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La Reinvención del amor

Sandra Russo: «Algo nos dice que a puertas cerradas eso que se dice amor no estaría funcionando»

La periodista analiza en «La reinvención del amor» el dispositivo cultural que configuró el sentido de las experiencias amorosas del siglo XX a partir de un diálogo entre autores y géneros, que va desde Eva Illouz, Franz de Waal, Julia Kristeva a Pierre Bourdie
Por Emilia Racciatti

La periodista y ensayista Sandra Russo analiza en «La reinvención del amor» el dispositivo cultural que configuró el sentido de las experiencias amorosas del siglo XX a partir de un diálogo entre autores y géneros, que va desde Eva Illouz, Franz de Waal, Julia Kristeva a Pierre Bourdieu, para conformar un texto que revitaliza el discurso acerca de los feminismos populares.

«Salir al encuentro de un otro y encontrar los puntos que nos despiertan amor y lugares en los que no hay contacto es una aventura. Es muy difícil disfrutar la diferencia. No encontrarnos con esa diferencia es vivir en una cajita feliz de Mc Donald’s», dice la periodista, docente y escritora en diálogo con Télam.

Editado por la editorial Debate, el libro recupera la fuerza de la pregunta por cómo se organizan las formas de pensar lo amoroso y cómo habitamos los vínculos que nos constituyen para proponer la reinvención de las prácticas.

-Télam: ¿Podemos decir que tu lectura sobre lo que viene pasando con los feminismos populares fue lo que dio origen a este libro?
-Sandra Russo: Vengo observando y escribo mucho sobre los feminismos populares en el mundo, en la Argentina y en la región y es lo más disruptivo, novedoso y peligroso para el status quo porque es un sector mayoritario que implica a los sectores populares. La derecha y la ultraderecha disputan con sus iglesias financiadas por la CIA otro tipo de concepción de lo femenino, de la femeneidad: niegan el feminismo, el derecho a decidir sobre el propio cuerpo y están llegando a la región con el argumento del antigénero. Es una mirada sobre los feminismos populares pero desde mi lugar de observadora de política y geopolítica. Es un libro feminista instalado en América Latina, en un momento en el que los movimientos populares y los gobiernos populares están siendo combatidos por gobiernos títeres de un país como Estados Unidos, que está perdiendo la hegemonía y tiene reacciones desesperadas. La idea era cuestionar el amor romántico pero dando herramientas que tuvieran que ver con el feminismo y con la política.

-T: Decís que el amor es lo que nos quita el control. ¿Cómo te parece que se reconfigura la experiencia amorosa en este contexto de pandemia?
-S.R.: La pandemia alteró todo. No sé cómo será el porcentaje de amores que quedaron convivientes y amores que quedaron en casas separadas o cómo siguieron funcionando los amores online. Pero me parece que sirve como ejemplo para ver que el amor se expresa de diferentes maneras de acuerdo a la circunstancia. Nos ha cambiado el impulso porque esta circunstancia nos pone a prueba a la hora de demostrar amor, que ha significado también mantener la distancia. En el libro se van empardando el amor y el cuidado porque no creo en el amor sin el cuidado. Es un aporte a pensar el amor dentro de las políticas de los cuidados. Precisamente la pandemia anula el arrebato de «no podía pasar un día más sin verte» que se transmuta en «no te veo porque no quiero que corras riesgos». Depende las circunstancias pero hay situaciones en las que el amor se expresó así.

-T: Planteás que no amamos por fuera del sistema en el que vivimos y cómo ese mismo sistema que nos propone la aventura, nos dice que conocer a alguien no es lo indicado. ¿Cómo alumbran esa contradicción los feminismos populares?
-S.R: El primer capitalismo, según Eva Illouz, puso al amor en la góndola del ocio y la aventura y nos dejó a las mujeres la misión de revivificar el amor cuando se ponía rutinario y nos asoció la revivificación de la pareja al consumo de servicios. A todos nos gusta tener aventuras en el sentido de salir de lo conocido pero quizás uno ama a alguien y eso no quiere decir que lo conozca. Ni que uno se deje conocer completamente ni que el otro se deje conocer completamente. En eso tienen que ver Kristeva y Sollers, en el aspecto de la experiencia interior. Hay cuestiones de nosotros mismos que son incomunicables, por eso es una falacia lo de la media naranja. Porque no somos mitades, somos enteros. Dos personas que viven juntas muchos años todavía tienen mucha aventura de conocimiento recíproco porque hay capas de intimidad que no llegan a alcanzar. Precisamente a partir de las explosiones de los feminismos, sobre todo los populares, es que nos enteramos que la violencia es la degeneración del amor romántico, un desvío de ese amor. Porque ese amor incluye posesividad, celos, la manipulación de revisar celulares, la desconfianza, la sospecha. Hay otros que queremos vivir el amor de una manera más amistosa.

