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Que los trague la tierra

Cuando Charles Chaplin criticó al sistema capitalista, lo hizo desde la perspectiva de un país desarrollado. Quien lo engullía en esa desopilante y metafórica imagen era una gran máquina, y en la división internacional del trabajo impuesta por los (mal llamados) países centrales, les tocó la industria. A América Latina le tocó la tierra.
Y no necesitamos hacer una película de eso. La tragedia latinoamericana de ser tragados por la tierra es literal. Por estos días le tocó a Colombia desenterrar a sus muertos. Lo que se conoce como “falsos positivos” no es más que la ejecución extrajudicial y a sangre fría de civiles. Esos falsos positivos aparecieron en regiones como Antioquia, Caldas y Magdalena.

Pero Claudia García, la directora de Medicina Legal estima que habría cerca de 200 mil desaparecidos en fosas comunes. Aunque hay más. Según el propio Fiscal General de la Nación, Eduardo Montealegre, hay en marcha más de veinte mil investigaciones sobre desaparecidos basadas en las declaraciones de paramilitares desmovilizados que han hablado de más de 2 mil cementerios clandestinos.

Los traga el capital de las grandes oligarquías terratenientes que moldearon su patrimonio al calor de la formación de los estados nacionales. Los traga la tierra para que callen. Los traga la tierra para que no reclamen.
En la última década, los gobiernos nacionales y populares de América Latina fueron el caldo de cultivo para hacer confluir intereses en común. Fuimos conscientes de un “nosotros” provocando la aceleración de la consciencia regional de que el capitalismo desarrollado sólo ha funcionado sobre la base de expoliar nuestros recursos naturales. La cuestión del medio ambiente fue monopolizada durante años por el oenegismo liberal europeísta y marketinero, cuyo padrinazgo deriva sospechosamente en grandes multinacionales y, aparentemente, sólo sirvió para lavar culpas ante los ojos de algunos sectores sociales. En los países nórdicos, estos sectores, licúan esa culpa en campañas de reciclaje en casa, a tono con el corazón del individualismo liberal.

De este lado del mundo asistimos a un sinfín de asesinatos de líderes sociales ambientalistas que denuncian por fuera de campañas marketineras -estilo Greenpeace- la vulneración de derechos básicos como el acceso al agua y el saqueo sistemático de todo lo demás.
Muchos de esos líderes eran colombianos. A fines de noviembre en Colombia, se realizó un gran paro nacional, enmarcado en una región convulsionada cuyo epicentro fueron los días de octubre de un Chile despierto. Se inició una saga de reclamos como la derogación del paquetazo de Uribe, el rechazo a la ley laboral y previsional, pero sobre todo, el fin de los asesinatos de líderes sociales (700 desde la firma del acuerdo de paz en 2016).

Así se ve claro. Cuando son los propios pueblos originarios, sus descendientes o simpatizantes los que reclaman por el fin del saqueo y la destrucción del planeta, la cuestión ambiental deja de ser “cool” para volverse peligrosa.
Claudia García, de Medicina Legal, dice que serían necesarios “casi 100 años” para identificar los restos mortales de los enterrados como NN. Por cómo está América, y por la llama que prendió en toda la región, confiamos en que esos años no serán de soledad.

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Contratapa Página/12 Política internacional

El vértice de la colonización

Mirando atentamente la escena global desde unos años, se ve emerger potentemente a dos fenómenos de una transversalidad nunca vista, tanto social como étnica y cultural, multitudinaria, que tomaron por asalto una agenda mental, subcutánea, ya domesticada por gobiernos, corporaciones y medios, y pusieron en cuestión lo establecido no hace diez o veinte o cien años, sino muchísimo antes.

Los feminismos y el activismo medioambiental se unen ahí, en ese punto ciego de la protesta visceral, con la furia de la cuenta pendiente, con el atragantamiento de lágrimas transgeneracionales, con una decisión no instada por líderes políticos sino sociales y por colectivos que interpelan a la política tradicional. En distintos idiomas dicen lo mismo: basta de colonización. Y en ese corte la idea de colonización se abre, desde el vértice mismo de su sentido, y aparecen países colonizados, pueblos colonizados dentro de esos países, mujeres colonizadas como parte de esos pueblos. La microfísica de la colonización. Porque a su vez, estos nuevos movimientos denuncian la colonización profunda y subjetiva que fue operándose con el paso de los siglos y que ha penetrado y es hoy sostén del sojuzgamiento, entre otros, de mujeres y de indígenas. Así como el patriarcado continúa amparado por varones y mujeres que lo han normalizado, hay indígenas o descendientes mestizados que odian a los indígenas porque se ven a sí mismos blancos, y que no dudan en ejercer el liderazgo feroz del blanco en tierras de indios, como en Bolivia.

Los indígenas latinoamericanos son hoy también un sujeto político nuevo, que juega un nuevo rol, que simbólicamente regresan con sus saberes y sus insistencias de siglos, y podría ubicárselos en el corazón de la nueva y masiva demanda medioambiental. En la reciente cumbre del clima de Madrid, Greta Thunberg cedió el protagonismo en la clausura a uno de los pueblos indígenas amazónicos más atacado, los guajajas, cuyos líderes están siendo asesinados por comandos paraestatales en Brasil. Y en Colombia, el centro de esta masacre ocultada por los grandes medios como todo lo realmente importante, no hay día en que no se acribille a líderes ambientales, la mayoría indígenas. El año pasado mataron a 230.

Chicos del colegio secundario de todo el mundo se organizan alrededor de esta nueva categoría política que es el nuevo medioambientalismo, muy lejos del Amazonas: se pelea para defender no sólo a los bosques y a los animales. Se pelea por defender también la vida humana, atacada por el cambio climático, sí, pero literalmente atacada por los beneficiarios económicos del cambio climático a través de comandos militares o civiles que matan a ambientalistas, o vecinos de innumerables pueblos y habitantes de selvas acechadas por glifosato, por cianuro, por falta de acceso al agua, por balas de goma o plomo.

Cuando llegamos hasta este punto de la idea, lo que se ve enfrente son corporaciones. Las que tradicionalmente se han dedicado a desequilibrar lo único verdaderamente “natural”, la naturaleza, es decir las mineras, las madereras, las de ganadería a gran escala, entre muchas otras. Pero también hay instituciones que bajo el neoliberalismo se han corporizado: poderes políticos, judiciales, mediáticos. Todo eso junto es a lo que se opone la demanda medioambiental, que lo que dice es que la tierra se agotó y necesita respiro, y que hay que cambiar nuestra idea de desarrollo y buscar formas de crecer globalmente con más armonía y más humanidad. Difícilmente pueda reclamársele este cambio a un solo país. Es por región o no es, por una sencilla cuenta de correlación de fuerzas. Son capaces de barrer con la especie, cómo no van a querer barrer a un país.

