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El suavizante de Marcela

Marcela vive en Bernal y tiene un lavadero de ropa. Su marido tiene un estudio de grabación por donde circulan bandas barriales de varios géneros. Tienen dos hijas, aman a los gatos y conocen a sus vecinos. Marcela está por publicar su primer libro de relatos, que se llamará “En mi lavadero, las manchas de birome no salen”.

Marcela tiene 49 años y adora la bambula. La conocí cuando éramos chicas por un amigo en común, pero reapareció muchos años más tarde en mi taller de escritura. Y empezó a escribir sobre su mundo. El mundo del lavadero. En un taller de escritura breve, al que se acerca gente que no sabe todavía qué tan intenso puede ser un romance con las palabras, se pretende que empiecen a escribir sobre lo que conocen. Ese fue el consejo que le dio su padre, borracho e ignorante, a Raymond Carver, cuando el muchacho le confesó que deseaba escribir: “Escribe sobre lo que sabes”. Carver lo hizo y fue Carver.

Muchos lo han dicho: cada escritor nos da noticias de su mundo. Hay tantos mundos como personas que los perciban y los nombren, pero sólo algunas de ellas, los escritores, por ejemplo, pueden comunicarnos a los demás en qué mundo viven. Cómo actúa en ellos la gente. Qué olores salen de las panaderías o de los tachos de basura. Qué músculos de la cara se mueven cuando alguien está profundamente conmovido. Qué razones son razonables, en esos mundos, para tener hijos, para decir adiós, para animarse o para morir. Y la empatía con un autor, ese enamoramiento súbito y perdurable, surge cuando el mundo del que el nos habla resuena en nosotros: dejamos de estar solos.

Marcela descubrió sola el mundo del lavadero. Hace mucho esfuerzo físico en el trabajo diario y su mirada está casi siempre forzada por el apuro o el cansancio. Pero aprendió a decodificar detalles insospechados en las manchas de la ropa que lava. Las manchas que deja la felicidad, las que deja la soledad, las que deja la pobreza. Esas especificidades que reclama la literatura fueron apareciendo lentamente: no prestamos mucha atención a demasiadas cosas. ¿Quién podría describir la forma de sentarse de alguien que lo distrajo en el bar? Un escritor. Pero no porque escriba: es porque antes que nada, mira.

Marcela quiere dar por cerrada su etapa del lavadero, como si el libro fuera un broche de oro que corona una etapa exitosa de su vida, porque como ella dice, ese trabajo le dio una vida digna, y Marcela es una de esas personas que cuando dicen “vida digna” no dicen una frase hecha: nunca será ir de shopping, pero sí de sobremesa con buen vino.

Como Marcela adora la bambula, los inciensos y todo lo que viene de la India, cambiará de ramo. Y ése también es su mundo. De hippie resistente y obstinada que a la posmodernidad le dijo no. De mina completa que comparte su vida con el pelilargo que se fue a atender al consultorio en el que ella trabajaba de secretaria hace unos treinta años. Dios mío, y la hizo feliz.

Marcela crió a sus hijas con ejemplos concretos. Durante años se ocupó de la viejita de al lado, que no tenía familia. En uno de sus textos, contó su vacilación cuando llevó a una de sus hijas a un cumpleaños en Fuerte Apache. Y también su sensación de victoria personal cuando la fue a buscar, y su niña estaba contenta, y la amiga de la niña también, porque muchas compañeritas de otros barrios no llegaban hasta allí.

Esas son las luchas de Marcela. Así son las microrrevoluciones que ha protagonizado: ponerle más suavizante a la ropa de los más pobres. Ese gesto. Ese gesto lo resume todo, y así es ella. Una heroína de Bernal que cuando lea la palabra heroína pensará: “salí”.

Y escribo esto porque yo vivo con mucho Palermo Soho encima, y porque a veces soy cínica. Y Marcela representa, con su lavadero de Bernal, sus personajes barriales, sus salidas al karaoke de Avenida Calchaquí, y sus buenas dosis de suavizante para la ropa de los más pobres, la gente que vale la pena. La que de verdad vale la pena. La gente imprescindible.

