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Kiosco 24 hs

Fue hace escandalosamente poco que para calmar la sed ya no hizo falta ir a los bares: el pasaje de la botella a la lata de gaseosa presagiaba, aunque entonces no lo sabíamos, una interminable retahíla de cambios en nuestra percepción del mundo, o al menos de la ciudad. Con las latas vinieron las heladeras vidriadas de las que primero hicieron gala los kioscos de mejor familia y poco a poco cualquier kiosco. Y después, casi sin que nos diéramos cuenta, y bajo el influjo ya desdibujado de la reina lata, nacieron los kioscos abiertos las 24 horas y sus sucedáneos, los autoservicios de las estaciones de servicio, valga en este caso la redundancia que no es tal, porque bajo ese designio, el del servicio, están ahora regidas nuestras humildes vidas de sujetos urbanos.

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Qué es la política

“La política siempre ha tenido que ver con la aclaración y disipación de prejuicios”, escribió Hanna Arendt en unos apuntes que luego fueron compilados en un texto que se llama “¿Qué es la política?”. Allí, afirma que una pregunta tan obvia y llana como ésa sólo es necesario formularla cuando han estallado todos los estándares morales, y una sociedad debe nacer de nuevo, refundarse, y aprender, como los recién nacidos, a hablar. En el habla social, sin embargo, a diferencia del habla que el niño pequeño va adquiriendo en sus primeros años, siempre hay un pasado que se arrastra, siempre hay traumas que devienen en la forma de prejuicios. Ese estallido que supone la refundación incluye desilusiones, estafas, engaños, corrupción. El hecho de que vivamos rodeados de prejuicios, dice Arendt, es de algún modo intachable: constituye un mecanismo defensivo que nos permite, colectivamente, no empezar siempre de cero. El prejuicio, así, es una manera de asimilar experiencias pasadas, de reducir el estado de alerta al que estaríamos permanentemente condenados si tuviéramos no ya que prejuzgar, sino que juzgar cada acontecimiento cotidiano, y esto incluye los acontecimientos políticos.

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Monedas

Tendría unos veintipico y llevaba una mochila al hombro. Campera turquesa, rulos negros, voz gruesa, aspecto de albañil o de mozo. “Un pesito, deme un pesito”, le pedía a la kiosquera de Bulnes y Mansilla. La mujer negaba con la cabeza, asustadiza, y miraba alrededor buscando apoyo en algún testigo ocasional. “Pero un solo pesito, qué le cuesta”, insistía él, apoyado en el vidrio del kiosco, golpeándolo suavemente con el puño cerrado.

Después de tres o cuatro firmes negativas de la kiosquera, el muchacho vino hacia mí, que estaba parada en la puerta del edificio de al lado. “Dame un peso, ¿tenés un peso?”, me preguntó. Yo sí tenía. Mientras revolvía los bolsillos buscando la moneda, para llenar esos segundos nerviosos, le pregunté para qué necesitaba el peso. Me extrañaba la precisión del pedido. No decía una moneda, no decía ayúdeme, no decía tengo cuatro hijos y perdí el trabajo. “Y para qué va a hacer, madre. Vos para qué querés la plata. Necesito un peso”, dijo él, impaciente. Le di el peso. El lo guardó en la palma de su mano izquierda. Alcé los ojos y lo miré. Duró menos que un instante, menos que un segundo, menos que una medida cualquiera con las que se puede calcular el tiempo. Dos ojos clavados en dos ojos y ese guiño, esa señal imperceptible tallada en el silencio y en la complicidad de un acto absolutamente ajeno a eso que vulgarmente se entiende como pedir o dar limosna.

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Achicarse

Hace un año nos habíamos encontrado en el mismo lugar, el club, y casi a la misma hora, mediodía de domingo. Ella es psicóloga y su marido es arquitecto. Entonces, hace un año, a él le habían recortado el sueldo fijo en el estudio en el que trabajaba y a ella comenzaban a írsele los pacientes, más angustiados que nunca por la crisis pero acorralados por la falta de trabajo. Ya había empezado el achique. De arriba para abajo, de abajo para arriba. Todos sacando agua del bote para mantenerse a flote.

