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Política internacional

Globalización antiglobalista

La obra “Una globalización anti globalista”, publicada por Ediciones Capiangos, no pretende ser un ensayo académico sobre el populismo de ultra derecha sino más bien una crónica de los años en que su ascenso fue tan imparable como preocupante en muchos países del mundo. Podría decirse que la “era del anti globalismo” se inauguró con la victoria de Donald Trump en Estados Unidos junto al Brexit en 2016. A partir de allí venimos asistiendo a una serie de fenómenos heterogéneos pero que tienen en común la utilización de un discurso profundamente crítico de la globalización, contrario a las élites financieras al mismo tiempo que anti inmigratorio.

Por ello, estos discursos logran interpelar de manera exitosa a los perdedores de la globalización, en mayor medida blancos de clase media baja, tanto rural como urbana, que sienten mermados sus ingresos debido a la pérdida de puestos de trabajo a causa de la globalización y la deslocalización de las fábricas. Las categorías clásicas de izquierda y de derecha, si bien siguen siendo importantes, ya no alcanzan para comprender al mundo de hoy. La dicotomía entre el globalismo y el anti globalismo, la puja entre aquellos que se encuentran a favor de un mundo más abierto, tanto en lo económico como en los flujos migratorios, frente a quienes pretenden fronteras cerradas en el amplio sentido de la palabra, es la puja que dominó el escenario internacional en el último lustro de la década de los 2010 y que, tras la pandemia,
seguirá siendo central en los conflictos venideros.

Steve Bannon, quien fundó The Movement (El Movimiento) en 2017, para relanzarlo en 2019, entendió como pocos esta dinámica. Surgido de los rincones oscuros de los medios alternativos estadounidenses, su discurso apela muy bien a la idea del “hombre común”. Entendiendo eso como un trabajador blanco, de clase media baja, occidental, y de “costumbres cristianas”. Bannon entiende muy bien cómo disputar la hegemonía en el sentido gramsciano. Lo hace unificando demandas democráticas en el sentido que las explica Laclau en La Razón Populista, es decir, reclamos aislados que pueden ser conservadores, reaccionarios o anti igualitarios. Cuando estas demandas no son satisfechas por la política tradicional, pueden unirse con otros reclamos incumplidos. Así, se produce una relación de equivalencia donde demandas que pueden no compartir nada, en un principio, o que incluso pueden oponerse entre sí o ser contradictorias, se unifican detrás de un líder o un “movimiento”.

Es así que las figuras de Trump o Salvini pueden operar como significantes vacíos, es decir, personajes que aglutinan la pluralidad de demandas insatisfechas, contradictorias o no, de un colectivo determinado. Así, un supremacista blanco, un campesino de Alabama y un trabajador afroamericano desempleado de Detroit pueden ser parte del mismo colectivo, asistiendo a mítines y apoyando fervientemente a Trump. De la misma manera que un poderoso empresario del norte, un trabajador precarizado del sur y un nostálgico de los tiempos de Mussolini pueden constituir la base de sustentación de La Lega. Bannon entiende esto tan bien que es capaz de exacerbar con su retórica a este tipo de grupos sociales diversos para hacerlos parte del mismo colectivo.

La elección de Jair Bolsonaro en Brasil y el golpe de Estado cívico, policial y militar en Bolivia, con un discurso de odio racial, de clase, y fuertemente revanchista, han dejado en claro que estos fenómenos no son sólo problemas de los países centrales, sino que también están sucediéndose, con sus particularidades, en América Latina. Mientras los problemas estructurales referidos a la desigualdad que plantea la globalización están lejos de resolverse, con los ricos concentrando cada vez más recursos, las clases medias más empobrecidas y los sectores populares día a día más expulsadas del sistema; mientras el fenómeno de la inmigración de los países periféricos a los centrales no tiene soluciones en vista; mientras las élites se muestran alejadas de la realidad de sus pueblos, los extremismos no hacen más que seguir aflorando, cosechando éxitos electorales, como una especie de nueva globalización. Paradójicamente, una antiglobalista.

Durante la crisis de salud que atraviesa el mundo, quedaron patentes aun más las falencias del multilateralismo y la política de los bloques. Ni el G7 ni el G20 dieron respuestas o emitieron comunicados conjuntos. La Unión Europea tampoco actuó con eficacia, cerrando sus fronteras por treinta días pero hacia afuera de los 26 países que conforman la zona Schengen, sin limitar de manera estricta la circulación interna. Dirigentes ya críticos con la UE, como Marine Le Pen en Francia o Matteo Salvini en Italia, aprovechan para pedir nuevamente la salida de sus respectivos países del bloque, que hoy enfrenta el peor momento
desde su conformación.

El odio a las diferencias, la pulsión de muerte homogeneizadora, los nacionalismos chauvinistas, tienen el potencial de acabar en una catástrofe de proporciones inimaginables. El mundo se parece al héroe mitológico Odiseo en la obra de Homero, entre Escilia y Caribdis: debatiéndose entre quién dirige al capital, si los mercados o el Estado. Dirigentes como Trump y Bolsonaro prefieren correr el eje de la discusión, planteando la dicotomía entre tradición y modernidad, y erigiendo muros que separen a los pueblos. Los puentes ya existen, y son más que los muros. Hoy, en medio de la crisis más grave que atraviesa la humanidad en los últimos setenta años, es imprescindible
comenzar a transitarlos. Sólo así se podrá debilitar a estas identidades políticas basadas en el resentimiento contra lo diferente. Es un deber de todos aportar, desde donde nos toque, los elementos necesarios para dar esa pelea.