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Balas y babosas

Vimos esta semana algunos casos de violencia horrorosa que a muchísimas personas no le entran en la cabeza ni en el alma, y que sin embargo no son producto de impulsos de odio aislado, sino de odio institucionalizado. Ese odio, inculcado, prescripto por el Estado como un remedio contra la cordura, es neutralizado, acolchado por la línea oficial que versa sobre cómo debemos tratarnos los unos a los otros en sociedad. Eso es lo que hace temblar: que lo que eriza a tantos y tantas no roza a muchos otrxs. No pueden defenderlo a boca de jarro –todavía estamos lejos del extravío brasileño–, pero lo defienden de otra manera: en los muros de Facebook la intervención de los trolls fue lineal: “¿Y eso qué tiene que ver con Macri?” o “Siempre politizando todo”. Eso nos dice que saben que a Bullrich no la pueden defender.

Menciono apenas dos casos aunque hubo más. El de San Miguel del Monte, en el que estuvo involucrada la policía bonaerense: un joven y cuatro adolescentes que iban cantando en un auto terminaron baleados y estrellándose contra un camión. Cuatro murieron y una adolescente agoniza. Esa noticia apareció en los medios primero como un simple accidente automovilístico. Ya había habido una pueblada en la localidad contra la intendenta, porque algunos vecinos declararon, apenas ocurrido el choque, que antes del estruendo habían escuchado tiros. Después se supo que ese auto cuyo joven conductor ya había sido coimeado la semana anterior por la policía por no tener todos los papeles en regla, era perseguido por un patrullero cuyos ocupantes no sabían a quién perseguían ni por qué, pero tiraban. Uno de los chicos que murió por efecto del choque tenía una bala en el glúteo (sí, como Rafael Nahuel). Tuvieron que trascender por vías alternativas estos datos tan tremendos para que los medios lo tomaran como lo que fue: un crimen múltiple producto de violencia institucional.

El otro caso que espeluznó hace unos días fue ese video que alguien amigo de los incendiarios grabó como se graba una gracia, y de hecho se reían dos hombres que bajaban de un auto en la General Paz, en una noche fría, para rociar con alcohol a dos personas sin techo que estaban dormidas bajo el guardaraíl, y prenderles fuego. Ambos terminaron con quemaduras graves. No se podía sostener la mirada durante todo el video. Daban ganas de llorar de rabia y de desconsuelo, porque es difícil imaginar a alguien más indefenso y más débil que a un hombre que se echa a dormir en una noche fría en el medio de una autopista. Y es aún más difícil comprender el goce de esos pandilleros que reían mientras intentaban asesinar, que reían mientras intentaban ver arder a esos bultos que ya habían cosificado y eran nadie.

Una se queda paralizada por la crueldad y sobre todo por la gracia o la complacencia que provoca en ciertos sectores esa crueldad. Y aparecen en los comentarios “Menos que humanos” o “Demasiado humanos”. Es decir: la crueldad abre el dilema sobre nuestra condición. No hay una respuesta cerrada y unívoca sobre lo intrínseco de lo humano en relación al bien y al mal. Ni siquiera hay consensos sobre qué está bien y qué está mal más allá de la cultura desde la que se observa un hecho. Pero el goce con el dolor ajeno, y un paso más allá, provocar con los propios actos ese dolor, y reírse del sufrimiento, remite sin duda no a la condición humana en general sino a uno de sus extremos. El tanático. El extremo que a lo largo de la historia, cuando ha aflorado, ha extinguido etnias, pueblos, el que ha arrasado y arrasa hoy a países enteros, los que están a merced de gobiernos cuyas políticas se dirigen más a la muerte que a la vida.

