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Hogares nuevos

Si esta época tiene alguna característica que la particularice, es precisamente la proliferación de características opuestas. No hay tendencias, sino pares de ellas, y todas son radicales, extremas, neuróticas. Cualquier relleno trae aparejada la falla por la que el relleno desaparecerá, provocando cierta clase de vacío que derivará en diversas formas de protesta (o de esperanza, si hablamos de las dicotomías que nos nublan). Protestas (o esperanzas) individuales, porque cada vez más nos autopercibimos como Robinsons Crusoe, y los hay por millones. Cada vez más creemos que aquello que nos pasa a todos nos está pasando exclusivamente a cada uno de nosotros.

Entre los miles de pares de tendencias opuestas existentes, una, por ejemplo, se ubica en las corrientes migratorias que convierten a las nuevas ciudades en desiertos poblados por millones de personas que arriban a ellas en forma de protesta por el desamparo de sus lugares de origen, y en forma de esperanza: los ilusiona conseguir un empleo, por ejemplo. Pero al mismo tiempo, la burguesía abandona las ciudades y las cambia por countries, en forma de protesta por la baja calidad de vida que ofrecen las grandes urbes, y en forma de esperanza: la ilusiona volver a conectarse con macetas y palas y atardeceres y grillos y bicicletas.

Los que van, los que vuelven, los que llegan, los que se van. Ir y volver son dos verbos que concentran buena parte del sentido de las nuevas tendencias contradictorias. En su libro El eros electrónico (Taurus), el sociólogo español Román Gubern analiza soberbiamente los fenómenos emocionales, afectivos y cotidianos que surgen de las nuevas tecnologías mediáticas. En uno de los capítulos en los que Gubern se concentra en el ámbito en el que esos fenómenos ocurren, habla de la “hogarótica”, es decir, de los hogares de hoy, distintos a los de ayer, en los que se entroniza una de las tendencias más fuertes de los últimos tiempos: la claustrofilia, es decir, el apego al claustro en el que el individuo autosuficiente de hoy tiene todo lo que cree que necesita, desde calefacción o aire acondicionado a Internet, desde freezer y microondas a televisión. La claustrofilia se opone a la agorafilia, la tendencia a hallar en el afuera los estímulos tribales que hoy los individuos obtienen apenas en los recitales, los partidos de fútbol o las plazas públicas.

La semana pasada, en Buenos Aires, Philips presentó su nueva línea de productos, una de cuyas estrellas son los televisores planos, que podrían colgarse de una pared como cuadros. En su libro, Gubern desliza que aun está por estudiarse el impacto de los televisores en los salones burgueses, cuyas paredes han ido lentamente perdiendo sus cuadros como señal de distinción y objetos mirables, para abandonarse al goce del Home Cinema: hace unos años, los televisores se encondían. Hoy las últimas tendencias en decoración sugieren dejarlos a la vista, subrayar su status de altar pagano y dejar que la ubicación de los sillones del living evidencien que la familia ya no se reúne frente a la chimenea, sino frente a la pantalla.

Otro sociólogo, Tomás Maldonado, halló en la tendencia de opuestos “selva-fortín” otro de las principales rasgos de la época. La selva es el territorio de los otros, generalmente desintegrados al sistema. El fortín es el hogar bien provisto de barreras. Dos miedos dominan a los habitantes del fortín: el miedo a la intrusión humana, en forma de ladrones o usurpadores, y el miedo a la pérdida de la privacidad, en forma de micrófonos o teleobjetivos. Una casa protegida, completamente opaca a los ojos de los otros, situada en el extremo opuesto de esa otra casa que se montó en Chile y ahora causa furor en España: la casa transparente, en la que su única habitante se deja ver comiendo, durmiendo, bañándose, haciendo sus necesidades o el amor, una casa catártica, obscena.

Mientras tienen lugar estas tendencias opuestas, un estudio del Instituto Nacional de Estadísticas francés reveló que en los últimos años las conversaciones directas entre las personas y los comerciantes de sus barrios disminuyeron un 26 por ciento, las charlas con amigos, un 17 por ciento, con los colegas del trabajo, un 12 por ciento, y con los miembros de la propia familia, un 7 por ciento. Lo que no disminuyó, sino aumentó, es el uso del teléfono. A la casa-fortín el mundo entra por el enchufe.

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