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La Ética de las Prioridades

Alberto Fernández estructuró su discurso inaugural sobre la base cultural, filosófica, humanista que tiene en mente. Y tuvo hallazgos. Desplazó la palabra “grieta” para seguir hablando de “fracturas”. Y ya desde ahí posicionó su enunciación: no llega representando “a los del otro lado de la grieta” del oficialismo macrista. Se desmarcó. Estamos empezando otra cosa, una etapa en la que no se fomentarán los odios que tanto sirven para alimentar a las ultra derechas.

En un tono no confrontativo pero perfectamente localizado en todos los avances de políticas que enunció, Alberto ya es un presidente con la marca de la etapa histórica que le toca. Evocando a Néstor Kirchner cuando propuso un contrato ciudadano social para encontrar grandes consensos en torno a las urgencias, y agregó que cada sector irá a discutir su “verdad relativa” en busca de alguna verdad superadora.

Otro hallazgo conceptual para describir qué camino conduce a ese nuevo contrato social, Alberto habló de “una ética de las prioridades”. Y siguió hablando del hambre. A quienes dijo que tiene en mente por la concepción que su gobierno tendrá de la justicia social, serán “los últimos”. Y es importante que ese concepto cale hondo, muy hondo, sobre todo si las cosas van bien. Porque en la experiencia del último gobierno de Cristina, amplios sectores que se habían beneficiado extensamente con las políticas inclusivas empezaron a querer “un cambio” antes de que un treinta por ciento de la población hubiera sacado la cabeza del barro.

Cada una de las cosas que de las que habló Alberto ayer están basadas en esta concepción de la “casa común”. Dijo muchos “nunca más”, y recibió aplausos fuertes. “Nunca más al secreto”, a los gastos reservados, al lawfare, a la política opaca que distribuye dádivas o amenazas, o al que compra la opinión de periodistas.

También su visión geopolítica y su posición esbozada sobre cómo se llevará adelante la negociación por la deuda, confluyen en que los muertos no pagan, otro hito de Néstor. Pero esta vez, aplicada no sólo a los países, sino a la población argentina que no puede esperar más para recibir dedicación del Estado.

Alberto se convirtió ayer además en el primer presidente del mundo que, según dijo en uno de los tramos más aplaudidos, hará suya la consigna de NiUnaMenos. Su párrafo a favor de las mujeres y diversidad fue fascinante, por lo escaso de ese discurso en varones con poder.

Por su propuesta política y económica, por el contexto regional en el que llega, por la descomposición del modelo ortodoxo en todo el mundo, es posible que si Alberto cuenta con el apoyo activo del pueblo y de sectores comprometidos con este otro modelo, la Argentina pronto volverá a ser, como lo fue con los buitres en su momento, un caso testigo para el mundo, que hoy, en América, en Asia y en Europa, busca salir del laberinto neoliberal.

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El discurso de la supremacía

El lunes pasado, cuando Macri, en su primer discurso, acusó al electorado de la corrida cambiaria por la que ahora es denunciado su gobierno, él mismo y con su furia rasgó el velo que casi todos estos años, salvo en los lapsus, lo preservó. Lo vimos a través de ese tajo que el resultado electoral le hizo a su máscara. Aunque lo que decía era incoherente y antidemocrático, irresponsable y psicópata, un rayo tranquilizador surgía de esa imagen parlante, de ese hombre destemplado que mordía bilis mientras fabulaba que “el mundo” nos daba la espalda de antemano por cómo habíamos votado. Ese rayo leve pero insisto, extrañamente tranquilizador, provenía de estar viéndolo por fin, viéndolo a él, y no al holograma coucheado al que estamos acostumbrados.

Después, ya de nuevo en personaje, dijo que no estaba enojado con los votantes (ya estaba de nuevo en campaña, de modo que lo que hizo no fue exactamente disculparse con el peronismo o el Frente de Todos, sino avisarles a los no peronistas que ya no aguantan más esta sangría y que votaron a Alberto Fernández que “que los valora”, que “piensa que su futuro”, ese que él viene forjando con tanto ahínco, y a cuya localización se accederá “cuando terminemos de cruzar el río”. Ahí ya estaba atajado y atajando, como siempre, con algún as bajo la manga (algo posiblemente ilegal), y el efecto de repulsión volvió a su curso normal. Después vimos en quién se repaldará hasta octubre: en la sacerdotisa del odio que piensa “dar una paliza” electoral sumando a los esquiadores.

