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La virtud impiadosa

Un ejemplo perfecto de cómo la propia moral es fácilmente levantable con la grúa del dolor ajeno.

Un ejemplo perfecto de cómo a la discapacidad mental y a la violación hay que unirles, para que el drama sea irreversible, la pobreza.

Un ejemplo perfecto de cómo por las buenas no se puede ni se debe, en beneficio propio, en defensa propia: por las malas, con unos cientos de dólares, esta niña débil mental y violada por un familiar ya estaría dando vuelta la página de una historia horrible, pero fue por las buenas, por derecha, como suele decirse. Y por derecha se la comieron cruda, jueces y médicos, para sobreimprimirle a su cuerpo que gesta el fruto de la violencia el sello de esa vaga virtud pública que consiste en alzarse en pos de la vida.

Jueces, médicos, funcionarios: miren a su alrededor. La vida chorrea, explota, desfallece. ¿Qué hacen ustedes? Hombres y mujeres de bien que ahora se anotan para adoptar al niño que quieren ver nacer. Hay miles, decenas de miles de niños ya nacidos que recibirían gustosos alguna de esas caricias que ustedes desean dar.

Este caso reabrió la cancha para un sentimiento particularmente argentino. La virtud impiadosa. El amor dadivoso y ancho para lo inasible o lo embrionario, con y sin metáfora, a cambio de la más completa indiferencia por lo concreto y lo nacido. En el terreno de la conciencia, que parece atormentar inexplicablemente a una jueza que habla de las niñas violadas como si fueran parte de un paisaje que es preferible tapar con una postal de ensueño, y que también parece atormentar a médicos y funcionarios que se rigen por semanas que pasaron a cargo de una mala praxis judicial, se deja afuera la conciencia de esa niña débil mental, a la que todo un sistema desprotegió, condenó, humilló, mandó a la hoguera.

Da náuseas la virtud impiadosa. Porque es falsa. Porque es un vestido de ocasión. Porque está hecha de declaraciones que suenan acompasadas ante el micrófono. Porque miente. Porque daña. Dan náuseas los virtuosos que son incapaces de sentir piedad por alguien que no está en igualdad de condiciones y que ofreció su carne para que en ella estampen, todos estos, sus sellos y sus manos ya lavadas. Da náuseas que una sociedad escupa tan ostensiblemente a sus hijos más vulnerables, y que la virtud impiadosa los haga correrse a la derecha del mismísimo Código Penal.

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