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Opinión Política

La lucha, la calle y el Cordobazo como un espejo donde mirarnos

A 50 años de los sucesos de mayo de 1969, y mientras todas las tendencias del sindicalismo y las organizaciones sociales coinciden en un paro contra el gobierno neoliberal, es central comprender la vigencia en la memoria colectiva de un hito histórico al que siempre volvemos y en el que nos referenciamos.

Los aniversarios con números redondos nos atraen. Conmemorar los 50 años del Cordobazo, justo el día en que la CGT decretó una huelga general en la que se unificaron todas las tendencias del sindicalismo argentino y las organizaciones sociales, nos da una primera información muy relevante: en la memoria colectiva argentina, aquellos sucesos de Córdoba de mayo de 1969 nos siguen interpelando, tienen algún tipo de vigencia, dejaron una marca a la que siempre volvemos y en la que nos referenciamos. ¿Qué significó para los protagonistas? ¿Cuánto tuvo de mito de época? ¿Qué significa pensar aquellas jornadas de lucha mancomunada de obreros y estudiantes en medio del agobio de la Argentina macrista?

Desde la década del ’50, Córdoba había ido constituyéndose como un moderno centro industrial. El impulso de sectores de las FF AA para la instalación en la provincia de fábricas de armamentos, como la de Río Tercero, fueron acompañados por un largo y sostenido trabajo de aprovechamiento de los ríos cordobeses en la generación de energía eléctrica mediante la construcción de diques. El Estado promovió la instalación de una gran empresa fabricante de tractores, y la llegada de FIAT y la IKA-Renault terminaron de conferirle a la ciudad de Córdoba la fisionomía de un núcleo industrial, con todas las ramificaciones de actividades que eso conlleva, y la construcción de una miscelánea de barriadas obreras.

Precisamente Córdoba, la sede de las más tradicionales y pujantes universidades, era el centro receptor de estudiantes de todo el norte y centro argentino. No por nada la llamaban «la Docta»: tenían el orgullo de haber sido los protagonistas de la Reforma Universitaria de 1918, y una larga e intensa tradición política, «la cuna de cuatro presidentes de la Nación».

En 1969 ya habían transcurrido 14 años de proscripción al peronismo y de exilio de su máximo líder. Se turnaban gobiernos fallidos entre militares y civiles. El sueño persistente de las élites de volver a los andariveles sociales y económicos preperonistas no lograba coronarse, las resistencias sociales eran fuertes, nadie tenía la fuerza suficiente para imponer una hegemonía definitiva, pero sí para boicotear la del adversario.

En 1966, el general Juan Carlos Onganía había encabezado un golpe militar que gozó de fuertes y activos apoyos. La prensa lo presentaba como el hombre fuerte que venía a ordenar el país; «el Príncipe», lo apodó Mariano Grondona, jugando a ser Maquiavelo. Lo imaginaban como un generalísimo al estilo de Franco: el modelo era la larga dictadura española. El general se encargó de decir que su gobierno «no tenía plazos, sino objetivos» y se pensó a sí mismo gobernando por más de 20 años.

Pero no sólo la prensa y la élite le dio la bienvenida: es muy conocida la foto de la dirigencia de la CGT, con Augusto Timoteo Vandor como referente, reunida con el nuevo dictador al que fueron a visitar vestidos con saco y corbata. El mismísimo Perón, ante el golpe de Estado, aconsejó «desensillar hasta que aclare».

Onganía se mostró muy duro desde el comienzo y respondió con fiereza a cada acto de rebeldía que asomaba. Fue brutal con los universitarios en La Noche de los Bastones Largos, y también lo fue con los trabajadores a los que les intervino sindicatos y encarceló sin miramientos. Se estaba construyendo el escenario para los recortes y ajustes que pretendían poner fin al Estado Benefactor argentino. Se prohibió el derecho de huelga, y los intentos de resistencia fracasaron.

El 28 de marzo de 1968, un importante grupo de sindicatos, opuestos a las actitudes negociadoras y condescendientes de la CGT vandorista, crearon la CGT de los Argentinos, liderada por el dirigente gráfico Raimundo Ongaro. El nucleamiento planteaba la necesidad de enfrentar a la dictadura, pero en los hechos no lograba juntar una masa significativa de voluntades para torcerle la mano al gobierno. En Córdoba, que ya era la segunda ciudad industrial del país, lograron hacer pie gracias al rol muy destacado de un dirigente del sindicato de Luz y Fuerza, Agustín Tosco.