Reivindico la amistad como componente del amor erótico. Cuando hablo de amor, hablo de ese amor erótico como lindero del que se puede sentir por el planeta, por el ambiente, por la política, por una idea, por el país. Tienen que ver con la misma caja de resonancias. El libro es una invitación a pensar eso y si de verdad estamos pensando en un mundo que sobreviva y sea mejor, este amor erótico tiene que acoplarse a otro amor que respete a todas las criaturas. El único delito que no bajó con la pandemia es el femicidio. Algo nos dice que a puertas cerradas eso que se dice amor no estaría funcionando.

-T: Son varios los autores que citás que defienden lo que implica reconocer la diferencia al hablar de amor. Me refiero a lo que dice Badiou, por ejemplo, sobre «lograr la armonía entre la diferencia» y «amar una contradicción».
-S.R.: Distingue que muchos sostienen que lo que se necesita para alcanzar el amor es el encuentro y es lo que se hace en las redes o en una reunión social y que esa instancia no necesariamente tendría que ver con el amor. Badiou dice que el encuentro es un paso necesario pero que el amor se pone a prueba en la construcción y en saber quién es el otro. Se trata de un proceso en el que uno se conecta con otro ser y va consolidando sus diferencias. El amor que pretende que el otro se ajuste perfectamente a mi deseo es un amor narcisista que en realidad está buscando un espejo y no otra persona. Salir al encuentro de un otro y encontrar los puntos que nos despiertan amor y lugares en los que no hay contacto es una aventura. Es muy difícil disfrutar la diferencia. No encontrarnos con esa diferencia es vivir en una cajita feliz de Mc Donald’s.

-T: Resaltás la necesidad de reinventar formas de hablar de amor. ¿Cómo pensás esa reinvención en relación al mundo que cambió en estos meses?
-S.R.: No sé como se reconfigurará. Un poco de lo que llamamos romántico todos necesitamos. Me gustan los encuentros con dedicación, la necesidad de trascendencia, de romper lo ordinario, lo rutinario. Pero ¿hasta dónde llega nuestro derecho sobre el otro -si es que tenemos alguno cuando lo amamos- y hasta dónde llega el derecho de quien nos ama sobre nosotros? Se trata de renunciar a la menor cantidad de versiones de uno mismo posibles. Todos hemos pasado por la experiencia de mostrar nuestro mejor perfil que está hecho a imagen y semejanza de un formato cinematográfico. La ventaja de la película es que termina bien pero en la vida las cosas siguen y empiezan a ponerse aburridas, rancias. Si superamos esta crisis de destrucción de especies y si el mundo continúa hacia un paradigma de cooperación -algo que está diciendo desde el Papa hasta la Internacional Progresista y Chomsky, que conforman un paquete de pensamiento geopolítico- se dará integralmente. Me refiero a que lo que uno pregone ideológicamente también lo sienta internamente en sus emociones más personales.

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Corín y Fiódor

Télam adelanta un fragmento del primer capítulo del libro de la periodista, escritora y docente, editado por Debate, que convoca a pensar los sentidos instalados acerca de los vínculos amorosos retomando los planteos de los feminismos populares.

Tendría diez u once años, y estaba distraída en la clase de Lengua. Sexto grado. La maestra preguntó quién de nosotros, que éramos casi treinta, leía. Yo levanté la mano. Fui la única. Tuve ganas de bajarla, pero ya era tarde. A todos nos habían regalado, pocos años antes, algunos libros de la época. La colección Robin Hood ya declinaba, pero nos llegó a tocar. Eran regalos de cumpleaños bastante típicos en esa clase media con aspiraciones culturales. De las chicas todas las que leíamos éramos fanáticas de Mujercitas. Jo era la que todas queríamos ser. Chicas leyendo libros y comiendo manzanas en el altillo. Pero, un año después, ya la lectura se había perdido como inclinación general. Mi generación fue la primera en divertirse en la infancia con la televisión en blanco y negro.

Aquella tarde en la clase de Lengua, cuando los libros habían quedado precipitadamente atrás, mi mano levantada atrajo la mirada de la maestra, a la que le teníamos bastante miedo porque era sarcástica.

Me preguntó qué leía. Le dije que novelas de Corín Tellado. Todos estallaron de risa. No la habían leído, pero mis compañeros estaban al tanto de que Corín Tellado no era una autora para mencionar en una clase de Lengua, que eso no era «literatura», que se vendía en los quioscos y no en las librerías. Yo, que la leía, la disfrutaba. No leía para ser «culta». Leía para entretenerme, porque no tenía hermanos y porque me gustaba encerrarme en mi cuarto, donde no estaba el televisor ni mis padres. La maestra no dijo nada. Siguió hablando de otra cosa. Me abochornó un poco esa situación, pero no cambió mi vínculo desordenado con la lectura.

