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Moratoria para pymes

En Argentina hay más de seiscientas mil pequeñas y medianas empresas. Pymes. De ese número casi el 90% emplea entre 1 y 100 trabajadores y de ese 90% casi el 80% tiene entre 1 y 10 empleados. Esos cuasi kioscos explican el 80% del trabajo registrado del país y el 70% del consumo interno de los argentinos. Las pymes son productoras de trabajo y consumo.

Para hacerla fácil: en el barrio, cerca del laburo, a la vuelta del club, al lado del chino, donde vive la vieja, en todos los lugares que conforman la vida cotidiana hay una pyme, hay trabajadores de pymes y ¡sorpresa!, hay un empresario pyme. Un empresario que produce las tapitas de luz de casa o los tornillos para armar la mesa o el polímero, la membrana que nos protege de las goteras, la máquina vial que arregla nuestra calle, los carteles luminosos donde vemos la publicidad favorita, las jeringas del remedio de la abuela, el CD que ponemos en la compu, los cables que no vemos detrás de las paredes…” kioscos” que producen con trabajo argentino el entorno, la realidad palpable en la que transcurre la mayor parte de nuestra existencia. Bueno, el cuento es muy sencillo, un sentido común que duele de tan básico y fácil. Si la gente tiene plata en el bolsillo, las pymes producen, emplean gente, invierten en más máquinas y, si crecen mucho según las políticas de estado, llegan a exportar. Los productores de insumos o de bienes de capital también crecen. A su vez, los trabajadores tienen plata, gastan en alimentos, remedios, ropa, vivienda y si todo va creciendo ahorran y compran un auto, una moto, o viajan,
salen a comer y/o ver espectáculos, la vida se va llenando de posibilidades de futuro y de bienestar. Es un círculo virtuoso que funciona en la mayoría de los países llamados desarrollados o de primer mundo. Y funcionó así en diversas ocasiones en Argentina.

La corriente de pensamiento económico y de organización de la sociedad llamada Neoliberalismo propone e impone el modelo exactamente al revés. Un círculo vicioso en el que los más ricos y poderosos, las minorías, cada vez tienen más bienes y posibilidades, apuestan a ganar sin producir en el mercado financiero y en el que la mayoría de la población cada vez tiene menos acceso a bienes y servicios, o bien son expulsados del sistema, condenados a la exclusión y la marginalidad esperando el “derrame” de la felicidad acumulada por los de arriba que nunca llega. En Argentina ese modelo es y fue el Macrismo. Y las víctimas de ese modelo fueron los más vulnerables y los últimos de cada nivel social. En el mundo de la empresa y la producción el blanco de la bomba neoliberal fueron los empresarios pyme.

Víctimas silenciosas e invisibilizadas de la noche neoliberal, las pymes resistieron de mil modos posibles la destrucción del salario de los trabajadores, su principal cliente, de la caída del consumo, el encogimiento de la vida económica y social de la comunidad a la que pertenecen.
Algunas, miles, hasta desaparecer. Otras, sosteniendo el mínimo de trabajo posible para evitar despidos, conteniendo y conviviendo con sus trabajadores en el medio de la tormenta, reduciendo la producción, apagando la mitad de su máquinas, flamantes, jóvenes. El apagón del cada barrio, visible al que quiera abrir los ojos, es hijo del cierre de comercios y pymes que le daban vida y ritmo.

Atrapado en el laberinto del ajuste, el golpe final, la pistola taser del Macrismo que llevó a los empresarios pyme a la parálisis fue la tasa de interés. Acorralados hasta la falta de aire, el ahogo de la deuda impagable, el embargo, la quiebra. Como el país para el que producen.
Por ello, la primera medida del gobierno popular, que empieza en todos los campos reparando de abajo hacia arriba, es la moratoria. Parece poco, apenas un gesto burocrático perdido en un mar de decisiones más épicas. Sin embargo es parte de la misma lógica con que se nos ha propuesto transitar el camino hacia el rescate de una Patria para todos: el Estado extiende una mano para que el vulnerado se incorpore y camine.

De eso se trata. Un mensaje de esperanza que le permite al pyme soñar con no tener que despedir al puñado de personas con las que convive y forja proyectos y productos, con poder dormir por las noches sabiendo que hay un mañana que lo incluye como actor relevante de una Argentina justa y feliz.

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El otro campo, Nacional, popular y agroecológico

Zulma Molloja nació Bolivia, pero se crió en Alto Comedero, cerca de San Salvador de Jujuy. Su mamá y sus abuelos producían en el campo, plantaban frutos y hortalizas. Ahora vive -desde algún tiempo- en La Plata, en la zona de quintas donde trabaja la tierra, y desde hace cinco años milita en la Unión de Trabajadores de la Tierra (UTT). Tiene sembrados zapallitos, lechugas, zanahorias, y algunas cosas más. Se unió a Trabajadores de la Tierra por una cuestión personal, y por las tormentas. Se sentía sola y un poco desamparada. Un temporal fuerte hizo que toda su producción y su casilla se viniera abajo. Se quedó llorando sin saber qué hacer y sin ayuda de nadie. “Cuando pasan estas cosas los pequeños productores se organizan, se ayudan entre ellos, por eso me uní”.