El año 1969 empezó con un panorama en el que Onganía parecía navegar sobre aguas tranquilas. La UIA le planteó entonces al ministro de Economía, Adalbert Krieger Vasena, la necesidad de encarar reformas laborales: achicar horas de trabajo y salarios, y sobre todo, eliminar en Córdoba y otras provincias el sábado inglés, esa conquista histórica de trabajar medio día los sábados. El gobierno decidió darle curso al pedido y ese fue un punto de inflexión. El dirigente de la poderosa SMATA cordobesa, Elpidio Torres, convocó a adoptar medidas de fuerza y se reunió con Tosco para dejar atrás en la provincia las diferencias entre las centrales sindicales y apuntar a un plan de lucha unificado contra los ajustes.

Estos movimientos coincidieron con la aparición en el estudiantado cordobés de corrientes de izquierda que, inspiradas en el Mayo francés de 1968, comenzaron a radicalizarse. La idea de unificar luchas con los trabajadores generó una gran gama de puentes entre los dos sectores. Tosco apareció con mucha regularidad en actos organizados en las universidades.

Uno de los mitos recurrentes sobre el Cordobazo dice que se trató de una insurrección espontánea. Esa versión desconoce que dirigentes de diferentes corrientes sindicales y estudiantiles se organizaron y decidieran un paro general con movilización para el 29 de mayo, extendiendo a 48 horas la decisión de la CGT nacional, que había decretado el paro para el día 30, por 24 horas. En la ciudad cordobesa acordaron los lugares por donde irían las manifestaciones, y tomaron las medidas de seguridad necesarias atentos a que las movilizaciones previas en Rosario y en Corrientes habían terminado con un muerto, múltiples heridos y detenidos. Nada estuvo librado al azar. Incluso durante la semana anterior se militó intensamente para ganarse el favor y la simpatía de los comerciantes y la población en general. La participación fue inédita, multitudinaria: los metalúrgicos y los ferroviarios hacía años que no participaban en movilizaciones y una de las sorpresas de la jornada fueron las enormes columnas que aportaron ese día.

El 29, la ciudad amaneció militarizada. Sin embargo, y a sabiendas del peligro y los antecedentes, decidieron avanzar. La policía desplegada se asustó y abrió fuego. Fue un inicio trágico, porque en ese momento cayó muerto Máximo Mena, joven trabajador del sindicato de los mecánicos, y muchos otros fueron heridos. Fue un momento culminante, de esos que definen las historias. La multitud pudo haberse asustado, pudo haber retrocedido, pero ocurrió lo contrario. Encolerizados, sin medir consecuencias, las columnas cargaron contra los policías, y estos dudaron al principio, retrocedieron tímidamente, para terminar huyendo de forma escandalosa, y así cambió por completo el efecto simbólico de una huelga que pasó a convertirse en rebelión.

La noticia de la muerte y la represión surtió un efecto de contagio en toda la ciudad. La radio y los noticieros transmitieron a todo el país la novedad de que Córdoba estaba en poder de los manifestantes. Testigos de la época contaron que tuvieron la sensación de que el pueblo se había despertado en forma irreversible: una medida de fuerza defensiva se estaba llenando de mística. Hubo un clima de euforia, miles de personajes salieron de su anonimato para convertirse en pequeños héroes aportando su grano de arena. En este universo que habitamos tal vez nos cueste imaginar un mundo sin redes sociales y celulares. Las comunicaciones se dieron en forma casera, motociclistas iban de una lado a otro de la ciudad intercomunicando a los dirigentes, las noticias corrían a toda velocidad, vecinos albergaban en sus casas a trabajadores y estudiantes que huían de algún comando represor. La opinión pública nacional estaba en vilo, los acontecimientos paralizaron la atención y los corazones de todo el país.

El gobierno, al comprobar que las fuerzas de seguridad se habían visto superadas, decidió enviar al Ejército, poner orden en la ciudad y recobrar el control. Pero la evidencia de que la revuelta contaba con tan amplias simpatías impedía cualquier posibilidad de desatar una carnicería indiscriminada. Tosco y Torres fueron arrestados a la madrugada y trasladados a La Pampa, y un tribunal militar los sentenció a largas condenas de cárcel. Recién a las 18 del día 30 el Ejército pudo recuperar la ciudad.

