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El tren y el alma

A veces conviene callarse y escuchar. A veces conviene asombrarse en silencio. A veces, todavía o por fin, seguro que por suerte, se pueden dejar en el estante todos los libros que uno ha leído, todas las teorías que ha sostenido, todos los credos a los que ha renunciado, todas las discusiones ligeramente alcohólicas que uno ha mantenido en infinidad de sobremesas sobre Las Verdades en las que ha creído fervientemente quince minutos o quince días o quince años, y con las que ha jugado miles de pulseadas intelectuales con Las Verdades un poco más a la izquierda o un poco más a la derecha en las que han creído nuestros amigos o nuestros conocidos. A veces, y ésta es una de esas veces, puede uno inclinarse humilde y sensatamente ante otro tipo de verdad, ante una lección infinita que pone las cosas en su lugar: hay disposiciones del alma de las que carecemos. Y punto.

Se lee en el diario: “Los cartoneros llevan en tren a Tucumán una tonelada de alimentos y ropa que juntaron para un comedor infantil”. Se lee en la nota: una cartonera recibió una carta de un familiar de Tucumán, apenas cinco líneas. Alguien que sabe escribir pero que seguramente no se destaca en el género epistolar, y alguien que sabe leer pero que seguramente no tiene biblioteca en su casa de chapa, hicieron contacto. La que escribía era la directora del comedor Los Conejitos Felices. La que leyó fue una de las cartoneras que diariamente viaja en el Tren Blanco. El reclamo de comida para los niños tucumanos puso a los cartoneros en otro lugar, un lugar intransitado, otro de los lugares de los que han sido corridos: el lugar del que puede hacer algo por alguien, el lugar del que puede ayudar, el lugar del que no tiene nada pero es dueño de sí y de sus intenciones, de su esfuerzo y de su idea del bien. El reclamo los puso en un lugar potente, donador, insospechado. ¿A quién, si no a esa directora desesperada del comedor infantil tucumano se le hubiese ocurrido pedir ayuda a los más pobres entre los pobres del conurbano? La desesperación, se ve, pone en acción, pone en marcha, revela.

Paquete tras paquete de polenta fueron apilándose. ¿A quién le sobra un paquete de polenta o un paquete de fideos? ¿Y un juguete? ¿Y ropa? A nadie. A esa gente no le sobra nada, y eso es cierto y es objetivo si uno lo mira desde un living en el que un chico urbano llora porque sus padres han cortado el cable y ya no puede ver Nickelodeon. Pero parece que hay otras dimensiones y hay otras cualidades que esta historia desnuda, y que paradójicamente hacen que uno sienta la propia desnudez de sus necesidades, amplificadas por la lupa del sentido de clase.

Volviendo a nuestros queridos libros, hay uno, Cómo ser buenos, del británico Nick Hornby, que me vino a la cabeza esta mañana cuando vi el título del diario, porque es el último que leí pero también porque indaga de una manera feroz y disparatada el ejercicio de la bondad que hacen los progresistas. Una médica quiere el divorcio después de veinte años de matrimonio con un periodista que escribe una columna cínica todos los días en un diario. Ella está harta del egoísmo de su marido. En tren de reconciliación, van al teatro. A él nunca le gustó el teatro pero esa noche parece disfrutar de la función. Ella lo nota raro. Atribuye la emoción de él al miedo de que ella insista en el divorcio. A la salida, caminan hasta que pase un taxi. Hay un chico en la esquina, pidiendo monedas. El marido va hacia él. Se palpa los bolsillos, pero no tiene nada. Le pide a su mujer, nerviosamente, su cartera. Sin darle tiempo a reaccionar, saca la billetera de ella. Ella cree que va a darle al chico una moneda, pero sorpresivamente el marido vuelca sobre las rodillas del chico todo el dinero que hay en la billetera. Ella, que ha mirado azorada la escena y cree que su marido se ha vuelto loco, en un impulso le arrebata al chico los billetes, sus billetes. Lo que sigue, en la novela, es un crescendo delirante en el que el marido avanza por un camino de presunta conversión espiritual, y ella, al ver atravesados todos sus límites de bondad y progresismo, defiende su mundo con argumentos que sabe que son falaces y estúpidos, cuando no directamente horribles.
Hacia el final de la novela, la médica, forzada por la flamante “excentricidad” de su marido a una sinceridad que ella misma detesta, confiesa, cuando advierte que tiene unas irrefrenables ganas de comprarse un discman y unos cuantos compacts: “Y sí, sí: piensen cuántas bolsas de arroz podrían comprarse con doscientos dólares… Y en el tiempo que le llevaría a una niña asiática de doce años ganar ese dinero en la fábrica donde la explotan de sol a sol. ¿Puedo ser una buena persona y gastarme esa suma en productos de consumo caros? No lo sé. Pero sé lo siguiente: no puedo ser buena sin ellos”.

Esa es tal vez la enorme diferencia entre muchos de nosotros y los cartoneros del Tren Blanco, ésa es acaso la lección: ellos no tienen regulada la bondad ni la solidaridad por ninguna necesidad abstracta. Si han comido, si les han dado de comer a sus hijos, lo demás puede ser destinado a otros que tienen hambre. Todos ellos son gente que ha volcado el contenido entero de sus billeteras en las rodillas de un chico hambriento, y que no se lamenta sino que se alimenta de ese gesto.
No tienen casi nada, pero tienen algo de lo que nosotros carecemos. Tienen esa disposición del alma. A callar, y a aprender.

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