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Una mujer potente

Alguna vez fue una mujer potente, en el sentido que este país le daba a la potencia. El sentido que este país le daba a la potencia estaba íntimamente relacionado con la idea del poder. La idea del poder en este país, en ese entonces, era atroz. A casi nadie se le ocurría que el poder debía tener límites precisos, contralores o reglas. Con vaselina y efectos especiales, se borró el matiz entre el poder y el abuso de poder. Lejos de sentir rechazo o aversión por esa desmesura, mucha gente adhería a ella, creyendo ver el hambre en la gula, la fortaleza en la ambición, la astucia en la vileza, la inteligencia en la capacidad de disimulo. Gobernaba Carlos Menem y María Julia Alsogaray estaba en su apogeo.

La ingeniera se había sumado a la constelación menemista eyectada desde la galaxia liberal. Lo que podría haber sido un choque ideológico entre un gobierno presuntamente peronista y una exponente del pensamiento conservador más bizarro conocido terminó en un roce amoroso que a ella iba a embarazarla, sucesivamente, de grandes cargos, enormes cargos.

Que fuera ingeniera le daba carácter. Que su apellido fuera Alsogaray le daba un pedigree político que al menemismo le venía bien. Eran épocas en las que Menem estaba desprendiéndose del ideario peronista y como identidad de reemplazo necesitaba otra, mientras construía la suya, que tan bien y tan claramente edificó.
Cuando la ingeniera se asomó al estrellato en el que se mantendría casi una década, lo hizo con ese rictus propio de las mujeres fuertes según contaba la leyenda menemista. Iba a encargarse de las privatizaciones más importantes, iba a cargar sobre sus hombros las primeras tandas de despedidos que provocó el achicamiento del Estado, iba a reducirle la cabeza al Estado, colmando con esa reducción, acaso, algún complejo de Edipo atravesado: lo colmó llevándole a papi, como trofeo, decenas de miles de cabezas de despedidos estatales.

Políticamente, fue una primera dama con poderes plenipotenciarios, en un país con una primera dama humillantemente echada de la Quinta de Olivos y una incipiente primera damita que todavía cursaba el secundario. Fue una interlocutora válida y necesaria, alguien con quien es fácil imaginarse a Menem planificando tropelías. Aquel gobierno hacía prensa con su inteligencia, que ella paseaba por estudios de televisión como quien pasea a su doberman por la cuadra. No se sobresaltaba. No se conmovía. No se avergonzaba. No se dejaba doblegar. Contraatacaba. Tenía elementos para hacerlo: casi nadie nunca la puso en un aprieto. Gozaba de la verba vacua y los números falsos para salir airosa de los debates. Miraba sanguinariamente a quien se le pusiera delante, sin perder nunca esa mueca lejanamente parecida a una sonrisa de Gioconda irónica. Ella sabía muchas cosas que los demás ignoraban. Estaba al tanto de muchas puertas secretas. Tenía salidas de emergencia. Y cuentas bancarias que cada día crecían en la sombra, mientras papi seguía orgulloso de la nena, que le había salido con don de mando y una sugestiva dosis de impiedad.

Cuando uno lee ahora las causas que poco a poco fueron sumándosele en la Justicia, es casi increíble, casi inconcebible que una funcionaria gozara de semejantes libertades no sólo para achicar el Estado sino además para malversar sus fondos. Ella, la cortesana, tenía su propia Corte, su tertulia de amigos, entre los que repartió millones y millones. Todavía no se sabe a cambio de qué. Cuál era su tajada. Cuáles eran los arreglos. Cómo se describía esa escena en la que una mujer parecida a Cruella DeVille hacía y deshacía a su antojo, una caprichosa que en lugar de irse al shopping a gastarse unos pesos se iba a Manhattan a comprarse un par de pisos.

Los entretelones de los ilícitos por los que se la investiga dejan entrever una impunidad casi neurasténica. Bruta impunidad. Exagerada. Sólo posible al amparo del mareo que a esa mujer helada la debe haber calentado. Y cómo. La erótica del poder la tomó por asalto y algo de eso hubo en aquella foto emblemática, la del tapado de piel y los hombros al aire: ¿qué feminidad era la que asomaba en ella, sino la del látigo?

La reacción ante aquella foto pareció sorprenderla. Minimizó su significado. ¿No me puedo divertir?, parecía preguntar en sus declaraciones. No, no se podía divertir en un país infectado de desgracias que ella había ayudado a desparramar. ¿No soy acaso como cualquier mujer?, parecía interpelar desde su asombro. No, no era como cualquier mujer. Aquel fue el acto por el que María Julia, ya dueña de sus poderes plenipotenciarios, quiso más, es decir: quiso ser, además de mandamás y capataz y gerenta y ministra y secretaria de Estado y destructora del Estado, una mujer como cualquier mujer. No pudo.

Alguna vez fue una mujer potente, en el sentido que este país le daba a la potencia. Fue un país pija, éste. Y en los chanchullos cotidianos que se llevaban a cabo en los despachos oficiales, cada uno jugaba a ver quién la tenía más larga. Tenerla larga significaba poder seguir robando sin que la gilada se avivara. Ese fue el falo de la era Menem: el gesto ganador en la pulseada en el momento exacto en el que al débil se le quebraba el brazo. ¿No puedo ser como cualquier mujer?, parecía preguntar ella desde la sorpresa de su primera derrota, cuando quiso seducir y no pudo. Ahora no necesita seducir. Ahora va a tener que demostrar que es inocente. ¿Qué le resultará más difícil?

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