Pensó en dejar de invertir en agroquímicos, y pensar en otras alternativas. En ese sentido, “avanzamos mucho en cuestiones agroecológicas, antes comprabas un veneno con 6 mil pesos, y hoy trabajamos con fertilizantes y ahuyenta plagas casero y orgánico”. La agroecología es un cambio de paradigma, y hoy son muchísimos más los que están trabajando sin tóxicos e intentando modificar el modelo productivo, “también planificamos la comercialización, la venta directa entre el productor y el consumidor”. Venden en algunas plazas de forma directa para poder recuperar las inversiones que realizan, ya que muchas veces los intermediarios se quedan con gran parte de las ganancias. Los pequeños productores en La Plata organizados son cerca de seis mil, y casi dieciséis mil en todo el país.

La gran contradicción en un país con vasto territorio como Argentina es la falta de oportunidades para adquirir tierras. Los pequeños productores normalmente se ven obligados a arrendar, “la realidad es que del uno al diez tenemos que pagar alquileres carísimos, hasta veinte mil pesos la hectárea, es una locura. El pequeño productor está a la deriva, sin tierra, sin vivienda”, explica Zulma. Las viviendas que ellos mismos logran construirse con maderas son muy precarias, y corren el riesgo de incendio, que arrasa con todo. Hace pocos días hubo dos casos por cortocircuito, que dejó a dos productores con lo puesto. Son el otro campo, el que no se ve afectado por las retenciones porque produce para el consumo interno. “Lamentablemente no podemos exportar grandes cantidades, pero producimos alimentos sanos para los argentinos, alimentos que llegan a la mesa de las familias”.

Paralelamente, intentan concientizar a las nuevas generaciones de niños, niñas y adolescentes respecto a la calidad de los alimentos que consumen. Se les enseña desde la huerta cómo cultivar sin agrotóxicos. Así, no solo se cuida la salud, sino la misma tierra, como un elemento lleno de vida, y el medioambiente. Además, desde la organización abordan la problemática de género, e intentar brindarle herramientas a las víctimas violencia, para poder llevar adelante sus familias. Han levantado un jardín comunitario donde más de 40 niños y niñas hijos de quinteros asisten, escapan a la desnutrición, aprenden huerta y consumen orgánico. Lo cierto que en este debate sobre las retenciones, el foco está puesto muy lejos de la salud pública, y muy cerca de la lógica capitalista de producción.
Zulma Molloja tiene cierta esperanza, sobre todo en ellos mismos: “Siempre nos engañaron y mintieron, pero hoy en día tenemos esperanza de que puede cambiar algo, pero somos nosotros mismos los que hemos cambiado el esquema al hacer agroecología, hemos avanzado en la organización”.

El reclamo que siempre han hecho y según Zulma seguirán haciendo es el del acceso a la tierra. “Queremos créditos blandos, no queremos que nadie nos regalen nada, queremos tener una vivienda digna, de material, y una tierra propia”, dice y explica que generalmente, los dueños de las quintas no les permiten construir casas de material y por eso el esquema es levantar casillas de madera, precarias y poco seguras.
La diferencia con los dueños de la tierra es ideológica, y también histórica. Zulma sabe que hay una batalla cultural de por medio, aunque asegura: “No nos interesa tanto discutir ciertas cosas, queremos que avance la agroecología y que se revalorice nuestro trabajo, siempre se apoyó a los grandes sojeros y a los grandes empresarios y se han olvidado del pequeño productor, esa es la realidad”.

Crédito Foto: diarioQué

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Sacarse la correa

Fue una de esas tardes de calor arrasante esta semana. Al atardecer, decidí sacar a dar una vuelta a Hugo y a Raquel, mis perros salchichas jujeños (¡Jallalla Milagro!). Ellos tienen sus años, como la dueña, pero según un día definió muy bien mi hija, los salchichas tienen toda la vida personalidad de pendejos.

Hugo, por ejemplo, no puede parar de levantar la pata en cada cosa que ve, aunque la haya visto mil veces antes. Me enfurece pero también me da ternura que él crea que porque levanta la pata es el dueño del espacio que ocupa eso que mea. Y otro berrinche que tiene es que muerde las correas desde que es cachorro y ahora también. Ha roto hasta de cuero. Las que tenían en uso esta semana eran de plástico, las más baratas, porque ya que las destroza…

Así que salimos de apuro con las correas agujereadas por los colmillos de Hugo y recalamos en un lugar a dos cuadras que vendía alimentos y correas para perros. Estaba muy lejos de ser uno de esos lugares en los que los que tenemos perros nos paramos en la vidriera a ver esas camitas deliciosas que cuestan como un monoambiente en un barrio desfavorecido. Pero yo tenía miedo de que las correas se rompieran y entramos.

Me atendió un pibe. Le dije lo que buscaba mientras miraba alrededor y veía cajas sin abrir, mucho papel de diario y algunos estantes de alimento balanceado fraccionado en bolsitas de medio kilo y un kilo. Ahí me di cuenta de que estaban recién aterrizando en el lugar, que por eso nunca había visto ese lugar, que estaban “abriendo”.

Y estaba mirando las cajas abiertas donde se veían correas medio manchadas o con aspecto antiguo, cuando escuché que el pibe me preguntaba:

-¿Vos sos Sandra?

