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Levantar una casa

Tenía que “levantar” la casa de mis padres. Se dice increíblemente así. En el lenguaje copulan la materia y el ánima. Se levanta una casa cuando se la crea, cuando se la hace surgir de la nada, y ella va surgiendo de abajo para arriba. Pero también se la levanta cuando se la vacía, y ya no quedan restos de quienes vivieron allí. Sólo ahora, que me tocó hacerlo, me doy cuenta de esos dos sentidos, y de la notable diferencia de resonancias entre ambos. El primero infla los pulmones de esperanza y energía. El segundo lame el pecho con su saliva triste.

Cintia, que es quien vive ahora en la que fue la casa de mis padres, afortunadamente entiende lo que implica levantar una casa en mis circunstancias de hija única. Un prolongado paro de empleados estatales suspendió en los últimos meses las operaciones inmobiliarias en la provincia de Buenos Aires. Eso, además de provocar muchos perjuicios y bla bla bla, también permitió que muchos compradores y vendedores tuvieran oportunidad de conocerse más allá de sus roles, rehenes de un vocabulario yo diría que atroz.

El domingo pasado con Cintia nos mandamos una de sitcom. Habíamos quedado en vernos el lunes en una heladería de Quilmes. Me equivoqué de día. Pensé que el domingo era el lunes. O me dejé llevar por la ansiedad de entrar a esa casa que ya tiene otro piso, otros colores en las paredes, otra luz. Me tomé un remís y cuando íbamos por la autopista me animé a decirle al remisero: “Qué vacío está todo. Parece un feriado”, temiendo escuchar lo que efectivamente escuché: “Es feriado, señora. Es domingo”. Estábamos en la mitad de la autopista, ¿qué podía hacer? Nada. Me dije: paseo por Quilmes un rato y me vuelvo. Llegué al barrio. Me bajé unas cuantas cuadras antes. Esas calles tienen perfume de jacarandá. La casa que había sido de mis padres estaba con las persianas bajas. Les toqué timbre a Nené y a Luis, los vecinos de toda la vida, ochenta y pico los dos. Me sirvieron un café y me dieron charla un rato.

Después ellos me dijeron que Cintia, la nueva vecina, se había armado su dormitorio en el garaje. Crucé y golpeé. Cintia se despertó y, tal como yo lo había imaginado, cuando pensé que tal vez estuviera todavía durmiendo, me recibió al grito de “¡Me encantan las visitas inesperadas!”, y me hizo pasar.

Había tenido insomnio, me explicaba mientras se movía por la cocina como disculpándose de andar con esas mechas en una casa ajena, porque para ella ésa todavía es “mi” casa. En el piso había diarios y arriba, una bandeja, una lata de pintura y un pincel. “Tuve una madrugada muy movida. Pinté una bandeja y después leí la vida de Abraham Lincoln”, se rió, mostrándome una edición de bolsillo en inglés.

A la casa, en rigor, no pude “levantarla”. Hice todo por control remoto, diciendo muchas veces “sí, sí, llevátelo”, hasta que quedaron las cosas más íntimas. Y a esas cosas las embaló Cintia. Embaló hasta las aspirinas. “Es que yo no sabía qué podía llegar a tener un valor sentimental, así que embalé absolutamente todo”, me dijo, y yo me preguntaba por qué vía increíble podía llegar a convertirse una aspirina en un objeto con valor sentimental. Pero eso es parte del encanto de Cintia. Deja muchas posibilidades abiertas.

Esta semana llegaron las cajas que embaló Cintia a mi casa. Pese a que había un juego de cristal tallado de infinitas copas y poncheras, Cintia me dijo el domingo: “Son casi todas fotos”.

Cintia tenía razón, si se refería a objetos con valor sentimental inflamable. Este fin de semana me dediqué a ver con qué fotos me quedaba y qué fotos mandaba definitivamente al olvido. Guardé las de mis padres. Tiré las de las personas que yo no conocía. Tampoco las guardé todas. Elegí solamente las fotos en las que se están riendo.

Uno necesita recordar nítidamente las sonrisas de su padre y de su madre. Gracias, Cintia.

