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Odio racial

Como otras pocas veces, como hace más de treinta años en Catamarca, con el caso de María Soledad Morales, un asesinato mueve y combina hilos que “normalmente” el establishment
exhibe, sí, pero deja pasar de largo. Esta vez el crimen de Fernando tuvo un gran despliegue mediático. Los grandes detalles de ese crimen eran inocultables y de una sordidez extrema. Mostró ese crimen el lado sádico de la cultura de elite. Gritarle negro de mierda antes de matarlo fue incluso menos impactante que la expresión “caducó” que usó uno de los rugbiers para referirse a la muerte de ese pibe al que habían elegido casi al azar para descargar su furia.

¿Qué enfurece a ese tipo de asesinos, tanto como para cometer un acto colectivo aberrante como ése? ¿Qué late debajo de la merca, de la cultura machista del lomo anabolizado como signo de hombría, del sistema meritócrata y cruel que barre con lo vivo porque prefiere acumular dinero? Se ha opinado mucho sobre esto. Pero más que opinar, esta muerte terrible merece que nos pongamos a pensar, a escuchar, a intentar entender un poco mejor por qué Fernando está muerto y por qué de esta manera tan ruin y tan idiota esos jóvenes van a pasar muchos años en la cárcel. ¿Qué clase de veneno liberaron esa noche?

No voy a extenderme mucho porque precisamente hay que seguir pensando. Pero quiero apuntar aquí algo que sabemos pero no del todo porque no se dice, porque queda mal, porque no se admite, porque no tiene eco ni difusión. Vivimos en un país que, como muchísimos otros, fue construido sobre el odio racial. La supremacía de las elites blancas son profundamente racistas. Vivimos en un país en el que hasta el año pasado una mujer ex actriz y estandarte de esa
supremacía, en sus almuerzos, dijo que ella era “rubia por fuera y por dentro”.

Y pasaba de largo. Todos los días de todos los años de más de cinco siglos, hemos mamado el odio racial como algo opaco, disimulado. Cuando uno mira el color de la piel que los trabajadores de la
construcción, y el de la de cualquier bancario, también puede apuntar que hay sectores que tienen el destino predeterminado, y aunque estamos ahora frente a un caso absolutamente extremo, su
aura, su olor, es el que respiramos cada vez que alguien dijo negro de mierda. Hay una división racial del trabajo, y todavía no la abordamos.

Quizá esta vez esta muerte sirva para que reaccionemos colectivamente a la conciencia de que en este sentido también hay que llegar a un nunca más. Todos los ofendidos, las despreciadas, los
perseguidos, las violadas, los humillados y las condenadas a bajar la cabeza ante el agravio son los y las que saben mejor que nadie cómo cambiar el mundo.

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Sacarse la correa

Fue una de esas tardes de calor arrasante esta semana. Al atardecer, decidí sacar a dar una vuelta a Hugo y a Raquel, mis perros salchichas jujeños (¡Jallalla Milagro!). Ellos tienen sus años, como la dueña, pero según un día definió muy bien mi hija, los salchichas tienen toda la vida personalidad de pendejos.

Hugo, por ejemplo, no puede parar de levantar la pata en cada cosa que ve, aunque la haya visto mil veces antes. Me enfurece pero también me da ternura que él crea que porque levanta la pata es el dueño del espacio que ocupa eso que mea. Y otro berrinche que tiene es que muerde las correas desde que es cachorro y ahora también. Ha roto hasta de cuero. Las que tenían en uso esta semana eran de plástico, las más baratas, porque ya que las destroza…

Así que salimos de apuro con las correas agujereadas por los colmillos de Hugo y recalamos en un lugar a dos cuadras que vendía alimentos y correas para perros. Estaba muy lejos de ser uno de esos lugares en los que los que tenemos perros nos paramos en la vidriera a ver esas camitas deliciosas que cuestan como un monoambiente en un barrio desfavorecido. Pero yo tenía miedo de que las correas se rompieran y entramos.

Me atendió un pibe. Le dije lo que buscaba mientras miraba alrededor y veía cajas sin abrir, mucho papel de diario y algunos estantes de alimento balanceado fraccionado en bolsitas de medio kilo y un kilo. Ahí me di cuenta de que estaban recién aterrizando en el lugar, que por eso nunca había visto ese lugar, que estaban “abriendo”.

Y estaba mirando las cajas abiertas donde se veían correas medio manchadas o con aspecto antiguo, cuando escuché que el pibe me preguntaba:

-¿Vos sos Sandra?

Y sí, le dije, tironeando de Hugo y de Raquel que olían a los saltos el alimento balanceado. El pibe abrió los brazos y alcancé a ver que se le llenaban los ojos de lágrimas. Me dio un abrazo fuerte, no de esos abrazos corteses que estoy acostumbrada y agradecida de recibir en los lugares más variados, sino un abrazo como una descarga, como el que se le da a alguien querido después de no verlo y extrañarlo. En mi hombro el pibe lloró, sin ningún pudor. Y yo lo dejé que llorara, porque el día anterior habían asumido Alberto y Cristina, y además con ese calor, llorar era una bendición. Después me fui con Hugo y Raquel luciendo sus nuevas correas de colores pasados de moda, pensando que todo lo que soñamos estaba ahí, en esa tienda abriendo, en ese pibe sin capital que había comprado sobrantes en algún depósito, en esa expectativa de sacar la cabeza. Y que en todo ese tiempo que no nos habíamos visto, tanto a él como a mí nos habían dolido hasta lo indecible muchas cosas. Y llegué a casa y el mundo ya era un poco mejor.