Y sí, le dije, tironeando de Hugo y de Raquel que olían a los saltos el alimento balanceado. El pibe abrió los brazos y alcancé a ver que se le llenaban los ojos de lágrimas. Me dio un abrazo fuerte, no de esos abrazos corteses que estoy acostumbrada y agradecida de recibir en los lugares más variados, sino un abrazo como una descarga, como el que se le da a alguien querido después de no verlo y extrañarlo. En mi hombro el pibe lloró, sin ningún pudor. Y yo lo dejé que llorara, porque el día anterior habían asumido Alberto y Cristina, y además con ese calor, llorar era una bendición. Después me fui con Hugo y Raquel luciendo sus nuevas correas de colores pasados de moda, pensando que todo lo que soñamos estaba ahí, en esa tienda abriendo, en ese pibe sin capital que había comprado sobrantes en algún depósito, en esa expectativa de sacar la cabeza. Y que en todo ese tiempo que no nos habíamos visto, tanto a él como a mí nos habían dolido hasta lo indecible muchas cosas. Y llegué a casa y el mundo ya era un poco mejor.

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Política

Intendenta de Humahuaca, coya y coplera

Karina Paniagua tiene 44 años y viene de una familia tradicional de Humahuaca, que siempre ha trabajado por la preservación de la cultura: pertenece a la Cuadrilla de Cajas y Copleros del 1800 – por costumbre de sus abuelos y sus padres- una asociación cultural que conserva el canto propio y tradicional de su tierra, la copla.
En su adolescencia empezó a insertarse en distintos ámbitos de la sociedad humahuaqueña, comenzando por los centros de estudiante. Terminó la escuela primaria y secundaria en su pueblo y a los dieciocho años se afilió al Partido Justicialista. Desde ahí milita y trabaja para buscar espacios de poder para la gente del interior. No teniendo más alternativas académicas, se recibió de docente en su pueblo.
Sus abuelos siempre hablaban de la vida de Perón, y su mamá formó parte del Concejo Deliberante de Humahuaca, como secretaria administrativa. Karina es la primera dentro de su familia en lograr ocupar espacios dentro de la política.
En el 2003 la convocaron para formar parte del Ejecutivo Municipal como Coordinadora de Cultura. Desde ese momento fue funcionaria en distintos estamentos y durante los últimos cuatro años trabajó como concejal.
También es vicepresidenta de la Mesa Ejecutiva del Justicialismo de la provincia de Jujuy. Asegura que es la primera vez que ingresan representantes que no portan apellidos tradicionales de la política, y dice “No fue fácil, hubo que ir haciendo los espacios y rompiendo esos viejos esquemas”.
En Jujuy se desdoblaron las elecciones y le tocó competir el 9 de junio con siete candidatos a Intendente, todos varones. El número de candidatos fue histórico. Karina cree que su pueblo la apoyó porque la conoce y siempre la vio trabajando. Hace una semana uno de los funcionarios que la acompaña, y su familia, fueron amenazados de muerte. Karina no lo desestima, pero está convencida de que es una amenaza de tinte político, por eso se concentra en lo importante: en pocos días se convertirá en la primera intendenta mujer, peronista, y con raíces indígenas de la provincia.

-¿Cómo se entrelazan la cosmovisión indígena con la militancia dentro del justicialismo?
-Se complementan, esa es la verdad. Humahuaca es un pueblo con arraigos culturales muy fuertes, y la cuestión política no es ajena todo lo que va aconteciendo en la vida ciudadana. Yo personalmente siento que en mí se complementan estos dos pensamientos, y con ellos vengo trabajando en la comunidad.

-¿Cuáles son los reclamos de las comunidades originarias para con el Estado?
-Durante estos años recorrí mucho los distintos pueblos del interior para poder formalizar proyectos necesarios para la comunidad. Estamos permanentemente reunidos, venimos solicitando que las políticas del Estado lleguen a los pueblos, porque han estado totalmente ausentes. Las comunidades no piden mucho, quieren respeto a su cultura y su territorio. Hay muchas peticiones por los títulos de la tierra, de propiedades comunitarias. Y también las estructuras y necesidades básicas. Hay pequeños productores que necesitan arreglar las tomas de agua para poder comercializar sus productos, y también necesitan el acceso a la salud y a la justicia. Las distancias son largas, por eso necesitamos contar con esos servicios en los distintos pueblos. Lo que queremos nosotros fundamentalmente es evitar el desarraigo de las comunidades, nuestra gente se está yendo a las ciudades grandes en
busca de una mejor calidad de vida, de un progreso. Hay que generar una contención para evitar que se vayan lejos y abandonen sus tierras, sus familias.

-¿Cuáles son los conflictos por la tierra?
-Muchas comunidades ya han hecho reclamos formalmente. Hay que seguir visibilizando esta problemática en las esferas nacionales, porque hay mucho por hacer en nuestras comunidades a lo largo y ancho de todo el país.

-¿Cómo fueron estos cuatro años de macrismo?
-No fueron fáciles. Humahuaca ha sido el epicentro del gobierno provincial y nacional. Macri ha llegado cuatro veces a la ciudad. Y esto gobierno ha venido a sacarse una foto y no nos ha dejado nada, ningún beneficio para los humahuaqueños. Seguimos postergados en el tiempo. Ha sido duro, las diferencias políticas han hecho que no se gobierne para todos.

-¿Cómo viven desde ahí el golpe de Estado en Bolivia?
-No somos ajenos a esas noticias. Estamos cercanos a la Quiaca y tomamos muy de cerca el golpe, tenemos muchos hermanos bolivianos trabajando en Humahuaca en los distintos sectores de producción agrícola. Estamos atentos a lo que pasa por esta cuestión de hermandad que tenemos, por la cercanía.