Los dos son despertares, el de los feminismos y el de los pueblos que rechazan un modelo de producción a gran escala. Y a ellos también podría sumarse, ya como modo de expresión política también nueva, la revuelta chilena, apasionante y dramática, sin referentes salvo la ya mítica “primera línea”, que por principio es anónima, pero con mártires y una identidad cultural plural que va de Víctor Jara a Las Tesis que globalizaron el himno Un violador en tu camino, y ancla en la histórica lucha mapuche en defensa de los recursos naturales. Esos movimientos inorgánicos, pero con una autodisciplina y una conciencia intensas, han sido las formas asombrosas que adoptaron por un lado las mujeres y por el otro los vecinos o las comunidades afectadas directamente en su vida cotidiana por los venenos de un modo de producción agotado, que ya sólo funciona con venenos más fuertes. Pero esos núcleos duros de pensamiento que ya circulaban no hubieran estallado como lo siguen haciendo si lentas cadenas de sentido no se hubieran movido en el sentido opuesto al que lo hicieron siempre. Hay un violador en el camino de cada pueblo colonizado. La colonización en sí misma es un abuso.

Interpretar, leer esa escena, es complejo. Porque funciona con categorías que les pertenecen, no con las de la política tradicional (aunque también hay que decir que las derechas y ultraderechas son declaradamente enemigas de ambos fenómenos: odian a los feminismos y niegan el cambio climático). Siempre hay una retracción ante lo que no responde a las propias lógicas, y hubo y hay debates y críticas, porque en cada uno de esos movimientos hay disensos y hay tensiones. Pero por ahora no podemos dejar de ver una línea ascendente en lo que implica el involucramiento de millones de personas en esas inesperadas formas de romper los hechizos neoliberales.

“El Estado opresor es un macho violador” es una síntesis que expresa a las mujeres chilenas pero se ha cantado en muchos idiomas y en diferentes países con diversos tipos de gobierno. Hay más violaciones y hay más femicidios. El odio no cesa de crecer tampoco. Viene recargado porque viene a restaurar. Pero ésa, la de los feminismos, es una de las facetas de la lucha chilena, el modo en que la revuelta traga demandas y las escupe, con una garganta múltiple que no deja ninguna voz afuera. Hablan los que nunca fueron escuchadas o escuchados. Los que no salen en la televisión, que se ha quedado con su audiencia pretoriana pero está muy lejos de poder influir en las generaciones más jóvenes, que han roto antes que nada ese hechizo: el televisivo. Y son ellas y ellos los que mayoritariamente están en las calles.

Del vínculo que pueda establecer la política antineoliberal con esos movimientos que no le responderán nunca del todo, depende en gran parte la salida hacia el futuro.

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Política internacional

Crónica asfixiada desde Chile

Ahora, que puedo respirar:

«Son los pacos culiáos, señora. El gas lacrimógeno que tiran es el de uso militar, no tiran cualquier cosa. Y está vencido, todo eso queda en el aire, en el asfalto. Y en los pulmones de los asmáticos, de los que tienen alergias respiratorias. Hoy atendí a otra señora con lo mismo».
Me pasan decadrón y analgésico por vía endovenosa. Me hacen radiografías de pulmón, electrocardiograma y hemograma. Agente exógeno, le dicen. Lloro de dolor en el pecho, en los huesos, ¿me está matando la jaqueca? Estoy en una camilla en la guardia de una clínica de lujo en Santiago de Chile. Me atienden muy amablemente, previo depósito de tarjeta de crédito. Entre 500 y 1000 dólares me dicen. Agradezco tener seguro, ya reclamaré. Lo único que quiero es dejar de llorar de susto y de dolor. "Obstrucción de pulmones y laringe", diagnostican. Repiten: exógeno. Al día siguiente alguien me contará que los médicos están furiosos, hartos de decirles a tantos que al final serían tuertos o ciegos –para siempre– después de que los «pacos culiáos» les dispararan en la cara. Sin asco. Con la misma crueldad con la que los rocían de gases lacrimógenos vencidos, con las que los bañan en partículas de cianuro que los dejan así, como estoy yo, llorando en una camilla para que me devuelvan el aire. Me ponen cuatro bombas
nebulizadoras. Empiezo a respirar despacio. Recuerdo los relatos de la infancia, de mi legendaria casi muerte a los dos años en una playa de Montevideo. En el 76, el mundo se desmoronó: la dictadura y la separación de mis padres me arrancaron el aire adolescente. Hubo que andar con un inhalador en la cartera. Resultó que las alergias se echan a dormir y un día se despiertan. Bastaron tres días en Santiago, sintiéndome cada vez peor, pero con la necesidad de salir a la calle, mirar, hablar con la gente, ser escucha para el silencio roto de tantas y tantas voces hartas, necesitadas de palabra. Ahí estaba, tirada en una camilla, incrédula. «No es la primera vez que trago gas". Quisiera contarle esas escenas en las que mi historia se anuda con la historia de mi país y de mi generación. Toso, lloro y recuerdo fechas, la memoria es una ráfaga. 30 de marzo de 1982, 14 de junio (la noche atroz de Malvinas), el 16 de diciembre y el cuerpo ensangrentado de Dalmiro Flores. Cada vez mi madre me obligaba a salir con el pañuelo, una botellita de agua, los pedazos de limón. Le explico que otras veces había llorado, había tenido diarrea, pero que esto nunca había pasado. "Es que están vencidos –es cariñoso el médico, me habla como si fuera una niña– y estos son otra cosa. A estos les ponen otras mierdas».
Dudé antes de ir a Santiago. La universidad norteamericana para la que trabajo había planeado su reunión anual. Se discutió su conveniencia. La reunión se hizo (en Viña, pálida junto al mar, en los murallones de su costanera se leía «Piñera asesino», se leía «Hasta que valga la pena vivir»). Soy profesora universitaria e investigadora. Hace años que escribo y enseño sobre procesos de memoria en la post dictadura argentina, sobre las retóricas del exterminio en la cultura y la literatura argentinas. Soy escritora, también. Hace un tiempo empecé a enseñar Chile en mis clases: la catástrofe del 73 (cruzada por recuerdos personales, inscripciones y relatos en el Diario Íntimo que escribía a los doce años), los años del neo-liberalismo a sangre y fuego, la transición democrática tan diferente de la nuestra, la comisión Rettig del año 92 y la memoria a medias. Devoré testimonios de sobrevivientes, testimonios fílmicos y literarios. Chile, en lo profundo, fue siempre para mí un misterio. De manera casi infantil cuando repasaba La Batalla de Chile y los bellísimos documentales La Memoria Obstinada y Nostalgia de la Luz, de Patricio Guzmán, me preguntaba: ¿dónde estará guardado todo esto? ¿En qué rincones, en qué cajoncitos de la memoria? Para nuestras clases medias aspiracionales Chile fue el milagro del orden y el consumo, la posibilidad de pensar un país donde cada negro, cada indio, ocupa el lugar que le pertenece por mandato racial y de clase. Sin choripanes ni planeros, Chile era la tabula rasa donde se escribían los milagros.
Por eso yo quería un par de días en Santiago –mi primer encuentro con ese Chile imaginario de adolescencia nerudiana y espanto dictadorial–. Quería escuchar a su gente, visitar Villa Grimaldi, husmear y pensar en el Museo Nacional de la Memoria. Yo quería, así de refilón, ser parte de su historia. Quería, por qué no, caminar con hermanos "las grandes alamedas" por donde estaría, quizás, pasando el hombre libre que había anunciado Salvador Allende antes de morir.
Me habían prevenido: "no vayas a Plaza Italia". No fui a Plaza Italia, pero caminé y caminé kilómetros por el centro de Santiago, los ojos no me alcanzaban para ver. Toda la ciudad, desde el aeropuerto, era un inmenso libro en el que se estaba escribiendo la rabia de décadas. Desde el balcón del departamento en el que me alojé se veían otros balcones: "Renuncia Piñera", «Paco violador». En alguna casa sonaba punk del puro y duro: "romperemos los esquemas de esta puta sociedad". Non Servium. Bienvenida a Chile. A este Chile donde el milagro se hizo trizas. Una pared diría "el neoliberalismo nace y muere en Chile". El chofer que me traía desde el aeropuerto había sido claro: "esto no se acaba. Es lo único que tenemos. Esto no se acaba porque no somos mierda". Choferes y porteros, la gente por aquí: no somos mierda. No es político esto (los políticos son basura, todos comen de esta teta, me dicen): es nuestra lucha y ya. Es dignidad. No somos mierda. No somos mierda. Cerca, miles de mujeres gritan "el violador eres tú". Por las violadas, por las torturadas. Hay algo que ensordece. "No era paz, era silencio", dice un cartel enorme en una esquina. Una amiga alemana me presenta a Felipe, un kinesiólogo jovencísimo que trabaja con las víctimas de la represión. Investiga sobre la tortura y el dolor. Los de antes, los de ahora. Felipe, que socorre a víctimas de las balas, los golpes y la tortura de estos días, sostiene convencido que las prácticas profesionales e institucionales deben estar inscriptas en el horizonte de los derechos humanos. Charlamos largamente sobre el tema, coincidimos en que este tiempo histórico impone ese reclamo: en cualquier profesión, en cualquier práctica. Ese primer día camino kilómetros en el más absoluto olvido de mi cuerpo. Esa noche me desplomo. Al día siguiente casi no respiro. Me arrastro a una librería y salgo con una pila de libros. Abrazo, con amor y temblor, mi ejemplar de INRI, de Raúl Zurita (nos recuerdo siempre en una noche veraniega en las montañas de Vermont. Hablamos entre cervezas de su amor por
Rico Tipo y de nuestra común adoración por Los Caminos de la Libertad, de Sartre). Después de visitar el Museo Nacional de la Memoria el aire se va acabando. Me detengo minuciosamente en cada sala, reflexiono sobre las decisiones de curaduría, los modos de relatar la catástrofe. No puedo evitar pensar en estos temas sin pensar en nosotros, en las políticas de Memoria, Verdad y Justicia. Es un bellísimo museo que sin embargo no logra hacerme olvidar los escasísimos condenados por crímenes de lesa humanidad que dio la pos-dictadura chilena. Alguien me
pregunta: "tendría que haber un museo así en Argentina?" No sé qué contestar. Pienso en nuestros sitios de memoria, en el Olimpo, que me es tan familiar por vecindad, por solidaridad militante, por cercanía. Pienso en los cientos de condenados por la justicia argentina.
¿Deberíamos darnos un museo así? ¿Cómo debería hablarnos –institucionalmente—la memoria del pasado? Solamente se me ocurren más y más preguntas. Esa tarde, antes de no poder más, saco la foto que más me conmueve: "1973 se acabó": una larga, conmovedora y fracturada temporalidad.
Después la clínica, el llanto, los huesos que raspan. Y, como en un bello documental de Patricio Guzmán, las estrellas que palpitan en el cielo de Santiago. Dos días después estoy en casa: tos, corticoides, hemorragias nasales. Me llueven los reportes de Amnesty, las denuncias de la CIDH que el gobierno de Piñera ignora. Me traje Chile en los pulmones. Me traje, como en el verso de Zurita, “camposantos de geranios en los ojos. Y el mar que arde, arde sin consumirse”.
Escribo ahora, que puedo respirar.

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Estás confundida, Forbes

Forbes, la revista de los ricos, nos dice que “el poder es femenino”, para presentar en su tapa la cara un tanto occidentalizada de Janine Añez, la presidenta de facto de Bolivia. La misma que emergió de la nada cuando la policía se autoacuarteló, cuando los comandos civiles dirigidos por El macho Camacho ya habían salido a cazar funcionarios del MAS y las familias del presidente Evo Morales y su vicepresidente Alvaro García Linera estaban amenazadas físicamente. El poder no es femenino en Bolivia. El poder es fascista.

No alcanzó el cerco mediático y vimos el salvajismo militar contra los aymaras de Senkata y otras localidades. Vimos como a otra mujer, la alcaldesa de Vinto, el día del golpe, esas hordas fascistas la atacaban, le cortaban el pelo, la teñían de rojo, la humillaban y la obligaban a arrodillarse. Vimos todo, Forbes. Vimos cómo bajo la presidencia de facto de Añez, las fuerzas de seguridad ni siquiera dejaron a los familiares despedir a sus muertos y eran gaseados, mientras los ataúdes volaban por al aire. Lo vimos. Escuchamos a Añez dar un discurso “feminista” y “contra la no violencia contra las mujeres” el 25 de noviembre. Es tal su descaro.

Forbes, Añez llama “mujeres” a las mestizas y a las blancas. Las mujeres indígenas están siendo avasalladas.