Hace un año los dos decidieron suspender el abono de tenis y convencerse de que en un país con millones de situaciones límite, límite en serio, uno no puede quejarse porque tiene que suspender un abono de tenis. Empezaron a ocuparse entre ambos de algunas cosas de la casa que antes confiaban a una señora que iba tres veces por semana, y que además cuidaba a la hija de ocho años hasta que ellos llegaran. “Mi trinchera es la plancha”, me dijo ella aquella tarde. “Odio, aborrezco planchar. Ahora Odilia viene solamente los jueves pero yo le junto todo y plancha ella. Pero lavar, hacer las compras, limpiar, cuidar a Tami, de todo eso nos encargamos nosotros.”

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Por qué se llora a Favaloro

Sobre el suicidio de René Favaloro planean desde el sábado pasado viejos fantasmas argentinos, viejas creencias que las últimas décadas fueron erosionando impiadosa y fatalmente. Acaso la palabra clave que encarnaba Favaloro y que su muerte agujereó en la percepción colectiva sea expectativa. Esta fue una sociedad que se forjó al calor de expectativas, de ilusiones, de un porvenir que para muchos nunca llegó y para otros vino y fue alejándose de nuevo y de a poco.

La expectativa de la inserción y el ascenso social para las primeras generaciones de argentinos, los hijos de los inmigrantes, se concentró durante muchos años en aquel hijo del zapatero y la modista –o del peluquero y la operaria– que se haría doctor. La figura del médico simbolizó para la pequeña burguesía en formación el destajo de la dicha, la justificación del inconmensurable sacrificio de haber quemado naves y haber empezado otra vida de este lado del mar. Favarolo no provenía de una familia rica, había trabajado como médico rural, estampó su nombre en una Fundación y en una Universidad merced a la excelencia de su trabajo, generó a su alrededor un halo de honorabilidad que en la sociedad del marketing se llama simplemente chapa, pero que en la Argentina aquella, que ha perdido ahora tal vez un último exponente visible, significaba otra cosa: la honorabilidad de un nombre era un valor por el que la gente era capaz de muchas cosas, algunas extremas.

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El nombre de Zulemita

Ahora que ya pasó el furor por El nombre de la rosa, sólo los estudiantes de Comunicación siguen leyendo a Umberto Eco. Le debemos todos, los interesados en la semiótica y los que no, el haber expulsado del claustro y haber derramado sobre la gente más o menos común y corriente la poderosa, cardinal y formidable importancia de eso que llamamos nombre. Lo que Eco hizo en su momento de máxima popularidad fue combinar algunas nociones académicas, ésas que dan cuenta de la relación entre significantes y significados, con una trama policial y con el ámbito fascinante de un monasterio medieval: allí, en los monasterios medievales, se practicó más que ningún otro culto el del misterio. Cuando aún la escritura y la lectura eran artes de pocos, los monjes cristianos medievales llevaron a cabo la cruzada secreta y titánica de mantener el misterio de los signos lejos del mundo, al que consideraban inmundo.

El mundo, sin embargo, explotó en signos imparables, prolíficos, indetenibles. Y alguien llamó rosa a la rosa y nombrándola la hizo todavía más rosa. A tal punto, que es inconcebible pensar en la rosa y no pensar en su nombre. El nombre de la rosa la contiene, la delimita, la prefigura, la determina, la distingue y la marca. Eso es lo que hacen los nombres: dan origen.

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Hogares nuevos

Si esta época tiene alguna característica que la particularice, es precisamente la proliferación de características opuestas. No hay tendencias, sino pares de ellas, y todas son radicales, extremas, neuróticas. Cualquier relleno trae aparejada la falla por la que el relleno desaparecerá, provocando cierta clase de vacío que derivará en diversas formas de protesta (o de esperanza, si hablamos de las dicotomías que nos nublan). Protestas (o esperanzas) individuales, porque cada vez más nos autopercibimos como Robinsons Crusoe, y los hay por millones. Cada vez más creemos que aquello que nos pasa a todos nos está pasando exclusivamente a cada uno de nosotros.