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La Ética de las Prioridades

Alberto Fernández estructuró su discurso inaugural sobre la base cultural, filosófica, humanista que tiene en mente. Y tuvo hallazgos. Desplazó la palabra “grieta” para seguir hablando de “fracturas”. Y ya desde ahí posicionó su enunciación: no llega representando “a los del otro lado de la grieta” del oficialismo macrista. Se desmarcó. Estamos empezando otra cosa, una etapa en la que no se fomentarán los odios que tanto sirven para alimentar a las ultra derechas.

En un tono no confrontativo pero perfectamente localizado en todos los avances de políticas que enunció, Alberto ya es un presidente con la marca de la etapa histórica que le toca. Evocando a Néstor Kirchner cuando propuso un contrato ciudadano social para encontrar grandes consensos en torno a las urgencias, y agregó que cada sector irá a discutir su “verdad relativa” en busca de alguna verdad superadora.

Otro hallazgo conceptual para describir qué camino conduce a ese nuevo contrato social, Alberto habló de “una ética de las prioridades”. Y siguió hablando del hambre. A quienes dijo que tiene en mente por la concepción que su gobierno tendrá de la justicia social, serán “los últimos”. Y es importante que ese concepto cale hondo, muy hondo, sobre todo si las cosas van bien. Porque en la experiencia del último gobierno de Cristina, amplios sectores que se habían beneficiado extensamente con las políticas inclusivas empezaron a querer “un cambio” antes de que un treinta por ciento de la población hubiera sacado la cabeza del barro.

Cada una de las cosas que de las que habló Alberto ayer están basadas en esta concepción de la “casa común”. Dijo muchos “nunca más”, y recibió aplausos fuertes. “Nunca más al secreto”, a los gastos reservados, al lawfare, a la política opaca que distribuye dádivas o amenazas, o al que compra la opinión de periodistas.

También su visión geopolítica y su posición esbozada sobre cómo se llevará adelante la negociación por la deuda, confluyen en que los muertos no pagan, otro hito de Néstor. Pero esta vez, aplicada no sólo a los países, sino a la población argentina que no puede esperar más para recibir dedicación del Estado.

Alberto se convirtió ayer además en el primer presidente del mundo que, según dijo en uno de los tramos más aplaudidos, hará suya la consigna de NiUnaMenos. Su párrafo a favor de las mujeres y diversidad fue fascinante, por lo escaso de ese discurso en varones con poder.

Por su propuesta política y económica, por el contexto regional en el que llega, por la descomposición del modelo ortodoxo en todo el mundo, es posible que si Alberto cuenta con el apoyo activo del pueblo y de sectores comprometidos con este otro modelo, la Argentina pronto volverá a ser, como lo fue con los buitres en su momento, un caso testigo para el mundo, que hoy, en América, en Asia y en Europa, busca salir del laberinto neoliberal.

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Política

Llegamos

Muchas veces, cuando se piensa en el trayecto se olvidan las paradas, las curvas, las caídas delsol en el retrovisor. Fueron 4 años esperando que pase este suplicio. Recuerdo las primeras plazas como un prólogo de enterezas. Los encuentros convocados por lxs compañerxs de 678, la lluvia en Comodoro Py advirtiéndole al poder que el hostigamiento a Cristina tendría consecuencias. Vuelvo a visitar los debates sobre las mejores formas de enfrentar a quienes venían –otra vez—a reclamar sus privilegios.

Pienso en esos miles de eventos dispuestos como luces para oponerse al ácido perverso de las tapas de los diarios hegemónicos. Vuelvo a sacar fotos memoriosas de esas escenas televisivas donde decenas de periodistas se agolpaban para humillar a los dirigentes populares y sembrar la sospecha sobre todo lo hecho durante los años anteriores. Punteo uno a uno la insistencia de los periodistas adscriptos al poder en inventar sucesos, idear tesoros ocultos e intentar destruir familias.

Recorro los lugares donde el efecto del poder generó formas de clandestinidad: grupos de laburantes silenciados por la amenaza de despido, dedos acusadores de biempensantes practicando discriminaciones disimuladas. Fuimos kukas, grasa militante, choriplaneros, negros y borrachos. Nos acusaron de matar a Nisman, de proteger a los comandos persa-chavistas y de ser parte de una organización terrorista interplanetaria titulada RAM. Mientras hablaban de República desaparecieron a Santiago encontrándolo 70 días después ahogado sin que nadie se haga cargo de su persecución. Asesinaron por la espalda a Nahuel y culparon a su comunidad por defender su tierra frente a ocupantes extranjeros millonarios amigos del presidente.

Con angustias, desazón y reflejos reconvertimos las pequeñas plazas de mateadas en marchas. Y desde ahí doblamos por la esquina de una avenida para prologar su final con melodía de puteada. Soportamos juntxs los discursos que pretendían hacernos acostumbrar a la miseria, el dolor gris de la pobreza arribando como una ola inmensa, la andanada de las falacias comunicacionales cubriendo de mugre el lenguaje cotidiano.

En forma paralela la entereza fue recrudeciendo en los cánticos callejeros, en los colectivos, en los subtes. Parttió del reservorio de sabiduría popular difícilmente ocultable. Se hizo fuerte en los sindicatos que no arrugaron. En la dignidad imperecedera de los organismos de derechos humanos. En los taciturnos militantes de los barrios, las villas y la vida.

No fue fácil. Algunxs pagaron en su cuerpo la perversión cotidiana de la oligarquía vestida con impolutos ropajes neoliberales. Otrxs fueron acosadxs a través de las propaladoras mediáticas sin tener derecho a defensa. Quiénes habían intentado mejorar la vida de la Patria eran diariamente etiquetados como criminales.