Forbes, bajo el gobierno de facto de Añez están prohibiendo la presencia en los espacios públicos de las mujeres de pollera, porque los indígenas, mujeres y varones, son considerados menos que humanos en Bolivia.

Forbes, bajo el gobierno de facto de Añez ni mujeres ni varones pobres tienen acceso a la justicia, y a los heridos de bala de plomo durante las represiones no dejan que los atiendan los servicios médicos.

Forbes, Añez es cómplice de más de treinta asesinatos cometidos dentro del marco de delitos de lesa humanidad. El poder “no es femenino”. El fascismo boliviano puso a una mujer para que revistas como Forbes hagan títulos como éste y oculten crímenes que tarde o temprano serán juzgados. Añez es una vergüenza no ya de género. Es una vergüenza de la especie humana.

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Contratapa Página/12 Política internacional

Mitos mediáticos: “Perpetuarse en el poder”

Uno de los mitos mediáticos que la derecha convirtió más exitosamente en frase hecha, es que los líderes latinoamericanos de los diversos movimientos populares surgidos en la década pasada quieren “perpetuarse en el poder”. Recuerdo un día hace más de diez años, cuando mirando distraídamente la pantalla, mientras instalaba alguna aplicación, me apareció un jueguito de apariencia infantil, cuyo título era “Los que quieren perpetuarse en el poder”, y en una secuencia sinfín iban apareciendo Chávez, Lula, Néstor, Cristina, Evo, Ortega, Lugo, Correa. Era una especie de publicidad sin anunciante visible, que lo que publicitaba era lo que se convertiría en latiguillo, en acusación y en una de las justificaciones de los golpes blandos que siguieron. Ya estaba planteado por Estados Unidos cuál era el “eje del mal” en América Latina: el que ganaba las elecciones. Si todos los beneficiarios de esos gobiernos se hubieran sentido tales, el ciclo era definitorio: por primera vez en siglos, las grandes mayorías serían las que retendrían el poder, y no las elites, como hasta entonces.

El mito mediático, que completaba su sentido con otros atributos negativos (narcisismo, ambición desmedida, robo de lo público para beneficio personal, etc.), plantaba una semilla transgénica en la mente de millones de usuarios no politizados que tomaban a la web como un soporte neutral, y en los que les creían todavía a los grandes medios de comunicación. Las grandes mayorías debían ser desarticuladas. Y lo hicieron fomentando el odio de clase, el odio racial, los bajos instintos de sectores que pertenecen al mundo del trabajo y no al del capital.

Todo ha ocurrido vertiginosamente en estos últimos treinta días. En la Argentina estamos en el final de una etapa que nos devolvió sombríamente al neoliberalismo y a su verdadera biblia, que no es la que levantó la presidenta de facto de Bolivia, sino la creencia fanática en el ajuste social para elevar el margen de la renta financiera y la reprimarización de la economía. Fue a lo largo de años y en boca de miles de comunicadores y dirigentes que hablaron desde centenares de medios, que la caracterización de los gobiernos populares se cristalizó. Esos mitos –el populismo regala a los pobres cosas a las que no tienen derecho, porque son pagadas con los impuestos de todos; simula beneficios para las grandes mayorías pero ésa es la pantalla para que “los políticos se roben todo” –, son los mismos en todos nuestros países. Es una pantomima un poco pueril, ya que Chile estalló porque su pueblo no aguanta más, en la Argentina el neoliberalismo perdió por diez puntos las elecciones y en Bolivia derrocan a Evo Morales con una excusa ridícula (irregularidades en 78 actas sobre más de 33.000) y entonces, en el país con mejores resultados económicos y sociales de la región, donde por primera vez la población indígena estaba representada en el poder, pegan un golpe duro, sangriento, ya sin pretensiones de república, se decreta que las fuerzas de seguridad pueden matar sin tener que dar explicaciones, atrás de la presidenta de facto hay un hombre al que le gusta que lo llamen “el macho Camacho”, los pobladores aymaras son repelidos con balas y asco por militares de piel oscura, y una ministra de Comunicación echa a la prensa extranjera y amenaza con acusar al periodismo de “sedición” si menciona la palabra “golpe”.

Esos mitos antipopulares y antipolíticos germinaron con su veneno adentro y nos depararon en la Argentina estos últimos cuatro años de derecha saqueadora, persecutoria, delictiva, pero ahora parecemos mirar un terrible partido de tenis, girando alternativamente la cabeza, la mente y el corazón hacia Chile y Bolivia. Ambos escenarios son inéditos. Hace más de cuarenta años que el pueblo chileno dormía el sueño neoliberal de la normalidad, y su despertar combina extrañamente dolor y alegría. Es difícil de asimilar esa combinación, cuando estos días de policía militar enloquecida están dejando, de noche, a una generación sin ojos, mientras se están cometiendo delitos sexuales en las comisarías, están arrinconando a los manifestantes para que caigan al río, están matándolos. Y de día, la nueva Plaza de la Dignidad exhibe la contracara del horror de unas horas antes: la explosión de la creatividad y la confraternidad que da la lucha callejera. Muchos vimos el video de Frank, ese joven estudiante de Historia de Maipú, que tomó por asalto una cámara de televisión para hacer probablemente uno de los alegatos y análisis más lúcidos y autorizados que se hayan escuchado sobres las mentiras del neoliberalismo. Frank reprochaba el discurso de la meritocracia porque en Chile “ya están aburridos” de escuchar que el que no tiene éxito es un flojo. Frank tiene una beca y por eso estudia, pero pertenece a esos sectores que “se rompen la cresta” de sol a sol trabajando para después usar su salario apenas en comer mal y enfermarse, porque no hay salud pública, mientras los chicos ricos aprenden tres idiomas y cursan en aulas donde hay veinte, no cuarenta, y tienen su capital cultural ya embolsado por haber nacido en el seno de familias de elite.

“Me aburrí”, decía Frank, y me llamó la atención que reemplazara el me harté o me cansé. En los ´90, la derecha logró generar “jóvenes aburridos” que caían en la abulia política, porque “todos eran lo mismo”. Eso marca una enorme diferencia con lo que pasa hoy, cuando el “aburrimiento” no aísla sino junta, no aplaca sino enardece. También estos jóvenes chilenos están decepcionados de la dirigencia política, pero han descubierto que no están obligados a seguir mansos mientras otros hagan o no hagan las cosas por ellos. Han tomado el destino en sus manos, y si doscientos ojos después, decenas de muertos después, decenas de violaciones y abusos después, siguen y más inflamados todavía, es porque no se trata de espuma y no los convencerán con promesas. Hay una épica de la “primera fila”, que parece una avanzada vikinga protegida con escudos rudimentarios, atrás de la cual avanzan también uno o dos músicos, haciendo salir de su saxo o su violín la cadencia de El derecho de vivir el paz. Y uno ve eso y se queda estupefacto, porque ahí hay un pueblo que estuvo callado pero que entendió visceralmente que lo estaban jodiendo.

