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¿Entiende?

¿Entiende?, dice el señor Blumberg sin signos de interrogación. Casi lo afirma: usted entiende. ¿Qué entiende usted, que es su interlocutor, usted que lo está entrevistando, si es periodista, o que lo está escuchando, si es oyente de radio o telespectador? La muletilla del señor Blumberg apela a la racionalidad y al sentido común del que tiene delante. ¿Entiende? Nadie le dice que no entiende. Lo que dice el señor Blumberg es sencillo, coherente y claro, como la consigna de su cruzada: todos por Axel por la vida de nuestros hijos. ¿Quién osaría no entender que no puede oponerse a ser empático con el dolor de un padre que ha perdido a su hijo? ¿Quién puede rehusarse a adherir a una causa cuyo objeto es la preservación de la seguridad de los hijos de todos? El señor Blumberg se hace entender y no corre riesgos retóricos cuando pregunta “¿Entiende?”. Sería diferente si el señor Blumberg dijera: “¿Está de acuerdo?” o “¿Me explico?”, por ejemplo. Entreabriría una puerta que permanece cerrada, porque para empezar el “¿Entiende?” da por sentado que él es el portavoz de lo que hay que entender (él es El Que Ya Ha Entendido), y por otra parte enuncia un discurso cerrado sobre sí mismo, que adelanta al posible disenso un “no entendimiento” de la palabra Blumberg. El que disienta con él es porque no lo entiende. Blumberg, si es cuestionado, es porque es incomprendido.

A esta altura, el señor Blumberg es mucho más que el caso Blumberg. Tampoco es casual que el señor Blumberg sea para todos el señor Blumberg: el “señor” reemplaza al “don” o al “doctor” o al “licenciado” o al “ingeniero” o a cualquier otro apelativo que ubique a su portador en algún status social. El señor Blumberg es un señor: esa palabra extremadamente potente designa al mismo tiempo a un hombre del común y a un gran hombre.

El señor Blumberg y el fenómeno que despertó su irrupción en escena puso en aprietos a muchos, entre los que me anoto. Aterrizó sobre la piel urticada de amplios sectores sin representación y con un discurso que oscila entre las reminiscencias más escalofriantes del viejo ser nacional y una necesaria puesta a punto de los piripipí progresistas, siempre más proclives a deslumbrarse por las vidas bellamente cronificables de los lúmpenes que a atender las demandas de mínima de gente de clase media de esa que todos tenemos en la familia.

Sin embargo, pese a que al señor Blumberg se le entiende casi todo, uno lo ve fastidiarse bastante cuando algún interlocutor lo entiende, pero no acuerda con él. Parece ser un hombre infatigable que no para de reunirse con “especialistas” de acá y “del exterior”, amplía cada vez más sus miras y se muestra dispuesto a usufructuar su emergencia como referente en aras de la “causa del bien”. Pero no puede pretender, el señor Blumberg, discernir él solo cuál es el camino del bien. Se ha dicho que su figura se comió a la del hijo, pero lo mismo podría decirse de las Madres de Plaza de Mayo. Su figura es socialmente importante con posterioridad a la muerte del hijo y va de suyo que, si Axel hubiese sobrevivido, tendríamos a este señor siguiendo con su vida y tratando de olvidar el mal trago. Pero a Axel lo mataron y el señor Blumberg procesa su duelo multitudinariamente. Cada uno hace lo que puede.

“Todos podemos ser Axel”, rezan muchas pancartas. Claro que sí. Le puede pasar a cualquiera, rico o pobre. El “conjunto-Axel” agrupa a millones de anónimos con posibilidades de convertirse en víctimas de la violencia común, más las miles y miles de personas que ya lo fueron. Pero hay otros conjuntos. La jueza de instrucción Mirta López González procesó esta semana a trece policías federales que habían armado falsos procedimientos para detener a personas inocentes con el propósito propagandístico de sumar puntaje. Desde el año 2000, una comisión de fiscales creada por la Procuración General de la Nación investigó 95 casos similares: un total de153 ciudadanos fueron engañados por policías para ser “sorprendidos in fraganti” en delitos inexistentes. De ellos, 37 eran inmigrantes ilegales, 35 eran mendigos o personas sin techo, 27 eran desocupados y 21 eran chicos de la calle. Otros eran adictos, remiseros o prostitutas. Todas esas personas fueron encarceladas, a todas se les abrieron causas y sólo un milagro institucional hace que ahora el honor les sea devuelto, aunque muchos perdieron lo poco que tenían: matrimonios, vivienda, tenencia de los hijos o acaso sencillamente la libertad que les quedaba después de haber sido expropiados de todo lo demás.

Todos podemos ser Axel, naturalmente, pero no todos estamos expuestos a este tipo de violaciones: hay horrores que quedan fuera del “conjunto Axel”, horrores que no son menos horrorosos. Nadie hubiese secuestrado a un mendigo para pedir rescate, pero sí hubo mendigos a los que secuestró la policía para plantarles droga o autos robados o armas. Señalar que hay conjuntos de desprotegidos que merecen tanto apego a la ley y tanto fervor cívico como las víctimas de los secuestros extorsivos no es no entender al señor Blumberg, sino dejar abierta la posibilidad de que al señor Blumberg todavía, como a todos, le falten entender algunas cosas.

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