Pienso en ese compañero que conocí en 2016 en las redes sociales que me adelantó que no iba a llegar a ver este día porque venía picado de una enfermedad final. Conjeturaba el regreso y me adelantaba que estaría festejando hoy en las canciones saltarinas de lxs pibxs. En el pogo inmenso de una alegría merecida. En sus nietxs con píercing, tatuajes y pañuelos verdes.

Es por esto que para muchxs de nosotrxs se nos hace bastante lógico andar de melancolías en los ojos. Es que todavía llevamos encima el empeño de tantxs: sus rostros, sus rabias escondidas frente al espejo del baño. Sus brazos tatuados con consignas. Sus reconocimiento sensibles a tantos compañeros rotos. Su puñado de bronca en formato de bombo. Su deseo indisimulado de festejar el final de una pesadilla que hoy termina.

Hoy, en las Plazas de esta sufrida tierra, se convocan las lágrimas y las risas. Los agradecimientos, los festejos y el orgullo por lo entregado.

Algunos se mirarán a los ojos a sabiendas del esfuerzo puesto para poder llegar más o menos enteros hasta este día. Y otrxs, con algunos años más –y con varias heridas sin cicatrizar– se podrán a rememorar los peldaños doloridos que tuvieron que escalar para no caerse. Todos ellxs gozarán con la convicción de haber sido parte de quienes aportaron para que esta porción de tierra no siga sufriendo los embates del egoísmo trasmutado en legítima proclama y emblema. Todxs ellxs sabrán de la gratificación que implica saberse parte de quienes no arrugaron ante el desprecio organizado. Ninguno de ellxs guardaron sus banderas en el ropero cuando la brutal (o sutil) prepotencia del dinero arreciaba.

Es verdad que fue doloroso y lento el paso de los días en esta saga despiadada. Pero es importante reconocer su contraparte: fue maravilloso ser parte de quienes fuimos capaces de escupirle el asado. De quienes les aguantamos la mirada. De quienes no se postraron antes sus amenazas, sus prepotencias y sus extorciones.

Fue un verdadero himno de abrazos el haber llegado hasta acá. Con todas las enterezas de otras historias en los huesos. Habiendo homenajeado a quienes hicieron lo propio durante siglos: enfrentar al privilegio instituido, a su perversión más o menos solapada. A su orden de sometimiento postrado. A su maldad maquillada con brillos falsos.

Es verdad que viejos y queridos aprendizajes militantes nos ayudaron a no apresurarnos ni cometer (tantos) errores. Fueron años emparentados con peleas ancestrales. Y la luminosidad de 30.000 voces contribuyeron a dotarnos de una pedagogía inmanente. Sus vidas funcionaron como linternas en los recovecos de esta Larraga noche.

Sabemos que cada uno festeja como sabe y puede. Yo, por mi parte, miraré a los ojos de quienes llegaron una tarde a su casa para decirle a su familia que ya no tenían trabajo. Y me abrazaré a las rejas de quienes padecieron la persecución y el encierro. En ese revoltijo de pupilas entremezcladas voy a encontrar mi certeza íntima y colectiva. Diré “llegamos”. Y brindaré con ellxs.

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Macri no hizo mérito

Fracasados

La Historia recordará al gobierno de Cambiemos como la historia de un nuevo fracaso estrepitoso de las elites del poder en Argentina y especialmente el de su candidato de turno, Mauricio Macri, que les había prometido un camino virtuoso hacia los sueños truncados en 1945.

Macri y Cambiemos prometieron terminar para siempre con 70 años de Peronismo y especialmente con lo que consideraron y construyeron en el imaginario de sus votantes como su versión más dañina y despreciable: el Kirchnerismo.

Prometieron meter presos a todos los kirchneristas y especialmente a Cristina Fernández de Kirchner, la ex Presidenta, a quien erigieron en el símbolo de la corrupción, el estatismo, la distribución discrecional del ingreso y todo lo que ellos consideran la peor pesadilla del populismo: un país lleno de gente beneficiada, directa o indirectamente, por políticas de Estado y que, en muchos casos, no merece tal atención.

Prometieron borrar de la faz de la tierra todo vestigio de kirchnerismo, populismo o cualquier expresión de distribucionismo popular que trastocara el orden social natural.

Prometieron un mundo limpio, blanco, pulcro en donde cada uno estuviera en el lugar que le corresponde por su pertenencia de clase o por el color, real o autopercibido, de su piel.

Prometieron que los argentinos de bien serían europeos de una vez y para siempre, pidiendo perdón por la Independencia, por haber pagado la deuda, por insistir en el reclamo por Malvinas y por haberse juntado con naciones indias, menores, celebrando ruidosamente un tratado que nos devolvía nuestra verdadera nacionalidad continental.

No pudieron mantenerse más de cuatro años en el poder. No pudieron ni siquiera asegurar la prestación básica de cualquier Presidente desde hace ya muchos años: reelegir.

Y para completar y cerrar ese círculo vicioso, no fueron capaces de cumplir con la última promesa, el tiro del final: perdieron las elecciones en el club Boca Juniors, ese Aleph del Macrismo en donde todo comenzó hace ya muchos años atrás.

Es una opción, entonces, juzgar este breve intento de instaurar un nuevo orden neoliberal y gorila con categorías propias del sentido común meritocrático del Macrismo: Fracasaron. Macri fracasó. Fracasó Cambiemos y con ellos fracasaron todos los que cayeron embrujados bajo el hechizo de tantas promesas de un gobierno que conduciría a los argentinos a esa ansiada Tierra Prometida desde los orígenes mismos de nuestra Nación.

