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La Reinvención del amor

Corín y Fiódor

Telam publicó ayer parte del primer capítulo del nuevo libro de Sandra Russo.

Télam adelanta un fragmento del primer capítulo del libro de la periodista, escritora y docente, editado por Debate, que convoca a pensar los sentidos instalados acerca de los vínculos amorosos retomando los planteos de los feminismos populares.

Tendría diez u once años, y estaba distraída en la clase de Lengua. Sexto grado. La maestra preguntó quién de nosotros, que éramos casi treinta, leía. Yo levanté la mano. Fui la única. Tuve ganas de bajarla, pero ya era tarde. A todos nos habían regalado, pocos años antes, algunos libros de la época. La colección Robin Hood ya declinaba, pero nos llegó a tocar. Eran regalos de cumpleaños bastante típicos en esa clase media con aspiraciones culturales. De las chicas todas las que leíamos éramos fanáticas de Mujercitas. Jo era la que todas queríamos ser. Chicas leyendo libros y comiendo manzanas en el altillo. Pero, un año después, ya la lectura se había perdido como inclinación general. Mi generación fue la primera en divertirse en la infancia con la televisión en blanco y negro.

Aquella tarde en la clase de Lengua, cuando los libros habían quedado precipitadamente atrás, mi mano levantada atrajo la mirada de la maestra, a la que le teníamos bastante miedo porque era sarcástica.

Me preguntó qué leía. Le dije que novelas de Corín Tellado. Todos estallaron de risa. No la habían leído, pero mis compañeros estaban al tanto de que Corín Tellado no era una autora para mencionar en una clase de Lengua, que eso no era «literatura», que se vendía en los quioscos y no en las librerías. Yo, que la leía, la disfrutaba. No leía para ser «culta». Leía para entretenerme, porque no tenía hermanos y porque me gustaba encerrarme en mi cuarto, donde no estaba el televisor ni mis padres. La maestra no dijo nada. Siguió hablando de otra cosa. Me abochornó un poco esa situación, pero no cambió mi vínculo desordenado con la lectura.

Unos meses después, sorpresivamente, la maestra me preguntó si seguía leyendo y qué. Le dije que sí, que estaba leyendo «Crimen y castigo», de Dostoievsky. Se lo dije en el mismo tono en que había nombrado a Corín Tellado. Era el libro que había encontrado; no estaba jactándome, porque todavía no entendía muy bien la diferencia. Ella sonrió. Creo que esa sonrisa fue un estímulo para seguir relacionándome con los libros con aquella misma libertad que había sentido cuando empecé a buscar en ellos algo que diera señales de cosas que yo intuía pero no había sido capaz de pensar todavía.

Leía para saber cómo vivían otros y otras. Qué tipos de personas había. Qué era capaz de hacer la gente. Cuáles eran sus motivaciones. Cuáles eran los motores que encendían la ira, la pasión, la decisión de irse, de quedarse, de pelear o resignarse. Leía para saber algo de los otros. No me importaba «el valor literario», porque no tenía idea de lo que era. Hasta que me topé con él, como era inevitable.

Y entonces descubrí otro tipo de goce, otro viaje, otra dimensión de la palabra; pero nunca olvidé aquellos primeros hervores que me proporcionó Corín Tellado, y por ellos quiero empezar a escribir este ensayo que planea sobre un tipo de amor, el romántico, que está en extinción, y en cuyo lugar todavía no sabemos qué otro tipo de amor sobrevendrá.

Las novelitas de Corín Tellado fueron las «Cincuenta sombras de Grey» de otras generaciones, contadas con un tipo de suspenso erótico que estaba destinado a mujeres calenturientas pero que, como sus protagonistas, debían disimular su deseo sexual excusándolo en un sentimiento prestigioso e incuestionable, el amor. De todos modos, ese encapsulamiento del deseo sexual que indefectiblemente se desataba en las segundas o terceras partes de las novelitas de Tellado (llenas de «durezas», «vigores», «humedades» y «temblores intensos») potenciaba la ansiedad de las lectoras, que reafirmaban y reconfirmaban que las mujeres «éramos así». Que queríamos, pero que no debíamos. Por esa ruta se llegaba a la «decencia», que en las mujeres parecía concentrarse en la capacidad para regular la propia sensualidad.

Poco después, siguiendo mis lecturas azarosas, púber todavía, cayó en mis manos «Adolescencia en Samoa», de Margaret Mead. En uno de los capítulos de ese libro la antropóloga habla del petting norteamericano, que se practicaba en la primera mitad del siglo pasado: la costumbre entre adolescentes de trenzarse sexualmente, pero sin llegar a la penetración.

Reconocí rápidamente en esas jóvenes de otra cultura y descriptas con otro enfoque a las protagonistas de Corín Tellado: las mujeres éramos las que teníamos que tener el control de la situación para continuar siendo posibles novias o esposas, chicas decentes, que eran las que se dejaban llevar pero en una medida estricta, con una falsedad y una disociación interna, porque la cultura nos impedía dejarnos llevar del todo por el impulso genital, que era lo que hacían -podríamos decir «debían»- los varones: no podíamos llegar al clímax porque eso equivalía al descontrol, y lo que se ponía en nuestras manos y en nuestras entrepiernas era precisamente el control. Cierto tipo ingrato de control. Debíamos autocontrolarnos. Los varones podían dejarse llevar, y hasta presionarnos, apurarnos, amenazarnos con dejarnos por otra que accediera. No quiero ni imaginarme la cantidad de insatisfacción sexual femenina y la frigidez que brotó de la fuente del petting.

Muchas décadas más tarde comienzo este ensayo sobre el amor, sobre la agonía del amor romántico, sobre las arbitrariedades con las que está estructurado, sobre los intereses que lo hicieron surgir.

Sobre el amor que duele, que lastima, que mata, y que, sin acercarse al maltrato, todavía e incluso en su fase de enamoramiento, ya estaba presente en aquellas novelitas rosas en las que un tipo de amor era presentado como el amor que todas buscábamos porque era el único que existía. Lleno de obstáculos. De malentendidos. De recelo. De manipulación.

De la tradición romántica del siglo XIX ya entonces quedaba muy poco. Había una línea recta entre los orígenes del romanticismo y eso que alcanzamos a vivir como romántico, pero esa línea estaba cruzada por un amplificador nunca antes visto, con un estimulante pavoroso que desde su surgimiento hasta hoy nos penetra y nos talla por dentro, aun en los rincones de nuestra interioridad a los que ni nosotros tenemos acceso consciente. Ya vivíamos en una cultura de masas, con mensajes directos e indirectos, y con una narrativa adaptada a los nuevos soportes. El amor no era amor si no era romántico, y, para que supiéramos que se trataba de amor real, estaba el obstáculo y su fruto venenoso: el sufrimiento.

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