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Una breve nota feminista

A raíz del “paseo” que Alberto le dio a una mediocre conductora televisiva, no faltaron las macrifeministas diciendo que había sido violento y no sé cuántas cosas más. Y me permito una reflexión (opinable, pero reflexión al fin).

Mi opción por el feminismo viene dada no porque “la mujer es mujer” (en cuyo caso merece tanto respeto como el varón por ser varón) sino porque la mujer ha sido una de las grandes víctimas de la historia de la humanidad. Podríamos mencionar otros “colectivos” que también aplican: los negros, los indígenas, y más recientemente gitanos, homosexuales y otros más. ¡Victimas sin duda alguna! Sin embargo, es evidente que eso no aplica a “todas” las mujeres; ha habido reinas perversas, amas maltratadoras de sus esclavos, y otros grupos más (gerentas de empresas, por ejemplo… o periodistas). Nada niega todo lo anterior. Por eso la enorme teóloga feminista Elisabeh Schüssler Firenza acuño el neologismo “kyriarcado”, porque hay mujeres (poquísimas, sin duda, por eso no sirve como “excusa” como suele usarse patriarcalmente) que tienen el “amo” (kyrios) introyectado y actúan como tales. Pregunto, ¿es razonable que un esclavo se libere de su ama, o que detestemos a la “dama de hierro” Margareth Thatcher? Creo que no caben dudas. ¡Sí lo es! El poder que tiene un micrófono (“yo soy la periodista (y pregunto lo que quiero)”, que significa “¡acá mando yo!”) sin duda pone al entrevistado en una situación de debilidad. Lo que hizo Alberto fue dignidad… y paciencia. ¿O resulta que, a una supuesta periodista, traída a los MCS por el genocida Bussi, ahora tenemos que pedirle perdón por “cantarle las cuarenta”?

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Contratapa Página/12 Política internacional

El vértice de la colonización

Mirando atentamente la escena global desde unos años, se ve emerger potentemente a dos fenómenos de una transversalidad nunca vista, tanto social como étnica y cultural, multitudinaria, que tomaron por asalto una agenda mental, subcutánea, ya domesticada por gobiernos, corporaciones y medios, y pusieron en cuestión lo establecido no hace diez o veinte o cien años, sino muchísimo antes.

Los feminismos y el activismo medioambiental se unen ahí, en ese punto ciego de la protesta visceral, con la furia de la cuenta pendiente, con el atragantamiento de lágrimas transgeneracionales, con una decisión no instada por líderes políticos sino sociales y por colectivos que interpelan a la política tradicional. En distintos idiomas dicen lo mismo: basta de colonización. Y en ese corte la idea de colonización se abre, desde el vértice mismo de su sentido, y aparecen países colonizados, pueblos colonizados dentro de esos países, mujeres colonizadas como parte de esos pueblos. La microfísica de la colonización. Porque a su vez, estos nuevos movimientos denuncian la colonización profunda y subjetiva que fue operándose con el paso de los siglos y que ha penetrado y es hoy sostén del sojuzgamiento, entre otros, de mujeres y de indígenas. Así como el patriarcado continúa amparado por varones y mujeres que lo han normalizado, hay indígenas o descendientes mestizados que odian a los indígenas porque se ven a sí mismos blancos, y que no dudan en ejercer el liderazgo feroz del blanco en tierras de indios, como en Bolivia.

Los indígenas latinoamericanos son hoy también un sujeto político nuevo, que juega un nuevo rol, que simbólicamente regresan con sus saberes y sus insistencias de siglos, y podría ubicárselos en el corazón de la nueva y masiva demanda medioambiental. En la reciente cumbre del clima de Madrid, Greta Thunberg cedió el protagonismo en la clausura a uno de los pueblos indígenas amazónicos más atacado, los guajajas, cuyos líderes están siendo asesinados por comandos paraestatales en Brasil. Y en Colombia, el centro de esta masacre ocultada por los grandes medios como todo lo realmente importante, no hay día en que no se acribille a líderes ambientales, la mayoría indígenas. El año pasado mataron a 230.

