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Rodrigo y la TV


Parece ayer pero fue hace ya algunos años que los talk shows televisivos sacudieron la pantalla con su sucesión de historias que de tan inenarrables e inverosímiles levantaron la sospecha de que su mayor atractivo, que era la vida real, no era más que ficción. En su momento de mayor expansión, generaron la ilusión de que la televisión por fin ponía su ojo en el afuera, y que a través de la rendija de los talk shows se podía acceder a la casa del vecino.

Después de que el rating comenzó a abandonarlos, surgieron tres series de programas cuyo crescendo, hoy, vuelve a la televisión una caja autorreferencial que explotó con la muerte de Rodrigo. Por un lado, se multiplicaron los programas de chimentos, que blanquearon las reglas de juego del mundo del espectáculo. El “ladran, Sancho” de Cervantes pero biodegradable: un mix de vidas públicas y privadas degradadas hasta límites revulsivos, arte en el que Moria Casán obtuvo su medalla de oro cuando llevó a su programa a sus dos maridos, a los hijos en común y a los otros para desnudar en público y con pantalla caliente esas miserias domésticas de las que nadie está exento, aunque casi todo el mundo tiene el buen tino de no andar colgando pasacalles para advertirle al barrio que el marido no le cumple.

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Yani es chiquitita

–Yani, parate al lado de Felipe que te saco una foto.

Hace un frío indescriptible y Yani, que tendrá unos cuatro años, apenas si asoma los ojos por abajo de su gorro de lana colorada. Los mocos y el gorro la obligan a levantar la cabeza y está molesta. La molesta, parece, la excitación de su madre.

–¡Mirá, Yani, Felipe! –dice la madre, señalando la foto en la puerta del teatro Gran Rex, donde dentro de media hora empezará la función de Chiquititas. Yani no se conmueve más de lo que ya está, temblando de frío, moqueando y con el gorro impidiéndole ver hacia adelante. Mira para abajo.
–¡Levantá la carita, Yani, que te saco una foto con tu novio! –le grita la madre mientras la tía sostiene el paraguas, porque además de hacer frío, llueve torrencialmente.
–¡Carteritas, sombreros, llaveros, vinchas luminosas! ¡Carteritas, sombreros, llaveros, vinchas luminosas! –aúllan los vendedores de merchandising con las caras de los nenes y las nenas de los personajes del programa de Telefé.

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Geishas con memoria

Memorias de una geisha, del norteamericano Arthur Golden, servirá a Steven Spielberg como guión de su próxima película. Desde hace semanas el libro es uno de los más vendidos en Estados Unidos, provocando un geisha-boom del que se hizo eco Madonna en su nueva versión mediática. La novela abre la puerta del mundo misterioso en el que una casta de mujeres son educadas desde niñas para mantener entretenidos a los hombres. 

Probablemente Memorias de una geisha (Alfaguara) no provoque el ingreso de su autor, Arthur Golden, al pabellón de los escritores de novelas célebres ni al de los escritores célebres de novelas, pero el mérito de este graduado en Harvard en Historia del Arte que se especializó más tarde en Historia Japonesa en Columbia y que residió durante varios años en Tokio no es poco. Su prosa, discreta pero delicada, está puesta al servicio de un tema que Golden conoce a la perfección, y lo que sedujo de la novela –un best seller inequívoco en Estados Unidos, que desató un geisha-boom que registran las revistas femeninas, del que Madonna se hizo eco en su nuevo vestuario, y que pronto se convertirá en el guión de la nueva película de Steven Spielberg– es que no es otra cosa que una puerta que se abre y deja al descubierto un universo sobre el que los occidentales saben poco, que los fascina, que parece encubrir alguna rara clave sobre la masculinidad y la feminidad, y que está marcado a fuego por una cultura milenaria que responde a una visión completa del mundo.

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Las 12, ¿un año escrito solamente por mujeres?