Los comunicados oficiales, las crónicas periodísticas y las investigaciones históricas dan diferentes cantidades de víctimas, incluso entre las fuerzas de seguridad, sin gran precisión de nombres y lugares. Los periodistas cordobeses Carlos Sacchetto y Luis Mónaco realizaron en 1971 un relevamiento de los muertos, cotejando relatos testimoniales con el registro municipal de defunciones, y constataron cuatro muertes y centenares de heridos.

La imagen de duro de Onganía se hizo añicos. Perdió autoridad incluso entre sus camaradas de las FF AA, que fueron durísimos con él. En junio de 1969 renunció el Gabinete en pleno. El nuevo ministro de Economía convocó a paritarias para descomprimir la presión laboral, pero las aguas siguieron revueltas. Conflictos gremiales, paros activos, y puebladas similares al Cordobazo se manifestaban en todo el país. Un año exacto después, Montoneros hizo su aparición pública secuestrando y asesinando al exdictador Pedro Eugenio Aramburu. Este contexto terminó de convencer a las cúpulas castrenses de la necesidad de retirar a Onganía del gobierno.

A partir del Cordobazo se abrió un proceso de luchas obreras y estudiantiles sin precedentes en la Argentina. Sólo tres años después se abrió el proceso de negociación con el peronismo y los demás partidos políticos para convocar por primera vez a elecciones sin proscripciones. Se habló de pactos sociales y de grandes acuerdos, pero esa búsqueda de consensos se desarrollaba sobre un escenario político que desde el Cordobazo había cambiado radicalmente. Lo que se negocia en las roscas políticas siempre está absolutamente condicionado por lo que pasa en las calles. Tal vez esa lección, tan elemental, sea una de las grandes enseñanzas en la que el Cordobazo puede interpelarnos.

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Política internacional

El blanco negro del neofascismo

El 14 de marzo de 2018, cuatro balas en la cabeza terminaron con la vida de Marielle Franco en Río de Janeiro. Su acompañante, el chofer Anderson Gomes, también murió. Salían de una reunión política (ella pertenecía al PSOL), cuando un auto se les puso a la par y les descerrajaron nueve disparos. Cuatro le entraron en la cabeza a Marielle, que la tenía llena de ideas y de sueños y de proyectos para su gente, los débiles entre los débiles.

El Brasil obturado, el vencido, el Brasil humillado, el que desde hace años no cesa de recibir latigazos con forma de democracia y contenido de dictadura de nuevo tipo, la despidió acongojado. Al día siguiente cincuenta mil personas fueron a su entierro. Marielle había sido asesinada en una forma de anticipo de lo que sobrevendría después, el aceleramiento de la militarización y el saqueo de la región. Es un mismo poder con las mismas ideas y un mismo comando extranjero el que ha decidido abortar posibles reacciones populares eliminando a sus referentes. Líderes campesinos, sociales, facilitadores de la paz, activistas ambientales y de derechos humanos están siendo sistemáticamente asesinados en un crescendo que el asesinato de Marielle dejó entrever.

“Mujer, negra, de Maré (complejo de favelas en Río de Janeiro) y defensora de los Derechos Humanos”. Así se presentaba la concejala Marielle Franco en las redes sociales. Tenía 38 años, una hija de 19, y llevaba ya doce años en pareja con otra mujer. Marielle había nacido y crecido en la favela, y pobres entre los pobres y aplastados entre los aplastados, los afrodescendientes eran a quien ella dedicaba especialmente su trabajo y sus proyectos, como un Programa nocturno de acogida infantil de niños cuyos padres salían a estudiar o trabajar, o como la instauración del Día de la Mujer Negra, o como campañas de sensibilización sobre el acoso y la violencia sexual en los transportes públicos.

Más tarde fueron detenidos sus asesinos, y resultó que uno de ellos era amigo del hijo de Jair Bolsonaro y el otro posaba en una foto con el mismísimo presidente. No fue un escándalo ni nada tambaleó. Brasil es todavía una carcaza de democracia envenenada con el elixir nazi. Las armas que se promueven y se facilitan a la población no tienen por objeto la autodefensa. Son la herramienta que se naturaliza para que se naturalice también la eliminación del otro cuando se considera una amenaza. En toda la región se propagandiza esa política, que exime a las fuerzas de seguridad que cumplir con el rol de prevenir el delito y al mismo tiempo fomenta en todos contra todos y la sensación de vivir rodeado de enemigos. Pero desde el poder se le da color y forma a ese enemigo. Es negro casi siempre. Y si no, es mestizo o es blanco pero pobre. Así de fácil resuelve Bolsonaroel dilema de la seguridad: con la inseguridad permanente y el asesinato impune.