Chicos del colegio secundario de todo el mundo se organizan alrededor de esta nueva categoría política que es el nuevo medioambientalismo, muy lejos del Amazonas: se pelea para defender no sólo a los bosques y a los animales. Se pelea por defender también la vida humana, atacada por el cambio climático, sí, pero literalmente atacada por los beneficiarios económicos del cambio climático a través de comandos militares o civiles que matan a ambientalistas, o vecinos de innumerables pueblos y habitantes de selvas acechadas por glifosato, por cianuro, por falta de acceso al agua, por balas de goma o plomo.

Cuando llegamos hasta este punto de la idea, lo que se ve enfrente son corporaciones. Las que tradicionalmente se han dedicado a desequilibrar lo único verdaderamente “natural”, la naturaleza, es decir las mineras, las madereras, las de ganadería a gran escala, entre muchas otras. Pero también hay instituciones que bajo el neoliberalismo se han corporizado: poderes políticos, judiciales, mediáticos. Todo eso junto es a lo que se opone la demanda medioambiental, que lo que dice es que la tierra se agotó y necesita respiro, y que hay que cambiar nuestra idea de desarrollo y buscar formas de crecer globalmente con más armonía y más humanidad. Difícilmente pueda reclamársele este cambio a un solo país. Es por región o no es, por una sencilla cuenta de correlación de fuerzas. Son capaces de barrer con la especie, cómo no van a querer barrer a un país.

Los dos son despertares, el de los feminismos y el de los pueblos que rechazan un modelo de producción a gran escala. Y a ellos también podría sumarse, ya como modo de expresión política también nueva, la revuelta chilena, apasionante y dramática, sin referentes salvo la ya mítica “primera línea”, que por principio es anónima, pero con mártires y una identidad cultural plural que va de Víctor Jara a Las Tesis que globalizaron el himno Un violador en tu camino, y ancla en la histórica lucha mapuche en defensa de los recursos naturales. Esos movimientos inorgánicos, pero con una autodisciplina y una conciencia intensas, han sido las formas asombrosas que adoptaron por un lado las mujeres y por el otro los vecinos o las comunidades afectadas directamente en su vida cotidiana por los venenos de un modo de producción agotado, que ya sólo funciona con venenos más fuertes. Pero esos núcleos duros de pensamiento que ya circulaban no hubieran estallado como lo siguen haciendo si lentas cadenas de sentido no se hubieran movido en el sentido opuesto al que lo hicieron siempre. Hay un violador en el camino de cada pueblo colonizado. La colonización en sí misma es un abuso.

Interpretar, leer esa escena, es complejo. Porque funciona con categorías que les pertenecen, no con las de la política tradicional (aunque también hay que decir que las derechas y ultraderechas son declaradamente enemigas de ambos fenómenos: odian a los feminismos y niegan el cambio climático). Siempre hay una retracción ante lo que no responde a las propias lógicas, y hubo y hay debates y críticas, porque en cada uno de esos movimientos hay disensos y hay tensiones. Pero por ahora no podemos dejar de ver una línea ascendente en lo que implica el involucramiento de millones de personas en esas inesperadas formas de romper los hechizos neoliberales.

“El Estado opresor es un macho violador” es una síntesis que expresa a las mujeres chilenas pero se ha cantado en muchos idiomas y en diferentes países con diversos tipos de gobierno. Hay más violaciones y hay más femicidios. El odio no cesa de crecer tampoco. Viene recargado porque viene a restaurar. Pero ésa, la de los feminismos, es una de las facetas de la lucha chilena, el modo en que la revuelta traga demandas y las escupe, con una garganta múltiple que no deja ninguna voz afuera. Hablan los que nunca fueron escuchadas o escuchados. Los que no salen en la televisión, que se ha quedado con su audiencia pretoriana pero está muy lejos de poder influir en las generaciones más jóvenes, que han roto antes que nada ese hechizo: el televisivo. Y son ellas y ellos los que mayoritariamente están en las calles.

Del vínculo que pueda establecer la política antineoliberal con esos movimientos que no le responderán nunca del todo, depende en gran parte la salida hacia el futuro.