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Esto no era una grieta, era otra cosa

Había un cartel callejero, escrito a mano sobre cartón, en una de las convulsionadas ciudades chilenas: “El neoliberalismo nace y muere en Chile”, decía. Y es verdad que en su momento Pinochet fue la niña mimada de la escuela económica de Chicago. Es verdad que el propio Friedrich Hayek, uno de los mentores del neoliberalismo, le recomendó a Margaret Thatcher que hiciera lo mismo que hacía Pinochet en Chile. Y que ella le recordó que Gran Bretaña no se podía dar los gustos de una dictadura. Pero hizo lo que pudo.

Casi cuarenta años después, en épocas en las que vuelve a ponerse en juego el orden mundial y Estados Unidos tiene un presidente que retrocede para adelante, Washington volvió a la carga con el derrocamiento o el encarcelamiento o la proscripción de todos los líderes económicamente heterodoxos latinoamericanos. Probaron primero otros presidentes norteamericanos con los golpes blandos, dejándoselos a las instituciones locales, como el de la Corte Suprema que decidió voltear y exiliar a Manuel Zelaya, y luego montaron el lawfare en varios países cuyas mayorías electorales no pudieron deshacer. No hay lawfare sin medios cómplices, porque de lo que se trata, tal como lo dijo Mauricio Macri refiriéndose a la primera presa política del gobierno que termina, Milagro Sala, “es correcto que esté presa porque mucha gente cree que es culpable”. Esa gente que “cree” no lee expedientes. Lee diarios. Los jueces del Lawfare no hacen investigaciones: muestran recortes de diarios. Las causas contra opositores no constan de elementos probatorios, de basan en notas publicadas.

“El neoliberalismo nace y muere en Chile”, rezaba ese cartel. Y en Chile Piñera niega lo que se ve. Niega lo que ordena. Habla de terrorismo, igual que los golpistas bolivianos, tan sanguinarios como patéticos, que ahora han creado una “unidad especial” para combatirlo. No hay terrorismo, salvo el de Estado y del que ellos mismos son responsables. La posverdad ya no funciona. Puede Pompeo volver a denigrarnos llamándonos sin eufemismos “nuestro patio trasero”, pero no funciona. Puede Estados Unidos fantasear y quizá hasta desplegar fuerzas para intentar instalar en la región un control intensivo con la excusa de combatir al terrorismo, como él mismo afirma sin que se le mueva ni un músculo de la cara. Pero no funciona ni funcionará a la larga, porque el neoliberalismo es un sistema supremacista económico y cultural pero basado en la instalación previa de un relato que muchos deben comprar para que las multitudes no estallen. Ya estallaron. ¿Pueden probar con un genocidio regional masivo? Uno tiende a creer que no, porque les guste o no el mundo ya no es unipolar. Pero si matan es porque no tienen nada que decir. Nunca tuvieron otro relato que el del derrame. Así que ahora hablan de dios.

Esta semana vi también una escena en una ciudad campesina de Bolivia. En la plaza, donde seguramente en los últimos años cada mañana se cruzaban mujeres con pollera o cholos con mestizos vestidos con ropa occidental, había llegado el odio. Hombres de pantalón y camisa empujaban a las mujeres de pollera, querían sacarlas de la plaza. “Bolivia ya dijo que no”, decía uno y después otro, porque están con desbordados de testosterona. “Bolivia dijo que no”, decía un hombre alto mientras le pegaba empujones a una señora y otra iba en su ayuda y también era empujada. “No vengan más aquí”, les decían. Y uno se preguntaba a qué le había dicho Bolivia que no.

No les alcanza con que Evo se haya ido. Quieren un país sin indios. Ellos, los mestizos bolivianos. Quieren ser otros, quieren eliminar aquello a lo que se parecen y de lo que provienen. Y en rigor, Bolivia le dijo que sí a Evo Morales. A Luis Almagro esta injerencia en un golpe de Estado no le va a salir gratis. Es demasiado burdo y costó demasiado cara su operación política. En el sur del continente, los pobres muchachos del sindicato de los cocaleros y los otros aymaras que salieron a defender su democracia ya están muertos. Almagro es uno de los responsables.

Almagro fue usado por el imperio para acelerar los tiempos. Fue convencido de que él podía bajarle el pulgar a un presidente indígena y condenarlo también a la muerte, porque ése era el destino de Evo si otros pocos presidentes, entre ellos el electo en la Argentina, no se hubieran ocupado de evitarlo.

En esas plazas bolivianas, como en las argentinas, como en las chilenas, como en las de toda la región, los que peleamos contra el neoliberalismo siempre soñamos la mezcla, el entrecruzarse, la mixtura, lo diverso. Entonces es momento de prestar atención cuando se habla de grieta. Esto no es grieta. Si no abandonamos ese cliché de la derecha vamos a caer en breve de nuevo a la teoría de los dos demonios. El orden contra los vándalos. No podemos estar siempre a la defensiva discursivamente. “No somos terroristas”, “No somos chorros”, “No queremos vivir sin trabajar”. Mientras nos defendemos no hablamos de ellos.

Esto fue demasiado lejos y se interna en una lógica en la que no hay que entrar. Hay Estados que matan civiles opositores. Hay funcionarios de organismos internacionales que son partícipes necesarios de golpes de Estado. Hay policías que apuntan a los ojos y hay ciegos. De qué grieta estamos hablando. No hay grieta. Hay víctimas y victimarios.