Marielle no sólo era negra, pobre, lesbiana, feminista. Era concejala. Empezaron por ahí porque eso quiso decir ese escarmiento: Lula está preso, el obrero que salió de la miseria haciendo ese mérito que ellos nunca hacen porque nacen ricos, está fuera de juego por maniobras jurídicas ilegales como las que aquí la tiene a Cristina sentada en el juicio oral más bochornoso y bizarro que se haya visto. Con las cuatro balas que le metieron a Marielle en la cabeza lo que les dijeron a las negras, lesbianas, pobres y feministas fue “ni se te ocurra”. Fue “mirá lo que les pasa”.

Marielle, que era socióloga porque había estudiado en una universidad para sectores populares, se había inclinado a la acción política después de ver morir a una de sus compañeras por una bala perdida en la favela. Pasa en las favelas y pasa en las barriadas y en los asentamientos latinoamericanos donde se hacinan los pobres y que intervienen los ejércitos o las policías militares para “prevenir el narcotráfico”. El cuento de siempre en todas partes. No previenen, participan y mejicanean.

La conmoción por el crimen, que se extendió a varias ciudades del país y de otras partes del mundo, tiene su epicentro en Maré, donde Franco creció. El complejo de favelas tiene casi 140.000 residentes y uno de los peores índices de desarrollo humano en Río. Pero su rostro, hermoso, de ojos negro profundo y dientes grandes y expuestos en su enorme sonrisa, ya es un icono. Marielle sigue recordándonos desde las paredes y las banderas que llevan su rostro que eso en lo que ella creía y por lo que fue asesinada es por lo que vale la pena vivir y tantos mueren. Porque hay que decir también que América Latina es en escenario donde hace más de cinco siglos ocurren los crímenes masivos más horribles, pero también la región en la que las luchas jamás se han apagado porque siempre, cuando todo parece ensombrecerse, surge alguna sonrisa como la de Marielle.

Bolsonaro quiere un Brasil en el que los negros ocupen el lugar que les corresponde, que es donar sus vidas para ganarse la mera supervivencia. Una forma de desigualdad cercana a la esclavitud. Negras sirvientas, atentas, calladas. Quiere negras al servicio del negro, que no se quejen y mantengan la comida caliente para cuando llega el negro explotado y recupere fuerzas que le permitan ser explotado al día siguiente. Eso es estar en su lugar. Como aquí el lugar que les toca a los pobres es la intemperie, la olla popular o la inundación, la comida vencida o el ruido de las tripas. Quieren sujetos sujetados por una idea de sí mismos: no se merecen otra cosa y no deben rebelarse contra esa aberración que a ellos les parece una ley natural no menos absurda que la que hacía a los Luises creerse designados por Dios.

Desde el asesinato de Marielle, los crímenes contra activistas de sectores populares o de pueblos originarios que reclaman por el acceso al agua, a la comida o al pago al día se han incrementado de un modo atroz en varios países. Es tan obvio que van hacia la guerra, que van hacia la muerte, que van hacia el dolor de las grandes mayorías que lo único que varía en cada país es el modo en el que lo expresan y la velocidad a la que van. Pero el proyecto es el mismo. Eliminar. Cortar de cuajo el ansia de progreso, la sensación de dignidad, la esperanza de superación, la idea de lograr políticamente una organización que les permita recuperar el gobierno.

Estamos en esa encrucijada, también aquí. La maquinaria de muerte de la nueva derecha neofascista es uno de los ejes de la neocolonización. No traen espejitos de colores sino armas sofisticadas que compran a Estados Unidos o a Israel. El proyecto es bastante sencillo: quieren quedarse con todo para venderlo barato. Les sobran millones de personas y no tienen reparos en eliminarlos de mil maneras. No sólo con las balas. También con el hambre o la falta de alimentos o de techos para vivir. No les importan sus vidas, les molestan.

Marielle Franco es un símbolo, mal que les pese, de la potencia que tiene la vida de un pobre cuando tienen una chance. La mataron para que sea olvidada. Por eso no hay que olvidarla.

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Historia

Fue sin globos

El 25 de mayo de 1810, sin redes sociales, los grandes debates de la gente común se hacían en Cafés o lugares de encuentro como la Jabonería de Vieytes. Pero hay que sacarle a esta fecha todo el lastre protocolar y despolitizado de un falso folklore conservador; y volver a pensar aquellas jornadas como un acto muy riesgoso, una voluntad de recuperar el poder en manos del pueblo. Si los revolucionarios de mayo hubiesen especulado, o se hubiesen mostrado «cautos, sobrios y racionales», no hubiera pasado nada.

