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Política internacional

Se llama Aina

De repente, como en un silencio que tiene su propio eco, las fronteras vuelan por los aires. Desde 10 mil kilómetros Aina rompe el sentido común del discurso parlamentario. Les habla, de frente, después de superar una etapa muy dura de su quimioterapia. Aina sufre una extraña forma de cáncer pero no quiso estar ausente en el debate planteado por la moción de censura presentada por la derecha de los denominados populares y del falangismo de VOX. 

Era la primera vez que regresaba al hemiciclo después de su tratamiento. Las enuncia después de pelear su lucha íntima contra el cáncer. Se presenta meses después de la quimio y les habla como si se fuese a pronunciar una melodía íntegra. Como una renuncia a las medias palabras que por medias pierden su sentido. 

Aina los mira. Los convoca a escucharse en las miserables acciones que repiten en nombre de vaciados sentidos de Patria, de bandera, de abstracciones ajenas a la vida auténtica, cotidiana, de las mujeres y los hombres. El lema de la derecha no es el individualismo. Es el egoísmo. Y ambos no se llevan bien. Cuando los individuos eligen un camino autónomo en relación a su sexualidad, la derecha los condena. 

Cuando los individuos buscan nuevas formas expresivas (sobre todos los jóvenes) los estigmatizan. Cuando los pueblos originarios exigen el respeto se los acusa de subversivos. Cuando los pueblos ensayan formas originales de autogobierno los tildan de antidemocráticos. No es la libertad lo que buscan sino una forma de control que les permita darle continuidad a la latrocinio egocéntrico. No es la democracia lo que pretenden porque eso supone el gobierno de las mayorías y eso es demagogia o populismo. 

La derecha dice defender al vida mientras condena a la desesperación del desempleo y la falta de salud. Agita la convivencia plural pero defiende (o disimula su admiración) respecto a las dictaduras sangrientas y genocidas. Se opone a la interrupción voluntaria del embarazo pero revindica la guerra y la presencia de jóvenes cocidos a balazos en los frentes de batalla. Sostienen a rajatabla un orden en el mismo lapso de tiempo que producen la anomia cotidiano de lxs trabajadores, que no saben cómo sostener o planificar su vida.

Discurso de Aina Vidal el 22 de octubre de 2020

La derecha tiene la misma impronta ideológica y cultural en todo el mundo. No importa si se cuadra en España en formato monárquico (financiando a una casa real con dineros o prebendas públicas que José de San Martín despreciaba), o bate su militarismo eufemizado en América Latina de la mano de las oligarquías prebendarias. La verdad raigal de la derecha es que alaba a su dios consustancial, el dinero, y desprecia profundamente a los pobres. Santifica las religiosidades del poder y condena la empatía con los más vulnerables. Defiende las inversiones y castiga al trabajo. Consagra al lujo y oculta debajo de la alfombra sus sobras.  Bendice a la Patria pero reivindica a quienes asesinan a lxs patriotas. 

La derecha difunde valores abstractos con la convicción de que su sentido múltiple penetre en actores desprevenidos y en los entramados de sentido tendidos previamente por el discurso hegemónico. Para anclar en multitudes necesitan ocultar que un país es algo más que un signo vacío, adornado con colores, banderas y tradiciones petrificadas. Un país es su gente, es su pueblo, es su naturaleza, su medio ambiente, sus interacciones, su historia de personas dignas, sus reglas del juego dispuestas –en forma prioritaria– para brindar felicidades colectivas. Un país nunca es un nombre hueco de humanidad. La derecha reivindica la cáscara, la charretera, el uniforme, la muerte. No tolera el contenido potencial de vitalidad, de innovación auténtica, de tránsito autónomo, de libertad creativa. No soporta la diferencia ni la multiplicidad: ni la ideológica (el sucio trapo rojo) ni de género (doctrinas foráneas que destruyen la familia) ni la de orientación sexual (perversidades varias que se oponen al orden natural), ni la libertad sobre el propio cuerpo (interrupción voluntaria del embarazo o a la eutanasia, señalados como pecados veniales), ni la plurinacionalidad real de muchos colectivos estatales. 

La derecha siempre castiga a los más humildes en nombre de razones (supuestamente) funcionales. Pero no dudan en beneficiar a sus admirados inversores extranjeros. Quieren tanto a sus lugares de origen pero no dudan en fugar capitales y dejar de pagar los impuestos que supondrían mejoras colectivas. Cuando se los conmina a que particularicen, operativicen o describan su rosario de valores sacrosantos, solo atina a balbucear torpezas e incongruencias: se llenan la boca hablando de corrupción, mientras las grandes tajadas del robo estructural tienen como protagonistas a sus atildados señores de apellido compuesto. Hablan de trabajo en el mismo instante que protegen la lógica financiera que consiste en ganar dinero sin trabajar. Condenan a los pueblos que se resisten a los formatos imperiales mientras bendicen los golpes de Estado instituidos por dictaduras sangrientas. Hablan de nacionalismo y apoyan las injerencias extranjeras vulnerando la libre autodeterminación de los pueblos. 

Aina lo dice con precisión. Y muchxs de nosotrxs le agradecemos su sensatez de verdades lanzadas como advertencia. Ella es feminista, de izquierda e integrante de un colectivo verde. Es decir, milita por la emancipación de lxs trabajadores, las mujeres y la naturaleza. Tres de las expoliaciones de la lógica brutal del capitalismo financiaristas, del entorno patriarcal y del extractivismo feroz. Todas formas que tienen en común el pretendido derecho de pernada sobre la vida. Aina es catalana y tiene 35 años. Qué suerte que tenemos de escuchar su voz con esa mezcla virtuosa de convicciones cardíacas y racionales. Ese es el eco. Vuelve.

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