Por mi trabajo de entonces, en los 90, recuerdo que hubo algunos casos de linyeras incendiados en plazas bajo el imperio de la idea de que los de abajo son cosas. Que gracias que todavía no pagan el aire que respiran. Un posteo de Sebastián Hernaiz, a quien pedí permiso para citarlo, recordaba un caso aún más antiguo y literario, pero a la manera de la buena narrativa, que es que la que da cuenta de los pliegues ocultos de la realidad. Hernaiz citaba a Roberto Arlt, una escena de El juguete rabioso: Astier, el protagonista, explotado en la librería en la que trabajaba, lleno de frustración y de resentimiento, planea incendiar el local pero no se atreve. Sigue su camino, va sin rumbo por la ciudad, inmerso en su impotencia, y sin que se le viniera ninguna idea previa a la cabeza, casi sin intención y sí atravesado por una pulsión que debe descargar, de pronto pasa junto a un hombre que duerme a la intemperie y le tira un fósforo. Le prende fuego. “Una pequeña llama onduló en los andrajos, de pronto el miserable se irguió informe como una tiniebla”.

Citaba Hernaiz también a Oscar Masotta, que en los 60, en Sexo y traición en Roberto Arlt, analizó esa escena y la asimiló con en funcionamiento de al menos una de las clases medias: la que no puede con los de arriba, y salda su propio dolor ejerciendo un dolor más atroz aún en quienes están más abajo, aquellos ante los cuales sí se anima al sadismo. Pero no se trata solamente de agarrárselas no con quien corresponde sino con quien es más vulnerable, sino que con esa acción malvada se borra, se obstruye, se niega el verdadero motivo del odio que impulsa al odiador. Los atacados, entonces, cumplen un rol funcional a la supervivencia y el funcionamiento del sistema. Son los receptáculos en los que los alienados por sus propias frustraciones vomitan su bilis y se vacían, para recomenzar al día siguiente su vida miserable.

Si los seres humanos somos buenos o malos por naturaleza no es un tema, como se señalaba anteriormente, que ofrezca respuestas cerradas y concluyentes. Más allá de que podamos discernir que hay modelos de mundo y políticas inclinadas hacia la empatía o el odio, sí hay algunos apuntes olvidados, no provenientes de las ciencias sociales, que nos reenvían al mundo darwiniano pero, según afirma el primatólogo holandés Franz De Waal, provienen de malas interpretaciones. De hecho, el mayor divulgador de Darwin, Thomas Huxley, discrepaba abiertamente con él en “la cuestión moral”. Para Huxley, la “selección natural” era, cosa que nunca afirmó su mentor, la prueba concluyente de que cualquier sentimiento de cooperación, de empatía o de piedad, era “pura simulación”.

Tan hondo caló la interpretación de Huxley –que por lo demás no hizo ninguna otra cosa recordable– en el mundo científico y en algunas corrientes de las ciencias sociales del siglo XIX, que pronto fue muy conocida su “Teoría de la fachada”: cualquier intención de cooperación o colectivismo fue tomada instantáneamente como una excusa. “No estaba en la naturaleza humana”, según esa teoría, el impulso benéfico hacia el otro. Por esa época, un biólogo norteamericano especialista en babosas, Michael Ghiselin, resumió la teoría de la fachada en un párrafo apabullante: “No hay indicio alguno de caridad genuina que mejore nuestra visión de la sociedad, una vez que se deja de lado el sentimentalismo. Lo que pasa por cooperación resulta ser una mezcla de oportunismo y explotación. Dada la oportunidad de actuar en su propio interés, nada aparte de la conveniencia disuadirá a alguien de maltratar, mutilar o asesinar a su hermano, su pareja, su padre o si hijo. Rásquese la espalda de un altruista y de verá brotar la sangre de un hipócrita”.

Medio mundo está gobernado por especialistas en babosas.

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Emisiones

La expresión “cambio climático” no genera, por sí sola, la violenta vibración que contiene. Ha sido enyesada y hay que liberarla. Desde hace un par de décadas circula encorsetada en la sensación de irrealidad en la que viven los ciudadanos de los países centrales y también los de los países periféricos, que fueron los primeros en quitarle contenido, porque era en esos territorios que iba a tener lugar la batalla final de la vida contra la muerte.