Apareció enseguida la interpretación de ese cambio abrupto e ilógico del discurso (no había querido ofender, estaba enojado con él mismo por no haber hecho más, no había podido dormir, etc.), como parecido o asimilable al del golpeador que primero te faja y a los dos días te llora arrodillado diciéndote que estaba nervioso, que había sido un mal día, que nunca más te va a pegar. Y es cierto que en algunos aspectos el círculo de la violencia era reconocible, pero también era reconocible en el o la psicópata a secas, esos seres sin culpa que siempre la trasfieren a sus víctimas y lastiman sin alterarse. Después de todo, los golpeadores son un subgrupo entre los psicópatas.

Pero hay más variaciones. Preferiría asimilarlo aquí a otro discurso, que es el que Cambiemos camufló todos estos años, embadurnándose con una posmodernidad ya pasada de época, con globos y piletas dibujadas en el cemento, con bigotes de disfraces, con terapias provenientes de California y toda esa levedad que conocemos. Con frases hechas, con lugares comunes, con un relato pueril aunque miles de veces multiplicado en sus aparatos de difusión, Cambiemos logró esconder casi todo el tiempo su verdadero discurso, que es el de la supremacía. Ese discurso general de la supremacía ha sido el que sostuvo en el poder, en distintos tiempos, a pequeños grupos que lograron fabricar artefactos políticos entrelazados con la profunda y única convicción de esos pequeños grupos: por decisión divina, “natural”, de linaje, de raza, de clase o de religión, esos grupos gobernaron para sí mismos, amparados psíquicamente en su propia superioridad por sobre el resto de la población. Reyes, zares, tiranos, dictadores, autócratas, emperadores, a lo largo del tiempo, ejercieron ese juego mental de supremacía, fetichizaron su derecho al poder, y para mantenerse en él llevaron adelante cientos de desastres y masacres.

El Pro es un partido político creado para ganar elecciones, no para perderlas. Su objetivo no es influir en la vida del país, sino ejecutar un plan de negocios de alta intensidad, que un triunfo popular aborta. Nunca Macri podrá mejorar en nada la vida de los ciudadanos, porque el Pro es un rejunte supremacista, que no puede decirlo pero que observa a la sociedad argentina, a todos los sectores que ellos mismos no ocupan, como un conglomerado molesto de seres inferiores que insisten en vivir como si tuvieran el derecho de hacerlo. Con viejos que tienen ahora la mala costumbre de vivir mucho. Con niños que no paran de nacer y a los que hay que vacunar y darles algo de comer en las escuelas, aunque hayan cerrado miles de ellas y hayan despreciado a los docentes y a los científicos y a los artistas. Con discapacitados que quieren cobrar pensiones y portadores de VIH que quieren recibir sus cócteles.

Ellos nos miran como si fuéramos un circo lleno de fenómenos. El fénomeno humano que el supremacista argentino más rechaza, la síntesis de su revulsión tanto ideológica como estomacal es un estereotipo llamado “negro de mierda”. Se equivocaron las clases medias que comparten esa revulsión –que no es espontánea ni azarosa, sino el fruto de una lenta construcción política y cultural iniciada en el siglo pasado -, cuando creyeron que el supremacista podría a los rubiecitos con empleo en blanco y hogar de chalecito a dos aguas en su propio conjunto. Nunca se encimaron los conjuntos de las clases medias y los del supremacista. No estaba previsto. No resultaría lógico desde la perspectiva del supremacista. Ellos, sea los que portan apellidos o enormes fortunas amasadas en el borde o del otro lado de la ley, son un ínfimo club de campeones de no se sabe qué, que creen que pueden usar a un Estado nacional para su exclusivo beneficio.

Lograron victorias electorales gracias a que nadie en los grandes medios refutó nunca sus mentiras. Lograron que a muchos trabajadores con ansias locas de ascender socialmente se les nublara la razón y creyeran que Macri venía a traerles alegría. Trajo dolor. Dolor a destajo. Lo único que el supremacista tiene y da de buena gana a los seres de los estamentos inferiores es dolor. Disfruta provocando ese daño, porque proyecta en el dolor que causa su propia estatura. Como Bolsonaro o Trump. Se siente más fuerte y seguro cuando tiene las riendas cortas. La oscuridad en la que pone al pueblo redirige las luces al palacio.