Frank pedía un cambio de rumbo, como piden todos los chilenos que hace un mes están en las calles. Colombia sigue esa ruta. Bolivia, mientras tanto, se desangra. No ha sido un golpe cívico militar tradicional el que sacó a Evo Morales del poder. Tuvo componentes inéditos. Los más importantes son la complicidad activa de la OEA, y el odio racial apoyado en la nueva religiosidad impulsada por las agencias de la CIA, que parece que ya abandonan las formas que nunca tuvieron contenido, y renuncian a simular que les importa la democracia. Pronto hablarán elogiosamente de una raza superior.

Todo fue farsa. La democracia nunca les importó más allá de su fachada. Quieren asegurarse que América Latina les pertenece, y han declarado a los pueblos indígenas como los nuevos blancos a eliminar. Vienen por los recursos y esos pueblos siempre han sido los mejores y más persistentes guardianes del equilibrio. El capitalismo financiero y corporativo es enemigo del equilibrio, porque necesita la gran escala en todo. En Bolivia y en Chile estamos viendo la gran escala de la crueldad.

Los gobiernos populares nunca quisieron “perpetuarse en el poder” a través del fraude. Hubo muchas elecciones, de medio término y generales en las que las derrotas fueron asumidas inmediatamente. Pero esos gobiernos, que cada uno a su modo, a su ritmo, con sus errores, con sus contradicciones, repararon más que ninguno de los anteriores las enormes deudas sociales latinoamericanas, trajeron un nuevo paradigma de distribución que la derecha no acepta. Y la repele y reacciona con ira, fanatismo y delitos de lesa humanidad porque es ella la que se ha perpetuado en el poder desde hace dos siglos, ella sí mediante fraudes muchas veces, y otras veces como mandantes de las fuerzas armadas. Es la derecha, el neoliberalismo, el racismo, el supremacismo, la política de los privilegios y la traición a la patria lo que se perpetuó realmente en el poder de nuestra región.

Los que echaron a Evo con el pretexto de que quería “perpetuarse en el poder” son, en Bolivia, los que han tenido el poder a lo largo de toda su historia. Nunca tuvieron reparos en mentir, en falsificar, en robarse lo público, en hostigar a opositores, en cometer crímenes aberrantes. De un partido o de otro, se han pasado la posta liberal y eurocéntrica primero, y neoliberal después, desde mediados del siglo pasado, y no soportan que por algo llamado democracia deban replegarse. Siempre han acusado en espejo. Pero sobre todo en esto: las proscripciones, la del peronismo o ahora la que pretenden del MAS en Bolivia, les resultaron exitosas. Vuelven a ellas. Lo que encuentran sin embargo, ya no son pueblos a los que pueden venderles sus folletos. Encuentran pueblos “aburridos” de tanta oscuridad y maleficio. Y esta vez ese aburrimiento de escuchar siempre lo mismo, de sufrir siempre lo mismo, no viene manso sino furioso. Lo seguirán intentando, pero no solamente Chile despertó. Ya viene Colombia. América Latina es para los latinoamericanos.

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Ladridos, luna y esperanza

Jorge Elbaum

…y dios que miraba al mundo por los ojos de los perros
(Milonga de Los Perros, La Chicana)


Ilhapa

El último 16 de noviembre, una unidad militar pisó con una tanqueta a Ihapa, el cachorro de Evo Morales. Ilhapa quiere decir “amanecer” en lengua aymará y la cultura andina asocia ese apelativo a la noción de esperanza. Según testigos la tanqueta se hallaba realizando tareas represivas y de su interior salieron las unidades militares que se encargaron de llevar a cabo el allanamiento a una de las viviendas presidenciales. Ilhapa se interpuso frente al blindado, ladrando intensamente, y fue arrollado por vehículo. Ilhapa había sido salvado, tiempo atrás, de unos derrumbes sucedidos en las zonas San Jorge Kantutani y obsequiado a Evo. El cachorro se convirtió en la mascota de Morales y participó de visitas a escuelas primarias inauguradas durante su gestión.

Un 16 de noviembre de 1989 el rector de la Universidad Católica de El Salvador, el jesuita Ignacio Ellacuría fue asesinado junto a otras 7 personas por un comando ultra derechista autodenominada «Cruzada pro Paz y Trabajo». La proclama que se adjudicó el crimen amenazó con continuar la sangría sobre todos “los perros comunistas” que simpatizaban con la guerrilla del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN).

En Santiago de Chile, se enunció esta última semana que Rucio Capucha, el perro que se enfrentó a los carabineros en la Plaza Dignidad –o Baquedano–, fue adoptado el último 16 de noviembre luego de ser curado por estudiantes de veterinaria participantes de las protestas. Rucio se había enfrentado contra los pacos, junto a centenas de encapuchados que lo bautizaron con el apelativo que hoy pulula en las redes junto a su foto. En el país trasandino se asocia a Rucio con la memoria de Negro Matapacos el pastor negro con pañuelo rojo que acompañó las marchas estudiantiles de 2011 convirtiéndose en un símbolo de la resistencia contra la derecha post-pinochetista


Rucio

Dicen los descendientes de los pueblos amazónicos que matar a un perro tiene como consecuencia una de los peores maldiciones: que el asesino nunca podrá ser recordado como alguien que tuvo un tránsito vital sobre la tierra. Se considere que su memoria deja de ser retenida incluso por sus herederos, por su hijos y por las personas con las que tuvieron trato y familiaridad. Su contracara, en la mitología Nanti, es el fulgor de la criatura ultimada. El o ella, el perro o la perra llega a brillar en las noches como la forma esperanzada de una estrella. Su carita vuelve y una y otra vez a salpicar de alegría lxs niñxs y sus juegos –visibles en sus descendencias perrunas– son capaces de curar las peores enfermedades.

Los Nanti, junto con los Matsigenkas se sienten parientes cercanos de los perros. Afirman que el acto de aullar a la luna es una señal de conexión planetaria. Una especie de diálogo entre el ecosistema y la sensibilidad profunda del can. Quizás la íntima sabiduría de morder pacos, desafiar tanques y disponer sermones comprometidos con la dignidad humana sea algo más que un código disperso.

