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Femenino/masculino

Cada tanto, casi siempre desde Estados Unidos, llegan noticias sobre lo masculino y lo femenino. Llegan en esos libros ya inmersos en un halo que hace más fácil su consumo: “Quince semanas como el libro más vendido según el The New York Times”, “Treinta ediciones agotadas”, etc. No es un halo de prestigio, precisamente. Estos libros que hablan de lo masculino y lo femenino no pretenden instalarse como piezas literarias, sino como centros de debate y fenómenos de ventas. El éxito que los acompaña lo que hace es traducirnos: este libro habla de algo que interesa a millones de personas. Los suplementos literarios no se ocupan de ellos. No es parte de su mecánica indagar cuál es el resorte que hace que millones de personas, sobre todo si son norteamericanas, se interesen en un libro. Desde la periferia, damos por sentado que los norteamericanos son personas extrañas que dominan el mundo pero que yacen en una pileta intelectual llena de musgo y sarro. Pero esos libros se venden acá también.

La avidez por averiguar qué es lo femenino y qué es lo masculino surge de un agujero negro de la época. Deberíamos saberlo, en tanto somos hombres y mujeres. Pero no lo sabemos. Dudamos. Tanteamos. Queremos chequear si lo que nos pasa se corresponde con nuestro género o si nos estamos bandeando. ¿Con quién hablar de algunas cosas que sentimos, con un psicólogo, con un sociólogo, con un filósofo? Queremos aliviarnos leyendo que eso mismo les pasa a muchos más. Lo femenino y lo masculino, más que nunca antes, se revela como una construcción delicada, artesanal e industrial al mismo tiempo. Industrial, porque nuestra arquitectura interna se somete diariamente a las mareas sociales, a las modas, los usos y costumbres, las tendencias. Artesanal, porque en cada individuo se libra una pequeña y a veces sangrienta batalla: lo que se supone que era ya no es, los hijos no se parecen a sus padres, las mujeres y los hombres no se satisfacen mutuamente con gestos y actitudes previsibles, presenciadas en la infancia y replicadas en la madurez; todo se reinventa, la gente se reinventa. A veces, con el sonido auspicioso del aleteo liberador. Otras, con la palpitación ahogada de la angustia.

Mujeres que corren con los lobos, de Clarissa Pinkola Estés, y Iron John, de Robert Bly, son dos ejemplos de esos libros que circularon ya hace más de una década, pero dejaron no sólo marca: fueron libros fundadores y dejaron como constancia de su vigor colecciones enteras de best sellers, talleres de autoayuda, grupos de autoconocimiento y vulgata para redactar notas de vida cotidiana en revistas poco pretenciosas.

Los dos fueron booms de ventas en todo el mundo. Y los dos proponían, como herramienta para comprender la inquietud contemporánea con respecto a lo femenino y lo masculino, mitos y leyendas de oriente y occidente. Bucay no sólo plagió unas cuantas páginas, también copió esa estructura, que a su vez los autores tomaron del universo fascinante de Karl Jung.

Lo curioso es que tanto Mujeres que corren con los lobos como Iron John se paran en el mismo lugar para analizar lo femenino y lo masculino. Comparten la baldosa y el tambor. Usan los arquetipos arcaicos para instar a los lectores y lectoras a buscar dentro de sí el hombre o la mujer “primitivos”, esa esencia que la cultura ha alterado, esa fuerza y pulsión de género que nuestras sociedades de consumo desfiguran, aunque es imposible no advertir el gag: ¿puede ser la propia sociedad de consumo la que nos proteja contra sus desviaciones? Esos libros son obviamente parte de ese mismo engranaje, el que primero nos confunde y el que más tarde nos invita a comprar un libro para encontrar en él la llave deltesoro íntimo.

Tanto Mujeres que corren con los lobos como Iron John –Robert Bly llegó a ser un personaje célebre en Estados Unidos, daba seminarios en los bosques, rodeado de varones vestidos con taparrabos que jugaban a ser Tarzán– insisten en descubrir la mujer o el hombre “salvaje” que todos llevamos adentro, aunque con correa, bozal y paseador.

Una mujer que corre con los lobos, aúlla. Se pone su traje de guerrera y ahí va, a bancársela, a aceptarse, a caminar graciosamente sobre la cuerda floja, a mostrar los dientes cuando le tocan a su cría o a su hombre, a tomar las caídas como parte del buen andar. Un hombre que emula a Juan de Hierro hace exactamente lo mismo: se planta en la resistencia de la masculinidad, se niega a ablandarse tanto como para no ser capaz de resumir su potencia en un gesto, una palabra, un acto que lo haga reivindicarse ante sí mismo. Es cierto que la misma época que genera estos libros aceita el tránsito de las mujeres guerreras y enjabona el camino de los Juanes de Hierro. Bly, en el prólogo del libro, dice que los jóvenes norteamericanos que iban a sus seminarios lo enternecían, porque eran adorables, suaves, protectores, pero no eran felices. Querían aullar ellos también. Y él, que no era ningún tonto, les armó festicholas en los bosques para que se disfrazaran de machos y se golpearan el pecho gritando cosas como “acá se hace lo que digo yo”. ¿No es patético? Los hijos de aquellos varones son los que dieron más tarde el origen a otros fenómenos masculinos, como los metrosexuales y ahora los tecnosexuales: todas esas nuevas categorías amplificadas por los medios para dar cuenta de nuevos fenómenos que tienen la misma brújula. El verdadero rollo de género hoy lo tienen los hombres, no las mujeres.

Si hay algún misterio, y lo hay, vinculado con esas esencias que nos hacen sentir, cuando las liberamos, que hombres y mujeres estamos respondiéndonos a nosotros mismos nuestras preguntas fundamentales, lo seguro es que ese enigma no nos será revelado en un libro de bolsillo. No hay ninguna receta cuyos ingredientes conviertan a un hombre en un hombre y a una mujer en una mujer. Y si la hubiere, es personal y producto de sopesar uno mismo cuánto de fortaleza y cuánto de fragilidad nos cabe, y cuánto nos desborda.

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