Hace poco mas de un año, en las primeras reuniones de edición del entonces futuro suplemento de mujeres de Página/12, se discutían acaloradamente varias cuestiones y se olfateaba, como es norma en este diario, que todo aquello que despierta el debate encendido entre directores, editores y redactores, tiene jugo. Se había echado una hojeada a los suplementos femeninos de los diarios nacionales y a también a los de diarios extranjeros, y estaba claro que no era nada de eso lo que se quería hacer. Se bosquejó, entonces, un suplemento gráficamente rico,escrito y pensado solamente por mujeres, que abarcara desde política o internacionales hasta moda y decoración. Se intuía que de todo, también de estos últimos rubros usualmente asimilados a los «servicios», se puede hablar con inteligencia y profundidad, que el truco finalmente siempre consiste en hacer notas interesantes. Pero entre decir y hacer hubo un mes clave – abril del año pasado- en el que todavía flotaban las preguntas de aquellas primeras reuniones en las que se decía qué dotación genética iba a tener Las/12. Algunas eran:

-¿Por qué un suplemento escrito por mujeres? ¿Acaso las mujeres no escriben en el diario?
-¿Por qué una «mirada de mujeres»? ¿No se supone que esa mirada está desparramada en todas las secciones?
-¿Escrito solamente por mujeres? ¿Eso no es discriminar a los varones?
-¿Y escribir sobre qué? ¿Moda, belleza,gastronomía, decoración? Las lectoras nos van a tirar el suplemento por la cabeza.
-¿Un suplemento de mujeres que sólo podría nacer de un diario como Página/12? ¿El costado femenino de las noticias de política, sociedad o internacionales? Suena bien, pero andá a hacerlo…

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Desencuentros por tevé

Están enamorados. Ella es casada, él viudo. Desde que el amor explotó entre ellos como explota el amor entre la gente –de golpe y a veces inconvenientemente–, maniobraron como pudieron para verse a escondidas, pero no mucho, porque los dos son buenos y los buenos no engañan (mucho). Pactaron un encuentro para un día cualquiera frente a una comisaría, y ese día Roxy tendría que haber hecho los deberes: decirle al marido que basta, y estar lista para embarcarse con Panigassi en el verdadero amor. Llegó el día y ninguno de los dos tiene pensado ir, porque en el ínterin pasó de todo –primera pregunta: ¿por qué en la vida real nos pasa tan poco? Segunda pregunta: ¿por qué en las tiras de la tele pasa tanto y parece que nunca pasara nada?–, pero se sabe que el amor es más fuerte, así que Roxy va y mientras espera le pregunta al policía de guardia si no vio a un hombre canoso y corpulento. El policía le dice que circule. Espera y espera, pero no confía en su felicidad y apuesta que él no vendrá. Se va. El, mientras tanto, lee el diario en su casa, seguro de que Roxy jamás abandonará la calma del matrimonio para aventurarse en las oleadas del amor, pero un impulso previsible hace que tire el diario y salga corriendo –como Meg Ryan en Sintonía de amor, cuando planta a su novio para ir al Empire State en busca de un hombre con el que nunca ha cruzado una palabra–. Panigassi llega cuando Roxy ya se ha ido, y le pregunta al policía de guardia si no vio a una mujer de pelo lacio y celular en la mano, pero en la comisaría hubo cambio de guardia y éste policía es otro, así que le dice que circule.

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HIJOS

Inventaron el escrache, que primero parecía un gesto de impotencia, desarticulado, casi una travesura de adolescentes que no podían padecer la adolescencia como lo hace todo el mundo –peleándose con sus padres, descubriéndoles sus defectos, desarmado esas figuras ideales de la infancia– simplemente porque sus padres no están. Ni siquiera están muertos: están en ese estado anterior a cualquier duelo, en ese territorio siniestro de la desaparición.

