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Mi Archivo de Notas

Constitución

Estábamos parados en la plaza, justo enfrente de una de las entradas principales de Constitución. Donde están las paradas de los colectivos. Donde hay todavía quioscos de diarios y puestos en los que vendían pochoclo, chupetines, maníes y café. Veíamos desde allí cómo flameaba la bandera argentina sobre el cartel que decía Estación Constitución. Esa cacofonía y la bandera que nosotros cuatro odiábamos nos hizo detenernos y mirar hacia arriba. Eramos raros en aquella época. Lectores del Expreso Imaginario y de Ungaretti, rockeros pelilargos, artesanos en ébano y marfil, adolescentes con secundario completo y un futuro inimaginable.

No me acuerdo de si íbamos o veníamos de la provincia a la Capital, pero el hecho es que nos paramos los cuatro a mirar la bandera argentina flameando en lo alto. Cada uno a su turno, y sin que nos dijéramos nada, empezamos a bajar y a subir la mirada. La bandera flameando y la estación que escupía oleadas de gente cabizbaja. La bandera flameando y la gente vencida, oscurecida. La bandera flameando y abajo la gente mansa, callada, después de viajar en trenes que se paraban por la mitad del camino, que tenían los vidrios de las ventanillas rotos, que obligaban muy seguido a bajarse en cualquier parte y atravesar las vías en manada, y buscar colectivos en alguna avenida. A esos trenes se trepaba en algún trayecto del viaje el Ejército. Había que mostrar documentos y vaciar carteras o mochilas. Había que sacarles el forro a los libros y dejar que un soldado leyera títulos que no entendía. En esos trenes había que achicarse, humillarse, comprimirse, aguantar, soportar, contestar, eludir.

Seguro que porque estábamos fumados, el espectáculo de la bandera flameando sobre el fracaso, sobre la infelicidad de un pueblo, nos dio un ataque de risa inolvidable. Terminamos tirados en el piso, sin decirnos nada, pero riéndonos los cuatro al mismo tiempo de esa humorada espantosa que teníamos delante. Claro que aquello no tenía nada de gracioso, pero cuando uno es adolescente y crece en dictadura, reacciona como puede.

Fue a partir de ese día que Constitución, para mí, quedó marcada como un multitudinario mensaje que necesitaba leer casi todos los días. Elegí un bar de esos mugrientos que había adentro de la estación. Uno cualquiera. Y a veces, algunas noches, me venía de Quilmes solamente a sentarme un rato en ese bar, a escribir en un cuaderno algunas impresiones, y a mirar. Tenía la intuición de que allí algo se me revelaría. Desde la mesa del bar se veía la llegada de los trenes. Cuando la gente bajaba, cuando el óxido de la noche se llenaba de aquellos infelices que estaban condenados al silencio, algo muy poderoso me estremecía. Constitución, su sordidez, su olor a pis, sus pisos llenos de charcos, sus mendigos, sus borrachos eran un indicio que yo, tomando mi caña Legui y escribiendo en mi cuaderno, trataba de descifrar.

Fue en ese invierno del ’78 que entendí que había que estar en contra de lo que pasaba en Constitución. Y lo entendí primero con las vísceras, porque no fue algo sencillo de entender. Era más fácil ignorar esas señales y seguir escuchando música o perdiéndose en universos personales. Pero el silencio de Constitución, el silencio masivo ante esa pesadilla cotidiana, el espectáculo de sus manadas de trabajadores que a fuerza de callar llevaban inscripta la humillación en las caras, me hizo entender que nuestros universos personales estaban incompletos si no tenían conexión con eso otro. Eso otro era la dictadura militar. Constitución, las mesas de fórmica quemada de sus bares y esas escenas de pesadumbre colectiva me hicieron advertir que no se podía estar en el medio, que había que resolver de qué lado se paraba uno, hacia dónde dirigía sus pensamientos, cuál era el objeto de su compasión, y sobre qué le gustaría a uno que flameara alguna bandera propia.

Quizá por esta microhistoria personal, la reacción de la gente hace unos días, y la decisión de quitarle la concesión del Roca a Taselli, me reconfortó de un modo que no puedo explicar. Desde luego que no pierdo de vista que ésta es una microhistoria colectiva, pero de alguna manera cambia la trama, cambia el punto de vista. La historia es otra.

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