Foto: Carlos Brigo

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Contratapa Página/12 Página 12 Política

Balas y babosas

Vimos esta semana algunos casos de violencia horrorosa que a muchísimas personas no le entran en la cabeza ni en el alma, y que sin embargo no son producto de impulsos de odio aislado, sino de odio institucionalizado. Ese odio, inculcado, prescripto por el Estado como un remedio contra la cordura, es neutralizado, acolchado por la línea oficial que versa sobre cómo debemos tratarnos los unos a los otros en sociedad. Eso es lo que hace temblar: que lo que eriza a tantos y tantas no roza a muchos otrxs. No pueden defenderlo a boca de jarro –todavía estamos lejos del extravío brasileño–, pero lo defienden de otra manera: en los muros de Facebook la intervención de los trolls fue lineal: “¿Y eso qué tiene que ver con Macri?” o “Siempre politizando todo”. Eso nos dice que saben que a Bullrich no la pueden defender.

Menciono apenas dos casos aunque hubo más. El de San Miguel del Monte, en el que estuvo involucrada la policía bonaerense: un joven y cuatro adolescentes que iban cantando en un auto terminaron baleados y estrellándose contra un camión. Cuatro murieron y una adolescente agoniza. Esa noticia apareció en los medios primero como un simple accidente automovilístico. Ya había habido una pueblada en la localidad contra la intendenta, porque algunos vecinos declararon, apenas ocurrido el choque, que antes del estruendo habían escuchado tiros. Después se supo que ese auto cuyo joven conductor ya había sido coimeado la semana anterior por la policía por no tener todos los papeles en regla, era perseguido por un patrullero cuyos ocupantes no sabían a quién perseguían ni por qué, pero tiraban. Uno de los chicos que murió por efecto del choque tenía una bala en el glúteo (sí, como Rafael Nahuel). Tuvieron que trascender por vías alternativas estos datos tan tremendos para que los medios lo tomaran como lo que fue: un crimen múltiple producto de violencia institucional.

El otro caso que espeluznó hace unos días fue ese video que alguien amigo de los incendiarios grabó como se graba una gracia, y de hecho se reían dos hombres que bajaban de un auto en la General Paz, en una noche fría, para rociar con alcohol a dos personas sin techo que estaban dormidas bajo el guardaraíl, y prenderles fuego. Ambos terminaron con quemaduras graves. No se podía sostener la mirada durante todo el video. Daban ganas de llorar de rabia y de desconsuelo, porque es difícil imaginar a alguien más indefenso y más débil que a un hombre que se echa a dormir en una noche fría en el medio de una autopista. Y es aún más difícil comprender el goce de esos pandilleros que reían mientras intentaban asesinar, que reían mientras intentaban ver arder a esos bultos que ya habían cosificado y eran nadie.

Una se queda paralizada por la crueldad y sobre todo por la gracia o la complacencia que provoca en ciertos sectores esa crueldad. Y aparecen en los comentarios “Menos que humanos” o “Demasiado humanos”. Es decir: la crueldad abre el dilema sobre nuestra condición. No hay una respuesta cerrada y unívoca sobre lo intrínseco de lo humano en relación al bien y al mal. Ni siquiera hay consensos sobre qué está bien y qué está mal más allá de la cultura desde la que se observa un hecho. Pero el goce con el dolor ajeno, y un paso más allá, provocar con los propios actos ese dolor, y reírse del sufrimiento, remite sin duda no a la condición humana en general sino a uno de sus extremos. El tanático. El extremo que a lo largo de la historia, cuando ha aflorado, ha extinguido etnias, pueblos, el que ha arrasado y arrasa hoy a países enteros, los que están a merced de gobiernos cuyas políticas se dirigen más a la muerte que a la vida.

