preservación de mi familia, eso es lo peor a lo que se enfrentan, acá no hay billete que valga. Cuando a una madre le tocan un hijo, no saben a dónde va a llegar. Creemos que otra agricultura es posible y que el Estado es el primer responsable en brindar las herramientas para que ese traspaso se haga efectivo. A veces pidiendo de más, se logran algunas cosas. Ahora van a apelar, y es bueno saber que tengo herramientas. Si dan lugar a la apelación yo pienso ir a la Corte Suprema, ya está decidido.

Categorías
Medio Ambiente

La Amazonía se quema

Bolsonaro dice que es posible que los miles de focos de incendios que están devastando la Amazonía hayan sido provocados por las ONGs que lo están denunciando por permitir la destrucción descarada del pulmón del planeta, por un lado, pero por el otro también el hábitat actual y ancestral de cientos de pueblos indígenas, a los que les están incendiando puntualmente sus casas, les están secando los ríos y los están expulsando hacia lo que queda de selva. Y eso sin hablar de la centenaria cantidad de especies que están enloquecidas, porque han puesto fuego donde desde hace siglos y siglos había oxígeno y árboles. Las especies se extinguen cada día un poco más rápido, como cada día un poco más rápido se producen las extinciones. La ultra derecha dice que el calentamiento global es un relato marxista. El relato de la ultra derecha es tan burdo como sus líderes, tan bruto y tosco como ellos.

Uno de los fotógrafos más importantes de Brasil, Araquém Alcantara, 68 años, especialista en fotografiar desde hace décadas el esplendor de la Amazonía –está exponiendo ahora junto a Sebastiao Salgado –, subió ayer a youtube un video (sin subtitular todavía) que se puede buscar fácilmente y en gran parte es comprensible incluso para los que no hablamos su idioma. El rictus de su cara y la tristeza de sus ojos ayudan también a comprender la desolación de lo que relata. Sentado frente a su computadora, donde se ve a un animal escapando del incendio, Alcántara desgrana los escenarios que vio y fotografió, de tierra arrasada y chamuscada donde ya no hay nada verde. Recomiendo visitar su sitio, que lleva su nombre.

Aparecieron también video en los una mujer de un poblado atacado grita a cámara que les están sacando el bosque y el río. Grita escandalizada. Atrás de ella se ve el fuego. Su pueblo huye, como huyen los africanos, como huyen los salvadoreños y los hondureños. La ultra derecha pone en mundo en fuga desesperada mientras que queda con todo el dinero y también se siente sueña del planeta. Noruega y Alemania ya han recortado partidas de dinero que estaban acordadas con Brasil para la protección de un bien de la humanidad. Las retiran porque es darle dinero al presidente que está autorizando la destrucción. En la tierra arrasada se harán implantaciones de ganadería, y se emitirán desde ahí los gases más peligrosos de todos.

No quieren al resto de la población. No quieren a los animales. No quieren a la naturaleza. No quieren a sus países. No quieren a nadie. Son una deformación de la especie. Ellos, los que están ahí arriba.

Fotografía: Araquém Alcântara

 

Categorías
Contratapa Página/12 Medio Ambiente Página 12

Emisiones

La expresión “cambio climático” no genera, por sí sola, la violenta vibración que contiene. Ha sido enyesada y hay que liberarla. Desde hace un par de décadas circula encorsetada en la sensación de irrealidad en la que viven los ciudadanos de los países centrales y también los de los países periféricos, que fueron los primeros en quitarle contenido, porque era en esos territorios que iba a tener lugar la batalla final de la vida contra la muerte.

A mí me gusta hilar. Y no deja de asombrarme que sobre este tema comencé hablando hace unos meses de la adolescente sueca Greta Thumberg, que lidera a los estudiantes secundarios de más de ciento veinte países en la lucha por la detención de la emisiones tóxicas, y que llora en la ONU cuando habla de la aceleración de la extinción de innumerables especies. Me gustó hilar lo decía esa casi niña europea, tan áspera, tan conmocionante, con lo que se está diciendo al mismo tiempo en otros idiomas exóticos, en lenguas casi extinguidas, en lo profundo de Africa pero sobre todo de América Latina. Aquí por decirlo los matan.