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Cristina fue a otro fondo

Hay un matiz en la personalidad de Cristina Kirchner que hasta ahora se ha puesto en disvalor, porque el cinismo forma parte, mal que nos pese, de la cultura política capitalista, y ella nunca tuvo esa dosis que en otros y otras existe en distintas proporciones. El gobierno macrista si puso la vara alta en algo, fue en cinismo. Pero Cristina nunca fue cínica, es mordaz. La frontalidad y la mordacidad son dos atributos muy fuertes en ella. El cínico no afronta, rodea. El cínico no aborda la verdad, la disfraza. Y ella, cuando se harta o se tiene que defender –es decir, desde muy joven – no entra en el juego de los cínicos que muy menudo la rodearon y en los últimos años la persiguieron: ella ataca con la frontalidad y la mordacidad.

No son atributos que la cultura patriarcal infunda a las mujeres. Se sabe que debemos sonreir y ser suaves. Debemos buscar protección y a lo sumo, como se celebra en twitter a ignotas figuras femeninas del espectáculo, se nos alienta al cinismo, a la peleíta llena de “querido”, “divina”, “tesoro”, etc. Al gag que tapa el resentimiento o el enojo o la envidia, que son nichos emocionales previstos para que por ahí circule el malestar femenino.

Cristina, este lunes, en Comodoro Py, abandonó la sonrisa coloquial con la que habló tantas veces de su libro, porque la circunstancia era muy otra. Después de años de persecución, después de estar muy claro que el Lawfare es lo que ha derrocado a varios ex presidentes de la región, consciente de los enormes peligros que corre el gobierno que integra con Alberto Fernández al frente, habló del fondo de la cuestión.

Diría que de los dos fondos de esta cuestión. Uno, el más personal pero no por ello menos político, es que el Lawfare –en el que medios y poder judicial trabajan en pinzas – incluye no sólo la persecución a opositores políticos de la derecha, sino a sus familias, en un aspecto mafioso que tarde o temprano deberá ser juzgado. En el fondo de esa cuestión Cristina no estaba allí defendiéndose ella, sino hablando de lo que más le había dolido, por imperdonable, por extrajudicial, por canalla: que persiguieron a sus hijos, que su hija se quebró, y que por otro lado esa persecución mancha el nombre de Néstor. Es eso lo que la pone loca, usando esa palabra en la acepción de las mejores tradiciones de las “mujeres locas” de esta región: las que pusieron sus cuerpos por sus seres queridos.

El otro fondo, es que mucho más allá de esta causa o las otras que le armaron, si el lawfare no es abortado y el Poder Judicial no se restaura como un poder del Estado que no puede aceptar este tipo de maniobras mafiosas, no hay democracia posible. Y tenemos a Pompeo avisando que será Estados Unidos el que garantizará “la paz social” en los países donde sus presidentes títeres no puedan controlar la situación.

Cristina el lunes estuvo a la altura de sí misma, pero también a la altura del momento álgido, sobrecogedor de la región, y de los peligros que acechan al gobierno de Alberto Fernández.

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«En nombre de Dios, no»

Entrevista

Desde las lógicas más disruptivas, muchas mujeres se acercaron al feminismo a través de la militancia católica. Maria Teresa Bosio es Presidenta de Católicas por el Derecho a Decidir desde hace varios años. Habla de los fundamentalismos religiosos en América Latina, la escalada de la violencia contra las mujeres, el golpe en Bolivia y la palabra del papa Francisco, entre otras cosas. “En este golpe aparecen muy fuerte los símbolos de la biblia, de la cruz. Símbolos que toman ese matiz de colonización que no queremos. Repudiamos el golpe en Bolivia, y la violencia hacia las mujeres indígenas y de pollera. En nombre de Dios no”, dice.

Nació en un pueblo pequeño del interior de la provincia de Córdoba, en una familia católica. Su militancia dentro del catolicismo se forjó en su adolescencia, marcada por las escuelas religiosas y el mensaje evangélico de Jesús. Dice que le encantaba leer el antiguo y el nuevo testamento, pero lo que la desafiaba era el mensaje de Jesús con la opción por los más humildes, los desvalidos, “y con el no juzgar, ponerse en el lugares de les otres, y romper con los parámetros, las normativas y los contextos en los que habitaba, es decir, un contexto patriarcal, donde las mujeres estaban siempre subordinadas”. Ese mensaje es el que primó en su recorrido. Cuando decidió irse a estudiar a la capital Cordobesa, en el año 84, se inscribió en la Carrera de ciencias de la Educación, y lo primero que hizo fue buscar un espacio que trabajara la Teología de la Liberación. Sus docentes volvían de sus exilios y la referenciaron a la iglesia de “Quito” Mariani que estaba en el barrio Cerro de las Rosas. Así participó de algunas comunidades de base en las que Quito era referente mientras estaba internada en una pensión de pupilas. Sus actitudes disruptivas en relación a la religión y su forma de pensarse y pensar su lugar como creyente, hicieron que la echaran de esa institución, donde habitaban cuarenta mujeres. “Ahí mandaba un cura salesiano con formas perversas y jodidas de dirigir la institución, generaba mucho conflicto, y entre todas las compañeras pensamos que el conflicto no estaba entre nosotras, sino que era el cura”, recuerda. No conceptualizaban el patriarcado todavía, pero entendían por dónde venía el problema. La única que fue al frente fue Teresa, y le valió su permanencia en el lugar. Se fue a vivir con algunas amigas al barrio de Alberdi, y se pudo conectar con la revista El tiempo latinoamericano. Una revista de laicos, de rescate histórico. A ella la pusieron a ordenar el archivo de Angelelli, y así es como se enteró que había sido asesinado por la dictadura. En ese tiempo conoció a Marta Alanis. Algunos años después le contó su proyecto de Católicas por el Derecho a Decidir. Había pocos espacios de debate político en pleno neoliberalismo, y ella tenía ganas de reiniciar su búsqueda. Marta le ofrecía un espacio para trabajar de forma voluntaria. Tenían muy poco financiamiento, y el sindicato de publicidad les prestaba una piecita donde trabajan en un proyecto de prevención de VIH Sida, que articulaban con otras organizaciones. Tenían una obra de teatro, iban a los colegios, a las cárceles, y a diferentes instituciones trabajando con prevención. Algunos años después se fue interiorizando en el feminismo con su base teórica, metodológica, política. “Yo era una feminista instintiva. Negaba un mandato que me quería imponer mi mamá de ser una chica que se quedara en el pueblo, se casara, que fuera docente. De hecho todo eso lo hice (risas), pero una transita la vida como puede, con esos mandatos patriarcales y conservadores, donde las mujeres teníamos que estar ocupando roles de cuidado, teníamos que vivir la sexualidad desde el aguante y la reproducción, el no placer, cosas que a mí no me cerraban pero que tampoco tenía muchos elementos para disputarlo”, dice.