Esa es la verdadera lógica de Macri y la de su discurso de superioridad, tan absurda en alguien tan poco dotado. Lo único que tiene es dinero. Macri es el que vimos por el tajo de su máscara. Ese que querría fulminarnos y tener a su disposición un país de zombies que se dejen de organizar política, sindical o socialmente. La tarea cultural profunda del macrismo apuntó a eso. A introyectar la idea de que vinimos al mundo a sufrir.

Pero no encontró un país cómodo para desarrollar su proyecto. Hay países alrededor de la Argentina en los que esa tarea fue sangrienta pero cumplida. Aquí los supremacistas se chocan de cabeza contra distintas tradiciones pero sobre todo con la que amparó y dio derechos a los “negros de mierda” que la elite tanto detesta. Es gracias al peronismo que en lo profundo de la argentinidad late ese impulso de supervivencia. Nuestro pueblo sabe mirar a los ojos al patrón o al supremacista, y reclama y no se cansa de reclamar generación tras generación una vida dichosa.

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Las cosas que nos gustan

Uno de los spots del Frente de Todos que se vio esta semana resume en el plano de la vida real, la cotidiana, la que contiene a nuestros cuerpos, a lo sensorial y lo emotivo de la vida, lo que millones de personas sentimos no como un deseo solamente político, sino como un deseo vital. Nunca como ahora se hace necesario distinguir el deseo de la pulsión de muerte, porque remamos abriéndonos paso en el odio, que es la vela y el viento de esa última pulsión.

Muy lejos del odio, en la otra punta de la condición humana, está el deseo de vivir, la vitalidad, que es generosa, porque abreva en lo que se tiene, se disfruta y se comparte. Fitzgerald decía que el único sentimiento intransferible es la vitalidad. Y es cierto: uno se siente impotente ante quien la ha perdido, porque las palabras de aliento o las más racionales chocan contra el frontón que es el desaliento vital. Y el enemigo ha inventado este mundo como un artefacto de odio, y quiere instituir, aquí y en todas partes, ese invento como “lo normal”. Quiere que las grandes mayorías mundiales pierdan su vitalidad. Es la nueva gran herramienta que no paran de usar. La maquinaria constructora del sentido común se encarga, junto con la realidad económica y social, que lastiman, castigan y expulsan, a inocular el autodesprecio. Quien se autodesprecie no se rebelará nunca, no luchará, no opodrá resistencia. Así es esta nueva etapa de shock.

El spot se llama “Cosas que nos gustan a todos”. Y después simplemente enumera: el dulce de leche, el recuerdo del primer beso, un asado con amigos, un buen meme, un abrazo cuando más lo necesitás, llorar de risa, un mate calentito, gritar un gol, que te reconozcan el esfuerzo, un día de sol en vacaciones, un amanecer en la montaña, nuestra bandera, un país con futuro”. Cosas sencillas. Cosas que se perciben, se saborean, se recuerdan, se planifican, se comparten, se esperan. Cosas que nuestra memoria reciente nos indica que están cerca, que no son “ambiciones” ni “sueños” ni “ilusiones” ni “ficciones” sino ingredientes de una vida vivible.

Esta semana Alberto Fernández avanzó mucho en las primeras medidas que tomaría si ganara. Y preferir los jubilados a los bancos, la educación a los bancos, la salud a los bancos, es una muestra contundente de los muchos consensos que el Frente de Todos tiene por delante. Podrá haber chispazos y es previsible que los haya, eso es un frente. Discutir, negociar, opinar en contra y a favor, en fin, qué otra cosa podría pasar en un conglomerado tan vasto y heterogéneo que hasta hace un mes y medio se pensaba imposible. Y sin embargo la amalgama apareció. Y apareció porque estamos tocando fondo y porque nos corre de atrás la pulsión de muerte. No deberíamos olvidar nunca, aunque se gane, que nos morderán los tobillos.