A mí me gusta hilar. Y no deja de asombrarme que sobre este tema comencé hablando hace unos meses de la adolescente sueca Greta Thumberg, que lidera a los estudiantes secundarios de más de ciento veinte países en la lucha por la detención de la emisiones tóxicas, y que llora en la ONU cuando habla de la aceleración de la extinción de innumerables especies. Me gustó hilar lo decía esa casi niña europea, tan áspera, tan conmocionante, con lo que se está diciendo al mismo tiempo en otros idiomas exóticos, en lenguas casi extinguidas, en lo profundo de Africa pero sobre todo de América Latina. Aquí por decirlo los matan.

El hilo va y viene porque estamos ante un cataclismo inimaginable y sin embargo escondido para la enorme mayoría de la población mundial. Todo lo demás depende de esto. Los modelos de país, las ideologías, las creencias, las utopías, hasta la esperanza. La casa común, le dice el Papa. Mapu, le dicen los mapuches. La maravilla de la vida, el esplendor de la diversidad, ha comenzado su etapa final porque este sistema de explotación de la tierra se corresponde en esta etapa del capitalismo con el sistema de explotación de los seres humanos.

Esta semana circuló un video que entre otros difundió Spanish Revolution, en el que otra mujer, pero de una vejez extremadamente bella, decía que “el cambio climático es una de las peores amenazas a las que nosotros como especie, y toda la vida sobre la tierra, se enfrenta hoy”. Esa mujer es Jane Goodall, la legendaria observadora de chimpancés en su hábitat natural, la mujer que convivió décadas con ellos, y que luego se volvió promotora y divulgadora infatigable de la defensa de la naturaleza a través de su fundación Raíces y Brotes (Roots & Shoots). La que cuando tenía la edad de Greta comenzó a ir todos los días al Museo de Historia Natural en Londres a leer, y luego ahorró hasta poder pagarse su viaje a Africa. Y allí, en la Garganta de Olduvai, Tanzania, conoció a un paleontólogo, Louis Leakey, que fue el pasaje entre el estudio de los fósiles y la observación de primates vivos y en su hábitat. Eligió para eso a tres mujeres (las otras fueron Diane Fossey y Biruté Galdikas), y las envió a vivir a tres distintos territorios y a observar la conducta de primates. A Goodall le tocaron los chimpancés, a quienes conoce mejor que nadie.

“He pasado mi vida viajando alrededor del mundo y he visto los efectos del cambio climático con mis propios ojos”, dice Jane, que tiene esos ojos azul oscuro que miran dulce pero férreamente a cámara. “Estuve en Groenlandia a los pies del gran acantilado de hielo que sube hacia el casquete del glaciar, con ancianos inuit que dicen: cuando éramos jóvenes, incluso en pleno verano, el hielo aquí no se derretía, y ahora, a finales del invierno, baja agua del acantilado y caen grandes trozos del hielo al océano”.

Goodall narra que luego fue a Panamá, y que allí también conoció indígenas que ya habían tenido que abandonar sus islas porque con el aumento de los océanos las han perdido. Dice que conoció del otro lado del mundo situaciones idénticas de islas desaparecidas. Habla de las sequías en el sur de Australia y Africa, donde hay lugares en los que no ha llovido en siete años.

Esta semana atentaron contra la lideresa Francia Márquez, en Cauca, Colombia. Intentaron matarla lanzándole una granada. Francia defiende el agua de su territorio, al que las corporaciones mineras y madereras están dejando sin accesos. Francia ganó el año pasado el premio ambiental Goldman por su lucha. Esta misma semana, ese premio, el de este año, fue otorgado a al lonko mapuche Curamil, por su defensa del agua. El premio lo recibió su hija, porque Curamil está detenido en Chile.

