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Achicarse

Hace un año nos habíamos encontrado en el mismo lugar, el club, y casi a la misma hora, mediodía de domingo. Ella es psicóloga y su marido es arquitecto. Entonces, hace un año, a él le habían recortado el sueldo fijo en el estudio en el que trabajaba y a ella comenzaban a írsele los pacientes, más angustiados que nunca por la crisis pero acorralados por la falta de trabajo. Ya había empezado el achique. De arriba para abajo, de abajo para arriba. Todos sacando agua del bote para mantenerse a flote.

Hace un año los dos decidieron suspender el abono de tenis y convencerse de que en un país con millones de situaciones límite, límite en serio, uno no puede quejarse porque tiene que suspender un abono de tenis. Empezaron a ocuparse entre ambos de algunas cosas de la casa que antes confiaban a una señora que iba tres veces por semana, y que además cuidaba a la hija de ocho años hasta que ellos llegaran. “Mi trinchera es la plancha”, me dijo ella aquella tarde. “Odio, aborrezco planchar. Ahora Odilia viene solamente los jueves pero yo le junto todo y plancha ella. Pero lavar, hacer las compras, limpiar, cuidar a Tami, de todo eso nos encargamos nosotros.”

Unos meses después volvimos a encontrarnos. Odilia ya no iba ni siquiera los jueves. El no había encontrado otro trabajo, ella estaba con menos pacientes todavía (“Ahora van a ver a una bruja o toman flores de Bach. El psicoanálisis no es atractivo en recesión, es largo y hay que estar hablando de lo que te pasa, y la gente prefiere no pensar”). Ella estaba ojerosa y algo desanimada, pero es una mujer fuerte y con su esposo habían logrado entretejer una muralla de resistencia amorosa ante la tempestad. “Nos turnamos para recibir a Tami cuando vuelve de la escuela. A veces lavo la ropa yo y a veces él.
Cocinar nos relaja. Nos estamos demostrando mutuamente que podemos apoyarnos uno en el otro. Para la pareja, esta crisis está viniendo bien”, me dijo ella esa tarde, crispada pero todavía entera. “Mi trinchera es el colegio de Tami”, agregó. Tami va a un bilingüe de Palermo en el que cobran 400 pesos por mes. El y ella estaban muy contentos con el nivel de inglés que Tami había adquirido en los últimos dos años. El y ella, como tantos otros padres de clase media, cuando escuchan a su hija de ocho años pronunciar frases completas en inglés, la imaginan armada con un ariete defensivo que acaso la pondrá a salvo de la intemperie por venir. No conquistará los siete mares agregando el inglés a su currículum, pero al menos no será descartada en la primera entrevista de trabajo.

El domingo pasado volvimos a encontrarnos. Ella estaba desmejorada y él silencioso. Había tensión. Después de un rato de esa charla ambigua y semivacua que se practica en los clubes, ella me contó que la crisis había acabado con su última trinchera. El año próximo Tami no irá al bilingüe. Fueron a hablar con la directora y el colegio se mostró inflexible. El arancel no se negocia. Ella volvió a su casa con la negativa que le habían dado en el colegio, y los dos hablaron con Tami y le dijeron que el año próximo buscarán para ella algún otro colegio que esté a su alcance. Tami no protestó, pero esa noche tuvo fiebre.

“Y el lunes –siguió contándome ella– estaba atendiendo a una paciente, a una profesora de matemáticas a la que echaron hace dos meses. Sufre mucho. Necesita el trabajo pero sobre todo necesita el contacto con los alumnos. Disfruta mucho enseñando. La mina me decía que veía todo gris, que no tenía ganas ni de comer, ni de salir, ni de hablar con amigas. Me pidió que la siga atendiendo, porque por lo menos venir al consultorio esuna salida que puede seguir haciendo, y tiene mucho miedo de deprimirse. Le dije que sí, y le insinué que haga cosas que le den placer. Son esas boludeces que decimos los analistas casi por reflejo. Y ella me miró y me dijo: `Placer me da enseñar, y no me dejan’. Y ahí me di cuenta de la pavada que le estaba diciendo, y me sentí ridícula, y en ese instante me vino la carita de Tami a la cabeza, y sentí que todo es tan injusto, tan injusto, para Tami, para mi paciente, para mi marido y para mí. Se me llenaron los ojos de lágrimas y la mina se dio cuenta. Terminamos llorando abrazadas, ¿no es loco?”

¿Será loco que una psicóloga y su paciente lloren abrazadas por el desencanto en el que las dos están envueltas? ¿Cuál es el trazo de locura que empapa todas estas vidas? Alguno, hay.

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