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14 respuestas a «El suavizante de Marcela»

vale decir:
la historia es preciosa.
está escrita tan linda que dan ganas de disfrutarla con un chocolate Suchard.
que es un retrato de la vida, la vida vida.
viste cuando uno ve algo en una película y dice, mirá si eso va a ser cierto, esas cosas no pasan. es curioso, porque en la vida pasan esas cosas. ésta es una de esas cosas de la vida que pasan y que a uno le dan ganas de hacer una película.
gracias por compartirla, por escribirla así de linda.

Yo conozco Bernal, y lo conozco todo. Si querés Vero, te puedo mostrar cuanta gente pobre vive en Bernal. Mirá que no termina en 9 de julio y Belgrano eh!!! Sigue muchas cuadras y puedo mostrarte cuantos bernalenses luchan por llegar a llenar el plato de comida de sus hijos.

qué resonancia !! nací en Banfield ( ahora vivo en Palermo Soho) conozco el Sur…sé sobre lo que habla Marcela¡ Felicitaciones por poder transformar en un texto tus vivencias!

Es muy importante para mí el tema de las micro-revoluciones.
Las revoluciones-revoluciones han fracasado por innumerables razones que no vale la pena recordar.
Lo importante es que no fueron lo que soñamos.
Nos queda la revolución personal.
Da gusto sentir que hay personas como Marcela.
Se lo lei a mi analista y me dijo: «-No puedo decir una palabra más porque me pongo llorar.»
Felicitaciones, Sandra.
Siempre es un placer.

La historia es bellísima… te felicito y agradezco por entregarnos estas palabras que alimentan el alma y nos hacen recordar que en la sencillez, sensibilidad, solidaridad y otros valores afines está la grandeza de los humanos y de nuestras vidas. Saludos desde Chile.

Estimada Sandra:
Acabo de descubrir su página. La he buscado, buscado… no sé si es nueva, para mí lo es aunque no su maravilloso modo de escribir. Un saludo, Stella

Es un relato bello. Describe con sensillez algo muy sentido. Transforma lo profundo en diáfano.Me impactó mucho ese : » Dios mío,y es feliz».Es penetrante y filoso,nada suavizante..

Querida Sandra:
Compro hace años Página/12 y leo siempre tus contratapas.Me impresionó el tema de la locura tan bien tratado a riesgo de poner en conocimiento tu historia personal.Fue revelador.Increíble.
Me conmoví con la historia de Los Malabaristas, niños en la 9 de Julio haciendo malabares como lo hacen todos los días de su vida con sus propias vidas para comer,para no pasar frio…
Y pidieron útiles!.Dios mío. Cuanta grandeza en cabecitas tan pequeñas. Una vez el Padre Farinello contó que entró a una villa y un adolescente parándose como podía agarràndose de las paredes le dijo «Padre, no me consigue un trabajo? .El sábado leí la historia de Fanny.Aún la lloro.Yo sí estoy quebrada. QUE HAY QUE HACER PARA QUE NO SIGAN MURIENDO NIÑOS!!!!. «Yo veo el futuro repetir el pasado…» canta la Bersuit y mientras todos miran Tinelli o Gran hermano ,la otra Argentina,» la de los nadies,la de los que valen menos que la bala que los mata» sigue sufriendo.Yo hace 25 años voy a La Plaza los 24 de marzo.Voto a quienes me den esperanza que esto cambie,fui a las marchas contra la obed.debida,el punto final, el indulto,buscamos a López…
Pero esto me desgarró.Me quitó fuerzas.Ya me rearmaré .Pero sí sè que esto es política como vos lo decís, y política partidaria la mayoría de las veces.(que hacía Macri con una nena de la villa si es el el que vivió del estado, vendepatria,si es el uno de los responsables que la riqueza estè mal repartida).Me gusta lo que decís y lo que hacés.Te conocí viendo el programa de canal 7.Felicitaciones porque sos la voz de muchas voces que quisieramos decir lo mismo y no llegamos a tanta gente.Besos.

Edith Córdoba.
Mercedes Pcia de Bs As.

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