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Alambre

Hay una sección fija del programa de Andy Kustnetzoff que no deja de ser un gag caprichoso, y sin embargo plantea, camuflada bajo el efecto hilarante que provoca, una teoría. “¿De qué estábamos hablando?” pone en blanco sobre negro dos andariveles de hechos superpuestos en un mismo momento y lugar –la Argentina–, unos sepultados bajo el mecanismo difuminador de otros. Por un lado, flexibilización laboral, denuncia de coimas en el Senado, remoción de un presidente, intervención en el PAMI, en fin, sucesos políticos de evidentes consecuencias colectivas. Por el otro, Guido Süller, Jacobo Winograd, Moria Casán y sus dos maridos, Velasco Ferrero y su batalla matrimonial, etcétera. “¿De qué estábamos hablando?”, en el contexto de un programa que recorre cada vez con más suerte los bordes menos cómodos de la argentinidad, parece remontarse a aquello que en las escuelas de periodismo se conoce como “función establecedora de agenda”. Es decir, los medios no son todopoderosos, no tienen la aptitud para manipular a su antojo la opinión pública, pero sí pueden, por la fuerza de la repetición, la obsesión y el despliegue antojadizo, establecer una agenda de intereses, incluir en la agenda colectiva temáticas que, si no fuera por su presencia en los medios, no le interesarían a nadie. Y, del mismo modo, pueden bajarle intensidad a otros temas que son de interés público.

Dicho de un modo llano, mientras bajo cuerda se cambiaba la ley que regula derechos y obligaciones entre empresas y asalariados –tema que objetivamente incumbe a millones de asalariados–, la televisión no cesaba de explayarse sobre el tamaño del miembro viril de un señor cuya actividad se desconocía. Se hablaba del chizito de Winograd, mientras Winograd no era otra cosa más que un señor con chizito. Un universo cerrado en sí mismo, vacío de todo sentido, manipulado con formas aparentemente periodísticas, pero cuyo origen y contenido provenía, si es que se le podía encontrar un género, del circo o del varieté. Ni el circo ni el varieté tienen nada de malo, claro. Tener un chizito tampoco y llamarse Winograd, menos. ¿Qué era lo reprochable, si es que había algo reprochable fuera de los cánones, esos sí, indudablemente subjetivos, del buen o del mal gusto? La sección “¿De qué estábamos hablando?” parece ofrecer una posible respuesta. La hueste que se llamó “mediáticos”, como su nombre lo indica, adquirió entidad solamente por su constante y abusiva presencia en los medios, que decidieron replegar sus funciones de difusión, amplificación, análisis, investigación e incluso de entretenimiento (¿a quién podía entretenerlo Winograd?) en aras de la recreación de una realidad virtual, con sus personajes virtuales y sus conflictos virtuales, que demandaban, como eran virtuales, cada vez más dosis de cachetazos, trompadas, escupidas, puteadas, ataques de histeria.

En pleno menemismo y auge de talk shows, recuerdo haber escrito una columna en la que decía que los ricos mostraban sus casas en Caras y los pobres mostraban sus miserias en la televisión. Si se era rico, bastaba con mostrar los muebles y mencionar al decorador. Si se era pobre, había que hablar de algún incesto, alguna infidelidad, algún intento de homicidio. La tele te recibe con los brazos abiertos, pero te cobra peaje.

Así, Flavia Pereyra Iraola, que se llamaba Ortiz, recién pudo volver a los medios cuando se tiró de un octavo piso. El peaje para volver a ser mediática fue caro. Ella debe haberlo evaluado mientras maquinaba su suicidio. No pudo, porque se murió, usufructuar sus nuevos quince días de fama, pero sí los usó su ex marido, y cómo. Y ahora parece que esa tal Giselle Rímolo, que se llama Mónica, ha juntado no sólo la plata para la fianza sino también el bulto para el peaje: cambiar de estrategia y decir que mintió desde un primer momento, sugerir asociación ilícita con un novio llamado Soldán, presentarse siempre acompañada de dos abogados –uno, dicen otros testigos, que es su novio, y otro es el que arrastraba a Pipo Cipolatti de un estudio al otro y le iba juntando los tickets canasta–, es un buen paquete para volver a la pantalla. Lo que no se entiende es cómo una pantalla puede hacer de un caso como el de Giselle Mónica o Mónica Giselle una especie de minicadena nacional propia: la señora, ahora de pelo castaño –porque está arrepentida y las rubias son jodidas para arrepentirse–, está ahí a la mañana, a la tarde y a la noche.
A la teoría esbozada por “¿De qué estábamos hablando?”, entonces, habría que repensarla. No parece haber ahora maniobras distractivas. No parecen, ahora ni antes, los mediáticos responder a una avidez del público por saber sus intimidades. Tal vez se trate, simplemente, de otra argentinidad mayúscula. Esa según la cual todo, hasta una pantalla, puede atarse con alambre.

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