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La lealtad

El 17 de Octubre tuvo este año más de un acto y más de un significado. Eso, además de ser consecuencia de una escisión cuya cabeza visible es Chiche y su cabeza política es Duhalde, también da cuenta de que hay más de una manera de entender la palabra lealtad. Las poco felices palabras de Chiche para expresar su opinión sobre el ex presidente Kirchner taparon, como algún escandalete tapa siempre, qué tipo específico de lealtad se celebra un 17 de Octubre.

Para empezar, casi ontológicamente, esa palabra envía, en la historia peronista, a un lazo de lealtad recíproca entre un representante y sus representados. En aquel día que se evoca con esa palabra, el peronismo habla de su génesis, que se produjo cuando entre Perón y una multitud se selló un contrato. Se defenderían mutuamente.

En esa escena de la Plaza de Mayo en la que miles de trabajadores esperaron haciendo presión por la liberación de un líder, se fundó un sentimiento que representó lo más elemental del peronismo: nacía una fuerza política sin raíces en las alianzas tradicionales, con el pueblo trabajador movilizado como principal sustento de poder. Esa fue la noble semilla de la que sin embargo, con el correr de los años, fueron brotando tantas veces plantas venenosas.

La que gobernó el país en los ’90, con Menem y Duhalde a la cabeza, lo hizo representando intereses contrarios a las bases populares, y relacionándose con ellas a través del vacío de discusión política y con el pedal del clientelismo y la baratija. Tanto Menem como Duhalde transcurrieron por el poder con sus propias personas como objetivo privilegiado de preservación. Ni Menem ni Duhalde mantuvieron con sus bases una relación directa. No hubo amor. Precisamente, el clientelismo peronista, alentado, cultivado y preservado durante décadas, fue el abono que una dirigencia que ya no respetaba el contrato del 17 de Octubre necesitó para ocupar las calles: el clientelismo es la negación del 17 de Octubre. Es su contracara. Desdice toda lealtad.

La palabra, todavía, flamea. Lealtad es una palabra que flamea. Es una bandera moral, espiritual. Nace de lo profundo de uno. Convierte un acto del que es la causa en uno de los mejores actos humanos posibles: no los del interés sino los de las convicciones y los sentimientos.

La palabra lealtad es elevada, es una palabra que ensucia la boca del que no la merece. El clientelismo, que todavía hoy es una estalactita en muchos lugares del país, alimenta la idea del falso pueblo, del falso amor, de la falsa lealtad.

De todos modos, para peronistas y no peronistas siempre es bueno reflexionar qué y quiénes merecen nuestra lealtad, nuestra buena fe, nuestro cariño. La lealtad política transcurre en un universo en el que es necesario entender la política como no se la ha entendido en los últimos años. No como una práctica viscosa sino como el terreno en el que se libran las peleas por más justicia, más transparencia, más equidad. Pensar en la lealtad, en nuestras lealtades, nos lleva muy rápidamente a replantearnos en qué creemos, qué defendemos y quién nos defiende.

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