-¿Cuáles son las estrategias que desde CDD se están pensando contra los fundamentalismos religiosos que desembarcan en América Latina?
En principio conformar espacios disidentes dentro del fundamentalismo religioso. Construimos diálogo con otras compañeras de otras religiones que llevan la misma disputa. La mayor subordinación que tenemos es a la hora de tomar decisiones, de construir perspectivas teológicas, entonces la idea es armar un movimiento interreligioso, contrarrestar el ecumenismo conservador que están construyendo estos sectores.

-Participaste del XXVI Coloquio Internacional de Estudios de Género donde se habló de la lucha por la despenalización del aborto en América Latina, ¿cuál es el estado de situación en la región? ¿qué podemos esperar con la avanzada de la derecha que arrasa con los derechos humanos?
-Nosotras siempre tenemos un mensaje de esperanza. Reconocemos al enemigo, y así tenemos herramientas para contrarrestar sus discursos. La idea es disputar estos discursos en la educación, en las instituciones de salud, para disminuir la resistencia. Lo que vemos en América Latina es que esta tensión juega en el interior del Estado. Los sectores fundamentalistas saben dónde generar la disputa y dónde poner el obstáculo. Usan el Estado como una herramienta para obstaculizar el acceso a los derechos.

-¿Qué opinión tenés respecto al golpe de Estado en Bolivia en nombre de la política femenina, con una presidenta autoproclamada y funcional a la derecha fascista?
Nosotras decimos “En nombre de Dios no”. En todo este golpe aparecen muy fuerte los símbolos de la biblia, de la cruz. Símbolos que toman ese matiz de colonización que no queremos. Repudiamos el golpe en Bolivia, y la violencia hacia las mujeres indígenas y de pollera y todas las mujeres. Se las ha despojado de los pocos derechos que pudieron alcanzar en la gestión de Evo Morales. Hubo una respuesta a los dichos de Rita Segato de las mujeres indígenas. En este recorrido tenemos que salirnos de nuestro lugar de privilegio -porque somos feministas blancas, educadas, con obra social- a veces uno juzga desde un lugar determinado un proyecto político porque no está viviéndolo. Esas mujeres hablan desde el no haber tenido nada, haber tenido los derechos básicos negados como el de la salud, la anticoncepción, la educación. Y en Argentina las mujeres indígenas disputan sentidos y lugares en relación al feminismo, que era un feminismo blanco.

-El papa Francisco habló de la situación latinoamericana, dijo que “hay Gobiernos débiles que no han conseguido poner orden y paz”, y por otro lado dijo que la situación es similar a la de la década de los 70 y 80, ¿qué opinión tenés?
Creo que no va a haber paz en la medida en que haya injusticia. Los gobiernos no son débiles, lo que pasa es que América Latina siempre estuvo sometida a procesos de dominación, exclusión y colonización. Y la disputa con los sectores poderosos es tan desigual que uno puede pensar que los gobiernos son débiles pero no, es que los otros son muy fuertes. Habría que revisar un poco en la historia de latinoamérica, que él pueda mirarla. Siempre fuimos una región sometida a los designios de los poderosos, con nuevas estrategias, nuevas intenciones de sustraer riquezas, porque ahora está el capitalismo financiero, o el extractivismo, pero siguen siendo los mismos, que de todas las formas nos siguen poniendo bajo sus pies.

-¿Cómo vivieron la marcha atrás de Mauricio Macri sobre el protocolo de ILE? ¿Cómo creés que será el debate aquí en más teniendo en cuenta que Cambiemos deja al país sin Ministerio de Salud?
Lo del protocolo fue una vergüenza, hubo un desconocimiento de todo el proceso que se vivió durante todo el 2018. Nos pareció que el protocolo estaba muy bien, muy prolijo, nos sorprendió gratamente, y después vino la contramarcha. Pero es la posición que Macri adoptó en la campaña política, adhirió al pañuelo celeste sin ambigüedades. Creo que al tener al presidente entrante con una posición muy clara, y escuchar que la Iglesia no va a incidir en la cuestión del debate, el panorama es esperanzador. Hoy es una demanda social que entró en agenda.