Entre los miles de pares de tendencias opuestas existentes, una, por ejemplo, se ubica en las corrientes migratorias que convierten a las nuevas ciudades en desiertos poblados por millones de personas que arriban a ellas en forma de protesta por el desamparo de sus lugares de origen, y en forma de esperanza: los ilusiona conseguir un empleo, por ejemplo. Pero al mismo tiempo, la burguesía abandona las ciudades y las cambia por countries, en forma de protesta por la baja calidad de vida que ofrecen las grandes urbes, y en forma de esperanza: la ilusiona volver a conectarse con macetas y palas y atardeceres y grillos y bicicletas.

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Rodrigo y la TV


Parece ayer pero fue hace ya algunos años que los talk shows televisivos sacudieron la pantalla con su sucesión de historias que de tan inenarrables e inverosímiles levantaron la sospecha de que su mayor atractivo, que era la vida real, no era más que ficción. En su momento de mayor expansión, generaron la ilusión de que la televisión por fin ponía su ojo en el afuera, y que a través de la rendija de los talk shows se podía acceder a la casa del vecino.

Después de que el rating comenzó a abandonarlos, surgieron tres series de programas cuyo crescendo, hoy, vuelve a la televisión una caja autorreferencial que explotó con la muerte de Rodrigo. Por un lado, se multiplicaron los programas de chimentos, que blanquearon las reglas de juego del mundo del espectáculo. El “ladran, Sancho” de Cervantes pero biodegradable: un mix de vidas públicas y privadas degradadas hasta límites revulsivos, arte en el que Moria Casán obtuvo su medalla de oro cuando llevó a su programa a sus dos maridos, a los hijos en común y a los otros para desnudar en público y con pantalla caliente esas miserias domésticas de las que nadie está exento, aunque casi todo el mundo tiene el buen tino de no andar colgando pasacalles para advertirle al barrio que el marido no le cumple.

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Yani es chiquitita

–Yani, parate al lado de Felipe que te saco una foto.

Hace un frío indescriptible y Yani, que tendrá unos cuatro años, apenas si asoma los ojos por abajo de su gorro de lana colorada. Los mocos y el gorro la obligan a levantar la cabeza y está molesta. La molesta, parece, la excitación de su madre.

–¡Mirá, Yani, Felipe! –dice la madre, señalando la foto en la puerta del teatro Gran Rex, donde dentro de media hora empezará la función de Chiquititas. Yani no se conmueve más de lo que ya está, temblando de frío, moqueando y con el gorro impidiéndole ver hacia adelante. Mira para abajo.
–¡Levantá la carita, Yani, que te saco una foto con tu novio! –le grita la madre mientras la tía sostiene el paraguas, porque además de hacer frío, llueve torrencialmente.
–¡Carteritas, sombreros, llaveros, vinchas luminosas! ¡Carteritas, sombreros, llaveros, vinchas luminosas! –aúllan los vendedores de merchandising con las caras de los nenes y las nenas de los personajes del programa de Telefé.

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Geishas con memoria

Memorias de una geisha, del norteamericano Arthur Golden, servirá a Steven Spielberg como guión de su próxima película. Desde hace semanas el libro es uno de los más vendidos en Estados Unidos, provocando un geisha-boom del que se hizo eco Madonna en su nueva versión mediática. La novela abre la puerta del mundo misterioso en el que una casta de mujeres son educadas desde niñas para mantener entretenidos a los hombres. 

Probablemente Memorias de una geisha (Alfaguara) no provoque el ingreso de su autor, Arthur Golden, al pabellón de los escritores de novelas célebres ni al de los escritores célebres de novelas, pero el mérito de este graduado en Harvard en Historia del Arte que se especializó más tarde en Historia Japonesa en Columbia y que residió durante varios años en Tokio no es poco. Su prosa, discreta pero delicada, está puesta al servicio de un tema que Golden conoce a la perfección, y lo que sedujo de la novela –un best seller inequívoco en Estados Unidos, que desató un geisha-boom que registran las revistas femeninas, del que Madonna se hizo eco en su nuevo vestuario, y que pronto se convertirá en el guión de la nueva película de Steven Spielberg– es que no es otra cosa que una puerta que se abre y deja al descubierto un universo sobre el que los occidentales saben poco, que los fascina, que parece encubrir alguna rara clave sobre la masculinidad y la feminidad, y que está marcado a fuego por una cultura milenaria que responde a una visión completa del mundo.

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