Categorías
Política internacional

Ladridos, luna y esperanza

Jorge Elbaum

…y dios que miraba al mundo por los ojos de los perros
(Milonga de Los Perros, La Chicana)


Ilhapa

El último 16 de noviembre, una unidad militar pisó con una tanqueta a Ihapa, el cachorro de Evo Morales. Ilhapa quiere decir “amanecer” en lengua aymará y la cultura andina asocia ese apelativo a la noción de esperanza. Según testigos la tanqueta se hallaba realizando tareas represivas y de su interior salieron las unidades militares que se encargaron de llevar a cabo el allanamiento a una de las viviendas presidenciales. Ilhapa se interpuso frente al blindado, ladrando intensamente, y fue arrollado por vehículo. Ilhapa había sido salvado, tiempo atrás, de unos derrumbes sucedidos en las zonas San Jorge Kantutani y obsequiado a Evo. El cachorro se convirtió en la mascota de Morales y participó de visitas a escuelas primarias inauguradas durante su gestión.

Un 16 de noviembre de 1989 el rector de la Universidad Católica de El Salvador, el jesuita Ignacio Ellacuría fue asesinado junto a otras 7 personas por un comando ultra derechista autodenominada «Cruzada pro Paz y Trabajo». La proclama que se adjudicó el crimen amenazó con continuar la sangría sobre todos “los perros comunistas” que simpatizaban con la guerrilla del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN).

En Santiago de Chile, se enunció esta última semana que Rucio Capucha, el perro que se enfrentó a los carabineros en la Plaza Dignidad –o Baquedano–, fue adoptado el último 16 de noviembre luego de ser curado por estudiantes de veterinaria participantes de las protestas. Rucio se había enfrentado contra los pacos, junto a centenas de encapuchados que lo bautizaron con el apelativo que hoy pulula en las redes junto a su foto. En el país trasandino se asocia a Rucio con la memoria de Negro Matapacos el pastor negro con pañuelo rojo que acompañó las marchas estudiantiles de 2011 convirtiéndose en un símbolo de la resistencia contra la derecha post-pinochetista


Rucio

Dicen los descendientes de los pueblos amazónicos que matar a un perro tiene como consecuencia una de los peores maldiciones: que el asesino nunca podrá ser recordado como alguien que tuvo un tránsito vital sobre la tierra. Se considere que su memoria deja de ser retenida incluso por sus herederos, por su hijos y por las personas con las que tuvieron trato y familiaridad. Su contracara, en la mitología Nanti, es el fulgor de la criatura ultimada. El o ella, el perro o la perra llega a brillar en las noches como la forma esperanzada de una estrella. Su carita vuelve y una y otra vez a salpicar de alegría lxs niñxs y sus juegos –visibles en sus descendencias perrunas– son capaces de curar las peores enfermedades.

Los Nanti, junto con los Matsigenkas se sienten parientes cercanos de los perros. Afirman que el acto de aullar a la luna es una señal de conexión planetaria. Una especie de diálogo entre el ecosistema y la sensibilidad profunda del can. Quizás la íntima sabiduría de morder pacos, desafiar tanques y disponer sermones comprometidos con la dignidad humana sea algo más que un código disperso.

La esperanza de Ihapa, la ferocidad comprensible de Rucio –criado en la heráldica de Matapacos, y la voz de pausada de Ellacuría son signos de un devenir de gruñidos que defienden a nuestras lágrimas. Cuando el tiempo pase nosotros recodaderos a estos perros. Sus asesinos no habrán dejado registro del paso por la vida. No serán siquiera polvo. Pero nuestros nietos conocerán la esperanza legada de Ilhapa, la valentía de Rucio, la ferocidad del Negro, y el legado de los jesuitas de El Salvador. Todxs perrxs. Como yo.

 

Escultura en homenaje al Negro Matapacos en la Plaza a la Aviación, Providencia.