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Tragaperras

Noto su presencia a mis espaldas. Suele pasar acá, en el Hipódromo, que algunos se enamoran de una máquina y sólo juegan en ella. Ludopatía con una pizca de fetichismo. Y si tienen que esperarla, la esperan. Una, dos horas. Y la de ellos es una presencia concentrada, espesa, que carga con un cuerpo y su ansiedad. La ansiedad del jugador es sólida, no líquida. Se puede uno partir el cráneo contra ella.

No me puedo concentrar y uno viene a buscar aquí sólo eso: un punto fijo que borre los demás. No viene a ganar ni viene a perder. Viene a perderse. Me estoy por ir, pero ella me dice:

–No, no.

–¿Quiere esta máquina? A mí me dan todas lo mismo.

–No, no quiero jugar, querida. Quiero ver cómo les va a los demás.

Le sonrío porque su voz es fina y protectora. Le pregunto:

–¿Se quedó sin plata?

–No, no. Tengo dólares, pero no quiero cambiarlos todavía. Prefiero mirar cómo les va a los demás.

–A mí me está yendo mal.

–¿A usted también, querida? A veces creo que arrastro conmigo la mala suerte.

Escucho eso y recién entonces la miro bien: es bajita, de unos setenta y pico, rubia, una abuela. Vestida con recato barrial. Me lanza como una bocanada toda su desesperanza. Estoy dada vuelta en la butaca. Le doy la espalda a la máquina y hablo con ella, que como la mujer en la película de Almodóvar, también está en una especie rara de coma profundo.

–¿Perdió mucho? –le pregunto. Es evidente.

–Quince mil dólares. En un año. Eran todos los ahorros de mi familia. De mi marido. Mi marido si sabe me mata. Cuando lo sepa, me mata.

Y el diálogo siguió, en otro no-lugar: ya no estábamos en ese lugar de ruido insoportable y de época difusa, de tiempo impreciso y de temperatura artificial, sino en el no-lugar que éramos nosotras dos, conectadas por la necesidad de decir su historia y mi necesidad de escucharla decirla. Y vi a una mujer que había encontrado lo que había ido a buscar, creyendo que buscaba entretenerse. Se había perdido. Ahorraba centavos en la leche de oferta en el supermercado y se seguía jugando los quince mil dólares. Se había jugado la plata de los regalos de cumpleaños de los nietos. Babeaba sus vilezas en medio de un llanto lento, imperceptible. En media hora, debe haber dicho “quince mil dólares” unas treinta veces: ésa era la consistencia espesa de su pérdida, algo que ella había dado en sacrificio. Y no sabía por qué. Eso la enloquecía. No sabía por qué.

A veces, en situaciones inesperadas, tienen lugar aproximaciones humanas bastante extrañas. Supongo que ésos son el tipo de aproximaciones que busca permanentemente la literatura. De ellas sale alguna verdad. Y hasta puede ser que sepamos que ellas nos revelan una verdad y no tengamos idea de cuál es. Esa mujer perdida que salió al cruce de mis propios laberintos, estoy segura, seguirá en mi vida, de alguna forma. Quedó adherida a mi memoria.

La ranura de la máquina, la longitud de las palancas, la sincronicidad de las luces y la demoledora, narcotizante música del azar, tienden su trampa y desparraman sufrimiento. Pero allí donde la soledad se difumina como las sombras en las párpados femeninos, he visto, algunas otras veces, cómo brotan raras asociaciones entre desconocidos. Un hombre, por ejemplo, que sin ninguna otra intención (seguí atentamente toda la escena y lo vi irse solo y sin haber pedido un teléfono ni haberse presentado) repartió su ganancia con una adolescente que sollozaba en la máquina de al lado. Una mujer que terminó acariciando fraternalmente la espalda de un hombre que golpeaba a la máquina como si quisiera forzarla a darle un bonus.

Intenté hacerle comprender a la abuela que era imposible que recuperara sus quince mil dólares. Que tenía que parar. Ella asentía con la cabeza y estrujaba con fuerza las manijas de su cartera.

Cuando me fui, me di vuelta y la vi sentada en la máquina, en la que yo había dejado, sola otra vez, con el alma en la punta de los dedos con los que apretaba los botones. Se volvió y me vio. Su debilidad y la mía optaron por desearse, en silencio, buena suerte.

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