La democracia dentada

La ley de medios audiovisuales es muchas cosas además de la herramienta que nos permitirá sumar a las voces que ya conocemos muchísimas otras. No es el control remoto el que nos da libertad. La información no se consume como una cerveza o un champú que se eligen en la góndola del supermercado. La ley tiene más que ver con la oferta de más góndolas conteniendo muchas otras variedades de pensamiento y puntos de vista, que con el zapping tradicional. Ese zapping no es, hoy, un pasaje a la diversidad. Sin ir más lejos, el multimedios más grande ha tachado a Telesur de sus ofertas. No está en la góndola. Los dueños del supermercado han decidido que esos contenidos no serán puestos a consideración del abonado. Si eso lo hiciera un gobierno, sería censura. Si lo hace el sector privado, ¿cómo se llama? La ley de medios es un pasaje al acto democrático de una especie que no hemos conocido. Representa de manera precisa, también y por oposición, qué tipo de democracia tuvimos. Tan apacible. Tan domesticada. Cada parche, cada decreto, cada reforma de la vieja ley de radiodifusión tuvo su correlato de democracia desdentada. El poder se viene concentrando igual que los medios, y su eje es el poder económico. Para ser solamente crítico de un gobierno, como prefiere el rubro del “periodismo independiente”, y como quisieron muchos ejes argumentativos durante el debate, primero hay que lograr que el poder político sea en este país lo suficientemente libre del poder corporativo.

La política que conocemos, de la que nos brotan los prejuicios, la que chorrea clichés y abunda en prácticas horribles fue la que le manejó las riendas a esa democracia amable del bipartidismo por la que ahora vuelve a predicar Eduardo Duhalde. Claro que teníamos un país previsible: se gobernaba para los factores de poder y se acataban los ajustes del FMI. Ningún sobresalto, salvo la pobreza estructural que no salió de la nada, sino del golpe de Estado del ’76 y de la Escuela de Chicago. A la derecha no le importa la pobreza, toda vez que la crea.

Lo que quiero decir está anudado a un sentimiento muy íntimo, pero colectivo. Tiene que ver con una certeza, una predisposición, un ánimo de cambiar las cosas. Muchísimas personas que suelen identificarse con eso vago que se llama progresismo participan de ese sentimiento. Que hay que cambiar las cosas. Que lo que vivimos todos los días está fundado en algo injusto. Que de verdad hay que repartir más, que hay que ponerles límites a los poderes que desde que llegó la democracia le han ido sacando uno por uno los dientes para que sea inofensiva. Hay quienes creemos que la democracia puede ser un sistema regido férreamente por las reglas que fija nuestra Constitución, pero que eso no implica resignar el ansia, el anhelo, el deseo de un cambio. Y un cambio que toque estructuras. Algo que haga que las cosas sean otras. Ese ánimo es el que inspira a los Foros Sociales: “Otro mundo es posible”.

La ley de medios rozó esa zona. La zona erógena de la democracia. La que con tropiezos, alianzas, negociaciones, militancia, bases y voluntad política es capaz de morder un pedazo de torta para ponerla al servicio de todos.

Ya hemos visto y escuchado con creces a los que primero se azoraron y después se excusaron en el “todos queremos una ley de la democracia”. Ninguna ley de la democracia, ni siquiera la de una democracia mansa y domesticada, podría admitir que un solo grupo maneje 240 licencias.

La concentración de medios es combatida en todo el mundo, en estos días, a la luz de saberes que hoy también se han puesto dientes. Fueron las Ciencias de la Comunicación y sus entrecruzamientos con otras disciplinas sociales las que desenmarañaron los mecanismos de control de opinión pública capitalistas. No es casual que desde los medios y la reacción conservadora se siga machacando con el viejo fantasma del Estado que prohíbe expresarse a la oposición. Dan el ejemplo de Venezuela, pero eso no sucede en Venezuela. Los medios privados insultan tanto a Chávez como aquí se insulta a la Presidenta. Eso no está ni estará prohibido. Espero que tampoco esté prohibido reconocerle a la Presidenta, incluso desde el orgullo de género, la entereza y consecuencia con la que llevó adelante lo prometido en la campaña electoral.

Con esta ley, la democracia se vivifica tanto que vuelve a ser una herramienta para cambiar las cosas. Será útil recuperar esas preguntas que quizá quedaron atascadas en muchas biografías: ¿qué queremos que cambie? ¿Cuánto? ¿Para qué? Habrá que tenerlo presente de aquí en más. Porque finalmente de eso se vuelve a tratar todo: de acción y de reacción.

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