Si nosotros, millones de nosotros, somos los que queremos vivir en un país en el que esas cosas sencillas, posibles, alegres, gustosas, mágicas, emocionantes y estimulantes nos sucedan, y le suceda a la mayor cantidad de gente posible. Nosotros queremos una vida tranquila, atravesada por las contingencias inevitables pero en el que comer dulce de leche, gritar un gol en familia, comer en la casa, tener un techo, tener trabajo, acceder a los medicamentos necesarios para cualquier integrante de la familia, todas esas sencillas cosas son las que deberían ocupar nuestros días, y no la incertidumbre, Bullrich, no la zozobra, no esa estaca clavada en el alma cuando no se sabe si el mes siguiente se podrá pagar una cuota o si se podrá alimentar a los hijos. La política en la que creemos existe para que todas esas cosas estén presente en la vida cotidiana del pueblo.

Porque en el hilado de esos sabores y paisajes, en la expectativa de conocer un lugar, en las ganas de reírse con los demás, en esas multitudes que conocemos en las que nunca hemos tenido miedo y sí alborozo; en el tejido de todas las cosas que nos gustan, o en el acceso a algunas de ellas, está la gracia de vivir. No podemos tolerar que se nos hable de la vida como un estado de sufrimiento. No es soportable. Y ya sabemos que lo que aleja al dulce de leche de la boca de los niños, y lo vuelve suntuario, hasta pretencioso cuando ya ni siquiera hay leche, es la decisión política de que las grandes mayorías sufran.

Tenemos que aferrarnos como garrapatas a las cosas que nos gustan. Porque tenemos derecho disfrutarlas. Y tenemos de defender a los dirigentes que tendrán la voluntad y el coraje de que nuestras vidas vuelvan a ser las que queremos vivir, y no el purgatorio de mampostería rajada que hoy nos ofrecen.

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Balas y babosas

Vimos esta semana algunos casos de violencia horrorosa que a muchísimas personas no le entran en la cabeza ni en el alma, y que sin embargo no son producto de impulsos de odio aislado, sino de odio institucionalizado. Ese odio, inculcado, prescripto por el Estado como un remedio contra la cordura, es neutralizado, acolchado por la línea oficial que versa sobre cómo debemos tratarnos los unos a los otros en sociedad. Eso es lo que hace temblar: que lo que eriza a tantos y tantas no roza a muchos otrxs. No pueden defenderlo a boca de jarro –todavía estamos lejos del extravío brasileño–, pero lo defienden de otra manera: en los muros de Facebook la intervención de los trolls fue lineal: “¿Y eso qué tiene que ver con Macri?” o “Siempre politizando todo”. Eso nos dice que saben que a Bullrich no la pueden defender.

Menciono apenas dos casos aunque hubo más. El de San Miguel del Monte, en el que estuvo involucrada la policía bonaerense: un joven y cuatro adolescentes que iban cantando en un auto terminaron baleados y estrellándose contra un camión. Cuatro murieron y una adolescente agoniza. Esa noticia apareció en los medios primero como un simple accidente automovilístico. Ya había habido una pueblada en la localidad contra la intendenta, porque algunos vecinos declararon, apenas ocurrido el choque, que antes del estruendo habían escuchado tiros. Después se supo que ese auto cuyo joven conductor ya había sido coimeado la semana anterior por la policía por no tener todos los papeles en regla, era perseguido por un patrullero cuyos ocupantes no sabían a quién perseguían ni por qué, pero tiraban. Uno de los chicos que murió por efecto del choque tenía una bala en el glúteo (sí, como Rafael Nahuel). Tuvieron que trascender por vías alternativas estos datos tan tremendos para que los medios lo tomaran como lo que fue: un crimen múltiple producto de violencia institucional.

El otro caso que espeluznó hace unos días fue ese video que alguien amigo de los incendiarios grabó como se graba una gracia, y de hecho se reían dos hombres que bajaban de un auto en la General Paz, en una noche fría, para rociar con alcohol a dos personas sin techo que estaban dormidas bajo el guardaraíl, y prenderles fuego. Ambos terminaron con quemaduras graves. No se podía sostener la mirada durante todo el video. Daban ganas de llorar de rabia y de desconsuelo, porque es difícil imaginar a alguien más indefenso y más débil que a un hombre que se echa a dormir en una noche fría en el medio de una autopista. Y es aún más difícil comprender el goce de esos pandilleros que reían mientras intentaban asesinar, que reían mientras intentaban ver arder a esos bultos que ya habían cosificado y eran nadie.

