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Llegamos

Muchas veces, cuando se piensa en el trayecto se olvidan las paradas, las curvas, las caídas delsol en el retrovisor. Fueron 4 años esperando que pase este suplicio. Recuerdo las primeras plazas como un prólogo de enterezas. Los encuentros convocados por lxs compañerxs de 678, la lluvia en Comodoro Py advirtiéndole al poder que el hostigamiento a Cristina tendría consecuencias. Vuelvo a visitar los debates sobre las mejores formas de enfrentar a quienes venían –otra vez—a reclamar sus privilegios.

Pienso en esos miles de eventos dispuestos como luces para oponerse al ácido perverso de las tapas de los diarios hegemónicos. Vuelvo a sacar fotos memoriosas de esas escenas televisivas donde decenas de periodistas se agolpaban para humillar a los dirigentes populares y sembrar la sospecha sobre todo lo hecho durante los años anteriores. Punteo uno a uno la insistencia de los periodistas adscriptos al poder en inventar sucesos, idear tesoros ocultos e intentar destruir familias.

Recorro los lugares donde el efecto del poder generó formas de clandestinidad: grupos de laburantes silenciados por la amenaza de despido, dedos acusadores de biempensantes practicando discriminaciones disimuladas. Fuimos kukas, grasa militante, choriplaneros, negros y borrachos. Nos acusaron de matar a Nisman, de proteger a los comandos persa-chavistas y de ser parte de una organización terrorista interplanetaria titulada RAM. Mientras hablaban de República desaparecieron a Santiago encontrándolo 70 días después ahogado sin que nadie se haga cargo de su persecución. Asesinaron por la espalda a Nahuel y culparon a su comunidad por defender su tierra frente a ocupantes extranjeros millonarios amigos del presidente.

Con angustias, desazón y reflejos reconvertimos las pequeñas plazas de mateadas en marchas. Y desde ahí doblamos por la esquina de una avenida para prologar su final con melodía de puteada. Soportamos juntxs los discursos que pretendían hacernos acostumbrar a la miseria, el dolor gris de la pobreza arribando como una ola inmensa, la andanada de las falacias comunicacionales cubriendo de mugre el lenguaje cotidiano.

En forma paralela la entereza fue recrudeciendo en los cánticos callejeros, en los colectivos, en los subtes. Parttió del reservorio de sabiduría popular difícilmente ocultable. Se hizo fuerte en los sindicatos que no arrugaron. En la dignidad imperecedera de los organismos de derechos humanos. En los taciturnos militantes de los barrios, las villas y la vida.

No fue fácil. Algunxs pagaron en su cuerpo la perversión cotidiana de la oligarquía vestida con impolutos ropajes neoliberales. Otrxs fueron acosadxs a través de las propaladoras mediáticas sin tener derecho a defensa. Quiénes habían intentado mejorar la vida de la Patria eran diariamente etiquetados como criminales.

Pienso en ese compañero que conocí en 2016 en las redes sociales que me adelantó que no iba a llegar a ver este día porque venía picado de una enfermedad final. Conjeturaba el regreso y me adelantaba que estaría festejando hoy en las canciones saltarinas de lxs pibxs. En el pogo inmenso de una alegría merecida. En sus nietxs con píercing, tatuajes y pañuelos verdes.

Es por esto que para muchxs de nosotrxs se nos hace bastante lógico andar de melancolías en los ojos. Es que todavía llevamos encima el empeño de tantxs: sus rostros, sus rabias escondidas frente al espejo del baño. Sus brazos tatuados con consignas. Sus reconocimiento sensibles a tantos compañeros rotos. Su puñado de bronca en formato de bombo. Su deseo indisimulado de festejar el final de una pesadilla que hoy termina.

Hoy, en las Plazas de esta sufrida tierra, se convocan las lágrimas y las risas. Los agradecimientos, los festejos y el orgullo por lo entregado.

Algunos se mirarán a los ojos a sabiendas del esfuerzo puesto para poder llegar más o menos enteros hasta este día. Y otrxs, con algunos años más –y con varias heridas sin cicatrizar– se podrán a rememorar los peldaños doloridos que tuvieron que escalar para no caerse. Todos ellxs gozarán con la convicción de haber sido parte de quienes aportaron para que esta porción de tierra no siga sufriendo los embates del egoísmo trasmutado en legítima proclama y emblema. Todxs ellxs sabrán de la gratificación que implica saberse parte de quienes no arrugaron ante el desprecio organizado. Ninguno de ellxs guardaron sus banderas en el ropero cuando la brutal (o sutil) prepotencia del dinero arreciaba.

Es verdad que fue doloroso y lento el paso de los días en esta saga despiadada. Pero es importante reconocer su contraparte: fue maravilloso ser parte de quienes fuimos capaces de escupirle el asado. De quienes les aguantamos la mirada. De quienes no se postraron antes sus amenazas, sus prepotencias y sus extorciones.

Fue un verdadero himno de abrazos el haber llegado hasta acá. Con todas las enterezas de otras historias en los huesos. Habiendo homenajeado a quienes hicieron lo propio durante siglos: enfrentar al privilegio instituido, a su perversión más o menos solapada. A su orden de sometimiento postrado. A su maldad maquillada con brillos falsos.

Es verdad que viejos y queridos aprendizajes militantes nos ayudaron a no apresurarnos ni cometer (tantos) errores. Fueron años emparentados con peleas ancestrales. Y la luminosidad de 30.000 voces contribuyeron a dotarnos de una pedagogía inmanente. Sus vidas funcionaron como linternas en los recovecos de esta Larraga noche.

Sabemos que cada uno festeja como sabe y puede. Yo, por mi parte, miraré a los ojos de quienes llegaron una tarde a su casa para decirle a su familia que ya no tenían trabajo. Y me abrazaré a las rejas de quienes padecieron la persecución y el encierro. En ese revoltijo de pupilas entremezcladas voy a encontrar mi certeza íntima y colectiva. Diré “llegamos”. Y brindaré con ellxs.