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La prueba del vitel thoné

Nunca un vitel thoné en mal estado fue tan esclarecedor. Sin el mal sabor del peceto salseado con crema y atún, cuya antigüedad parece haber sido considerable y constituye ahora uno de los delitos a investigar, la fiesta de egresados de los 634 cadetes de la Vucetich probablemente hubiese transcurrido con algunos borrachos, como cualquier fiesta de egresados, y chau. De modo que sólo la rara procedencia de un simple vitel thoné salvó a la sociedad bonaerense de tener su principal ruta custodiada este verano por agentes que, llegado el caso y presas de un ataque de rabia colectivo –desatado no por un crimen, no por un despido en masa, no por una injusticia alevosa, sino por un plato en mal estado–, son capaces de robarse 2600 cubiertos, 2200 servilletas de tela, 2100 vasos y copas, 383 jarras, 380 platos, 180 manteles de tela, 167 paneras, 143 hieleras, 46 sillas, 9 mesas plegables, 5 bafles y 1 amplificador.

La maldita policía no se ha corregido ni enmendado: sólo se ha pauperizado. Es ahora la berreta policía que estalla en furia y en familia, porque eso sí, la célula básica sigue funcionando hasta en el momento de éxtasis catatónico en el que más de mil personas entran en trance y deciden, como antes pero módicamente, hacer justicia por mano propia y cobrarse por su cuenta los 32 pesos que les costó una entrada que incluía el tan mentado vitel thoné (se suponía, claro, que por lo menos pasable). Cadetes, amigos y familiares. Tal era la población de la fiesta inolvidable: cadetes que acababan de terminar su instrucción en la Escuela de Policía Bonaerense, y amigos y familiares de esos cadetes.
Puede uno preguntarse qué tipo de instrucción se recibe en la escuela, cuando sus egresados resultan tan incontinentes y se dejan llevar con una predisposición tan laxa ante lo que consideran un atropello. Se han tenido noticias de comida en mal estado también y largamente en comedores infantiles, en colonias de vacaciones, en geriátricos, en restaurantes al paso, en hoteles sindicales o en quioscos de 24 horas, y nunca se supo que los niños, los viejos, los paseantes, los comensales o los afiliados le dieran cauce a su indignación de una manera tan vehemente y tan chorra: ¿un bafle cura un dolor de estómago? ¿Cuatro paneras reparan un mal momento? ¿Veinte cubiertos alivian un desencanto?

La reacción colectiva y en cadena que incluyó trompadas a los mozos y a los empleados de la concesionaria, el rapto de neurosis afiebrada que desvalijó al disc-jockey o la modalidad primate en que los 634 cadetes, sus amigos y sus familiares enfrentaron la adversidad de un vitel thoné agrio, está sirviendo de predicción ante eventualidades futuras y para colmo harto probables en el trabajo de un policía. Mejor no imaginemos qué reacción le correspondería a un ladrón que no escucha la voz de alto, a un sospechoso que no tiene documentos o a un ciudadano que los insulta.

El vitel thoné en mal estado lo que puso en escena fue el descarnado lumpenaje del que el gobierno bonaerense está sacando gente para armarla y encomendarle el tutelaje de la sociedad. Podría ser neorrealismo italiano, realismo mágico colombiano o grotesco criollo: 634 suboficiales de policía que celebran su fiesta de graduación y que, ante la decepción de un vitel thoné en mal estado que los devuelve a su realidad de último orejón del tarro y les arrebata el sueño reciente de haber trepado un escalón social, se chiflan y arremeten con lo que acaban de adquirir: impunidad para ejercer violencia.

De aquí en más, para dar esta lección por aprendida, las autoridades de la Vucetich deberían instaurar la prueba del vitel thoné: año a año, en cada fiesta de egresados, deberían contratar a una empresa que les sirva comida en mal estado, hasta lograr una camada de suboficiales que ante la contingencia elija representantes y se dirija al concesionario para decirle discretamente: “Escuche, caballero, esta carne sabe mal. ¿Qué podemos hacer para tener la fiesta en paz?”.

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