Mientras el tiempo iba pasando, mientras las leyes de Obediencia Debida y de Punto Final le cerraban la puerta a la justicia, mientras el indulto le puso candado a esa puerta, mientras todos nos hicimos mayores o viejos, según venga al caso, mientras esta democracia que primero creímos tambaleante se afirmaba a costa de seguir ignorando algunas cosas –por ejemplo, sin ir más lejos, quién, cómo, dónde, cuándo y por qué fueron asesinados los padres de esos chicos y chicas de HIJOS–, ellos crecieron. Antes no tenían voz, eran chiquitos con historias diferentes que confluían en un punto: un padre o una madre o los dos no habían estado ahí para ampararlos, habían crecido cuidados por abuelas o tías o parientes lejanos que sólo a veces y en algunos casos les hablaban de lo que había pasado. Algunos de ellos se hicieron grandes percibiendo la tragedia, atando cabos, reclamando saber.

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Amsterdam

Veníamos de un viaje largo, de esos en los que no hay reservas de hoteles ni citytours sino cafés al paso y corazonadas, pocas ciudades y muchos pueblos. Habíamos inventado un itinerario que se desdibujó rápidamente, y un día, al salir de Salzburgo hacia París, dijimos, con el auto ya en marcha: «¿Y si vamos a Amsterdam?». Y fuimos.

Debimos invertir toda la primera tarde buscando hotel. Esas largas horas bajo la lluvia fueron suficientes para advertir que Amsterdam no se parecía a nada conocido. No había encanto francés ni desborde italiano ni desarreglo español ni crispación suiza. Al final de las escaleras empinadas que bajaba o subía me encontraba indefectiblemente con tunecinos o paquistaníes en musculosa que no hacían el menor esfuerzo por caer simpáticos. «¿Dónde habrá un holandés?», me preguntaba, mientras seguía chocando con marroquíes o argelinos.

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Moral y sentido común

En un primer momento, cuando las defensas discursivas estaban bajas, el ministro de Justicia Raúl Granillo Ocampo disparó su dardo, seguramente en paz con su conciencia y su leal modo de ver y entender: dijo que no debería haber jueces homosexuales. La polémica estalla de tanto en tanto, pero progresa en espiral hacia un horizonte más lindero con el nuevo milenio que con Torquemada. Con monseñor Quarracino ya ausente, el último expositor de las discapacidades –esta vez físicas, aunque por qué no morales– de los homosexuales fue Daniel Passarella, predicador de envases masculinos prolijos y desprovistos de aro.

Un ministro –tan luego el de Justicia– no podía violar la ley, y a la sazón en la Argentina existe una ley antidiscriminatoria que, aunque deja dudas con respecto a si defiende sólo los derechos de las personas en virtud de su sexo o también en virtud de su orientación sexual (dos cosas bien distintas), el ministro se rectificó y todos contentos.

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Los amigos del señor T.

«¿Seré yo el protagonista de mi propia historia, o le estará reservado a algún otro ese papel?», comenzó Charles Dickens su David Copperfield. No sé su nombre, no se lo pregunté porque no venía al caso, pero ahora que está por convertirse en el protagonista de su propia historia –al menos en este universo de sesenta líneas–, será el señor T., T de taxista. Subí a su Duna y le dije a dónde iba. El, robusto, morocho, de voz cascada por el tabaco (supuse primero) y por las carcajadas (advertí después), me dio charla.

–Lindo día.

Era sábado, tres de la tarde. Solazo. Evitemos lo del día peronista.

–Ajá –detesto charlar en los taxis. El no se amilanó. Tenía una gran historia para contarme.

–Ojalá mañana siga igual –dijo.

–Ajá.

Le importó tres cominos mi hermetismo. Lo bien que hizo.

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Un sacudón al cuore

(con esta carta, publicada en el número 11 de la revista El expreso imaginario, en junio de 1977, empezó todo. Fui invitada por Pipo Lernoud a ser jurado de un concurso de poesía. La propuesta devino en la sección «Poesía Inédita, poesía vital», y así empezó mi carrera como periodista y escritora.)

Hola che. Permitime escribirte pensando que no sos una revista. Que te compro, que no te venden, que vos no sos una cosa organizada y yo no soy una mina tan despelotada. Juguemos a que somos los intentos hacia algo, a que vos me diste y yo recibí, a que no va a haber Correo de Lectores sino un café de por medio y la calidez de unos ojos que miran otros ojos y escuchan más que un puñado de palabras.

