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Un kilo de kiwis

Leti no había entrado en la cuarentena con la conciencia de estar haciéndolo. El último día que había ido a la oficina el virus ya estaba en el país, pero recién se comenzaba a hablar de pandemia. Leti se despidió de sus compañeros con el desganado “hasta mañana” de siempre, pero esa noche, viendo la televisión, se sintió un poco afiebrada. Se tomó la fiebre: 36,5. Igual, al día siguiente prefirió quedarse en su departamento, y al otro ya no se podía salir, y la oficina cerraba. Muchas veces a lo largo de dos meses, Leti había lamentado no haber aprovechado mejor aquel último viaje en el 92, aquella caminata de tres cuadras; recordaba con añoranza su paso por la puerta de la panadería, la vidriera donde estaban los pastelitos de membrillo salpicados de grana fucsia y rosa

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Espacio público, espacio de contagio

“El miedo es una semilla que crece en cualquier abono. Mientras la gente constructiva e inteligente busca soluciones (que pueden, o no, ser equivocadas), la gente con miedo solo busca culpables”. Mi amigo Pancho Sastre escribió esta frase en un comentario en mi Facebook. La elegí para comenzar esta nota sobre el espacio público en tiempos de pandemia; me pareció apropiada. La pérdida del espacio público en la ciudad actual es la pérdida de la ciudad en sí misma. De eso se trata todo lo que voy a escribir.
Probablemente el apagarse de la humanidad va a ser, en sí mismo, el apagarse de las ciudades. Ya sea por coronavirus o por cualquiera de las epidemias que vengan a futuro.

El COVID19 es una especie de Profesor Neurus, se escucha su “muejeje”

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Contratapa Página/12 Sociedad

Felicidad

“La gente es feliz. Tiene lo que desea y nunca desea lo que no puede obtener. Está a gusto, nunca está enferma. No teme a la muerte; ignora la pasión y la vejez, y no hay padres ni madres que estorben, no hay esposas ni hijos, ni amores demasiado fuertes”. Aldous Huxley publicó Un mundo feliz en l932. Frecuentaba el Grupo de Bloomsbury, que integraban Virginia Woolf y D. H Laurence. Huxley siempre fue abstemio, al contrario que sus contemporáneos, pero fue el primero en experimentar con LSD.

Curioso trío. Virginia Woolf cargaba con una lucidez que la enloquecía: veía claramente cómo estaba asfixiada y privada de intimidad por ser una mujer. Veía más allá de la normalidad de su época, en la que todavía no existían muchas voces que hablaran sobre la incomodidad de la subordinación

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Paradojas de la cuarentena

Hay mañanas en las que me despierto y repaso mentalmente adónde tengo que ir. Es un entresueño ligero y breve, que dura un suspiro: hace más de un mes que no voy a ninguna parte, salvo a la verdulería y al negocio de enfrente que vende productos de limpieza sueltos. Se llama “Pura química”.

Pura química hay entre las personas, escasas veces. Hasta ahora cuando usé esa expresión siempre fue para referirme a esos buenos encastres personales o laborales que hacen que no haya urticaria, ni competencia, ni recelo. Hace más que un mes que quienes cuarentenamos solos nos encontramos hablando en voz alta sólo para escuchar una voz. No estoy sola en rigor: los salchichas Hugo y Raquel me acompañan, ella con su reciente ceguera, allí donde yo vaya y sin perder las ganas: me siguen del baño a la cocina, del dormitorio al living, se paran cuando yo me paro, y siempre están bien predispuestos para escuchar todo lo que les digo: tienen once años pero nunca les había hablado tanto

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Recortes de Radio Sociedad

¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?

Recorte del día 17 de Abril de 2020

Columna de Sandra Russo en Juego de Damas, en Radio Nacional AM 870. Conduce Luisa Valmagia, de Lunes a Viernes de 18 a 20 hs.

Escuchá todos los recortes en radiocut.fm

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«Las villas, el otro grupo de riesgo»

Por Nacho Levy,
referente de La Poderosa

http://www.lapoderosa.org.ar/

Durante toda esta larga noche de cuarentena, noche de sol, noche a cualquier hora, noche cayendo sobre los barrios, no hallamos horarios para sentarnos a escribir, ni para sentarnos a discutir, ni para sentarnos. Vomitando corolarios imposibles para conmover a funcionarios inconmovibles, tosiendo campañas de donaciones en las redes y caminando por las paredes, entre los yugos de verdugos que nos ponen de cuclillas y la curva del dengue disparada cada día más arriba, nuestras villas también están entrando a terapia intensiva, sin respiradores para los comedores que siguen salvando abuelas e hijos, sin guantes ni barbijos para sus laburantes