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¿Y esto?

Desde hace una semana no hago más que toparme con gente aterrorizada con la posibilidad de ser confundida con oficialistas. Es más, conozco varios que tiemblan porque de lo que tienen miedo es de convertirse en oficialistas, lo cual ya sería el colmo. “No estaba preparado para esto”, me dice un amigo periodista por teléfono. “Es tremendo”, agrega. “Tantos años de pensamiento crítico y ahora me exprimo el cerebro y no me sale criticar nada”, sigue. “No puede ser”, lo consuelo. “Vas a ver que van a pisar el palito”, lo aliento. “Eso espero”, dice él. “Si no, ¿de qué voy a vivir? ¿De qué me voy a disfrazar? ¿De simpático?”, continúa. “Algo anda mal: todo va bien”, concluye.

Convengamos en que la amenaza del oficialismo para un periodista es algo así como una espada de Damocles, como un talón de Aquiles o como un hilo de Ariadna que puede internarlo de cabeza en lo más profundo del laberinto profesional. Pero nadie parece estar a salvo del fantasma, ni siquiera los analistas y sus pacientes. “Ayer tuve sesión y me la pasé hablando de mi estado de ánimo”, me dice una amiga. “¿Andás mal?”, me inquieto. “¡No!”, me contesta excitada: “¡Estoy contenta!”, dice. “¿Y a que no sabés? ¡Mi analista también! Dedicamos toda la sesión a ver cómo gestionamos la alegría, porque imaginate que hago análisis hace como ocho años, pero nunca hice otra cosa que quejarme. Así que estoy como descolocada”, me explica.

Mi vecina llega a mi casa indignada. Kirchner está hablando por televisión sobre Nazareno. Escuchamos atentamente. Cuando termina, nos miramos. Ninguna de las dos sabe qué palabra usar para calificar lo que acabamos de presenciar. Es más: tenemos la sensación no sólo de haber visto sino de haber sido testigos de algo importante. “Sorprendente”, me animo, al fin, a insinuarle. “Sí, pero qué jodido”, dice ella. “¿Qué jodido qué?”, me enervo apenas. “Que este tipo disimuló en la campaña, no me digas. Se hacía el boludo o qué. Si hubiera hablado así yo lo votaba, ¿te das cuenta? Por su culpa no lo voté”, desgrana, con lógica femenina implacable, antes de enumerar todas las razones por las que decidió, el 27 de abril, no encolumnarse atrás del mal menor, y depositar su voto, cual perla cultivada, con la boleta de una minoría purista. “Y ahora siento que me quedé afuera, caramba, no tiene derecho.”
“Mantengo mi entusiasmo en estado de alerta”, aporta una chica joven y habituada al descreimiento en general y en particular. “¿Vos también creés que está por pisar el palito?”, la interrogo. “¡¡No!!”, interrumpe. “No quiero abandonarme al entusiasmo, así me sigue deslumbrando”, me aclara, como si esos ejercicios de escepticismo eufórico fueran fácilmente asimilables para generaciones que, como la mía, cuando ven un hueso con carne lo muerden hasta con las muelas de juicio.

Algunos viven el presente como si fuera de cristal, con miedo a romper el encantamiento. Otros lo toman con pinzas, como el que se ha quemado con leche y ve una vaca, o como el que ha dormido con un niño y ha amanecido mojado. No faltan los que se van permitiendo, a medida que el señor Kirchner parece ir subiendo su apuesta, cierto estado de arrobamiento homeopático que sólo confiesan cuando intuyen que están con otros que padecen el mismo estado de ligera infección de salud. Pero no cabe duda de que, por estos días, este país está lleno de gente desconcertada. El menos carismático de todos se está volviendo un antihéroe de traje descruzado al que Elisa Carrió le pide moderación y que es capaz de enternecer (¡epa!) hasta a la mismísima Hebe de Bonafini.

Nadie puede, todavía, acertar a decir si Kirchner es alguien extraordinario, o alguien absolutamente ordinario en el sentido que a él más le gusta: alguien absolutamente normal, pero tan normal que cuandoescucha hablar a Julio Nazareno advierte que lo que dice Nazareno no es apropiado que lo diga el presidente de la Suprema Corte de Justicia. Hemos pasado, en conjunto, por tantos períodos de anormalidad ininterrumpidos, que nuestros parámetros pueden haber cambiado sin que nos demos cuenta, y puede ser que Kirchner, sencillamente, esté poniendo las cosas en su lugar. Hemos naturalizado tanto los mamarrachos y las deformidades, que puede ser que lo que esté pasando sea apenas una entrada gelatinosa –vertiginosa– en la normalidad.

Como fuere, alertas, desconcertados, hoscos, tímidos, asombrados, azorados, sonrientes, miles y miles se asoman cada día al festival del fin de época. Y ya empezó a esbozarse un paisaje, más chiquito y más realista que aquel en el que se pedía que se fueran todos. Un paisaje más a mano, un viaje que uno siente que incluso puede pagar: finalmente, algunos están insinuando que pueden ser útiles, otros acaso resulten indispensables. Y tal vez, si salen bien las cosas, logremos que se vayan los que se tenían que ir.

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