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Política internacional

Hay que arrancar los yuyos venenosos

Asistimos azorados y rabiosos a lo que la ultraderecha que comanda Trump tenía preparado para la región. El Grupo de Lima desfallece, y antes de que se fortalezca un nuevo polo progresista que le dé continuidad a las políticas inclusivas, Estados Unidos prefiere que mueran miles de personas. Indios, obreros, estudiantes, cualquiera que se oponga a los salvajes que si tienen poder es porque Trump los respalda. Usando a la OEA, que ya es un instrumento golpista que no puede dejar de dar explicaciones ni de pagar su responsabilidad en el desastre que tiene lugar tanto en Bolivia como en Chile, Trump se reserva el derecho de levantar o bajarle el pulgar al país que no se le arrodille.

Es totalmente inadmisible esta forma de dominación sangrienta porque la conocemos, la padecimos, la lloramos, la odiamos. Macri ha demostrado una vez más ser quien es, un sádico mentiroso cuyo gobierno volvió a gastar dinero en robots que llenaron las redes de “No fue golpe”. Fue golpe. No se discute más. No hubo fraude, hubo complicidad de la OEA y Evo fue rescatado con dificultad por México, en negociaciones en las que Alberto Fernández fue un protagonista activo. Evo iba a ser asesinado, al estilo de muerto el perro se acabó la rabia.

Bolivia y sus ultraderechistas son patéticos aspirantes a blancos que como no pueden escapar de su identidad creen que se blanquearán matando cholos y cholas que ya no son los mismos de antes. Recién escuché a Stella Calloni contar que estando en Bolivia un ultraderechista le dijo que los indios “se han vuelto insoportables porque se creen gente”. Y así del mismo modo en que el neoliberalismo nos dijo a nosotros que el bienestar de la década pasada les hizo creer a muchos trabajadores la “ilusión” de que podían irse de vacaciones o tener una casa, así en Bolivia el neoliberalismo les dice a los aymaras que no son personas. Si no son personas, pueden ser eliminadas.

La democracia ya no les interesa, como publicó en su portada el diario La Nación. No les interesa porque perdieron y no van a ganar elecciones nunca más. Trump lo sabe. Piñera va a caer. Lo que están haciendo con el pueblo chileno, disparando a los ojos, empleando técnicas de mutilación evidentemente con órdenes precisas, no quedará ahí. Es cuestión de tiempo, pero se despertaron los chilenos mientras los bolivianos vienen de trece años de estar bien despiertos con un gobierno que los representaba.

Hace mucho que venimos observando cómo en cada pueblo y ciudad por lejana que sea llegan las nuevas sectas neopentecostales, similares a las que adoran al Cristo sangriento que levantan los golpistas bolivianos bajo amenaza de que a la casa de gobierno “la Pachamama no entra nunca más”. Estúpidos. La Pachamama no necesita que ustedes le den permiso. Hace quinientos años que resiste y resistirá este embate también, porque no es una ideología, no es un concepto, sino la fuerza vital en la que creen los pobladores originarios de este continente, a los que la población mundial debería defender y rendir tributo: mientras el capitalismo corporativo banca el golpe para llevarse el litio de Bolivia, nunca, nunca se apagará el reclamo por el equilibrio. Los indios saben vivir mucho mejor que nosotros.

El partido final de ese capitalismo se juega en nuestra región. Tenemos que blindarla de alguna manera. Tenemos que ponerle fin a estos juegos siniestros que causan muertes humanas, animales, vegetales, minerales. Cualquier incitación al odio debe ser penada o expulsada. Somos demócratas, no idiotas. Pero hasta llegar a una democracia representativa la región tendrá que pasar por un período de autodefensa cultural, comunicacional y política. Ellos se complacen en el dolor. Nosotros con la felicidad. Pero si no arrancamos el yuyo envenenado, lo único que sobrevendrá será más confusión, más crímenes y más mentiras en boca de cachivaches con traje y corbata que nunca sirvieron para nada.