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6 respuestas a «Levantar una casa»

Me emocionó el texto. Es muy difícil «levantar la casa» y máxime la fue de los padres de una. Yo todavía no tuve que pasarlo porque queda mi madre, pero no quiero ni imaginarme lo que sentiré el día que tenga que vaciar sus placares y seleccionar qué guardo y qué tiro de todos sus recuerdos.

En mi vida hay muy pocas personas importantes, y una de esas fue mi abuela. Cuando murio, la que levanto la casa fue mi vieja, la hija, pero yo estaba alli y no queria tirar nada. Finalmente se impuso el criterio de mi madre y tomo las decisiones que fueron necesarias, pero no pudo con las fotos. Se las saque y me fui corriendo. Todavia las tengo, sabes? Hay una pila de gente que ni se quien es, y mucha otra que reconozco pero ya murio. Cuando todo esto paso tenia 18, hoy tengo 42 y definitivamente la que tendra que tomar la decision sera mi hija, unica hija como vos. Se que es una macana grande, tirarle ese fardo a ella que encima lo va a tener que hacer solita… En fin, me encanto lo que escribiste. Gracias.

Cuando se publicó la nota, yo había encontrado pilas de fotos de famliares en mi casa, pero no pienso tirarlas, haré un mega álbum que compartiré con mis parientes y hermanos.
La nota me conmovió especialmente.

Sandra. me emocione con el texto. Sigo levantando mi casa desde ABAJO y he «Levantado» varias de las otras casa: la de mi abuelo paterno, la de mi papá, la de mis suegros, y no me había caído la ficha sobre la resignificación de la palabra «levantar una casa».
Por supuesto que no lo hice sola, también tuve la surte de encontrarme con «Cintia» que separo y guardo cosas como para mi, que son FOTOS. No se si voy a guardar todas porque faltan las sonrrisas.

A mi también me sucedió que debí vaciar mi casa porque me mudé, y entonces empezaron a aparecer muchas cosas perdidas, incluso cosas
que había perdido al mudarme la vez anterior, y que estaban guardadas allí, en algún lugar misterioso.
Pero lo mas notable para mi, son las cosas que no encuentro hoy en día,
y que a mi me parece que están perdidas para siempre, pero lo mas probable es que estén en algún rincón de la casa.

yo levante mi casa, la de mis padres va. cuando se separaron ambos se fueron y la dejaron vacía hasta su venta. no quise perder la oportundad de despidirme y me instale hasta que apereciera un comprador. estaba viviendo con una amiga en el centro pero me volvi a casa, porque sabía que nunca mas podría verla. fue un año en total lo que duró mi resistencia, mi estadía allí hasta venderla. estar en ese lugar sola, absolutamente sola, donde antes habiamos estado 4 hermanos, dos padres, 4 perros y 2 empleadas domesticas fue por un lado inevitable -realmente necesite hacerlo-a la vez muy pero muy conmovedor. ahi empece a ser nostálgica.
no había un solo objeto o rincón que no tuviera que ver con mi historia. como realmente era un lugar muy grande, me costaba mantenerla exhultante. no estaba ni cerca en las condiciones similares a las que solía tenerla mi mama
de modo que fue un poco más trágico todo, viendo como se deterioraba lentamente. no quiero dar un testimonio desgarrador pero no puedo terminar de evitarlo.
debería estar prohibido vender la casa de los padres.
los nuevos dueños llegaron y como si un año hubiera sido poco tiempo para despedirme, los llame a la semana que compraron, para decirles que había olvidado mi vestido de 15 en alguna parte. gentilmente me dejaron volver a entrar. estaba ahora, deteriorada y vacía.
sigo en contacto con el barrio, paso por mi cuadra, la miró. la casa mejoró bastante -es una forma de decir, claro, ya que la tiraron abajo y construyeron una nueva. pero siguiendo el hilo de mi relato subjetivo: mejoró muchísimo. dejo de ser una casa chorizo reciclada para convertirse en una imponente fortaleza moderna y hasta con cámaras de seguridad en la entrada. a mi en algunas cosas también me fue mejor en la vida. no tantoooo-realmente ahora la casa es algo despampanante-, pero lo suficiente como para seguir caminando y encontrar otros sentidos, otros lugares donde sentirme de local.
pero es un garrón levantar una casa. esta mal acumular propiedades cuando hay personas que no tienen un techo. pero insisto, la casa de los padres debería ser monumento histórico, pa que nadie las toque.

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