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La propuesta de Cristina

La expresidenta propuso un contrato social de ciudadanía responsable. Para empezar a ponerle contenido, aprendamos a discutir las diferencias en un tono que nos permita seguir juntos.

El jueves en la Feria del Libro Cristina exhibió un tono nuevo, acorde con varias cosas. Con estar sentada en un panel y franqueada por la directora de la Fundación El Libro y por Juan Boido, Ceo de Random House. Por estar presentando un libro, y no lanzando su candidatura. Su candidatura viene siendo lanzada desde aquella plaza que la despidió en 2015, y fue el cataclismo del gobierno de Macri el que la puntaló. El tono del discurso de Cristina fue una de las piezas claves de lo que comunicó.

Está proponiendo y de hecho está armándose un frente más grande que todos los que conocimos. Adentro hay gente que amamos y gente que detestamos. Y hay matices. Pero lo que propone Cristina y lo que muchos sectores ya han advertido es que cualquier resentimiento o diferencia de ese gran frente es una cuestión menor al lado de la epopeya que nos espera. No sobra nadie. Y hay que encontrarle el tono a esta nueva etapa.

Tanto en las relaciones entre dirigentes como en los contactos entre militantes y a su vez entre militantes y ciudadanos a los que debemos persuadir debe ser uno que sería bueno que fuese común. Un tono respetuoso. Un tono que puede ser áspero o contener diferencias enormes, pero que debe detenerse ante lo injurioso, lo grosero o lo cruel. Hay un “nosotros” que todavía no existe pero ese tono debe favorecerlo. Estamos obligados encontrarlo para transitar este tiempo umbrío y recuperar la chance de la felicidad en este país. Todos tenemos que ser un poco mejores para que esto funcione.

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En busca de la burguesía nacional

Están saliendo los economistas responsables de todos los fracasos a decir que CFK nos invita a repetir los fracasos del Plan Gelbard, esa es una gran mentira. Para 1974 la inflación había caído a 30.2%, casi la mitad del 79.6% que había en 1972, en tanto el desempleo pasó del 6.1 al 2.5%,​ dificultada también por la crisis del petróleo.. ​
El crecimiento del PBI pasó del 3.5% en 1969/72 al 6.1% en 1973, y al 6.4% en 1974. La inflación se frenó, al tiempo que la balanza de pagos se vio favorecida por la positiva coyuntura exportadora. Las mejoras salariales y el incremento de gastos del Estado estimulaban el aumento de la actividad interna. Lo que frenó todo este proceso fue la muerte de Perón. Gelbard no se pudo sostener en el Ministerio de Economía con el gobierno de Isabel Perón y López Rega. Todo plan económico necesita la voluntad política para sostenerlo, y ya sin el gran conductor, los grandes empresarios dinamitaron los acuerdos impulsando la inflación.
Quieren tergiversar una experiencia histórica que fue muy positiva.

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Opinión

Ella, la misma y otra

La vi a Cristina ayer en la Rural, desde un costado de la Sala Borges, presentando su libro,
Sinceramente. Aunque no lo dijo es lo primero que se me ocurre transmitir de su discurso: la
reverencia, el respeto que Cristina siente por los libros es un amor particular, propio de las clases
medias que lograron despegar de la pobreza y que lograron que sus hijos accedieran a mucho más conocimiento que sus padres. Hijos que leían libros y obtenían títulos. También ahí me resonó la importancia de los libros, también inserta y no enunciada en el discurso de anoche, que caracterizó a la juventud de su generación. Los narradores, los ensayistas y los poetas eran para esa generación gente mucho más interesante que los cantantes o las bailarinas de la televisión, que no habían sido inventados.

Cristina estaba presentando su propio primer libro, y algo de lo que se dice en el párrafo anterior planeaba en sus palabras. Pero sus palabras y su tono y sus ejes lo que mostraron es a una dirigente política que ha comprendido el cambio dramático de situación y que se ha destilado para abarcar con su voz a un colectivo mucho más grande que el que la apoyó en sus mandatos. Para una ex presidenta perseguida con una obscenidad tan obvia y con su propia hija pagando ya con su cuerpo y su psiquis por cosas que nunca ha hecho, el tono eléctrico hubiera sido previsible. La ansiedad, el hartazgo y el dolor de quienes la escuchaban, no en la Sala Borges sino afuera y en sus casas, desde lejos, también esperaba esos latigazos verbales que funcionan como descarga.

Pero ella, que siempre salta por arriba, presentó su libro con otra lógica. La del futuro. No hubo rastro alguno de enojo ni de resentimiento ni de trueno en su voz. Hubo una guía completa para saber cómo acompañar lo que tiene en mente. Algo grande. Más grande que todo lo conocido hasta ahora. Algo que para ser tan grande esté basado en consensos muy amplios. Habló de un contrato social de responsabilidad ciudadana, y en esa parte de la guía hay indicios de cómo ella cree que deberán comportarse los dirigentes –ella lo estaba haciendo ayer mismo – , pero también los ciudadanos. Metas de recuperación a través de la reindustrialización del país, que sólo podrá ser real si se deponen grandes matices y millones de personas se ponen una sola idea fija en la cabeza: dejar atrás esta pesadilla y recuperar un país que nos dé ganas de vivir.