La esperanza de Ihapa, la ferocidad comprensible de Rucio –criado en la heráldica de Matapacos, y la voz de pausada de Ellacuría son signos de un devenir de gruñidos que defienden a nuestras lágrimas. Cuando el tiempo pase nosotros recodaderos a estos perros. Sus asesinos no habrán dejado registro del paso por la vida. No serán siquiera polvo. Pero nuestros nietos conocerán la esperanza legada de Ilhapa, la valentía de Rucio, la ferocidad del Negro, y el legado de los jesuitas de El Salvador. Todxs perrxs. Como yo.

 

Escultura en homenaje al Negro Matapacos en la Plaza a la Aviación, Providencia.

 

 

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América Latina según Enrique Dussel

La autoproclamación de Jeanine Añez a la presidencia de Bolivia con una enorme biblia en la mano en la que se lee “Los cuatro evangelios” es una muestra más de cómo “la fe” aparece, en esta nueva fase de colonialismo, como un instrumento político que divide a la ciudadanía, y que la enfrenta para sembrar aquí y allá guerras civiles de alta o baja intensidad. Estados Unidos está más que dispuesto, parece decidido a recuperar Latinoamérica bajo la doctrina Monroe: algo que les pertenece. El golpe de Estado en Bolivia y los derechos de ese pueblo y de todos los pueblos de la región peligran. Enrique Dussel, académico, filósofo, historiador y teólogo argentino, naturalizado mexicano, analizó el contexto de América Latina, “donde nos enfrentamos a nuevas categorías que surgen de una realidad colonial, nos encontramos desvalidos de teoría para poder encarar esto”.

En una entrevista brindada al Canal 21 de México con Carmen Aristegui, el filósofo Enrique Dussel afirma que desde el fin del siglo pasado, los movimientos progresistas -que algunos los llaman de izquierda- cubrieron América del Sur, “pero de pronto hubo un paso atrás, empezó una reorganización de la derecha comandada por la OEA”.

Dussel se refiere puntualmente a la situación de Bolivia, que junto con Haití era el país más pobre de América Latina, y que ha aumentado anualmente su porcentaje de riqueza, y su PBI como ningún otro. Dice que es necesario “pensar muchos temas nuevos que no se habían hecho objeto de estudio”. El primero sería pensar cómo un sector de clase, que habiendo estado en la pobreza, gracias al éxito de estos gobiernos progresistas, ingresa a una especie de clase media y pasa a tener otras aspiraciones, que ya no significan salir de la pobreza. “Hay un cambio de subjetividad, pasan a ser consumistas neoliberales, que creen que ciertos proyectos tradicionalmente de derecha pueden solucionar sus nuevas aspiraciones”.

Para Dussel se ha observado muy poco la subjetividad, y asegura que estamos frente a un fenómeno nuevo, con las iglesias neoevangélicas apoyando el proceso brasileño y boliviano, con un hombre desaforado como Camacho que dice algo que teóricamente es esencial: “Vamos a sacar de los lugares públicos a la pachamama y vamos a imponer la biblia”.

Dussel explica que esa biblia “no es la del catolicismo y de derecha tradicional, es la biblia de los nuevos grupos evangélicos que justamente toman la cultura popular y los pueblos originarios como un oscuro paganismo, que el cristianismo –su cristianismo- debe reemplazar a rajatabla. Esa biblia no es católica de derecha, es una biblia que viene de las sectas norteamericanas y cambia la subjetividad de un indígena que tiene su cultura y lo quiere transformar en un hombre moderno, que deje las borracheras y que ahora sea más ascético, que se proponga trabajar y entrar en la sociedad capitalista burguesa”. Todo como parte de un estereotipo ya inoculado: poco pueblos hay más laboriosos que el boliviano.

Se trata, en palabras del reconocido filósofo, de poner en la escena una biblia del evangelismo norteamericano, en una actitud perfectamente orgánica, “en querer destruir la tradición indígena, que se suma al racismo tradicional y al machismo, y al mismo tiempo con un sentido burgués y pronorteamericano, es una nueva interpretación de la sociedad. Es un cristianismo fundamentalista, fanático, donde la riqueza es considerada una gracia de dios. Es novedoso, y está prendiendo en muchas partes”.

Lo cierto es que en Bolivia se da por una parte la blanquitud racista que desprecia al indígena. Son las cholas bolivianas humilladas, siendo rapadas, violadas, ultrajadas. Hemos visto en distintos videos cómo lloraban “las mujeres de pollera”, las cholas feministas, cuando los soldados les cortaban sus trenzas. La pollera y las trenzas tienen un alto significado simbólico para ellas. “Esto coincide con la doctrina de la OEA dirigida por Almagro. Eso da un panorama desconocido para América Latina, que hay que enfrentar con mucha seriedad. Es un fundamentalismo de derecha evangélico. Son nuevas categorías que surgen de una realidad colonial, que en Europa y en Estados Unidos no pueden interpretar, nos encontramos desvalidos de categorías teóricas para poder encarar esto”.

Pero el pueblo, según Dussel, va a reaccionar. Va a encarar lo que está pasando, “por las tradiciones aymaras, que ya han sido influenciadas por cinco siglos de catolicismo, van a enfrentar a los grupos evangélicos. Vamos a ver a grupos de lucha religiosa, que es esencialmente política”.

Hoy en América Latina los grupos neopentecostales se han propagado muchísimo, son cuentapropistas. Dussel explica cómo un pastor “aprende de otro un cierto lenguaje, un cierto uso de ciertos textos bíblicos, arma un argumento que no es propiamente mesiánico sino ideológico y político contemporáneo con textos bíblicos, y pone su comunidad a la cual se le cobra un diezmo, y se enriquecen”. Cualquier buen orador puede vivir de eso. El neoevangelismo se propaga como un negocio: “Logran tener mucha presencia en nuestro pueblo, porque está angustiado, está pobre, está sufriente, y no sabe el sentido de todo eso. El pobre que deja de ser pobre agradece a Dios, porque gracias a Dios tiene un trabajo, tiene una casita, cumple con su deber, y deja sus tradiciones”.

Se trata de la biblia reinterpretada desde un hombre norteamericano, “es el origen de la posibilidad de una nueva vida. Eso es hoy utilizado por la OEA, que se está retirando de Medio Oriente; estuvieron en Irak, Irán, Afganistán, Libia, haciendo desastres, y se alejaron de América Latina. Aquello ya lo dejan de pensar, han sido derrotados por los rusos, vuelven a América Latina porque la quieren recuperar, y estamos en esa situación. Es el enemigo disfrazado, ya no quieren disputar elecciones porque saben que las pierden, estamos en un momento muy peligroso”.