Todo se va hilando, voces adolescentes, voces de enorme experiencia, voces científicas, voces indígenas, todo eso teje un alerta que en cada país debe tomar una forma activa, porque es la única herramienta que tiene el 99 por ciento de la población del mundo de detener esta locura que los argentinos sabemos de qué se trata. Sabemos lo que son las corporaciones al comando. Está muriendo gente por efectos de los agrotóxicos y eso no está en la agenda porque la corporación de los agrotóxicos es uno de los presidentes que nadie ha elegido y que sin embargo decide las políticas perfectas para continuar envenenándonos.

En su video, Jane Goodall insiste en que se deben detener las emisiones de dióxido de carbono y de metano, que proviene de la ganadería intensiva y de la agricultura intensiva. Goodall dice que ya se sabe cómo prevenir el final, pero no hay voluntad política que evitarlo. Y habla de gobiernos pero también de ciudadanos. De la voluntad política de los ciudadanos. El New York Times publicó el martes una nota firmada por Brad Palmer titulada “La civilización acelera la extinción de las especies y altera el mundo a un ritmo sin precedentes”. Se acerca al millón la cantidad de especies de todo tipo que están condenadas a desaparecer.

Si la única herramienta que tenemos los comunes y corriente para evitar el desastre, deberíamos presionar a nuestros dirigentes a que nos hablen de este tema. No es un tema fácil de abordar, porque todos, absolutamente todos los poderes fácticos del mundo, están locos y creen que cuando no haya planeta ellos seguirán siendo inmensamente ricos. Pero no se detendrán hasta que no haya nada, ni siquiera su propia riqueza.

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El dinero es amor

”Love is money”, dijo Kevin Whitaker, embajador norteamericano en Bogotá, ante un grupo de legisladores colombianos con los que estaba desayunando en su residencia. Estados Unidos podría dejar que “querer” a Colombia si ellos no apoyaban al presidente Iván Duque en “las objeciones” presentadas en un capítulo de los Acuerdos de Paz firmados en La Habana en 2016, cuando el presidente era Juan Manuel Santos. Whitaker les decía que necesitaban la aprobación de “las objeciones”, aunque eso implicara desconocer a la justicia colombiana o a la Constitución. De modo que si no se aprobaban su país retiraría su cariño: “Love is money”. Básicamente, Duque quiere “objetar” algunos puntos vinculados a las pruebas necesarias en caso de que Estados Unidos reclame la extradición de algunos ex miembros de las FARC, previa acusación de narcotráfico.

Fue en los primeros días de abril. Dos tandas de legisladores de casi todos los partidos, dos desayunos, dos días consecutivos. Huevos con panceta y un café cargado fue el menú de ambos días. Aunque el embajador pidió discreción, un legislador habló (ya le retiraron la visa) y todo salió publicado en El Espectador. En una de las rondas, uno de los legisladores preguntó por qué Estados Unidos no hacía público su reclamo. Whitaker dijo que no podía, porque los acuerdos fueron acompañados y aprobados también por un enviado del entonces presidente Barack Obama. Quedaba mal. Pero en el patio trasero a los representantes del pueblo, que es un abstracto y que cuando toma cuerpo es el cuerpo que cae acribillado en plena noche o en plena mañana, Estados Unidos se considera con derecho a pedirles que voten lo necesario, aunque hayan hecho pública o prometido la posición contraria.

Hace dos semanas hablábamos de la oscuridad pública. Vale la pena ampliar la idea. Porque como vemos, aunque haya un intersticio y algo no conveniente se publique, los mecanismos de control de información están tan aceitados, que esa noticia no tiene más destino que la llama de un fósforo. Aunque alumbre el crimen más horrible o una injerencia impudorosa como la de Whitaker: se ve, pero no se ve. Se sabe, pero todo el mundo sigue con su vida como si no lo supiera.