Ahora juego a que estás de acuerdo.

Tengo 18 años; casi casi 19. El año pasado estudié sociología, ¿sabés? Largué porque me rayaba, porque soy demasiado tarada como para concebir algunas cosas.

Soy tan tarada que a veces no entiendo el agua. A veces ni entiendo el cielo: lo miro y lo miro y no lo entiendo. Y mirá si seré tarada que todavía creo en la libertad, en la no-etiqueta, en la poesía y en las carcajadas.

La cosa era que en la facultad me decían que mi concepción de las cosas era ingenua, infantil. Traté de ver cómo era ese lenguaje tan interesante que me veía forzada a paladear. Y sí, me rayaba…

Es tanta la mierda que hay, que apenas si podés reservarte un cachito de fe en lo auténtico. Por eso el miedo, el tremendo miedo que tengo de creer y de que me defrauden.

Hay muchas cosas que acompañan a mi generación. Paralelos a los vendedores, a los acaparadores, a los carceleros de tiempo, a los guardianes de la risa, surgen de pronto actitudes que te ayudan a avalar otra esperanza. Surgen posturas no ficticias. Y viene el arte y la música. Y la gente se junta. Y cuando comprobás que hay aunque sea dos que están solos, entonces sabés que las respectivas soledades no son absolutas.

Y es hermoso encontrarse de pronto con chicos como vos cantando algo como Quiero Ver, Quiero Ser, Quiero Estar. O pasar el kiosco y llevarse el Expreso cada principio de mes; o releer por millonésima vez a Ungaretti, o a Montale, o a Benedetti, o a Marcucci; qué se yo…

A los 15 años me llegó a las manos un libro que me abrió 1000 puertas y me acompañó en los momentos feos, y me siguen acompañando desde entonces: DEMIAN, de Herman Hesse. En él encontré que no era yo la primera criatura viviente que quería vivir y no sabía cómo…

Hay una frase, una de las tantas: sólo intentaba vivir aquello que tendía a brotar espontáneamente de mí. Por qué habría de serme tan difícil.

Y comentás un libro, asomás una sonrisa, te animas a una palabra, descubrías a un amigo.

Esa locura, o ese fanatismo que dejan ver los chicos cuando escuchan a Charly, o a Nito, o a Porchetto, o a Los Jaivas, o a León, a todos ellos, no es el «AMOR» de los clubs de fans que darían diez años de vida por un elástico de un calzoncillo de Sabú o de Julio Iglesias. Es el AMOR a lo que ellos dedican su música: a la VIDA en sí misma, a la pureza de la VIDA, sin discos ni entradas ni fama ni éxito ni boludeces.

Ahora escucho a Raúl: «Sentado sólo aquí bebiendo el universo…». Me gustaría conocer a Porchetto pero ¿ves? , sin tejer ningún romance tipo niña-de-primavera-con-su-galán-favorito. Me gustaría charlar y decirle que lo quiero, como quiero de alguna manera a todos los seres que son capaces (todavía) de «sentarse solos a beber el universo».

Por eso jugué a que no te compro y a que no te venden. Nuestra única manera de comunicarnos es esa. Bueno, la aceptamos. Pero por dos hojas jugamos a que somos amigos. Y me gustó más.

Y por favor, seguí «dando». No te «vendas». Te mando unos poemas. UN BESOTE. SANDRA RUSSO.

Ahí te mando una estrellita. Abrí la caja a oscuras, porque si no no la vas a ver.

***

La respuesta de la redacción fue:

N. de la R.: «Hola Sandra: nos pegaste un sacudón al cuore. De eso se trata el Expreso cuando puede. No quiero decirte que cartas como la tuya ayudan a vivir, porque eso ya lo decía Tita Merello hace años, pero que la gastan, sí. La cajita la abrimos en la oscuridad del laboratorio de fotografía. Vimos la estrella. Vení pronto».