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Lugares comunes

Los lugares comunes están llenos de sorpresas. No es bueno dar las cosas por sentadas, sobre todo en la Argentina, un país en el que las cosas que se dan por sentadas un buen día se levantan y le pegan a uno un garrotazo en la cabeza. El miércoles de esta semana, Ricardo López Murphy y Mauricio Macri lanzaron, después de arduas negociaciones, una coalición que fue ubicada, de acuerdo a diferentes medios gráficos, en el “centro”, en el “centroderecha” y en la “derecha”, lo cual puede hablar más del lugar desde donde se los mira que del lugar en el que López Murphy y Macri están parados. Del centro a la derecha, nadie duda. La Nación tituló “Lanzó el centro su coalición para competir en octubre”. Este diario, “A la derecha de su televisor, señora”. ¿Pero dónde están parados esos dos hombres que el miércoles levantaron los brazos sonrientes, vestidos ambos con pantalones grises, blazers azules y camisas celestes, como promotores del país que auspician, pulcro, sobrio, ordenado, recién salido de la tintorería?

En el galpón de Barracas en el que se hizo el lanzamiento –por esas curiosidades del destino, llamado “Central Park”–, un locutor se encargó de leer el “acuerdo” al que arribaron, “por el desarrollo y la unidad nacional”, frase que como todo el mundo se dará cuenta no significa absolutamente nada. Por eso digo que hay que seguir escudriñando en los lugares comunes, a ver qué guardan. No es tarea fácil. Uno no está ni exento ni virgen de esos lugares plagados de inercias, vicios, pacotillas. Pero veamos. El locutor siguió diciendo que “tenemos que cambiar la forma en que se ha entendido la política y trabajar en soluciones modernas, creativas y eficientes”. “Cambiar la forma de hacer política” tiene gancho, es como una flor robada en otros jardines. Pero el añadido de esos tres adjetivos es inequívoco: lustran la promesa con un brillo que no nos es desconocido. La derecha siempre se propone como moderna, como creativa y como eficiente. Se ignora qué designa exactamente con ese tipo de palabras, pero se adivina que lo que quiere decir es que hay que levantar anclas y mirar el horizonte con mentalidad práctica. Ese tipo de mentalidades fueron las que concibieron ideas como las de las generaciones sacrificables, los modelos económicos como botes de lujo para la primera clase del “Titanic” mientras la orquesta seguía tocando y la clase económica se hundía.

Pero lo mejor vino después. Llegó con el discurso de Macri, cuando dijo “ya es tiempo de dejar de mirar para atrás, dejar de buscar culpables en el pasado y empezar a mirar hacia el futuro”. Hay que prestarle atención a cómo la derecha que no se admite derecha y acepta pasar por centro se refiere al futuro y cómo arrastra la “s” cuando pronuncia la palabra “pasado”. Este, por ejemplo, es un buen lugar común para desanudar. Precedido por tan floridas alusiones a la modernidad, la creatividad y la eficiencia, el futuro parecería asomar en el discurso de la derecha como el filo brillante de una aurora de la que, por estúpidos, nos estábamos privando. Pero ojo. Cada vez que en la Argentina alguien afirma que “hay que dejarse de mirar para atrás y de buscar culpables”… es de derecha, no lo duden. Ese “dejarse de mirar para atrás” implica un dejarse de joder con el pasado, desembucha un dejarse de escarbar en las heridas, revela un dejarse de escorchar con el dolor, pero no es eso todo: esa frase es un rasti que encastra a la perfección con otro, el de los errores y el de los excesos.

Y no es por un afán retroactivo que es necesario desanudar ese lugar común. No es por chapa setentista ni por obcecación conadepiana. Es precisamente con la mirada puesta en el futuro que es urgente desenmascarar esos clichés. Porque ha cambiado las estrategias de seducción y ha metamorfoseado sus propuestas, pero la derecha sigue sin creer –y es por esto, básicamente por esto, que alguien es o no es de derecha– que seamos todos iguales y tengamos todos los mismos derechos. Ese es el núcleo duro del pensamiento político, el átomo irreductible que nos hace sujetos políticos de una u otra orientación.

Cuando algún grupo corta una calle, los automovilistas se quejan porque los embotellan, porque no pueden avanzar. Quedarse embotellado le rompe los nervios a cualquiera, eso es obvio. Pero los que están ahí, cortando la calle, han nacido embotellados. Saben, porque está escrito en su destino social, que ni ahora ni nunca podrán avanzar. De poder elegir, ¿quién optaría por ser uno de los que cortan la calle en lugar de ser uno de los que esperan en sus autos? Quiero decir: de poder elegir, ¿quién optaría por ser pobre o indigente, en lugar de ser un señor de traje azul y camisa celeste? ¿Quién, más que alguien de derecha, puede ver a los pobres como activistas de la pobreza?

Y es necesario desatar estos lugares comunes porque en el énfasis de la mirada hacia adelante lo que hay es una minimización de los horrores del pasado. Y esa dispensa es peligrosa hacia el futuro. Estos señores sobrios y educados no creen que, en realidad, un señor sobrio y educado tenga la misma e idéntica dignidad que un zaparrastroso del montón. En sus modelos serán bienvenidos, bien atendidos y bien tratados todos los señores y señoras que estén hartos de tanto zaparrastroso. En sus mensajes hay caricias para los oídos de quienes aspiren a un país de buenos modales y azafatas sonrientes, pero a los que queden afuera, a los que sobren o no encajen, se les responderá como siempre ha respondido la derecha, sin piedad. El orden es para ellos un valor sobredimensionado, no porque adoren los climas bucólicos, sino porque, tal como la historia de este país nos lo recuerda, es con orden que la derecha siempre ha logrado hacer buenos negocios.

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