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Amores líquidos

Antes la gente “enamoraba”, después se “relacionaba” y ahora se “conecta”. Antes el amor suponía la posibilidad de intensas consecuencias, más tarde las relaciones impusieron la noción de funcionalidad emocional y ahora la conexión no presume ni siquiera de deseo: alcanza con las “ganas” de conectarse, de “estar” conectado, el tiempo y el modo son decisiones unilaterales: cuando las “ganas” se terminan, uno se desconecta, como en una eutanasia de entrecasa de los vínculos humanos, porque la conexión no se establece de individuo a individuo sino con una red. La red, como todo el mundo sabe, dispensa de la verdad. En la red se puede mentir. Esa nueva forma de comunicación puede implicar, como soporte anónimo y fantasmático, que alguien que es hombre pretenda ser mujer, que alguien de trece años pretenda tener treinta o viceversa: así se infiltran los pedófilos en los sitios púberes, pretendiendo ser uno de ellos. Estos cambios son los que analiza en El amor líquido el sociólogo alemán Zygmunt Bauman, partiendo de la noción que ya había tomado en La modernidad líquida: esta época refuta la solidez y la durabilidad de las emociones y los sentimientos. Lo sólido resulta insoportable. Somos moldeados por las leyes de la economía de mercado para ampararnos en la velocidad con la que todo lo líquido se nos escurre de las manos y la cabeza: necesitamos liquidez para movernos como empresas unipersonales, pero también para sacarnos de encima la idea de que cualquier cosa que elijamos (un par de zapatos, un marido, un dirigente político) nos comprometerá a algo más allá de una circunstancia. Somos, en fin, gente frágil que se viste, se casa o se embandera en función de coyunturas y oportunidades que no deben perderse, como algunas ofertas. Vivimos el momento, pero lo vivimos mal: es desde nuestra discapacidad para aceptar que nuestras decisiones vienen de un pasado y comprometen el futuro que elegimos el parpadeo y nunca la mirada profunda.

Ya al finalizar la Segunda Guerra Mundial, Freud apuntaba, en una de sus agudas observaciones sociales, que el mundo iba hacia una dimensión en la que iría quedando atrás “la aventura amorosa europea, que como sus miembros saben puede tener graves consecuencias”, y se acercaba “al flirt americano”, un modo de aproximación ligero en el que los compromisos a futuro no molestan. Ese flirteo, de acuerdo con los apuntes de Freud, no se restringía a lo sentimental: el siglo XX inauguró también el flirteo intelectual y político. Contactos rápidos, ávidos, al paso, a la carta, vínculos provechosos y tanto más provechosos si son baratos: en los albores del siglo XXI, nadie quiere pagar caro nada.

Hace medio siglo, una heladera era fabricada para durar toda una vida. El mercado pronto asimiló que las heladeras que duraban toda una vida no eran rentables: era necesario que la fabricación incluyera la finitud del aparato. Era necesario que la heladera fuera repuesta, para que las fábricas siguieran vendiendo heladeras, para que los obreros siguieran teniendo trabajo. Pero el mensaje jamás podía rozar la verdad: ¿se imaginan una publicidad de heladeras que confesara “es la mejor, pero le durará cinco años”? La necesidad de reposición y renovación del mercado fue inclinando los mensajes a otros atributos de los aparatos: uno decide que compra una heladera y no otra porque está mejor diseñada, porque hace cubitos más rápido o porque se descongela sola. La oferta de heladeras es tan grande que los clientes suelen marearse en el hipermercado. Tal vez compren cualquiera, tal vez la que esta semana, como promoción, trae un celular de regalo o una camiseta autografiada por un ídolo deportivo o un sorteo de un viaje a las Cataratas.

Lo que agrega Bauman, y es eso lo que constituye a su pensamiento un nuevo y valioso punto de vista para enfocar no sólo nuevos vínculos privados sino también nuevos vínculos públicos, es que a lo largo de las últimas décadas las leyes del mercado se fueron incrustando en nuestras subjetividades, de modo que salimos a buscar amantes, novios, amigos o representantes políticos como si fuéramos a comprar una heladera.
No sólo los enamorados son volubles. También los votantes. Lo hacemos, en uno u otro caso, con una interferencia en la mente, que nos perturba tanto cuando elegimos un sitio de Internet como una boleta en un cuarto oscuro: ¿no me estaré perdiendo algo mejor? La religión del bonus track termina por eliminar de nuestras elecciones no sólo la noción del compromiso con una idea o una persona: también elimina la oportunidad y la viabilidad de eso tan humano que se llama proyecto. Todo proyecto florece si prospera en el tiempo. En el reino del parpadeo y lo instantáneo, nada ni nadie parecen merecer que les demos tiempo.

En su libro anterior, Etica posmoderna, Bauman citaba al filósofo Emmanuel Levinas para construir su idea de lo moral. “¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?”, fue la pregunta con la que Caín inauguró la presunta inocencia de la amoralidad: salvo por una cuestión moral, el otro no cabe en mi responsabilidad. Levinas indica que algunas preguntas –ahora posmodernas– con relación al otro, se trate de un vínculo privado o público, como por ejemplo “¿En qué me favorece actuar de un modo o de otro?” o “¿Qué gano preocupándome yo si tantos otros no lo hacen?” o “¿Qué beneficio obtengo de sostener o apoyar a un semejante?”, son finalmente preguntas que no abren una ruta moral sino que sellan su muerte.

En tiempos de internas políticas y cierres de listas, es bueno tener este gran marco de época presente para advertir que solamente pueden ser éticas las asociaciones que aspiren a un proyecto. Si lo que las guía es la pregunta “¿Qué gano yo con esto?”, por delante lo que hay es parpadeo, profecía de frustración autocumplida y ausencia de moral.

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