«Fuente: https://www.youtube.com/watch?v=6L2IiK8cAg4»

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Dos sonidos

De mis días fugaces en Capitán Bermúdez a mis cuatro años, recuerdo el peso del calor envuelto entre las calles de tierra. Un reencuentro con la familia santafesina de mamá que duró apenas un par de visitas después de un largo exilio. Tiempo después, la economía alfonsinista nos tendría ocupadas tratando de sobrevivir y nunca más volvimos. Pero de estas tardes en ese barrio de polvareda y de casas bajas, recuerdo especialmente la hora de la siesta. El sueño se negaba a venir y yo me amparaba en la televisión. Así supe de la chicharra paralizadora, una de las herramientas con que el Chapulín Colorado trataba algunos de los problemas que se le presentaba al personaje principal. Con un solo sonido, cualquier acción quedaba congelada y el tiempo se detenía, lo que le permitía al Chapulín cambiar el curso de las cosas. Con dos sonidos la acción se reanudaba, pero ya con en héroe sacando su ventaja.

Yo nací en ese tiempo entre un sonido y dos sonidos en la historia argentina. El primero sonó en 1976, con el último golpe. Y sonó dos veces en diciembre de 1983. Entre un sonido y dos sonidos desaparecieron treinta mil, nos endeudaron cinco veces, nos mandaron a morir al frío de la guerra y dijimos nunca más. Después Alfonsín, Menem, de la Rúa, el 2001 y después Néstor y Cristina. En el medio la vida. En el medio la democracia consolidándose poco a poco. Llegó la Patria Grande con Evo, Lula, Correa, Mujica, y Chávez, continuando con Maduro. Recordamos a Bolívar, recordamos a San Martín, a Perón, a Belgrano, recordamos al Che y a Fidel. Recordamos a Juana Azurduy. Nunca hablamos de Salvador Allende.

Pocas muertes fueron tan épicas como la del ex presidente de Chile. Dar la vida por su pueblo lo consumió en la literalidad. Pero no fue recordado ni incluido en nuestro reciente discurso latinoamericano. Y ése fue el primer éxito del genocidio en Chile: romper los lazos morales entre pueblos hermanos, neutralizando la capacidad de empatizar. Ver “La batalla de Chile” de Patricio Guzmán, permite saber exactamente qué pasaba antes de que la chicharra paralizadora sonara una vez para cambiarlo todo: un pueblo con conciencia de clase, organizado y consciente de sus derechos, y consciente también de que los embates venían de Estados Unidos con sus Chicago Boys. La previa fueron seis meses de hostigamiento, que es una de las seis etapas de un genocidio. Probaron con todo: acaparamiento, desabastecimiento sistemático, fuerzas de choque en las calles, lock out. Cuando nada de eso resultó pasaron a la etapa del exterminio. Pero esta idea de periodización del genocidio que plantea el sociólogo Daniel Feierstein, no termina sino hasta la etapa final: la realización simbólica: ¿Qué se recuerda de los asesinados? ¿Se los recuerda? ¿Se los reivindica? ¿Son símbolos para las generaciones siguientes? Si nada de eso pasa y, por el contrario, son olvidados o recordados de un modo horrible; si la imagen se distorsiona y se pierde la empatía con ese prójimo, entonces el genocidio fue un éxito. Fuimos nosotros quienes debimos recordar a ese Chile luchador, vanguardia de un socialismo por la vía democrática, que supo nacionalizar el cobre y crear las JAP ante el mercado negro. Nosotros debimos recordar a Allende en cada discurso nacional y popular de la Patria Grande, pero la demonización del enemigo – o del otro al que se quiere exterminar- fue efectiva. Estuvimos 40 años hablando mal de los chilenos mientras ellos se cocinaban al calor del neoliberalismo habitando un inframundo. Mi generación creció con un “qué feo que hablan los chilenos” de mínima, hasta que por culpa de los chilenos perdimos Malvinas ¿Podríamos decir acá que no recuperamos Malvinas porque los pibes de 18 años que fueron a morir a una guerra absurda no supieron ser los soldados que debían? Sabemos que la guerra de Malvinas fue un artilugio del gobierno militar. Había que recuperar legitimidad después de las cientos de denuncias ante organismos internacionales por la violación de derechos humanos en la Argentina. Chile también estaba en una dictadura.

Recién ahora se escuchan las primeras rajaduras de un modelo que vendieron como inquebrantable. Habrá que preguntarnos por qué recién ahora hablamos de Chile y nos emocionamos con Chile. Habrá que preguntarnos qué hicimos por los chilenos entre un sonido y dos sonidos en un tiempo de 46 años.

La chicharra sonó una vez aquel 11 de septiembre de 1973. Hoy, del otro lado de la cordillera, en este octubre de fuego, se escuchan dos sonidos inconfundibles.

Entre un sonido y dos sonidos los chilenos pasaron de llamarse “compañero” a tener todos los aspectos de su vida enredados y dependientes del sistema financiero.

Entre un sonido y dos sonidos les quitaron todos sus derechos. Pero los octubres latinoamericanos son impacientes, reveladores. La memoria histórica irrumpió como lava caliente desbordando las calles. Esto no es sólo una revuelta popular. Ni la sociología ni la teoría política me alcanzan para escribir. No hay palabras. No se inventaron los conceptos. Hace unos días mi amiga chilena residente en España me dijo: “Amiga, escribe como poeta”. ¿Acaso podríamos escribir sobre este nuevo Chile sin poesía? ¿Podríamos dar solo cifras o datos duros?

La memoria histórica salió de la clandestinidad y empezó a corroer. Se viralizan por las redes decenas de videos donde canta Violeta Parra en la voz de una mujer que se escucha en el fondo de ventanas recortadas una noche en Santiago. Circula Víctor Jara empoderado en los cientos de guitarras que entonan sus canciones. Crujen los medios de comunicación hegemónicos, principales vehiculizadores de la experiencia neoliberal. Retroceden en chancletas los intelectuales orgánicos de la miseria mientras el pueblo avanza.

Chile despertó, sí. Pero nosotros despertamos con Chile.

