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El reino del pequeño relato

Se trata más que nada de un punto de vista, de una perspectiva. De un lugar, supongamos que un poco más alto, un poco más despejado, desde el cual se pueden observar y escuchar muchas voces que nos susurran cosas al oído, muchas veces sin decirlas, apenas insinuándolas, o apenas colocando una palabra cerca de otra. En el ensayo sobre el mito moderno que cierra Mitologías, Barthes indicaba, hace ya medio siglo, que el advenimiento masivo de los mensajes massmediáticos haría muy pronto necesario el desarrollo exhaustivo de la semiología, como ciencia cuyo objeto de estudio es el habla, el texto, la lengua ya sometida a todas las operaciones de significado intencional que diariamente se llevan a cabo a partir de titulares de diarios, informativos y ficciones televisivas, publicidades, fotografías, películas, libros, reseñas de libros, revistas y todos los soportes existentes para dirigir mensajes.

Surgida en el seno de las ciencias sociales, especialmente las ligadas a la comunicación y la lingüística, es desde la semiología que surge la posibilidad de analizar esos discursos, que son mitos a partir del momento en que no constituyen hablas nuevas, sino repeticiones y yuxtaposiciones intencionales de sentido. Barthes da el ejemplo del ramo de rosas: las rosas rojas, por ejemplo, no son ya para nadie solamente rosas que no son blancas o flores que no son jazmines. Las rosas rojas, por la involuntaria acción de la palabra rojo sobre la palabra rosa, contienen un significado pasional. Son “rosas pasionalizadas”, dice Barthes, por una simple operación del lenguaje, que se autonomiza y chorrea sus significados más allá de las rosas rojas particulares de las que eventualmente se podría ocupar. La lengua contiene mandatos y definiciones propias, ya adheridas al sentido común a fuerza de miles de repeticiones anteriores, de las que somos herederos involuntarios.

El mito, aquí, también es el lugar común. Esa zona muerta del lenguaje. Esa forma ya dada, frecuentada, disponible del lenguaje al que se apela para acortar caminos hacia un significado. Las pancartas que en el conflicto con los sectores agropecuarios rezaban “Yo vengo gratis”, por ejemplo, constituyen un habla mítica. Parte de un lugar común reconocible por los destinatarios del habla (algo así como: los que apoyan las medidas del Gobierno son obligados o sobornados para hacerlo). Sienta las bases de una pertenencia: quien se solidarizara con la protesta del campo compartiría esa primera visión y versión del conflicto según la cual se desprende que no hay varias opiniones en la sociedad, sino una sola, la de ellos, mientras los demás están comprados. Esa visión y versión del mundo paradigmática que se comparte incluye a los otros débiles eventuales (los pobres, los piqueteros) como peligrosos per se, vagos per se, ignorantes per se. Según ese punto de vista, en este país sigue siendo pobre quien no quiere trabajar, y el peronismo se reduce a un clientelismo choripanesco que, si bien existe como un hecho y concepto histórico, está lejos de ser un cliché aplicable a cualquier circunstancia de intereses. Esa pancarta reunía tres palabras. Un “Yo” de afirmación y esencialmente de diferenciación; un “vengo” sostenido por el “yo” anterior, un “vengo” consciente y movilizado; y un “gratis” en el que recae toda la carga de sentido y que genera el signo del mensaje: yo no soy como los otros; yo vengo solo, no me traen; yo vengo desinteresadamente, los otros están en la plaza por interés político; no estoy corrompido por el dinero, ni yo ni lo que defiendo; los otros sí.

Son curiosas las volteretas que dan los mensajes en al aire. “Yo vengo gratis”, esa pancarta recordable e ingeniosa de los ruralistas de paro, podría serpentear por las décadas recientes, y allí encontraríamos que muchísimos “Yo vengo gratis” podrían haber sido pronunciados con pertinencia por innumerables actores sociales que durante años y años llevaron adelante actividades muy nobles. La militancia política es el primer ejemplo que se me ocurre. La militancia es gratis. Una ofrenda a una idea. O el voluntariado. Esas decenas de miles de personas que desde los ’90, especialmente, han cedido sus horas para otros. Pero ni a los militantes políticos ni a los voluntarios de ninguna especie se les ocurriría esa pancarta, “Yo vengo gratis”, porque ninguna de esas dos actividades se basa en la jerarquización del sujeto por la diferenciación de los otros. No es un mensaje literal el del habla mítica. Es siempre un tiro por elevación. Un decir que calla. Un silencio que habla. Un tráfico de ideología.

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