Dos tandas de seis legisladores colombianos fueron a escuchar la recomendación de la embajada en un tema crucial, y uno de los principales diarios publicó todo. No se movió ninguna estantería. El vasallaje está naturalizado. La hipocresía se da por sentada. No hay tiempo para procesarlo. Muere gente sin parar y específicamente mueren los líderes sociales –mueren asesinados por bandas paraestatales– asignados para reconstruir las redes sociales en los territorios que ocuparon durante décadas las FARC. Entre 2018 y lo que va de 2019 llegan a más de cuatrocientos los líderes eliminados. Está claro que Estados Unidos tiene pensado qué hacer con esos territorios: no serán el hábitat natural ni bucólico de ninguna comunidad local. Los quieren para ellos y para hacer otra cosa.

En Perú, donde no hubo Diálogos de Paz, llegan a doscientos los líderes y las lideresas asesinados en estos dos años. Allí la presencia de pueblos originarios que defienden sus recursos naturales es mayor, y contra ellos actúan las patotas que los acribillan delante de sus familias, como escarmiento a las comunidades. Como en Honduras, como en Guatemala, como en El Salvador, como en Chile o la Argentina, se trata de activistas de pueblos originarios que se oponen a represas, a mineras, a agrotóxicos, a madereras. De los más de cien líderes asesinados el año pasado en Perú, sólo uno tiene una causa judicial que aparentemente avanza. Los otros asesinatos también se naturalizaron. Se ven, pero no se ven. Se saben, pero la gente continúa con su vida como si no lo supiera.

La oscuridad pública cubre un amplísimo abanico de temas que, aunque lleguen a ser publicados, nunca son interconectados ni llegan a ser enunciados con la relevancia que tienen. “El mayor enemigo de la gente es la confusión. La gente tiene que entender en qué mundo vive”, dijo hace ya algún tiempo Julian Assange, a quien ahora en Gran Bretaña ni siquiera le dejan tomar contacto con sus abogados. Es que no hay enemigo mayor para los guardianes de la oscuridad pública que aquel que aporte más fósforos para que la realidad se haga visible. Porque tenemos eso: fósforos. El poder de las cámaras y los flashes, el poder de la reproducción invasiva de las redes, lo tienen ellos.

En América Latina, ante los 800 millones de euros reunidos en un par de días para la reconstrucción de Notre Dame, fueron muchas las publicaciones de protesta porque la agenda mundial que hizo centro y foco en el incendio de la catedral parisina mientras continúa manteniendo en penumbras otros incendios, innumerables crímenes, la destrucción de ciudades enteras, como la siria Aleppo, como la palestina Gaza. Es cierto. Pero tenemos otras formas de Aleppos y Gazas aquí rozándonos, tenemos crímenes de lesa humanidad rondándonos, tenemos una derecha tutelada por mandantes que nos exigen un cinturón de castidad para que el otro polo de poder emergente en el mundo –Rusia y China– no les quite su Dorado.

Hay incendios descomunales en la Amazonia, donde Estados Unidos hace por primera vez en la historia sus ejercicios militares. Los incendios son intencionales. Empresas vinculadas a los agronegocios quieren convertir en sabana la selva, para hacerse ganaderos. Y donde no incendian, talan. Somos el escenario central de la catástrofe que sobrevendrá si no damos vuelta el rumbo. Destruirán el pulmón del planeta. Envenenan el agua. Matan a quienes viven donde ellos necesitan más rentabilidad. Hablarán de narcotráfico y terrorismo, como siempre. Los mismos que inventan a los terroristas y los arman. Los mismos que corrompen Estados para que sus fuerzas de seguridad sean cooptadas por el narco.

La oscuridad pública lo que ampara es la muerte. Y Estados Unidos siempre tuvo mucho más que ver con la muerte que con la libertad. Ese es el mundo en el que vivimos, y ésas son las desgracias a las que nos quieren arrastrar, trasladando la lógica de la guerra que impera en Medio Oriente. Mientras tanto, los pueblos convertidos en audiencias chorrean baba por odios o fascinaciones inventadas al solo efecto de hacerles creer que viven en un mundo que no es éste.