Unos meses después, sorpresivamente, la maestra me preguntó si seguía leyendo y qué. Le dije que sí, que estaba leyendo «Crimen y castigo», de Dostoievsky. Se lo dije en el mismo tono en que había nombrado a Corín Tellado. Era el libro que había encontrado; no estaba jactándome, porque todavía no entendía muy bien la diferencia. Ella sonrió. Creo que esa sonrisa fue un estímulo para seguir relacionándome con los libros con aquella misma libertad que había sentido cuando empecé a buscar en ellos algo que diera señales de cosas que yo intuía pero no había sido capaz de pensar todavía.

Leía para saber cómo vivían otros y otras. Qué tipos de personas había. Qué era capaz de hacer la gente. Cuáles eran sus motivaciones. Cuáles eran los motores que encendían la ira, la pasión, la decisión de irse, de quedarse, de pelear o resignarse. Leía para saber algo de los otros. No me importaba «el valor literario», porque no tenía idea de lo que era. Hasta que me topé con él, como era inevitable.

Y entonces descubrí otro tipo de goce, otro viaje, otra dimensión de la palabra; pero nunca olvidé aquellos primeros hervores que me proporcionó Corín Tellado, y por ellos quiero empezar a escribir este ensayo que planea sobre un tipo de amor, el romántico, que está en extinción, y en cuyo lugar todavía no sabemos qué otro tipo de amor sobrevendrá.

Las novelitas de Corín Tellado fueron las «Cincuenta sombras de Grey» de otras generaciones, contadas con un tipo de suspenso erótico que estaba destinado a mujeres calenturientas pero que, como sus protagonistas, debían disimular su deseo sexual excusándolo en un sentimiento prestigioso e incuestionable, el amor. De todos modos, ese encapsulamiento del deseo sexual que indefectiblemente se desataba en las segundas o terceras partes de las novelitas de Tellado (llenas de «durezas», «vigores», «humedades» y «temblores intensos») potenciaba la ansiedad de las lectoras, que reafirmaban y reconfirmaban que las mujeres «éramos así». Que queríamos, pero que no debíamos. Por esa ruta se llegaba a la «decencia», que en las mujeres parecía concentrarse en la capacidad para regular la propia sensualidad.

Poco después, siguiendo mis lecturas azarosas, púber todavía, cayó en mis manos «Adolescencia en Samoa», de Margaret Mead. En uno de los capítulos de ese libro la antropóloga habla del petting norteamericano, que se practicaba en la primera mitad del siglo pasado: la costumbre entre adolescentes de trenzarse sexualmente, pero sin llegar a la penetración.

Reconocí rápidamente en esas jóvenes de otra cultura y descriptas con otro enfoque a las protagonistas de Corín Tellado: las mujeres éramos las que teníamos que tener el control de la situación para continuar siendo posibles novias o esposas, chicas decentes, que eran las que se dejaban llevar pero en una medida estricta, con una falsedad y una disociación interna, porque la cultura nos impedía dejarnos llevar del todo por el impulso genital, que era lo que hacían -podríamos decir «debían»- los varones: no podíamos llegar al clímax porque eso equivalía al descontrol, y lo que se ponía en nuestras manos y en nuestras entrepiernas era precisamente el control. Cierto tipo ingrato de control. Debíamos autocontrolarnos. Los varones podían dejarse llevar, y hasta presionarnos, apurarnos, amenazarnos con dejarnos por otra que accediera. No quiero ni imaginarme la cantidad de insatisfacción sexual femenina y la frigidez que brotó de la fuente del petting.

Muchas décadas más tarde comienzo este ensayo sobre el amor, sobre la agonía del amor romántico, sobre las arbitrariedades con las que está estructurado, sobre los intereses que lo hicieron surgir.

Sobre el amor que duele, que lastima, que mata, y que, sin acercarse al maltrato, todavía e incluso en su fase de enamoramiento, ya estaba presente en aquellas novelitas rosas en las que un tipo de amor era presentado como el amor que todas buscábamos porque era el único que existía. Lleno de obstáculos. De malentendidos. De recelo. De manipulación.

De la tradición romántica del siglo XIX ya entonces quedaba muy poco. Había una línea recta entre los orígenes del romanticismo y eso que alcanzamos a vivir como romántico, pero esa línea estaba cruzada por un amplificador nunca antes visto, con un estimulante pavoroso que desde su surgimiento hasta hoy nos penetra y nos talla por dentro, aun en los rincones de nuestra interioridad a los que ni nosotros tenemos acceso consciente. Ya vivíamos en una cultura de masas, con mensajes directos e indirectos, y con una narrativa adaptada a los nuevos soportes. El amor no era amor si no era romántico, y, para que supiéramos que se trataba de amor real, estaba el obstáculo y su fruto venenoso: el sufrimiento.