Por mi trabajo de entonces, en los 90, recuerdo que hubo algunos casos de linyeras incendiados en plazas bajo el imperio de la idea de que los de abajo son cosas. Que gracias que todavía no pagan el aire que respiran. Un posteo de Sebastián Hernaiz, a quien pedí permiso para citarlo, recordaba un caso aún más antiguo y literario, pero a la manera de la buena narrativa, que es que la que da cuenta de los pliegues ocultos de la realidad. Hernaiz citaba a Roberto Arlt, una escena de El juguete rabioso: Astier, el protagonista, explotado en la librería en la que trabajaba, lleno de frustración y de resentimiento, planea incendiar el local pero no se atreve. Sigue su camino, va sin rumbo por la ciudad, inmerso en su impotencia, y sin que se le viniera ninguna idea previa a la cabeza, casi sin intención y sí atravesado por una pulsión que debe descargar, de pronto pasa junto a un hombre que duerme a la intemperie y le tira un fósforo. Le prende fuego. “Una pequeña llama onduló en los andrajos, de pronto el miserable se irguió informe como una tiniebla”.

Citaba Hernaiz también a Oscar Masotta, que en los 60, en Sexo y traición en Roberto Arlt, analizó esa escena y la asimiló con en funcionamiento de al menos una de las clases medias: la que no puede con los de arriba, y salda su propio dolor ejerciendo un dolor más atroz aún en quienes están más abajo, aquellos ante los cuales sí se anima al sadismo. Pero no se trata solamente de agarrárselas no con quien corresponde sino con quien es más vulnerable, sino que con esa acción malvada se borra, se obstruye, se niega el verdadero motivo del odio que impulsa al odiador. Los atacados, entonces, cumplen un rol funcional a la supervivencia y el funcionamiento del sistema. Son los receptáculos en los que los alienados por sus propias frustraciones vomitan su bilis y se vacían, para recomenzar al día siguiente su vida miserable.

Si los seres humanos somos buenos o malos por naturaleza no es un tema, como se señalaba anteriormente, que ofrezca respuestas cerradas y concluyentes. Más allá de que podamos discernir que hay modelos de mundo y políticas inclinadas hacia la empatía o el odio, sí hay algunos apuntes olvidados, no provenientes de las ciencias sociales, que nos reenvían al mundo darwiniano pero, según afirma el primatólogo holandés Franz De Waal, provienen de malas interpretaciones. De hecho, el mayor divulgador de Darwin, Thomas Huxley, discrepaba abiertamente con él en “la cuestión moral”. Para Huxley, la “selección natural” era, cosa que nunca afirmó su mentor, la prueba concluyente de que cualquier sentimiento de cooperación, de empatía o de piedad, era “pura simulación”.

Tan hondo caló la interpretación de Huxley –que por lo demás no hizo ninguna otra cosa recordable– en el mundo científico y en algunas corrientes de las ciencias sociales del siglo XIX, que pronto fue muy conocida su “Teoría de la fachada”: cualquier intención de cooperación o colectivismo fue tomada instantáneamente como una excusa. “No estaba en la naturaleza humana”, según esa teoría, el impulso benéfico hacia el otro. Por esa época, un biólogo norteamericano especialista en babosas, Michael Ghiselin, resumió la teoría de la fachada en un párrafo apabullante: “No hay indicio alguno de caridad genuina que mejore nuestra visión de la sociedad, una vez que se deja de lado el sentimentalismo. Lo que pasa por cooperación resulta ser una mezcla de oportunismo y explotación. Dada la oportunidad de actuar en su propio interés, nada aparte de la conveniencia disuadirá a alguien de maltratar, mutilar o asesinar a su hermano, su pareja, su padre o si hijo. Rásquese la espalda de un altruista y de verá brotar la sangre de un hipócrita”.

Medio mundo está gobernado por especialistas en babosas.

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Una mayoría aplastante

Para tener la chance de volver a enamorarnos de una identidad política llamada kirchnerismo, la situación límite del país nos obliga primero a enamorarnos de crear una mayoría aplastante. Creo que es con esa disposición que habrá que militar para generar la empatia política necesaria. Con el goce y la fuerza de ser mayoría.

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Dime quien te financia y te diré para quién gobernarás

Este video que algunos medios llaman «histórico» muestra a Alexandria Ocasio Cortez recurriendo a un juego retórico para explicar por qué «el sistema» norteamericano es un fallido desde el punto de vista democrático, porque está diseñado para que las corporaciones financien la política y sean mandantes de los que deberían representar el interés de sus votantes y no se sus financistas. Bueno, anoche en la Argentina, con el apoyo del Frente Renovador y el Peronismo Federal, se voto lo mismo. Estando el lomo de los argentinos lastimado por políticas dedicadas a los más fuertes, se vota esto. Más de lo mismo. Las empresas (personas jurídicas) podrán aportar con el mismo peso que las personas físicas. Es difícil imaginar que quienes apoyaron esto tengan en mente un gobierno popular. Más que difícil. Ridículo.