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El circo (pero no todos los circos)

En un noticiero de horario central y canal de aire pasaban el viernes una nota sobre las carpas en la plaza y en el cyron –la volantita que sale impresa– se leía: “La plaza es un circo (lamentable)”. Tiro ésta: desde que anda de gira tan a menudo por aquí el Cirque du Soleil, la palabra “circo” se reinvistió a la fuerza con la magnificencia de esos espectáculos. Los comunicadores más famosos, como actores, actrices, modelos, etc., fueron invitados a ver el Cirque du Soleil, de modo que ese circo pleno de arte y belleza inundó las bocas con palabras de elogio, y la palabra “circo”, directamente asociada durante décadas a “pan y circo” o a “es un circo” en el sentido de espectáculo lamentable, pobre, caótico, debió ser acompañada por una especificación. Quiero decir: si el Cirque du Soleil no hubiera venido, el cyron se habría limitado a rezar “la plaza es un circo”.

Dicho esto, el discurso que más frecuenta los medios desde que se instalaron las carpas en la plaza es el que encuentra revulsivo el espectáculo de tanta gente, tanta pintada, tanto cartel, tanto militante, tanto ruido, tanta música, tanta proyección de películas, tanta discusión, tanto intercambio de ideas y herramientas de información complementaria.

En la carpa del “campo” hubo un toro que acaparó horas de cámara, y en las carpas K hubo una pingüina, además de una media docena de huevos repartiendo volantes. Es increíble, amigos: la televisión reniega de lo que genera ella misma, y elige una vez más tomar para exhibir aquello que declara que le repugna. Es increíble que habiendo decidido los editores de los noticieros concederles espacio privilegiado al toro y a la pingüina, habiendo privilegiado por sobre otros aspectos de esa plaza (es sábado por la noche, vengo de allá, vi en la carpa de la JP un documental sobre el sacerdote Carlos Mujica, en la de Compromiso K una película con la historia de la soja en la Argentina, y en la carpa del campo escuché a un grupo folklórico), dejen al descubierto la tan mentada construcción del relato: parten de la idea de que el espacio público (¡ahora, no en los últimos 100 días!) está siendo vulnerado, de modo que van a la escena a construir un relato de “circo (lamentable)”. No ven ni registran ni documentan esa otra gran cosa que sucede en la plaza, que es tanta gente común y corriente sentándose a informarse y a intercambiar ideas incluso con los de “la otra carpa”, y describen un escenario de joda y desorden.

No reparan, ni siquiera, en el hecho de que, para la joda, que después de tanta angustia colectiva sale catárquicamente y bienvenida sea, tanto unos como otros hayan elegido revindicar a los suyos y no agraviar al otro. Están completamente ciegos a lo que no encaja en su propia construcción simbólica.

Salí de la carpa de la JP y mientras me detenía en un puesto callejero a comprar garrapiñadas, una pareja, detrás de mí, dialogaba. “A mí este Gobierno no me gusta nada”, decía ella. “Pero qué le vas a hacer ahora, ya está todo jugado. ¿Vas a estar a favor de los que tiran la leche?”, le preguntaba él. “No sé, pero yo al Gobierno no lo aguanto”, decía ella. “¿Pero te aguantás mejor que te tomen de rehén y que se desabastezcan para defender lo que es solamente de ellos?”, protestaba él. Me hubiese quedado para seguir escuchando, pero ya me había comido medio paquete de garrapiñadas.

No sé cómo se imaginó toda su vida un ágora Mariano Grondona. Supongo que como era realmente el ágora: poblado solamente de hombres libres. Ni mujeres ni esclavos. Bien. Yo me vine de esa plaza con la impresión de que es lo más parecido a un ágora que vi alguna vez. Porque en el medio de esta crisis brutal, que a veces parece un callejón sin salida, percibí físicamente la fuerza del ejercicio de la democracia: más democracia a la democracia, y esto es palabras, ideas, imágenes, música, símbolos. Símbolos. Con más plazas así nos hubiésemos ahorrado muchos pasajes al acto, a la violencia. El ánimo que inspira a esa plaza es indudable. Por un lado, la multiplicidad de carpas K, que indican por un lado que el peronismo es incapaz de sentirse representado en una sola, por lo grande, por lo complejo, por lo torpe. Por otro, que nadie puede pretender que los otros se chupen el dedo. Hay una escena mediática que aprovecharon, manipularon y exprimieron los ruralistas durante los pasados cien días. El pasaje de la resolución al Parlamento marcó un cambio de escena, que incluye tanto el debate y las posibles modificaciones, como la visibilidad de los grandes ausentes en los medios hasta entonces: los ciudadanos que respaldan al Gobierno, junto a los que últimamente lo que respaldan es la democracia.

De Angeli puede llenarse la boca diciendo que no es golpista, pero cuando aprieta y amenaza con desconocer un resultado parlamentario que no le guste está renegando de las instituciones democráticas, a las que uno debe atenerse le guste y le convenga lo que dictaminen. Y punto.

De modo que ese “circo (lamentable)” es como siempre pasa, como siempre sucede con estos aparatos de sentido dirigidos a formatear el sentido común que son los grandes medios: se trata apenas de una ocurrencia, de un simple modo de ver.

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