Una se queda paralizada por la crueldad y sobre todo por la gracia o la complacencia que provoca en ciertos sectores esa crueldad. Y aparecen en los comentarios “Menos que humanos” o “Demasiado humanos”. Es decir: la crueldad abre el dilema sobre nuestra condición. No hay una respuesta cerrada y unívoca sobre lo intrínseco de lo humano en relación al bien y al mal. Ni siquiera hay consensos sobre qué está bien y qué está mal más allá de la cultura desde la que se observa un hecho. Pero el goce con el dolor ajeno, y un paso más allá, provocar con los propios actos ese dolor, y reírse del sufrimiento, remite sin duda no a la condición humana en general sino a uno de sus extremos. El tanático. El extremo que a lo largo de la historia, cuando ha aflorado, ha extinguido etnias, pueblos, el que ha arrasado y arrasa hoy a países enteros, los que están a merced de gobiernos cuyas políticas se dirigen más a la muerte que a la vida.

Por mi trabajo de entonces, en los 90, recuerdo que hubo algunos casos de linyeras incendiados en plazas bajo el imperio de la idea de que los de abajo son cosas. Que gracias que todavía no pagan el aire que respiran. Un posteo de Sebastián Hernaiz, a quien pedí permiso para citarlo, recordaba un caso aún más antiguo y literario, pero a la manera de la buena narrativa, que es que la que da cuenta de los pliegues ocultos de la realidad. Hernaiz citaba a Roberto Arlt, una escena de El juguete rabioso: Astier, el protagonista, explotado en la librería en la que trabajaba, lleno de frustración y de resentimiento, planea incendiar el local pero no se atreve. Sigue su camino, va sin rumbo por la ciudad, inmerso en su impotencia, y sin que se le viniera ninguna idea previa a la cabeza, casi sin intención y sí atravesado por una pulsión que debe descargar, de pronto pasa junto a un hombre que duerme a la intemperie y le tira un fósforo. Le prende fuego. “Una pequeña llama onduló en los andrajos, de pronto el miserable se irguió informe como una tiniebla”.

Citaba Hernaiz también a Oscar Masotta, que en los 60, en Sexo y traición en Roberto Arlt, analizó esa escena y la asimiló con en funcionamiento de al menos una de las clases medias: la que no puede con los de arriba, y salda su propio dolor ejerciendo un dolor más atroz aún en quienes están más abajo, aquellos ante los cuales sí se anima al sadismo. Pero no se trata solamente de agarrárselas no con quien corresponde sino con quien es más vulnerable, sino que con esa acción malvada se borra, se obstruye, se niega el verdadero motivo del odio que impulsa al odiador. Los atacados, entonces, cumplen un rol funcional a la supervivencia y el funcionamiento del sistema. Son los receptáculos en los que los alienados por sus propias frustraciones vomitan su bilis y se vacían, para recomenzar al día siguiente su vida miserable.

Si los seres humanos somos buenos o malos por naturaleza no es un tema, como se señalaba anteriormente, que ofrezca respuestas cerradas y concluyentes. Más allá de que podamos discernir que hay modelos de mundo y políticas inclinadas hacia la empatía o el odio, sí hay algunos apuntes olvidados, no provenientes de las ciencias sociales, que nos reenvían al mundo darwiniano pero, según afirma el primatólogo holandés Franz De Waal, provienen de malas interpretaciones. De hecho, el mayor divulgador de Darwin, Thomas Huxley, discrepaba abiertamente con él en “la cuestión moral”. Para Huxley, la “selección natural” era, cosa que nunca afirmó su mentor, la prueba concluyente de que cualquier sentimiento de cooperación, de empatía o de piedad, era “pura simulación”.