El hilo va y viene porque estamos ante un cataclismo inimaginable y sin embargo escondido para la enorme mayoría de la población mundial. Todo lo demás depende de esto. Los modelos de país, las ideologías, las creencias, las utopías, hasta la esperanza. La casa común, le dice el Papa. Mapu, le dicen los mapuches. La maravilla de la vida, el esplendor de la diversidad, ha comenzado su etapa final porque este sistema de explotación de la tierra se corresponde en esta etapa del capitalismo con el sistema de explotación de los seres humanos.

Esta semana circuló un video que entre otros difundió Spanish Revolution, en el que otra mujer, pero de una vejez extremadamente bella, decía que “el cambio climático es una de las peores amenazas a las que nosotros como especie, y toda la vida sobre la tierra, se enfrenta hoy”. Esa mujer es Jane Goodall, la legendaria observadora de chimpancés en su hábitat natural, la mujer que convivió décadas con ellos, y que luego se volvió promotora y divulgadora infatigable de la defensa de la naturaleza a través de su fundación Raíces y Brotes (Roots & Shoots). La que cuando tenía la edad de Greta comenzó a ir todos los días al Museo de Historia Natural en Londres a leer, y luego ahorró hasta poder pagarse su viaje a Africa. Y allí, en la Garganta de Olduvai, Tanzania, conoció a un paleontólogo, Louis Leakey, que fue el pasaje entre el estudio de los fósiles y la observación de primates vivos y en su hábitat. Eligió para eso a tres mujeres (las otras fueron Diane Fossey y Biruté Galdikas), y las envió a vivir a tres distintos territorios y a observar la conducta de primates. A Goodall le tocaron los chimpancés, a quienes conoce mejor que nadie.

“He pasado mi vida viajando alrededor del mundo y he visto los efectos del cambio climático con mis propios ojos”, dice Jane, que tiene esos ojos azul oscuro que miran dulce pero férreamente a cámara. “Estuve en Groenlandia a los pies del gran acantilado de hielo que sube hacia el casquete del glaciar, con ancianos inuit que dicen: cuando éramos jóvenes, incluso en pleno verano, el hielo aquí no se derretía, y ahora, a finales del invierno, baja agua del acantilado y caen grandes trozos del hielo al océano”.

Goodall narra que luego fue a Panamá, y que allí también conoció indígenas que ya habían tenido que abandonar sus islas porque con el aumento de los océanos las han perdido. Dice que conoció del otro lado del mundo situaciones idénticas de islas desaparecidas. Habla de las sequías en el sur de Australia y Africa, donde hay lugares en los que no ha llovido en siete años.

Esta semana atentaron contra la lideresa Francia Márquez, en Cauca, Colombia. Intentaron matarla lanzándole una granada. Francia defiende el agua de su territorio, al que las corporaciones mineras y madereras están dejando sin accesos. Francia ganó el año pasado el premio ambiental Goldman por su lucha. Esta misma semana, ese premio, el de este año, fue otorgado a al lonko mapuche Curamil, por su defensa del agua. El premio lo recibió su hija, porque Curamil está detenido en Chile.

Todo se va hilando, voces adolescentes, voces de enorme experiencia, voces científicas, voces indígenas, todo eso teje un alerta que en cada país debe tomar una forma activa, porque es la única herramienta que tiene el 99 por ciento de la población del mundo de detener esta locura que los argentinos sabemos de qué se trata. Sabemos lo que son las corporaciones al comando. Está muriendo gente por efectos de los agrotóxicos y eso no está en la agenda porque la corporación de los agrotóxicos es uno de los presidentes que nadie ha elegido y que sin embargo decide las políticas perfectas para continuar envenenándonos.

En su video, Jane Goodall insiste en que se deben detener las emisiones de dióxido de carbono y de metano, que proviene de la ganadería intensiva y de la agricultura intensiva. Goodall dice que ya se sabe cómo prevenir el final, pero no hay voluntad política que evitarlo. Y habla de gobiernos pero también de ciudadanos. De la voluntad política de los ciudadanos. El New York Times publicó el martes una nota firmada por Brad Palmer titulada “La civilización acelera la extinción de las especies y altera el mundo a un ritmo sin precedentes”. Se acerca al millón la cantidad de especies de todo tipo que están condenadas a desaparecer.

Si la única herramienta que tenemos los comunes y corriente para evitar el desastre, deberíamos presionar a nuestros dirigentes a que nos hablen de este tema. No es un tema fácil de abordar, porque todos, absolutamente todos los poderes fácticos del mundo, están locos y creen que cuando no haya planeta ellos seguirán siendo inmensamente ricos. Pero no se detendrán hasta que no haya nada, ni siquiera su propia riqueza.