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Moral y sentido común

En un primer momento, cuando las defensas discursivas estaban bajas, el ministro de Justicia Raúl Granillo Ocampo disparó su dardo, seguramente en paz con su conciencia y su leal modo de ver y entender: dijo que no debería haber jueces homosexuales. La polémica estalla de tanto en tanto, pero progresa en espiral hacia un horizonte más lindero con el nuevo milenio que con Torquemada. Con monseñor Quarracino ya ausente, el último expositor de las discapacidades –esta vez físicas, aunque por qué no morales– de los homosexuales fue Daniel Passarella, predicador de envases masculinos prolijos y desprovistos de aro.

Un ministro –tan luego el de Justicia– no podía violar la ley, y a la sazón en la Argentina existe una ley antidiscriminatoria que, aunque deja dudas con respecto a si defiende sólo los derechos de las personas en virtud de su sexo o también en virtud de su orientación sexual (dos cosas bien distintas), el ministro se rectificó y todos contentos.

Granillo, sin embargo, explicó que no quiso decir lo que dijo apremiado por un alud de voces que llegaban desde los medios recogiendo consenso. Hace apenas algunos años –¿dos, tres?–, la defensa de los derechos de los homosexuales y el reconocimiento de la aberración que constituye su aislamiento o su discriminación formaba parte de una agenda restringida, acotada y resistente –sostenida entonces por muy pocos medios, entre ellos éste– que poco a poco fue incorporándose a ese compendio de acuerdos colectivos tácitos o explícitos que se da en llamar habitualmente sentido común.

Hoy, a los productores que organizan las mesas redondas de los programas televisivos debe costarles muchísimo encontrar la pata de la discordia, el personaje cavernícola dispuesto a enfrentarse con la antipatía que despierta el sostener que los homosexuales no deben ser jueces o integrar la selección, ser maestros, candidatos políticos o cualquier otra cosa que les venga en gana. El discurso antidiscriminatorio horadó la piedra y sólo los que disfrutan irritando o provocando a los demás siguen firmes en sus puestos.

Al final de su programa del jueves pasado, Mariano Grondona –que consiguió al mentado cavernícola para su mesa, un tan doctor Bosch– hizo su síntesis, que coincide a grandes rasgos con el discurso general sobre al caso Oyarbide: aquí no se está juzgando su orientación sexual, sino el ocultamiento que Oyarbide hizo de ella. Otra vez, como en el escándalo sexual que arreció contra el presidente Clinton, aquí no se juzga la vida sexual de nadie, sino sus mentiras. El escándalo Clinton parece ahora un desliz de niño travieso comparado con el caso Oyarbide, quien al margen de ocultar su orientación sexual (¿y por qué debería haberla confesado? ¿Proclaman su heterosexualidad los heterosexuales?) cometió, al parecer, otros delitos graves, ocultó cosas mucho más delicadas que su gusto por la estética grecorromana. Es dable suponer que Oyarbide no es el único juez homosexual en funciones. Es probable, además, que esos otros jueces estén cumpliendo correctamente con sus tareas y, si de jugar campeonatos morales se trata, es posible que estén en condiciones de llegar a la final. Pero el solo hecho de armar un fixture en virtud de la orientación sexual de jueces, jugadores de fútbol o candidatos es un disparate. Lo es en tanto creamos de verdad que esta sociedad no es discriminadora, aunque hay elementos, y de sobra, para sospechar que cuando un discurso se superpone a otros y muchas voces se pliegan a él, eso no significa ni remotamente que lo que ese discurso propone se corresponde con lo que de verdad se siente, se cree, se piensa. Las vinculaciones de Oyarbide con fiolos profesionales, con policías que actuaban en connivencia con esos fiolos y sus relaciones con el poder lo alejan de la imagen pública de patética fragilidad que intenta dar, rompiendo en llanto, admitiendo a desgano que él no preguntaría a nadie qué hace entre sus cuatro paredes privadas, dando a entender que de lo que él hacía mejor no hablar. Sin embargo, que el hilo más delgado de esta trama canallesca sea un juez homosexual dice algo. Dice que ser homosexual en la Argentina es dar pie, pasto y materia prima a las fieras. Y que ser homosexual y callarlo es una trampa, cuando también es una trampa ser homosexual y admitirlo. Aquí, reza la voz popular, no se está juzgando la vida sexual de nadie. Oyarbide tendrá su juicio político y seguramente será destituido no por ser homosexual sino por ser responsable de delitos intolerables en alguien de cualquier orientación sexual. Pero sacándolo a Oyarbide del medio, queda planteada la cuestión: ¿De verdad no juzgamos la vida sexual de nadie? Saquémonos la foto progre rápido, a ver si se nos cae la careta.

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