Tan hondo caló la interpretación de Huxley –que por lo demás no hizo ninguna otra cosa recordable– en el mundo científico y en algunas corrientes de las ciencias sociales del siglo XIX, que pronto fue muy conocida su “Teoría de la fachada”: cualquier intención de cooperación o colectivismo fue tomada instantáneamente como una excusa. “No estaba en la naturaleza humana”, según esa teoría, el impulso benéfico hacia el otro. Por esa época, un biólogo norteamericano especialista en babosas, Michael Ghiselin, resumió la teoría de la fachada en un párrafo apabullante: “No hay indicio alguno de caridad genuina que mejore nuestra visión de la sociedad, una vez que se deja de lado el sentimentalismo. Lo que pasa por cooperación resulta ser una mezcla de oportunismo y explotación. Dada la oportunidad de actuar en su propio interés, nada aparte de la conveniencia disuadirá a alguien de maltratar, mutilar o asesinar a su hermano, su pareja, su padre o si hijo. Rásquese la espalda de un altruista y de verá brotar la sangre de un hipócrita”.

Medio mundo está gobernado por especialistas en babosas.

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Emisiones

La expresión “cambio climático” no genera, por sí sola, la violenta vibración que contiene. Ha sido enyesada y hay que liberarla. Desde hace un par de décadas circula encorsetada en la sensación de irrealidad en la que viven los ciudadanos de los países centrales y también los de los países periféricos, que fueron los primeros en quitarle contenido, porque era en esos territorios que iba a tener lugar la batalla final de la vida contra la muerte.

A mí me gusta hilar. Y no deja de asombrarme que sobre este tema comencé hablando hace unos meses de la adolescente sueca Greta Thumberg, que lidera a los estudiantes secundarios de más de ciento veinte países en la lucha por la detención de la emisiones tóxicas, y que llora en la ONU cuando habla de la aceleración de la extinción de innumerables especies. Me gustó hilar lo decía esa casi niña europea, tan áspera, tan conmocionante, con lo que se está diciendo al mismo tiempo en otros idiomas exóticos, en lenguas casi extinguidas, en lo profundo de Africa pero sobre todo de América Latina. Aquí por decirlo los matan.

El hilo va y viene porque estamos ante un cataclismo inimaginable y sin embargo escondido para la enorme mayoría de la población mundial. Todo lo demás depende de esto. Los modelos de país, las ideologías, las creencias, las utopías, hasta la esperanza. La casa común, le dice el Papa. Mapu, le dicen los mapuches. La maravilla de la vida, el esplendor de la diversidad, ha comenzado su etapa final porque este sistema de explotación de la tierra se corresponde en esta etapa del capitalismo con el sistema de explotación de los seres humanos.

Esta semana circuló un video que entre otros difundió Spanish Revolution, en el que otra mujer, pero de una vejez extremadamente bella, decía que “el cambio climático es una de las peores amenazas a las que nosotros como especie, y toda la vida sobre la tierra, se enfrenta hoy”. Esa mujer es Jane Goodall, la legendaria observadora de chimpancés en su hábitat natural, la mujer que convivió décadas con ellos, y que luego se volvió promotora y divulgadora infatigable de la defensa de la naturaleza a través de su fundación Raíces y Brotes (Roots & Shoots). La que cuando tenía la edad de Greta comenzó a ir todos los días al Museo de Historia Natural en Londres a leer, y luego ahorró hasta poder pagarse su viaje a Africa. Y allí, en la Garganta de Olduvai, Tanzania, conoció a un paleontólogo, Louis Leakey, que fue el pasaje entre el estudio de los fósiles y la observación de primates vivos y en su hábitat. Eligió para eso a tres mujeres (las otras fueron Diane Fossey y Biruté Galdikas), y las envió a vivir a tres distintos territorios y a observar la conducta de primates. A Goodall le tocaron los chimpancés, a quienes conoce mejor que nadie.

“He pasado mi vida viajando alrededor del mundo y he visto los efectos del cambio climático con mis propios ojos”, dice Jane, que tiene esos ojos azul oscuro que miran dulce pero férreamente a cámara. “Estuve en Groenlandia a los pies del gran acantilado de hielo que sube hacia el casquete del glaciar, con ancianos inuit que dicen: cuando éramos jóvenes, incluso en pleno verano, el hielo aquí no se derretía, y ahora, a finales del invierno, baja agua del acantilado y caen grandes trozos del hielo al océano”.