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Hay que arrancar los yuyos venenosos

Asistimos azorados y rabiosos a lo que la ultraderecha que comanda Trump tenía preparado para la región. El Grupo de Lima desfallece, y antes de que se fortalezca un nuevo polo progresista que le dé continuidad a las políticas inclusivas, Estados Unidos prefiere que mueran miles de personas. Indios, obreros, estudiantes, cualquiera que se oponga a los salvajes que si tienen poder es porque Trump los respalda. Usando a la OEA, que ya es un instrumento golpista que no puede dejar de dar explicaciones ni de pagar su responsabilidad en el desastre que tiene lugar tanto en Bolivia como en Chile, Trump se reserva el derecho de levantar o bajarle el pulgar al país que no se le arrodille.

Es totalmente inadmisible esta forma de dominación sangrienta porque la conocemos, la padecimos, la lloramos, la odiamos. Macri ha demostrado una vez más ser quien es, un sádico mentiroso cuyo gobierno volvió a gastar dinero en robots que llenaron las redes de “No fue golpe”. Fue golpe. No se discute más. No hubo fraude, hubo complicidad de la OEA y Evo fue rescatado con dificultad por México, en negociaciones en las que Alberto Fernández fue un protagonista activo. Evo iba a ser asesinado, al estilo de muerto el perro se acabó la rabia.

Bolivia y sus ultraderechistas son patéticos aspirantes a blancos que como no pueden escapar de su identidad creen que se blanquearán matando cholos y cholas que ya no son los mismos de antes. Recién escuché a Stella Calloni contar que estando en Bolivia un ultraderechista le dijo que los indios “se han vuelto insoportables porque se creen gente”. Y así del mismo modo en que el neoliberalismo nos dijo a nosotros que el bienestar de la década pasada les hizo creer a muchos trabajadores la “ilusión” de que podían irse de vacaciones o tener una casa, así en Bolivia el neoliberalismo les dice a los aymaras que no son personas. Si no son personas, pueden ser eliminadas.

La democracia ya no les interesa, como publicó en su portada el diario La Nación. No les interesa porque perdieron y no van a ganar elecciones nunca más. Trump lo sabe. Piñera va a caer. Lo que están haciendo con el pueblo chileno, disparando a los ojos, empleando técnicas de mutilación evidentemente con órdenes precisas, no quedará ahí. Es cuestión de tiempo, pero se despertaron los chilenos mientras los bolivianos vienen de trece años de estar bien despiertos con un gobierno que los representaba.

Hace mucho que venimos observando cómo en cada pueblo y ciudad por lejana que sea llegan las nuevas sectas neopentecostales, similares a las que adoran al Cristo sangriento que levantan los golpistas bolivianos bajo amenaza de que a la casa de gobierno “la Pachamama no entra nunca más”. Estúpidos. La Pachamama no necesita que ustedes le den permiso. Hace quinientos años que resiste y resistirá este embate también, porque no es una ideología, no es un concepto, sino la fuerza vital en la que creen los pobladores originarios de este continente, a los que la población mundial debería defender y rendir tributo: mientras el capitalismo corporativo banca el golpe para llevarse el litio de Bolivia, nunca, nunca se apagará el reclamo por el equilibrio. Los indios saben vivir mucho mejor que nosotros.

El partido final de ese capitalismo se juega en nuestra región. Tenemos que blindarla de alguna manera. Tenemos que ponerle fin a estos juegos siniestros que causan muertes humanas, animales, vegetales, minerales. Cualquier incitación al odio debe ser penada o expulsada. Somos demócratas, no idiotas. Pero hasta llegar a una democracia representativa la región tendrá que pasar por un período de autodefensa cultural, comunicacional y política. Ellos se complacen en el dolor. Nosotros con la felicidad. Pero si no arrancamos el yuyo envenenado, lo único que sobrevendrá será más confusión, más crímenes y más mentiras en boca de cachivaches con traje y corbata que nunca sirvieron para nada.

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Primero golpearon al indio

Estamos pasmados por lo vertiginoso del golpe en Bolivia. Se pueden hacer muchas lecturas en distintos niveles, porque es el un hecho tan grave y tan salvaje, que lleva a Bolivia rápidamente al borde de una guerra civil, como la que vienen intentando hace décadas en Venezuela. La ultra derecha, porque ya es hora de que le llamemos a lo que vemos por su nombre, vino a matar.

Es un streap tease que están haciendo los presidentes que, como en de Argentina todavía, usaron eufemismos que negaron el golpe. Dicen lo mismo que Camacho. Lo mismo que Trump. Lo mismo que decían los Bush cuando tenían en la mira a algún país de Asia o Africa. Lo mismo que escuchamos cien veces que vimos que era todo mentira, que son canallas que quieren a América para los americanos y creen que ellos son los americanos.

Y no. Nunca fue América de Estados Unidos ni lo será. No es casual que hasta el autollamarse “americanos” sea un síntoma de delirio que hemos incorporado. Incorporamos demasiadas cosas de ese país que nunca nos quiso. Estados Unidos no quiere a nadie, ni siquiera a su propio pueblo. Se cohesiona con las guerras. Se siente nación cuando los muchachos van al frente. Y en el frente hacen barbaridades que deberían avergonzarlos.

El golpe en Bolivia fue contra un indio. Por lo que vemos de los bárbaros que se hicieron con el control del país, son hordas de fanáticos terroristas cuyas acciones la televisión no pasa y los diarios no detallan. El odio que sienten por la población indígena es inexplicable si no se entra al túnel nauseabundo del racismo. Es increíble el abismo que nos separa de ese tipo de gente, cuando lo que vemos nosotros al ver a esos cholos y cholas llorando por sus viviendas incendiadas nos parte el alma. Evo logró darles educación. Razonan y argumentan mil veces mejor que esos anabolizados que levantaban un cristo junto con sus armas y quemaban wiphalas.

El golpe de la ultra derecha fue contra el indio, contra el más notable, contra el que logró cosas que los canallas de Bolsonaro, Macri, Duque y toda la comparsa trumpista no pudo porque no quiso. Evo gobernó para los bolivianos. Para el pueblo que esas clases medias mestizas detestan, como en Jujuy la detestaban a Milagro. Y de paso, el recuerdo, el señalador: la primera presa política que eligió Macri fue una coya. Las operaciones más flagrantes de Patricia Bullrich fue contra los mapuches. Los indios les molestan a las corporaciones porque quieren la tierra y los recursos que ellos no soltarán sin lucha. Los indios de la Amazonía, los de Chile, los de Colombia, todos molestan y por eso los matan.

El primer golpe fue contra un indio. Pero conviene recordar que les molestamos todos. Mientras siga desarrollándose aceleradamente esta fase nueva que fue generada en el norte, veremos más racismo. Están viendo si en vez de movilizar a sus muchachos pueden resolver el problema dejando que los bárbaros de los comandos civiles les hagan el trabajo.