Goodall narra que luego fue a Panamá, y que allí también conoció indígenas que ya habían tenido que abandonar sus islas porque con el aumento de los océanos las han perdido. Dice que conoció del otro lado del mundo situaciones idénticas de islas desaparecidas. Habla de las sequías en el sur de Australia y Africa, donde hay lugares en los que no ha llovido en siete años.

Esta semana atentaron contra la lideresa Francia Márquez, en Cauca, Colombia. Intentaron matarla lanzándole una granada. Francia defiende el agua de su territorio, al que las corporaciones mineras y madereras están dejando sin accesos. Francia ganó el año pasado el premio ambiental Goldman por su lucha. Esta misma semana, ese premio, el de este año, fue otorgado a al lonko mapuche Curamil, por su defensa del agua. El premio lo recibió su hija, porque Curamil está detenido en Chile.

Todo se va hilando, voces adolescentes, voces de enorme experiencia, voces científicas, voces indígenas, todo eso teje un alerta que en cada país debe tomar una forma activa, porque es la única herramienta que tiene el 99 por ciento de la población del mundo de detener esta locura que los argentinos sabemos de qué se trata. Sabemos lo que son las corporaciones al comando. Está muriendo gente por efectos de los agrotóxicos y eso no está en la agenda porque la corporación de los agrotóxicos es uno de los presidentes que nadie ha elegido y que sin embargo decide las políticas perfectas para continuar envenenándonos.

En su video, Jane Goodall insiste en que se deben detener las emisiones de dióxido de carbono y de metano, que proviene de la ganadería intensiva y de la agricultura intensiva. Goodall dice que ya se sabe cómo prevenir el final, pero no hay voluntad política que evitarlo. Y habla de gobiernos pero también de ciudadanos. De la voluntad política de los ciudadanos. El New York Times publicó el martes una nota firmada por Brad Palmer titulada “La civilización acelera la extinción de las especies y altera el mundo a un ritmo sin precedentes”. Se acerca al millón la cantidad de especies de todo tipo que están condenadas a desaparecer.

Si la única herramienta que tenemos los comunes y corriente para evitar el desastre, deberíamos presionar a nuestros dirigentes a que nos hablen de este tema. No es un tema fácil de abordar, porque todos, absolutamente todos los poderes fácticos del mundo, están locos y creen que cuando no haya planeta ellos seguirán siendo inmensamente ricos. Pero no se detendrán hasta que no haya nada, ni siquiera su propia riqueza.

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Greta

A Greta Thunberg le ha llegado muy temprano la hora de su estigmatización. A los 16 años. Desde que la semana pasada en más de mil ciudades del mundo una cantidad incalculable de estudiantes secundarios se pusieron sobre sus hombros la lucha para detener el cambio climático, comenzó en los grandes medios de Europa una campaña de ridiculización que puede entenderse como el primer caso de bullyng global. Su víctima es esa adolescente sueca que fue diagnosticada pasados sus diez años con el síndrome de Asperger, que según ella misma relató en una charla TED con un enorme auditorio siempre fue muy callada, muy solitaria, una persona que sólo hablaba cuando era estrictamente necesario. Con voz siempre pausada y meditando palabra por palabra, dijo en esa charla mirando a las butacas: “Por eso estoy hablando hoy aquí. Porque es estrictamente necesario”. Fue a los 14 años que en rigor consideró estrictamente necesario hablar ante multitudes, ante auditorios como el Parlamento Europeo o el Foro de Davos, porque fue entonces que hizo, digamos, su comprensión histórica: si su generación no actuaba ya, si ellos, que serán adultos cuando este planeta ya no sea viable, no salen ya a las calles, están pactando con su propia falta de futuro.

Según todos los diagnósticos científicos, las emisiones tóxicas deben empezar a reducirse ahora, no “dentro de poco” o en “próximamente”, sino ya, porque los tiempos no dan. Esta semana 20.000 científicos de todo el mundo adhirieron al movimiento Viernes por Futuro, el que nuclea a los secundarios de más de cien países, cuyo primer gran paso fue dado el 15 de marzo. “Los jóvenes tienen razón”, fue el título del documento de adhesión. El cambio climático provocará desastres y desequilibrios de ecosistemas de una manera irreversible y sin antecedentes en miles de años. Cuando hace dos años Greta comprendió eso, decidió hacer huelga, a los 14. Empezó sola. Faltaba a clase todos los viernes, en protesta por la falta de decisiones políticas mundiales que paren el cambio climático.

Y lo que hace dos años fue apenas la actitud decidida de una niña que había comprendido que era su derecho y el de sus hijos y nietos vivir en este planeta, hoy es un fenómeno global. Los grandes medios lo acallaron, como callan todo lo que les resulta incómodo o amenazante. Pero fue en mil ciudades que bajo el liderazgo de Greta Thunberg miles y miles de adolescentes salieron a marchar para que sus gobiernos tomen medidas en relación a las emisiones tóxicas, que es lo mismo que decir que debe detenerse entre otras cosas la producción a gran escala en bosques, selvas, desiertos. Que el sistema no puede seguir acelerando la extinción de especies porque la humana también es una de ellas.

Los medios no sólo callaron. Cuando a través de las redes el movimiento Viernes por Futuro se hizo visible, comenzaron un ataque simultáneo de ridiculización y degradación de la figura de Greta. La mostraron comienzo una banana: en Suecia no hay bananas de modo que la foto era una denuncia de que Greta estaba comiendo una banana gracias al combustible usado en el transporte a su país de una fruta tropical. La mostraron con sus perros: indicaban así que si los perros comen carne, Greta tampoco es consecuente en eso. Quizá el ataque más degradante lo virtió Le Figaro, a través de un comentario no filtrado y dirigido directamente al síndrome de Asperger de Greta: alguien opinó que era “una vergüenza ver a tantos jóvenes dejarse conducir por una zombie”.

La voz de Greta no logra todavía perforar el cerco de silencio con una lógica rasante, directa y áspera, como ella, que en el Parlamento Europeo dijo “sé que no les gusta que yo esté acá. A mí tampoco me gusta que ustedes estén acá, porque no han hecho los deberes. Nosotros sí hemos hecho los deberes. Hemos leído los informes científicos. Lo que pedimos es que le hagan caso a la ciencia, porque cuando nosotros seamos adultos será tarde”.

El movimiento Viernes por Futuro encarna en una generación que hace su entrada a la política por ese costado vital y poderoso. Es con sus cuerpos que lo gritan, lo piensan, lo reclaman. Sus cuerpos tienen derecho al hábitat. Y advierten, con mucha más claridad y precisión que las otras generaciones, la gravedad límite de este momento. Ellos son una pata más de la resistencia global al modelo tanático que nos avasalla.

El poder de las finanzas, de los transgénicos, de las patentes, de los buitres, en fin, el ala más dura de la derecha que puso su pata roñosa sobre tantos territorios, niega el cambio climático. Para Trump es una mentira de la izquierda. Y es en esa clave de resistencia al efecto de irrealidad del que se vale la derecha que hay que leer este inédito movimiento liderado por esa niña de trenzas rubias que toma por literal lo literal: o se actúa ahora o no habrá lugar seguro en la Tierra para que los que hoy tienen quince años vivan sus vidas y tengan sus hijos, y continúen así con la posta de la especie.

La política de la derecha global trae la muerte en muy diversas formas, pero siempre la muerte. En guerras o en hambrunas, en catástrofes naturales, en tiros por la espalda como los que diariamente reciben líderes sociales en Perú y en Colombia. Esos hombres y mujeres, muchos de pueblos originarios, están muertos por defender los recursos naturales. Es la misma lucha que la de Greta Thunberg, pero desde otra región y otra línea histórica. El reclamo es el mismo en un fondo no demasiado profundo. Quieren vida. Vivir. Quieren lo necesario y suficiente para que la vida sea posible. Quieren el equilibrio indispensable para vivir. Este es el marco macro bajo el cual transcurren nuestras propias y asombrosas circunstancias nacionales. No cuesta mucho comprender que hay un poder feroz encaramado en la cima tan alta que nos es indescifrable, y que hacia abajo mueve los hilos para que nada detenga la muerte. Y también hay que advertir, con cierta esperanza, que hay sincronías históricas no menos asombrosas, y que la resistencia al proyecto de muerte crece y se nutre de fenómenos impensados. Greta y sus congéneres ya son un nuevo actor global que aporta su enorme grano de arena a la lucha por el proyecto de la vida. Greta es un síntoma de la regeneración de la vida.